Dulce Amenaza Capítulo 19 ¿Cuánto apostaste tú?
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Capítulo 19 ¿Cuánto apostaste tú?

¿Cuál de los dos era más patético? ¿Sam o yo? Esa pregunta me comía por dentro, aunque la respuesta me dolía más.

Obvio que yo era la peor. Estaba furiosa por haber sido víctima de una apuesta cuando había hecho exactamente lo mismo. La única diferencia es que yo lo había descubierto y Sam jamás se va a enterar.

La comida ha sido siempre la herramienta más poderosa de la magia, y de mi Maghkia también.

El primer vino se originó como una poderosa poción de amor que salió mal.

Las mujeres toman vino para relajarse. Una copa en la mano, el cuerpo sumergido en una bañera, no es nada menos que un ritual. Los rituales son Maghkia.

La comida contiene la energía de todo: del bienestar, felicidad, fuerza, amor, sexo.

Mi Maghkia es espiritualidad y es mencionada de forma disimulada en muchas biblias: ‘Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios…’ Pero no todos están listos para esa conversación.

Mi Maghkia es mi espíritu, todos somos espíritu, y todo espíritu tiene un origen.

La Maghkia está en todas partes. No en la magia descrita en libros. No se encuentra en calderos y escobas y ancianas que comen niños para rejuvenecer.

La Maghkia real está en nuestro interior. En pactos sellados con saliva. Acuerdos hechos con sangre. Contratos pagados con piel.

La Maghkia está en el dolor y en el sentimiento. Es de lo que estoy hecha… y la razón de la muerte de mis padres, según la señorita Regal.

Justo ahora, comiendo en un restaurante de comida rápida, solo sentía odio. Fui tan ignorante y ciega a las intenciones de Sam. Quería que él me amara. Quería gustarle. Y todo fue una decepción barata.

Había caído en su trampa, casi dándole lo que planeaba obtener desde un principio. ¡Qué perspicaz! Ganarse mi confianza para luego hacer alarde de lo fácil que se le hizo.

La comida sabía a arcilla, haciéndome extrañar profundamente mi cocina.

Volver a casa era lo más sensato, pero necesitaba un poco de distancia y espacio para pensar.

Lo mejor era hornear una enorme cantidad de cualquier cosa comestible y volver al servicio fúnebre de Patrick, fingir lágrimas de pena y alimentar a todo el pueblo hasta que sus barrigas exploten.

Pancitas explosivas era un excelente nombre para el postre fatal.

Darles de comer a todos y reservar a Sam hasta el final.

Él debía ser mi último trabajo. Una muerte que pase a la historia como toda una obra maestra.

Aún reinaba la luz del sol cuando conduje de vuelta. La oportunidad perfecta para ejecutar mi plan aún brillaba, llena de vida. Quizá esta sería la última y mejor ocasión para traer muerte a este pueblo miserable, aunque ahora me cuestionaba si lo hacía por culpa de ellos o por la mía.

De camino a casa me detuve en una ferretería y compré un gran galón de ácido para borrar mis huellas dactilares de la daga antes de desaparecerla. Consideré desvanecerla con más Maghkia pero muchas cosas podían salir mal, como había sucedido hasta ahora.

Hornos a máximo poder, mezclé los ingredientes para unas galletas de doble chocolate. Le añadí el hechizo perfecto para hacerlos pagar por todo. Senti miedo cuando me descubrí riendo como una demente mientras recitaba el hechizo.

“Venenos y penurias a mi alrededor,

Vengan a mí, hagamos una unión.

Imploro a los poderes de la tempestad,

Para hacerlos sufrir y que no mueran en paz.

Que tomen de mi copa de miel y traición,

dulzura al primer sorbo, letal al corazón.

Que coman de mi mano, de mi falsa piedad,

y duerman para siempre en mi oscuridad.”

Puede ser que se me haya pasado la mano. No debí añadir esas gotas de ácido pues el conjuro bastaba. Una pizca extra de maldad nunca estaba de más, me convencí.

Los hornos terminaron el trabajo y las galletas estaban tibias y suaves.

Se veían tan deliciosas y tan chocolatosas que, si no hubiera sabido el maleficio homicida escondido en su interior, las hubiera engullido todas de una sentada.

Eran una muerte indiferente cubierta de chocolate derretido.

Death by chocolate cookies, así les llaman.

El sol se despedía detrás de mis cortinas y la neblina de la noche subía como leche espumosa. De prisa, coloqué las galletas en una bandeja para mantenerlas calientes y me vestí con unas ropas negras apropiadas para la ocasión.

Pasé por la casa de los Regal hasta encontrar un estacionamiento cercano. Dejé las galletas en la van hasta que se llevaran el cuerpo de Patrick. Justo entonces, cuando muchos lloraran como bebés, me encargaría de sus atormentadas almas.

Nada mejor que una galleta de chocolate caliente y recién horneada para calmar el llanto. Para siempre.

“Gracias por venir.” -Me dijo la señorita Regal tan pronto puse un pie en la casa. -“Ven a ayudarme, querida.”

Estaba actuando muy extraño, como si mi primera visita nunca hubiese pasado y como si no me hubiese culpado por la muerte de Patrick. Mientras la seguía a la cocina, vi a Lavender. Preferí ignorar su presencia así como ignoraba la de los demás.

“Gracias por las cositas que me dejaste temprano. Me salvaste la vida. De verdad que no tengo fuerzas ni para hacerme un sándwich.” -Dijo agradecida.

“Es un placer. Todo lo que pueda hacer por ayudarle.” -Respondí confundida.

“Oh, el agente Whilhey te busca con desespero. Tal vez debas ir a buscarlo. Está por la casa en algún lado.” -Me guiñó un ojo. -“¿Cómo va todo con él? ¿Tiene material de marido?”

Ignoré sus preguntas y me enfoqué en otras cosas.

“Él puede esperar. Usted me necesita en este momento de dolor y aquí estoy para ayudarla.” -Evadí su pregunta. -“Prepararé café y chocolate caliente.”

“¿Qué haríamos nosotros sin ti? Eres un ángel, tesoro. Oh, también te busca Viktor. Buen chico. Ahora es que tu vida se pone interesante, cariño. No pierdas la oportunidad. La vida es muy corta.” -Y se alejó después de pellizcarme las dos mejillas.

La pena me asaltó inesperadamente, pero la empujé fuera de mi mente enseguida. Me reía en el interior por lo que pronto ocurriría.

Ella tenía razón. La vida era corta. Para algunos más corta que para otros. Mis galletas de chocolate estaban a punto de demostrarlo.

Mi venganza vería la luz al fin. Pero ¿Por qué no me sentía gloriosa por la ocasión? Debería estar celebrando la inminente masacre. ¿Por qué no lo estaba?

Fui a mi van rápidamente, y volví con las galletas aún tibias.

Este suplicio acabaría esta misma noche.

Culminaríamos todo este capítulo. El cierre maestro a toda esta saga de gente retrógrada y ensimismada.

Una boda hubiera sido la mejor oportunidad para acabarlos a todos, pero un funeral era morbosamente apropiado.

Una pequeña niña me interceptó frente a la casa.

“¿Puedo probar, repostera? Seré buena. ¡Pinky promise!” -Dijo extendiendo su pequeño dedito.

Mi corazón se sobresaltó y comprendí porque no me sentía ganadora.

Esta niña me recordaba a Lilly. ¿Acaso sería yo capaz de envenenar a Lilly si estuviera en mi camino?

Si se burlara de mi caminar, ¿sería tan maliciosa y vil de alimentarla con un bizcocho de unicornio envenenado?

Una conmoción surgió en el balcón y dejé a la niña atrás sin respuesta y sin galletas.

Había una muchedumbre reunida, probablemente comentaban sobre la causa de muerte o de quien sería la próxima víctima si el asesino no era detenido.

Me acerqué para escuchar, pero no eran habladurías sino una emergencia.

“Por favor, manténganse a distancia. Necesita aire.” -Alguien gritó con voz autoritaria. -“Abran paso.”

Pregunté a varias personas en mi camino hasta que la señorita Regal vino buscándome.

“Ay, querida. Es mejor que vayas. Se lo llevaron al hospital.” -Dijo con lágrimas reuniéndose en sus viejos ojos.

“¿Quién va para el hospital?” -Pregunté. Los nervios me atacaron implacables. Mi espina dorsal sudó un torrente.

“El pobre Sam. Se enfermó. No sé qué le pasó. Estaba sudando frío.” -Me contó, secándose la frente y las mejillas con un pañuelo. -“Se pondrá mejor si te ve.”

Corrí a mi van, lancé las galletas en el asiento del pasajero y conduje de prisa.

A la distancia podía ver las parpadeantes luces de la patrulla entrando al hospital.

Cuando me abalancé a la sala de emergencias, la recepcionista me pidió que esperara hasta que ella regresara.

Caminé de un lado a otro preguntándome por qué tardaba tanto en volver.

El agente Evo apareció primero y le pregunté por Sam.

“Le harán pruebas de sangre. Nadie sabe nada de él, así que no sabemos qué tiene.” -Me informó.

“Tiene problemas de azúcar.” -Me apresuré a decir y sus ojos se hicieron más grandes aún.

El agente Evo me guió al interior del hospital donde la recepcionista, que también era enfermera, atendía a Sam.

Le conté lo que sabía y pudieron atenderlo más rápido, logrando estabilizarlo.

Me quedé con el agente Evo en la recepción hasta que el doctor vino a hablarnos.

Como él estaba de turno cuando ocurrió el incidente, Evo podía recibir un reporte médico.

“¿Morgan?” -El doctor me llamó. Me presenté como amiga de Sam. -“El paciente está descansando, pero no deja de llamarte. Está muy irritado. Intenta calmarlo, por favor. Y haz arreglos para que un familiar venga a firmar los papeles de alta y seguimiento médico mañana.”

Una enfermera me guió hasta donde Sam descansaba. No sabía qué sentir. No sabía si me sentía asustada y aliviada de que estuviera en el hospital, pero recuperándose; o enojada por haber arruinado mis planes de matarlos a todos, él incluido.

Me quedé parada junto a la camilla, observándolo. Instantáneamente me sentí aliviada. Por eso me odiaba. Mi corazón se estaba volviendo demasiado blando.

“Ey.” -Sam trató de sonreír. -“¡Estás aquí!”