Dulce Amenaza Capítulo 24 Explicaciones pendientes #2
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Capítulo 24 Explicaciones pendientes #2

Mis manos temblaban como flan de coco mientras intentaba sujetar la daga con bravura.

Entre mis resbaladizos dedos, esta arma se sentía como sierra eléctrica con la que podía auto lastimarme.

Oré. Oré como nunca lo había hecho, rogando que mis piernas no me fallaran, llevándome a caer y apuñalarme a mí misma con tan monstruosa arma.

Mientras debía sentirme como lo que soy: una bruja temida, heredera al trono de las brujas, en realidad me sentía como un pequeño gatito tembloroso.

Oré al Universo, a Dios, a los dioses, a la Luna y al Sol, a la Naturaleza, pues la protección nunca está de más.

Quería convencerme de que todo esto valía la pena. Que Sam valía este miedo que yo estaba sintiendo, y también el intolerable frío que congelaba sin piedad mi médula ósea.

Ni mi adrenalina por los cielos era capaz de amortiguar el castigo de la baja temperatura de la noche en mi cuerpo.

Quería convencerme de que estaba haciendo lo correcto, que hay recompensa para mí al final, que Sam es la sorpresa al final del arcoiris.

Pero yo sabía más que eso. Si Sam fue capaz de apostar por llevarme a la cama, ¿Qué más podía esperar de él?

Por supuesto que no valía mi pena y sufrimiento.

Claro que volvería a acabar desilusionada.

No sé cómo fui tan tonta e ignorante, esperanzada en llenar mi vacío interior con lo que lo causó en primera instancia.

¿Desde cuándo el amor había obtenido un pedestal tan alto e inalcanzable en mi interior?

Y si lo voy a juzgar por esa apuesta, ¿dónde quedo yo? ¿Qué tipo de persona soy? Hipócrita con doble moral. ¿Acaso soy mejor que Sam, habiendo cometido el mismo error? ¿O ahora es un error porque lo cometí yo? Cínica.

Tonta compasión. La conciencia vino a apoderarse de mí cuando menos la necesito.

Pronto, estuve parada frente a la casa de Lavender.

Contrario a lo que esperaba, todas las luces estaban encendidas y la puerta cerrada.

Había imaginado algo vulgar, como una película de terror.

La puerta abierta solo unos centímetros, todas las luces apagadas.

La oscuridad y la niebla ocultando -con su imprevisible manto- el terror que se avecinaba.

Caminé por el exterior de la casa con sigilo, intentando mirar por alguna de las ventanas, pero lo único que vi fue la condenada sábana de virginidad. Parecía que mi prima estaba tan orgullosa de su pureza que seguía exhibiéndola a todo el pueblo, aunque a nadie ya le interesaba.

Esas solo eran viejas noticias opacadas por el asesino de Patrick que aún sigue libre, la desaparición de Jerome -que no aparenta estar tan desaparecido como el pueblo piensa,- y el rumor que corría de puerta en puerta sobre un romance entre el nuevo policía del pueblo y la repostera lisiada.

La puerta trasera estaba abierta. Eché un vistazo, asegurándome que no hubiese nadie oculto en un rincón esperando mi entrada triunfal para atacarme.

La decepción tomó control de mí ya que estaba esperando encontrarlos todos sentados alrededor de la mesa, sorbiendo capuchinos y jugando a los dados, apostando quien me arrebataría la dignidad en esta ocasión.

¿Dónde estaban todos? La casa estaba fría y completamente vacía.

Con la daga casi anunciando mi entrada a cada cuarto, vagué por la casa de Lavender y Jerome con un miedo que jamás había experimentado. La frustración invadió mi núcleo al comprobar que la casa estaba vacía.

Para mi disgusto, la televisión estaba encendida, tocando un video casero de la noche en la que Sam y yo nos acurrucamos en mi cama después de la primera cita.

La vergüenza se apoderó de mí. Si los pueblerinos veían esto… digamos que Sam ya no tendría trabajo y mi tienda no vendería otro bizcocho de calabaza por más cerca que Halloween estuviera.

Segura de que la casa estaba vacía, fui al dvd y extraje el disco, pero el mismo video seguía en modo repetitivo en el televisor.

El disco en mis manos tenía escrito el mensaje: equivocada de nuevo.

Ya me estaba cansando de este juego. Era muy tarde. No había dormido desde… ya no lo recuerdo. La última vez que comí algo decente fue… cuando mordisqueé algunos bocados con Mamá y Lilly. Tampoco fue mucho gracias a mi preocupación por el cuchillo que estaba en la mesa.

Con cuidado de no mover nada, abandoné la casa. Aún no había señales de vida. No me quedaban más opciones que gritar llamando a Sam aunque me delatara. Terrible como sonaba, era mi única opción.

“¿Sam… dónde estás? ¿Estás bien?” -Estúpida. Estúpida una y mil veces. Por supuesto que no estaba bien. Estaba enfermo y acompañado por dos locos. -“Sam.”

En la llamada, Sam había mencionado a alguien de su pasado, pero no dijo quién.

¿Una ex novia tal vez? ¿Una amante psicópata?

¿Una esposa? ¿Una enamorada no correspondida?

¿Quién podría ser? No necesitábamos otro demente adicional.

Con Edora suelta por las calles y Jerome con sus locuras, teníamos las agendas llenas.

Otro cascanueces desquiciado era más de lo que podíamos manejar en este momento.

“Uf. ¡Miren quién se une a la fiesta! Ven, patas de gallina, sígueme.” -Jerome apareció entre los arbustos detrás de su casa.

Tener un enorme jardín alrededor de la casa siempre tiende a ser una bendición.

Sin vecinos que puedan husmear por tus ventanas, sin personas que quieran cruzar tus portones un domingo en la mañana.

Correr libremente por tu casa, besar a tu amado en el balcón sin entrometidos observando, o tomar un refrescante baño en el lago eran algunas de las ventajas de esta vida.

Hoy era peor que un castigo. Nadie escucharía nuestros gritos de auxilio, así que debía asegurarme de terminar con todo aquí mismo.

Yo estaba aquí para ayudar a Sam, no para lamentarlo.

Había venido en busca de venganza, por el dolor y la humillación.

Todo este sufrimiento debía ser aliviado esta noche.

Las almas de mis familiares clamaban por que su sangre fuera vengada.

Cada burla lanzada como cohete hacia mí, cada piedra tirada para hacerme tropezar…

Esta noche era para cobrar cuentas pendientes.