Capítulo 25 Bruja Muerta de Excursión
“¿Dónde está Sam?” -Le pregunté a Jerome mientras lo seguía por la densa maleza y los arbustos que crecían descuidadamente alrededor de su casa. -“¿Dónde está Lavender?”
Él se limitó a reírse de mis preguntas, haciéndome sentir más incómoda de lo que ya estaba.
Yo caminaba con cuidado a sus espaldas, pero Jerome ni siquiera miró desconfiadamente en mi dirección.
Aun después de haber mirado dos veces mi daga, continuó caminando como si tuviera la seguridad de que yo no lo atacaría tomando ventaja del disfraz de la noche.
Recordé la primera vez que Jerome vino a la casa y no pude suprimir los deseos de vomitar. Él era enclenque entonces, no el semi-gorila que se había vuelto. Un debilucho muchacho con espejuelos que cargaba un diccionario bajo el brazo.
Dos años atrás mis tíos aún vivían, pero no por mucho.
En varias ocasiones consideré que Jerome había tenido algo que ver con sus repentinos decesos, pero resultaba imposible confirmarlo.
Justo entonces, a pesar de su apariencia de nerd atractivo, yo sabía lo que había en su interior.
Su actitud jactanciosa emanaba de sus poros, como el sudor de los atletas.
Era tan agradable como la peor de las enfermedades incurables.
Lo digería con la normalidad que digería la leche cortada y huevos podridos juntos.
Nada había cambiado desde entonces, excepto un cuerpo más tonificado. Aun así, seguía siendo el mismo idiota.
Sonidos de animales hacían coro por todas partes.
El bramido de las vacas, el relinchar de los caballos, el balar de algunas cabras despiertas tan tarde.
No sabía la hora pero la madrugada se acercaba.
La medianoche había pasado como un rapto hace ya mucho.
Si miraba con cautela entre la espesura de los árboles y altas yerbas podía ver el amanecer rompiendo la oscuridad muy a la distancia.
Los minutos pasaban lenta y tortuosamente, aumentando mi impaciencia. Y aún no había señales de Sam.
“¿Te gustó la película?” -Me preguntó Jerome.
Hice una mueca de confusión pero pronto comprendí de qué estaba hablando.
Sam y yo acurrucados. Al parecer grabaron la noche entera.
-“Es una pena que no se pusiera entretenida. Pensé que sería divertido. Mi amigo te emborrachó pero entonces te rechaza. Que idiota. Se lo pusiste tan fácil, desnudándote de repente. Lo cogiste por sorpresa. Su sorpresa no tiene precio. Debí pagarle más.”
Mis mejillas se sonrojaron salvajemente.
Todo el mundo me había visto desnuda y en mi peor modo de seducción.
¿Cuánto tardaría en que todo el pueblo viera ese video?
¿Cuánto tiempo quedaba para ver nuestras reputaciones arruinadas?
De manera incoherente me encontré preocupándome de lo que la gente pensara sobre nosotros.
No. Yo no tenía nada que perder, pero esa sería la ruina de Sam. Sin trabajo por ser señalado de aprovecharse de débiles mujeres… Nunca sería un policía respetado con esa mancha en su expediente. Créanme, estas personas se asegurarán que arrastre con esto hasta la muerte.
“He visto mejores.” -Dije burlonamente, refiriéndome a la pobre “película”.
Jerome hacía algunos asquerosos y denigrantes sonidos y traté de ignorarlo, enfocando mi atención en el chirrido de saltamontes y pájaros, y en el ocasional siseo de alguna solitaria serpiente.
Ten cuidado, Morgan. Cuidado.
Poniendo mi atención en los animales, traté de imaginar qué tipo de ruido hacen los lagartijos. Algunos de ellos viven en las paredes de mi casa o correteando por la tela metálica de mis ventanas, pero nunca he escuchado ruido alguno. Ni siquiera me susurran cosas.
“Me gusta tu daga pero es algo pesada.” -Dijo mientras entrábamos a un claro en medio de la alta maleza. ¿Acaso hablaba de haber usado mi daga… de haber matado a Patrick con ella… o solo que la había sostenido?
El deseo de clarificar esas dudas me comía por dentro, pero cuando me digné a preguntar, fui interceptada por Edora.
Sam estaba cerca de ella, sus manos atadas con una camisa de fuerza color crema.
Un bozal le cubría la boca y la nariz, un bozal de caballo real.
Sus ojos medio sedados encontraron los míos y quise correr a abrazarlo pero permanecí inerte.
Sam había roto mi corazón. Su secreto y el mio nos separan.
La única razón por la que había venido hasta aquí -necesitaba recordármelo- era para tomar venganza de todos ellos.
“Déjenlo ir.” -Exigí con enojo. -“Es a mí a quien buscan.”
“Como si pudieras darnos órdenes.” -Respondió Edora. -“Eres pésima bruja. Usaste a la pequeña niña como protección. Le diste poderes. Has violentado el reglamento.”
“Tu eres una cobarde. ¿Secuestrar a la niña inocente e insignificante para hacerme sufrir? Deberías conocerme mejor, Edora.” -Una misteriosa bravuconería acompañaba mis palabras y me sentí agradecida del exceso de confianza en ese momento. -“No me importan estas personas.”
“Te lo advierto. Cuidado con lo que dices.” -Edora me regañó.
“¿Qué quieres de mí? ¿Qué tengo yo que ustedes dos quieren tomar? ¡Mátenme ya!”- Grité. -“¿Eso es lo que quieres? Debiste haberlo hecho ya. Han tenido muchas oportunidades.”
Caminaron a mi alrededor y fui moviéndome en sentido opuesto, como peleadores en un cuadrilátero. Pronto quedé a dos o tres pasos de distancia de Sam.
“No es lo que tienes, sino lo que eres. Eres una amenaza para todos nosotros, un crimen que sucederá tarde o temprano. Debiste haber muerto en el instante en que naciste. Eres una vergüenza para tu familia.” -Jerome escupió las palabras con un desprecio imposible de entender.
Nunca en mi vida lo había tratado como lo que era, la catástrofe cayendo sobre nuestra casa.
Si Lavender se sentía feliz, no había mucho que yo pudiera hacer.
Por ella me mantuve callada. Por ella toleré a este gorila sin cerebro.
“Entonces tengo suerte de no tener familia. No están preparados para verme como lo que soy.” -Mis palabras sonaron como promesas y me sentí feliz de que mi versión altanera no se hubiera acobardado.
Extendí mi daga con un grácil movimiento y la detuve justo en la prominente manzana de Adam de Jerome.
Sus ojos cambiaron drásticamente, reflejando miedo.
Miró hacia abajo a su entrepierna y lo acompañé con la mirada. Una risa difícil de suprimir hizo erupción en mis labios y me reí a carcajadas. -“¡Oh, pobre bebito!”
Me aproveché de la repentina pérdida de control de Jerome. Burlándome de él quise mostrarle que yo también sé jugar su juego.
“¡Mojaste los pantalones!” -Le dije en voz alta mientras golpeaba su entrepierna con la gorda hoja de la daga. Jerome convulsionó de dolor. -“Que mal que Lavender no está para ver el tipo de marido que tiene.”
Estaba disfrutando tanto que por un momento me olvidé de Edora, hasta que escuché los quejidos de Sam. Volteé a tiempo para encontrar su rostro cubierto de agonía. Edora lo sujetaba firmemente con una daga gemela a la mía. Un fino rastro de sangre se resbalaba por su sudoroso cuello.
“Suficiente, Morgan. Suelta la daga o lo desangraré hasta la muerte. Sabes que tampoco me importa.”
Retrocedí algunos pasos, considerando la advertencia de mi hermana. ¿Sería capaz de matar a Sam? ¿A quién intentaba engañar? Claro que lo haría.
“Suelta la daga. No me hagas repetirlo. No estoy jugando.”
Edora era una cosa terrible. Una abominación. Sus poderes no veían limitaciones y los usaba para causar dolor.
No eres diferente a ella, Morgan. ¿No fuiste tú quien horneó unas deliciosas galletas para matar al pueblo entero hace solo dos días? Eres igual a ella. Dos gotas de sangre derramadas de la misma descendencia maldita.
Sostuve mi daga con determinación y caminé alrededor.
“No me importa lo que hagas con él.” -Dije deprisa, mordiéndome la lengua inmediatamente después. Si Edora se atrevía a lastimarlo, yo la haría sufrir peor de lo que había planeado inicialmente.
“Preguntaste por qué. Por qué él. Por qué no matarte cuando llegué aquí. Por qué, por qué, por qué.” -Edora se movía levemente, sujetando a Sam para ella, bailando una tortuosa balada. Con su rostro acariciaba la frente de Sam, la única piel no cubierta por el bozal.
Un desgarrador dolor que duró un segundo me lanzó de rodillas. Jerome me había tomado por sorpresa, pateándome y arrebatando la daga de entre mis dedos helados. -“Oh, hermana. Nunca te lo dijo, ¿verdad? Lo felices que éramos. Cuán bendecidos nos sentíamos.”
Sus palabras fluían como salvajes ráfagas de viento y era imposible entender su expresión.
Necesitaba escucharlo de sus labios. Pero no podía.
Lo que Edora decía era muy doloroso de soportar.
Una lágrima abrió paso a otras más, sin embargo miré a Sam fijamente.
La tristeza de sus ojos era escalofriante.
Intenté levantarme, consolarlo, curar su alma, pero Jerome me mantenía en el suelo.
Con cada intento para levantarme, era un golpe adicional que él me propinaba.
“Aún tengo mi vestido de bodas. Blanco como él lo quería. Así de controlador es, hermana. Pero la noche antes de la boda todo cambió. Tal vez tomé demasiado o fue algo que dije lo que me delató.”
Sam negó con la cabeza. Imaginé que con ese gesto me pedía que no escuchara a Edora. No podía detenerme ahora. Necesitaba saber la verdad. Al menos lo que era verdad desde el punto de vista de ella.
“Estaba tan loquito por mí que me pidió una eterna prueba de amor. Debí haber hecho lo que me pedía, debí haber renunciado a todo y solo huir juntos, así como madre y padre lo hicieron. Pero no, era tan tonta entonces. Yo tan perfecta y él tan cortés y encantador que no pude resistir lo bueno que Sam era.”
Mientras digería sus palabras, recordé lo que Mamá me había dicho. Su prometida no había aparecido en la boda. Solo envió un mensaje de que lo abandonaba por alguien más.