Dulce Amenaza Capítulo 22 Apagar fuego con fuego
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Capítulo 22 Apagar fuego con fuego

Siempre había pensado que nací maldita. La verdad es que la peor maldición fue mi hermana gemela.

La muerte había venido junto a ella, así como la vida.

Pero si yo debía morir, lo mejor sería que Edora me acompañara.

Intentaba reunir un poco de mi Maghkia mientras continuaba protegiendo a Lilly, pero estaba demasiado consternada y temerosa como para enfocarme en algo.

No estaba en mi elemento ya que solo había aprendido a controlar mi Maghkia entre mis enseres de cocina. Mis conjuros habían sido muy pocos y solo los hacía bajo coraje o bajo un sentimiento cálido, como amor. Nunca realicé un conjuro bajo un miedo tan aterrador como en este momento.

Mientras Edora continuaba con su loco hechizo, miré a Lilly.

Para mi desconsuelo, Lilly estaba despierta observándome con curiosa compasión.

Susurraba mi nombre, pero no tenía voz. Su pequeño rostro se veía pálido pues el tiempo se le estaba acabando.

Su vida era absorbida poco a poco por el pentagrama de muerte al que Edora la había atado.

Trató de moverse pero le advertí con señas que no lo hiciera. Eso atraería la atención de Edora de vuelta a ella. Y mientras más forcejeaba, más daño recibiría de la magia oscura de Edora.

Distraída con el libro, Edora pasaba las páginas en busca de algo en específico. Saqué el poni de mi bolsillo y se lo mostré a Lilly, haciéndola sonreír tímidamente. Intenté asegurarle que todo estaría bien, que la salvaría, pero ambas sabíamos que era mentira.

“Te lo suplico, Edora.” -Traté de distraerla.

Supliqué de corazón pues quería proteger a Lilly.

No solo le había fallado a Sam. Le había fallado a Elizabeth y a Mamá.

Me había fallado a mi misma. -“Deja ir a la niña. Haré lo que me pidas. Déjala ir y acaba conmigo esta noche, en este lugar. Ten compasión.”

“Cállate.” -Ordenó Edora, visiblemente molesta pues no encontraba una página específica del libro. Las lenguas de su Maghkia dispersas por la habitación parpadearon ligeramente, como si mi voz interrumpiera su concentración al punto de debilitar sus conjuros.

“¿Acaso no es eso lo que necesitas? ¿Acabarme… Tomar mis poderes… Terminar conmigo… Matarme?” -Seguí cuestionando para desenfocarla. -“Hazlo. Libera a la niña y no pondré resistencia.”

Escuché a Edora maldecir mientras el pentagrama verdoso sobre mí comenzaba a disiparse. Me levanté de prisa. El verde vapor que aún flotaba alrededor intentó anudarse a mi piel pero lo esparcí enseguida.

Sacudí mis manos, esparciendo las llamaradas verdes y destruyendo el pentagrama en su totalidad. El pentagrama que mantenía a Lilly prisionera también comenzó a desestabilizarse. Lilly cayó al suelo y le urgí correr, haciéndole gestos con mis manos. Ella obedeció de inmediato.

Para darle una ventaja que Lilly realmente pudiera aprovechar, me lancé sobre Edora, tomándola por sorpresa. Ambas caímos al suelo. Trató de empujarme pero me senté sobre ella y comencé a golpearle la cara. Mis nudillos chocaron contra el suelo, obligándome a maldecir entre dientes.

Lilly había abandonado la casa mientras Edora intentaba proteger su rostro de mi ataque.

Mis oídos solo chillaron y el cuerpo me dolía.

Un estallido brutal había salido del cuerpo de mi hermana, algo que yo jamás había visto, hecho o sentido.

El impacto me lanzó contra el suelo, sacando todo el aire de mi pecho.

Ya era difícil respirar. La Maghkia de Edora avinagraba el ambiente, y mis pulmones se rehusaban a soportar el oxígeno contaminado de muerte y maldad.

Al impacto, mi cuerpo exhaló un fuego extraño, blancuzco como neblina espesa.

“¿Sientes eso? Ya sabes lo que se siente que te quiten el poder.” -Edora intentó absorber el denso humo blanco y resplandeciente, como si estuviera tomando una sopa.

Mi hermana soltó un gemido íntimo, privado, como de satisfacción más allá de lo ordinario.

-“Delicioso. Has alimentado tu Maghkia con azúcar. Voy a tomarlo todo pues nunca debió ser tuyo.”

Tambaleante, intenté levantarme.

Me abalancé contra Edora cómo un toro en un rodeo. Le enterré las uñas en su piel y ella volvió a lanzarme contra la pared con una facilidad dolorosa.

“¿Dónde está la garrapata de los cazadores? ¿Dónde escondiste la niña?” -Grito Edora mientras yo me retorcía del dolor. Edora lanzó un conjuro extraño, haciendo un hueco en la pared y así tener acceso al otro cuarto.

Aceptar mi derrota fue criminal. Comprendí que no podría vencer a Edora si no jugaba el mismo juego que ella.

La rabia que sentía era horrible. Me transporté al vientre de nuestra madre, donde comencé a recibir el desprecio de Edora.

Aun en ese pequeño mundo donde no debíamos tener maldad, solo asombro, Edora había despertado a un conocimiento que nunca debió pertenecerle: la Maghkia oscura.

¿Cómo había pasado? Eso no lo sé. Solo sé una cosa. Ya le había fallado a muchas personas, pero no podía darme el lujo de fallarle a Lilly.

“Eres una inválida inservible, Morgan. Madre debió morir antes de tenerte. Eres la vergüenza de nuestra sangre. Nunca serás una bruja digna de ser reina.”

Grité llena de rabia. No sé cómo lo hice pero de mis manos salió un espectro blanco, llamaradas que no me quemaban aunque estaba aterrada.

Lo lancé contra Edora y aun estando de espaldas, ella lo esquivó. Su risa burlona hizo eco en la vieja casa.

Repetí el proceso, suplicando a mis adentros para que no me abandonaran ahora. Pidiéndole a los dioses, al Dios de todo y todos, al Universo, a la Luna, al Sol, que no me dejaran caer en este momento, lancé mi blanco fuego contra Edora.

Tropezó y cayó al suelo. Su risa macabra se fue disipando, pues no esperaba mi intensidad.

“Patética.” -Dijo, levantándose de prisa. No le di oportunidad. Antes de ponerse de pie, yo había lanzado mi fuego, solo un golpe sin conjuro.

Lo repetí una y otra vez, y aunque no siempre acertaba, al menos mantenía a Edora lejos de Lilly.

La Maghkia de Edora permaneció suspendida en el aire, flotando sobre nuestras cabezas, tan visible como el vapor de un caldero.

El aire olía a podrido. Espeso. Como si la Maghkia de Edora se estuviera descomponiendo con cada golpe. Como si hubiera sido creada de cosas vivas que nunca debieron fallecer, pero ella les arrebató la vida sin misericordia.

Con cada llamarada, una confianza nueva me abrazaba.

“Entiéndelo. Tú naciste para ser solo un instrumento. Yo nací para utilizarte y tomar el reino. Eres un vehículo. Yo soy el conductor. Sin mí, no eres nada. Eres y siempre serás algo utilizable.”

Algo en mi hizo click. Una puerta se abrió. Una cascada de información, recuerdos, visiones, comenzaron a fluir como un torrente.

Dicen que cuando se acerca la muerte solo ves una luz brillante y quizá es lo que estaba pasandome. Hasta que exhale mi último soplo de vida, debía seguir tratando de salvar a Lilly. Ella era una indefensa niña, así como lo era yo el primer momento en que Edora decidió odiarme sin justificación.

Sombras agachadas aparecían a mi alrededor. Sombras que me obedecían y me hacían reverencia. Sombras desconocidas que murmuraban “reina… nuestra reina…”

Mi Maghkia explotó. Hermosa, salvaje, descontrolada. Hasta yo sentí miedo de mi poder. Las sombras a mi alrededor asentían, aprobando mi descarga de energía contra mi maldita hermana.

El golpe fue intenso. La casa crujía bajo mis pies. Las paredes temblaban mientras volvían a susurrar mi nombre.

Moviéndose como una manada de fantasmas, su Maghkia había salido de su cuerpo. Flotaba a su alrededor, intentando coincidir con ella para ser reclamada.

Me abalancé sobre Edora, pensando que podría impedir que recuperara su Maghkia.

Ilusa, creí que esas verdes llamaradas que representaban el poder de Edora, se disiparían con el viento que había vuelto a la vida dentro de la casa.

No era un viento normal. Era la casa respirando, como si hubiera permanecido rehén y privada de aire puro por millones de años, y al menos su nariz estuviera libre.

Mi perversa hermana intentaba liberarse de mí. Extendía su mano por sobre mi cabeza tratando de alcanzar los poderes que desertaban de su cuerpo. Su desesperación por tocar la densidad que volaba sobre nosotras me dio una idea. ¿Qué tal si cada golpe que le daba robaba un poco más de sus poderes?

La agarré por la cabeza y le choqué contra el irregular suelo. Con el golpe, otra fantasmal lengua de poder escapó de su cuerpo, uniéndose al que yacía flotando en el aire.

“Basta.” -Gritaba Edora con un sonido aterrador que parecía salir de la tierra. No podía detenerme. Estaba hastiada de ella. Edora había extinguido mi poca paciencia. -“¡Duele!”

“Mucho mejor entonces.” -Le dije apretando los dientes mientras continuaba la agresión. Repetirle sus propias palabras me dio inmensa satisfacción.

Sus quejas solo me dieron la autoridad que necesitaba para continuar golpeándola. Ahora estábamos bastante parejas. Tomándome desprevenida, Edora logró rodar y quedar encima de mí para golpearme.

Salada y caliente era la sangre que sentía en mi boca.

Mis labios estaban hinchados como pez globo, forzando en mi mente una imagen caricaturesca de mí.

Gotas de sudor caían del rostro de Edora.

Mientras la observaba, no pude evitar notar cuán diferentes éramos.

Aparte de alguna similitud en los ojos, solo la sangre en nuestras venas podía relacionarnos.

Meciéndome de lado a lado hice que Edora perdiera el balance, cayendo de lado.

Ella salió corriendo para tocar las lenguas de energía, que se unían y crecían como masa fermentada.

Entre dolorosos saltos, corrí hacia Edora. Maldije mis débiles piernas y mi tobillo torcido. Edora se rió, burlándose de mí.

Reuní mi poder y lo disparé contra ella, lanzándola contra el extremo opuesto de la habitación.

“¿Qué eres?” -Murmuró Edora mientras escupía borbotones de sangre.

“Soy con quien nunca debiste meterte. Soy eso que no volverás a dañar. Soy tu peor pesadilla.”

No sé de dónde salieron esas palabras. Dónde encontré el valor para decir semejantes palabras, pero sentí orgullo de ser tal cual soy por primera vez.

Ambas saltamos a la enorme bola de energía, chocando una contra la otra. El contacto de los tres -Edora, la Maghkia perversa y yo- creó una estruendosa explosión que nos lanzó en direcciones opuestas.

Choqué de espaldas contra la pared y todo mi interior crujió. Mis oídos zumbaban de dolor y mi cerebro angustiado intentaba asimilar el evento.

Me arrodillé, arrastrándome hasta Edora.

La agarré del cuello, sintiéndome fascinada por la Maghkia que crepitaba por mis nervios, por mis músculos y hasta por mis tendones, pero ignorante de la magnitud del poder congregado en mí.

No era mi Maghkia, pero ahora me pertenecía.

El momento de conjurar un hechizo tan poderoso que pudiese terminar con todo, Edora incluida, había llegado.