Capítulo 19 ¿Cuánto apostaste tú? #2
“Por supuesto que lo estoy.” -Le aseguré.
Extendió su mano hacia mí pero dudé en tomarla.
Al final me rendí pero no debía olvidar cuán enojada estaba con él.
Todo este tiempo yo había sido una estúpida apuesta entre machos.
Yo solo era un juego de quién llevaba a la repostera defectuosa a la cama primero.
“Lo siento.” -Dijo.
“No digas nada, por favor. Necesitas descansar.” -Intenté silenciarlo.
“Necesito decirte, Morgan.” -Sam se forzó a sentarse en la camilla y le ayudé cuando la dificultad de hacerlo por su cuenta era obvia. -“Tú me importas.”
“No necesito esto, Sam. Solo necesito saber que estás bien para llamar a tu familia. El doctor necesita hablarles.”
“No les digas nada. Ellos no saben lo que me pasa.” -Me pidió con labios temblorosos.
“Lo lamento, Sam. Son tu familia. Tienen derecho a saberlo.” -Le protesté.
“Di que eres familia. Solo finge ser mi esposa y arreglaremos los documentos médicos y nos iremos a casa como si esto no hubiese pasado.” -Suplicó.
Ser su esposa hubiera sonado a fantasía hecha realidad pero él era un océano desconocido y yo un náufrago buscando la costa. Íbamos en direcciones opuestas.
“Así no funcionan las cosas. No soy tu esposa y nunca lo seré. Ambos lo sabemos. Te ayudaré mientras estás aquí, pero voy a llamar a Mamá.” -A la mención de su madre mi corazón dio un brinco.
Me dio más amor en una sola tarde que el recibido en toda mi vida.
Ella merecía saber que su hijo estaba enfermo y necesitaba de su cuidado.
Me alejé de Sam, preparándome para llamar a Elizabeth y Mamá.
“Morgan, no hemos terminado.” -Sam dijo con autoridad.
“Por el momento yo acabé, Sam Whilhey. Volveré después de hacer algunas llamadas.”
El teléfono sonó varias veces pero nadie respondió. La espera me estaba matando. Quizá ellos no estaban en la casa.
Marqué el número nuevamente y, esta vez, alguien respondió.
“¿Aló?” -La voz de Lilly viajó de prisa, transportándome al calor de su hogar.
“Hola, Lilly. Es Morgan. ¿Está tu madre?” -Le pregunté, deseando darle un abrazo.
“Mami. ¡Es Tía Morgan!” -Lilly le gritó a su madre, mientras yo me sonrojaba a kilómetros de distancia. Tía Morgan. -“Tití, hoy me comí el poni. Encontré la sorpresa dentro. ¡Estaba increíble!”
Impresionada, estaba a punto de elogiar a Lilly por su rico vocabulario, cuando Elizabeth contestó el teléfono.
“Morgan. ¿Cómo estás? ¿Todo bien?”
“Estoy bien, pero Sam está enfermo.” -Dije tratando de minimizar la situación. -“No te asustes. Está estable, pero tiene problemas con los niveles de azúcar. Está en el hospital bajo observación por las próximas veinticuatro a cuarenta y ocho horas.”
“¡Oh, por Dios!” -Dijo. -“¿Y cómo está lidiando con todo esto?”
“Está haciéndolo bien. Es un terco y odia los hospitales.” -Intenté calmarla. -“El doctor necesita un familiar para darle de alta.”
Hubo un pesado silencio.
“Mamá está dormida. Ayer se cayó y está con medicamentos. Puedo ir hasta allá mañana después de llevar a Mamá a unos rayos X. Quizá mi esposo pueda tomarse unos días para cuidar de Lilly. ¿Puedes cuidarnos a Sammy hasta que yo llegue?”
“Por supuesto que sí. Me quedaré con él.” -De repente me había comprometido a cuidar a Sam, estar con él todo el tiempo, por más de veinticuatro horas. ¡Soy una bruja tan perversa! Sí, claro. Perversa en el más débil sentido de la palabra.
Le informé al doctor la hora aproximada en la que Elizabeth llegaría. El agente Evo se ofreció a vigilar a Sam en lo que yo iba a casa a reunir algunas cosas. Conduje de vuelta, confundida y asustada.
Ya en casa, me deshice de las galletitas asesinas. Otra gran oportunidad se había perdido y esta vez no había sido mi culpa. Tras un baño rápido, agarré unos snacks, un abrigo y unas sábanas cálidas para dormir en la frialdad del hospital.
De vuelta a Emergencias, el agente Evo esperaba por mi retorno. Le di un café que compré en una vending machine y él lo sorbió a pesar de cuan caliente estaba.
“Parece que tienes un fiel admirador, repostera. Whilhey no deja de hablar de ti.” -Se quejó. -“Por suerte le dieron unos medicamentos y se quedó dormido.”
“Gracias por cuidarlo, Evo. Ve a casa a descansar.”
Una noche en el hospital pasa lenta y tortuosamente. En algún momento me dormí en la incómoda silla al lado de la camilla, descansando mi cabeza cerca del regazo de Sam.
“Debiste haberme ayudado a irme a casa.” -Sam susurró durante la noche. Sus dedos se enredaban en mi cabello, haciendo cosquillas con sus suaves caricias. No estaba segura si Sam estaba consciente o si los medicamentos eran los culpables del delirio. -“Nadie necesitaba saberlo.”
“Perdóname. No puedo permitir que nada malo le pase al increíble Tío Sam. Tu familia nunca me lo perdonaría. Nos quedaremos aquí hasta que el doctor decida.”
Sam se veía tan vulnerable en la camilla. El frío le marchitaba la piel, dándole un tono grisáceo. Me acerqué a él y lo cubrí con una de las mantas que traje de casa.
“Gracias, Morgan.” -Susurró, mientras me rozaba los dedos.
Sus ojos se cerraban aunque batallaba contra el medicamento y su voz se arrastraba, pues se estaba quedando dormido.
-“Gracias por estos días. Por mostrarme quién eres, por permitirme intoxicarme de tu esencia. No puedo dejar de imaginar la vida a tu...”
Se quedó dormido sin terminar la frase. Mi corazón no resistía más. Yo no estaba diseñada para soportar todas estas emociones.
Cuando finalmente apagaron las luces, era pasada la una de la mañana. Sam descansaba tranquilamente y yo estaba tan cansada que reposé mi cabeza al borde de la camilla. Pudieron pasar minutos, incluso horas.
Sentí un movimiento a mi lado. Abrí mis ojos, creyendo que Sam podía estar escapando del hospital. Mis párpados estaban pesados y ardían del cansancio cuando, a través de mis pestañas, vi a una enfermera inyectando un medicamento en el suero de Sam. Me puse de pie rápidamente.
Los ojos de la enfermera eran rojos, como los de Edora.
Su cara… No podía distinguir su cara. Maldito cansancio.
“Se te hizo tarde, Morgan.” -Dijo. Traté de moverme para detenerla, pero estaba petrificada. Ella era la culpable. -“¿Por qué no pudiste mantenerte alejada de él?”
Una risa demencial la siguió por el corredor del hospital mientras escapaba como un humo espeso.
Sam comenzó a retorcerse y yo agarré el suero, descubriendo una niebla violácea danzando en el antes transparente líquido.
Lo jalé con fuerza hasta arrancárselo de la piel antes que la toxina hiciera contacto con sus venas.
Sangre salpicó por todas partes, incluso en mi cara, pero no me importó.
“Oh, que ca...” -Gruñó Sam, despertándose por culpa de mi agresión. -“¿Qué hiciste?”
Entonces lo entendí todo. ¿Qué iba a decirle?
¿Cuál sería la explicación? Permanecí callada por largos minutos esperando que Sam volviera a quedarse dormido.
Se quedó esperando por una respuesta que no podría darle nunca.
No podía decirle del veneno ni de la enfermera con ojos hechizados.
No podía decirle nada sobre brujas o sobre mi Maghkia.
El suero derramó varias gotas en el suelo y las losetas blancas se tornaron negras y humeantes. Lancé el cable y la bolsa del suero al contenedor de basura biomédica más cercano. Debí seguir a la enfermera poseída, pero estaba convencida de que era Edora.
“No.” -Protestó Sam cuando me di la vuelta para salir del cuarto. -“Ya sé porque haces esto.”
Me quedé callada, dándole tiempo de que siguiera hablando.
“Estás molesta y tienes todo el derecho de estarlo. Pero acepté mi error y me disculpé. Lo lamento tanto, Morgan. No era mi intención lastimarte.”
Extendió sus manos a mí y aunque moría por dentro de tocarlo, me mantuve firme. Si me quedaba con él, podía mantenerlo a salvo. Así que debía dejar huir a la enfermera.
“¿Cuánto te pagó?” -Exigí saber.
“¿Por qué importa eso? Más o menos dinero no haría diferencia. Y para tu información, le devolví el dinero.” -Confesó él.
¿Cuánto?” -Pregunté nuevamente, mostrando mi antipatía.
“Eres demasiado terca, Morgan, tan terca que es irritante.” -Añadió casi derrotado.
“Entonces deja de buscarme. Ahora que conocemos la verdad tras tu interés, puedes dejar de actuar.” -Dije con tristeza. Él negó con la cabeza, como si yo hablara en una lengua extranjera y él no entendía una palabra. -“¿Cuánto te dio? No te preguntaré otra vez, Sam Whilhey. Me lo debes.”
“No te debo nada.” -Respondió a la defensiva.
“Yo a ti tampoco. Entonces… este es un adiós.” -Me despedí agarrando mi abrigo y mi sábana. Sin mirar atrás, caminé directo a la salida. Un fuerte ruido arruinó mi plan de escape, obligándome a voltear. Sam se caía de la camilla mientras me gritaba palabras que mi cerebro nunca registró.
Tonta yo, corrí a ayudarle. El ruido aún hacía eco en mi mente y mientras Sam hablaba yo no podía distinguir ni una sola palabra.
“Quinientos dólares. Eso me ofreció Jerome. La mañana después de la boda fui a su casa y les devolví el dinero. Les dije que yo no era el hombre que ellos buscaban y tú no eras la mujer que él creía. Sentí que tu y yo estábamos hechos para pertenecernos. Nunca me volvió a hablar, ni intentó persuadirme para que hiciera lo que él quería.” -Repitió después que lo ayudé a volver a la camilla. -“Lo lamento. No debí hacerte eso.”
Pensando en sus palabras, me quedé callada. Con mis manos cubrí mi rostro por algún rato. Algo se había roto entre los dos. Algo que nunca pudo llegar a ser. Pero igual estaba roto. Yo estaba destruida. Mi orgullo. Mi alma. Mi corazón. Todo en mí se había quebrado.
Cerca del mediodía, el doctor regresó y nos regañó por Sam no tener el suero. Ninguno de los dos mencionamos una palabra.
“Tengo una pregunta para ti.” -La voz de Sam rompió el hechizo de silencio de la sala de emergencias. Lo miré, segura que las sombras bajo mis ojos eran más oscuras que el fondo quemado de un caldero. -“¿Por qué te sentiste tan ofendida?”