Capítulo 18 ¿Cuánto Te Costé?
Cargando el saco que escondía mi daga y sosteniendo la foto de mi madre en la mano libre, corrí por la calle tropezando con algunas personas.
Cerca de mi tienda caí de rodillas, rompiendo la tela de mis leggings y rasgándome la piel.
Manchas de sangre comenzaron a aparecer tan pronto como me puse de pie y subí a mi van.
El dolor era exasperante, pero el miedo me devoraba más que el dolor.
Parecía que este pueblo estaba lleno de personas que me culpaban por todo lo que aquí sucedía.
Me acaricié las rodillas, intentando relajar la tensión que sentía.
La pesadez había caído sobre mí, haciéndome sentir como un gato arrollado por un camión.
“Hola.” -Alguien gritó mientras golpeaba en mi ventanilla. ¡Qué inoportuno, justo comenzaba a sanar mis rodillas con mi Maghkia! Era necesario sanar y dejar de perder mi tiempo. Ni siquiera alguien que planeaba tanta maldad merecía soportar semejante dolor en vano.
Recolecté la Maghkia de vuelta, intentando aplacar la energía que colisionaba con maléfica fuerza.
Miré a mi izquierda solo para encontrar a Viktor, el tipo de la ciudad, vigilante y curioso.
Bajé la ventanilla solo unas pulgadas y le respondí hola de vuelta.
-“¿Estás ocupada? Vine a recoger algunos pastelillos pero estaba cerrado. ¡Gracioso letrero de hecho!”
“Lo siento.” -Me disculpé, pero estaba segura que no abriría mi tienda solo para alimentarlo a él. -“Estaba de salida en este momento. Tengo una reunión. Ya sabes, coordinadora de actividades.”
“Mi culpa.” -Dijo con una sonrisa cursi. -“La señorita Regal me llamó a mi celular. Está en la morgue y necesitaba ayuda con los bocadillos para después. ¿Puedes ayudarme? Me llevaré lo que tengas preparado.”
¿La señorita Regal está en la morgue? ¿Acaso es eso posible si hace dos minutos estaba culpándome de la muerte de Patrick en su propia casa?
Lo pensé dos veces antes de abrir la puerta del carro y caminé al lado de Viktor de vuelta a Dulce Amenaza. Mejor que fuese rápido. Necesitaba irme. Desaparecer. Huir.
“Espera aquí. Siéntate, por favor.” -Detuve a Viktor frente al mostrador. -“Tengo algunas bandejas de tartas y bocadillos que acabo de preparar. Los traeré.”
Maghkia hecha, regresé cargando algunas bandejas.
“Puedo ver por qué las personas adoran este lugar. Es muy agradable aquí. Tiene la esencia de galletitas, café y amor hogareño. El estilo gótico chic, realmente enamora.”
“Gracias.” -Respondí con apreciación. -“O solo aman este lugar porque no hay nada más en este pueblo.”
“Puedo jurarte que ningún lugar es como Dulce Amenaza.” -Mencionó el nombre de mi tienda con una ternura que solo siente alguien que le ha tocado esfuerzo crear un negocio.
-“Cada pared transmite un sentimiento. Las emociones emanan de esos candelabros. ¡Cuántas parejas se habrán dado el primer beso justo donde estamos parados! ¡Cuántos deseos de acurrucarse con la chica indicada justo en este resplandeciente suelo!”
Mis cejas se arquearon asombradas. ¿Acaso este hombre -el que clamaba no saber nada de mujeres decentes- estaba siendo poético a estas horas?
“Bien. Aquí tienes la orden de la señorita Regal. Ahora debo irme o llegaré muy tarde.” -Pronuncié con urgencia mientras sujetaba la puerta. Viktor no había agarrado las bandejas y yo ya lo estaba echando.
“Primero te pagaré.” -Dijo sosteniendo su tarjeta de crédito.
-“No pagarás esta vez. Estoy comenzando a sentirme mal. Si nuestros encuentros y citas van a ser así, me deshonras. Soy un hombre. Me corresponde pagar. Tú eres la hermosa e inteligente dama. Debes permitirme satisfacerte, consentirte y solo disfrutarlo.”
Sus palabras me transportaron a la boda de Dariel, donde él me sujetó de la mano, y el contacto fue un cortocircuito en mi cuerpo. Una sensación… diferente. No había sentido nada así, y no sabía si era una sensación placentera o peligrosa.
“Chistosito.” -Susurré, dirigiéndome a la caja registradora. -“Doscientos veintitrés con ocho centavos.”
“¿Necesitas mi teléfono para el comprobante?” -Viktor preguntó con una curiosidad perversa.
“No. No hace falta.”
“Puedes llamarme. Puedo invitarte a cenar más tarde si me lo permites. Prometo comportarme.” -Propuso, escribiendo su número de celular tras su tarjeta de negocios. Extendió su mano para despedirse como todo hombre de negocios y cuando coloqué mi mano en la suya, plantó un beso sobre mis nudillos.
Conduciendo negligentemente, pasé el camino que llevaba a mi casa, pero no era a donde me dirigía.
Solo pisé el acelerador con más fuerza. ¿Qué está pasando en mi vida?
Primero Sam, la asquerosa confesión de Jerome, ahora Viktor.
Lo menos que necesitaba en este momento eran pretendientes, machos pensando que podían conquistarme y llevarme a la cama.
¿Un tipo de la ciudad? Ja. Uno era demasiado.
¡Pero dos tipos de la ciudad! Como si uno solo no ocasionara suficientes estragos.
Y si le sumamos un macho retrógrado con aires de cemental… No necesito el drama ni el conflicto.
Esa era la razón por la que siempre catalogué el amor como una enfermedad terminal. Hombres… Son el pecado que seduce incluso a una santa que vive cansada de fingir inocencia, solo para usarla y desecharla.
Yo…
Yo soy desierto y ellos son lluvia. Me tocan y se evaporan. Pero parece que disfrutan morir intentándolo.
Un carro retumbó su sirena detrás de mí y sus luces comenzaron a parpadear como bola de disco. Aun así no me detuve. No podía. Necesitaba continuar a pesar de que mi acción era contra la ley de este pueblo y podía ser arrestada por conducir a exceso de velocidad y negligentemente.
Por el retrovisor noté que no era una patrulla regular, sino un batimóvil con una luz desmontable cerca del sunroof. Pisé más el acelerador, ganándole ventaja. Estaba casi celebrando cuando el carro desapareció de mi campo de visión.
Pensé que lo había dejado atrás cuando el carro pasó veloz y sin ninguna dificultad a mi lado. Fueron microsegundos pero lo recuerdo en cámara lenta. Sin esfuerzo alguno, me bloqueó el camino y casi no tuve tiempo de frenar.
Obligada a detenerme, frené con fuerza y las llantas de mi van chillaron sobre el pavimento húmedo.
Recordando que la bolsa de nilón con mi daga yacía a plena vista en el asiento del pasajero, me apresuré a esconderla bajo el asiento antes de que el policía de turno viniera a hacerme las advertencias de rigor.
El carro charcoal mate bloqueando el camino era una mala señal.
Un segundo después, mi puerta se abrió y Sam estaba vestido con su uniforme, mirándome con severidad.
“¿Qué pasa contigo, Morgan?” -Reclamó. Me quedé callada, mi corazón aun estaba alterado con la adrenalina de la carrera. -“¿A dónde vas como poseída por el infierno?”
“Ese no es asunto tuyo.” -Le gruñí con desprecio, asustándolo con mi comportamiento hostil. Debería sentirme agradecida de que no me fuera a arrestar, pero solo sentía ira. El eco de las palabras de Lavender no quería abandonarme.
“Esta no eres tú, Morgan. ¿Qué sucede?” -Sam preguntó. -“Por favor, sal del auto.”
“No sabes nada de mí.” -Dije desafiante, pero obedecí su orden y salí de mi van.
“¿Y eso qué? ¿Qué debo saber de ti que pueda cambiar lo que siento?” -Me cuestionó y reí en desdén.
El sonido parecía más un bramido por mi nariz, mientras repetía a modo de burla lo que siento.
Me daba igual. Yo no era ni jamás sería la mujer perfecta, con la risa perfecta, y los amaneceres con cutis perfecto de la que se enamorara por amor, no como una apuesta entre amigos.
Impaciente, pensé profundamente en una respuesta. Pero me estaba demorando demasiado tiempo. Mirar a lo recóndito de sus ojos era un impedimento para pensar con claridad.
“¿Cuánto te pagaron?” -Logré decir al fin. Ni el hechizo de sus hermosos ojos podía arrebatarme el dolor causado por esa puñalada por la espalda.
“¿De qué estás hablando?” -Sam argumentó levantando las manos hasta llevarlas a su cabeza y acariciar su hermoso cabello.
“Sabes a lo que me refiero. ¿Cuánto te pagó Jerome para que te metieras en mi cama?” -Una lágrima se deslizó por mi rostro, cayendo olvidada al suelo.
“¿Por qué preguntas eso?” -Insistió.
“¿Por qué? Porque quiero saber cuánto cuesta una mujer entre amigos.” -Grité. -“Porque eres un cerdo y tu amigo es un idiota. Porque pudiste haberme gustado, pero no de esta manera. Te mereces todo el odio del mundo.”
Sam se quedó inerte. Imaginé que no sabía cómo defenderse ante esta acusación. Lo había atrapado en su secreto oscuro. Era mejor quedarse callado que admitir cuánto le habían pagado por tratar de acostarse conmigo.
Dicho esto, entré a mi van y continué conduciendo, esquivando su carro por una zanja al borde de la carretera. Y pensar que estuve a punto de caer en sus garras y tener una razón adicional para ser la burla de todos.
No me detuve hasta que estaba tan lejos del pueblo que solo podía esperar olvidar el camino de vuelta y borrar las últimas dos semanas de mi memoria.