Capítulo 16 Un cambio de corazón
Pude haberme quedado tranquila, saboreando las formas en que el Universo cobra las deudas pendientes. Pensaba que el sufrimiento de los que me han hecho daño podía sentirse como justicia, hasta que la vi temblando de miedo en su vestido de novia y no sentí ninguna satisfacción.
“Es posible que tenga algunas cosas para una decoración rápida pero hermosa.” -La cara de Dariel resplandeció con la idea.
-“Pero no creo tener muchas cosas árabes. Estoy segura que tengo cosas de todo el mundo. Depende de ti. Es todo lo que tengo. Una romántica decoración de ‘amor alrededor del mundo’.”
“¿Cuánto me costará?” -Preguntó aterrorizada con la idea de deber más dinero.
Me sonreí discretamente.
“Nah, Está bien. Solo llámale un favor o un obsequio de bodas.” -Le aseguré, tirando de ella y arreglándole la parte trasera del traje con mi Maghkia. Me abrazó rápidamente, empapando mi cuello con sus lágrimas.
Conduje algunos minutos y regresé. Mi van estaba cargada hasta el techo.
Eso era lo bueno de mi Maghkia. Las cosas aparecen y desaparecen a mi discreción.
No necesitaba un almacén para guardar enormes cantidades de cosas, ni ayudantes ni superfuerza para atar las mesas al techo de mi van.
Cuando me disponía a bajar las mesas, no podía dejar de pensar qué sería de estas personas sin mí.
Ellos me necesitaban más de lo que yo a ellos.
En muchos sentidos estas personas eran vulnerables y dependían demasiado.
Sentí tristeza y pena por ellos. Son solo gente de pueblo que no saben nada del mundo real, aparte de sus viejas costumbres.
Hablan de familia y comunidad, pero son las primeras dos cosas que destruyen y viven obligados a fingir en vez de amar.
Solo ocho días han pasado desde que conocí a Sam, pero mis expectativas y valores habían sido bombardeados hasta casi sucumbir.
No podía reconocer a la chica en la que me había transformado en solo una semana.
¿Pero quién era realmente yo? ¿La perversa bruja planificando matarlos a todos con loco anhelo de venganza?
¿O la bruja capaz de dejarlo todo ir y enseñarles a estas personas cómo se deben hacer las cosas?
Contrario a la mayoría de la gente, el dinero nunca ha sido un problema para mí. Con mi Maghkia convierto en realidad casi todo lo que deseo. No necesito el dinero de esta gente y aun así estoy aquí sirviéndoles a diario. Cocinando y horneando para ellos. Por ellos.
No. Hago esto por mí. Por la salud de mi alma y la paz de mi corazón. Porque amo lo que hago, sin importar el cansancio, las humillaciones o las críticas. Hago lo que amo y debo estar agradecida por ello.
“¿Puedo hacerte una pregunta incómoda?” -Me acerqué a Dariel. Ella asintió mientras hacía espacio para las decoraciones. -“¿Por qué sus familias no trataron de ayudarlos en este momento tan importante?”
El rostro de Dariel mostraba una combinación de emociones. Tristeza, frustración, amor, compasión, traición.
“Te mereces la verdad, Morgan.” -Dijo, mientras se soplaba la nariz en una servilleta y la escondía en su escote.
¡Qué asco! Intenté disimular la expresión de mi rostro, pero soy un fracaso fingiendo.
-“La mayoría de estas personas son todos unos hipócritas. Las ‘familias’…” -dijo haciendo unas comillas invisibles en el aire mientras pronunciaba la palabra -“viven de la apariencia y no de ser familia. Por eso, la mejor esperanza para las mujeres jóvenes es encontrar un buen esposo del que nuestras familias también se beneficien. Mi pobre Orión es pobre. Mi familia no lo quiere.”
Me alejé de ella mientras volvía a hacerse un mar de lágrimas. Lloraba pero, esta vez, mantenía sus manos ocupadas decorando su propia boda. Para esta gente, todo giraba en torno al poder y al dinero que pudieran tomar.
Dinero…
“¿Necesitas ayuda, hermosa damita?” -Me asusté por culpa de un hombre en sus treinta y tantos parado cerca de mí.
“Gracias, por supuesto que se agradece toda la ayuda. Esta boda está por comenzar.” -Contesté, alejándome de él. El hombre comenzó a bajar las mesas y yo las acomodaba bajo los árboles. Era un lindo lugar para celebrar una boda.
El novio ayudó también -saludándome con la cabeza en señal de gratitud. Pronto fui rodeada por media docena de hombres, Sam incluido. Quince minutos después, todas las mesas estaban acomodadas. -“Gracias chicos. Son un excelente equipo de trabajo.”
Les aplaudí y ellos rieron y se chocaron las manos. Los invitados, incluyendo los familiares se habían asomado, por entrometimiento, pero no para ayudar.
“Gracias por demostrar lo que realmente es ser comunidad.” -Aproveché a decir, a modo de agradecimiento pero también a modo de indirecta. -“Ahora vayan a arreglarse. La boda comenzará pronto.”
Aquí estaba yo repitiendo la historia de mi vida. A cargo nuevamente. A cargo y sin paga.
Debo amar lo que hago para siempre terminar de voluntaria en el trabajo que le pagan a alguien más. ¿Nadie se ha puesto a pensar que si no tienes dinero para un servicio, no debes contratarlo? ¿Y que si lo contratas y no le pagas por adelantado, ni te hacen el servicio ni te devuelven el depósito?
Menos yo.
Dulce Amenaza, una organización sin fines de lucro, destinada a la caridad en favor de los que me han destruido durante toda mi vida.
Rápidamente, acomodé los vistosos manteles sobre las mesas mientras Sam acomodaba los coloridos cojines en el suelo. Le pedí que se fuera a arreglar, pero se negó.
“Es mejor si te ayudo. No quiero que nos perdamos la ceremonia.” -Dijo.
“No es la gran cosa. Puedes ir sin mí. He ido a cientos de bodas y todas son exactamente iguales.” -Dije intentando restarle importancia a la ceremonia.
No era el momento de confesarle mis miedos.
Pero no podía sacar esos temores de mi cabeza.
¿Qué tal si me derretía cuando caminara al interior de la iglesia?
El pensamiento trajo un repentino impulso de náuseas por todo mi cuerpo y mi piel se erizó como cactus.
¿Derretirme? Esa sonaba como idiotez inventada por perdedores, y aún así temía.
“¿Estás bromeando? Quiero estar allí contigo. Este vestido y esta hermosa dama deben ser mostradas al mundo.” -Confesó, peligrosamente cerca de mi cara.
Su aliento a menta me provocó más escalofríos, y mis mejillas se volvieron del color del vino tinto.
-“Lo que quiero decir es que quiero estar contigo en la ceremonia. ¿Por qué me haces esto? Sabes a lo que me refiero. ¡Deja de ponerme nervioso!”
No sé porqué, pero Sam tiene la habilidad de hacerme reír a pesar de lo nerviosa que pueda estar. Después de algunos segundos de respirar como en una sesión de yoga, accedí. No tenía opciones. Con Sam era sí o sí.
“Bien, pero necesito terminar esto sola. Para que todo sea perfecto necesito mi tiempo y mi espacio. El aura y la buena vibra desaparecen si no me enfoco lo suficiente.” -Mentí.
“¿Cómo magia?” -Preguntó con tono coqueto. Prevenida, torcí mis labios.
“¡Si, como un buen truco de magia!”
Cuando por fin me acerqué a la fachada principal de la simple capilla, el séquito estaba listo para desfilar. Yo estaba atornillada al suelo, anclada por demonios invisibles. Solo un paso en terreno santo y podía desvanecerme en el aire. Desaparecer. Explotar. Derretirme. O todas las anteriores.
“¿Lista para entrar?” -Sam preguntó, extendiendo su brazo para que lo sujetara.
“No estoy segura de querer hacer esto.” -Le confesé aterrada.
“¿Mi compañía no es de ayuda?” -Preguntó evidentemente ofendido.
“No. Ese no es el problema.” -Me apresuré a decirle. -“La compañía es genial. Es solo que tengo… problemas de autoestima.”
Otra más de sus sonrisas y pronto me creería cada cosa que él dijera. En especial ahora que Connie había aparecido y lo llamaba con voz enamorada.
“No deberías sentirte así. Pero si ayuda, sujétate fuerte de mí. Te mantendré a salvo.”
“¿De verdad?” -Pregunté con cierta incredulidad, pero decidí aceptar lo inevitable.
“Por siempre.” -Susurró él con una sonrisa que acabó conmigo como dardo tranquilizante.
Muchas personas danzaban felizmente pero yo escogí quedarme sentada en mi cómodo cojín sobre la yerba. Sam estaba a mi lado, comiendo uvas blancas y sorbiendo una mimosa virgen.
“Parece que tienes otro admirador.” -Sam musitó en mi oído. Lo miré y torcí los labios para que entendiera que estaba delirando. Incluso le volteé los ojos. -“¡Oh, tenemos una incrédula! Te lo voy a probar.”
No es que fuera incrédula pero aun estaba abrumada y algo emocionada por no haberme derretido cuando caminé por la capilla. Había sido una grata experiencia. Pacífica y necesaria.
Cuando abrí los ojos de vuelta a la realidad, Sam se había levantado y se alejaba de mí. Me derretí al verle. No muy discreta, lo observé moverse con confianza hacia donde estaban aglomeradas las señoras mayores. Sam era un hombre de ensueño.
Demasiado guapo, vistiendo una chaqueta negra, pantalones negros, zapatos negros.
Una camisa blanca lo hacía ver perfecto.
Sam parecía un modelo de revistas, un actor, una super estrella.
No fue difícil comprender las razones por las que estaba cayendo prisionera de su encanto.
Me derretía porque él era la fuente de calor.
Aprovechando la soledad momentánea, me levanté y fui a la mesa del buffet. Mi mente necesitaba un incentivo para dejar de hostigar a Sam con la mirada. Solo podía imaginar mi rostro de cachorrito necesitado implorando una caricia.
Este sentimiento se estaba volviendo muy obvio para mí, y por extraño que fuera, se sentía condenadamente bien. Mi mayor temor era no poder ocultarlo del resto del mundo.
Quizá algo de comida pudiera curar mi alma deshecha.
La fortaleza impenetrable que era mi espíritu y mi carácter, se estaba convirtiendo en una montaña formada de hojas y cenizas.
Mi determinación, las esperanzas que tenía, las ideas y venganzas meticulosamente planeadas en mi mente, se estaban volviendo migajas de un viejo y seco pastel.
“Escuche lo que hiciste por Dariel.” -La señorita Regal apareció indetectable, como una sombra. -“Me sorprendes. Después de todo lo que esta gente te ha marginado, aún encuentras corazón para ayudar aunque ellos no lo merezcan.”
“Quisiera pensar que al menos uno de los presentes haría el intento de ayudarme en una necesidad.” -Respondí dudando cada palabra.
“Yo lo haré sin pensarlo. Solo dime que necesitas y allí estaré.” -Se rió unos instantes como si fuera un gato que trata de sacar una bola de pelo de la garganta.
-“¿Sabes quien más haría cualquier cosa por ti? Sam. Ese muchacho está tan enamorado que tú serás su fin.” -Y se alejó, no sin antes apretarme las mejillas y dejarme sin haber pronunciado la pregunta más importante. ¿Cómo seré yo el fin de Sam?
Fresas frescas sobre una crepa y algunos pedazos de jamones y quesos, y estaba lista para volver a la mesa. Otra ojeada a la mesa de comida y me rendí, llenando el espacio vacío de mi plato con pastelillos y rollos de crema.
Lo acepto. Soy débil y sé que no es un mal hábito, es un vicio, pero no me siento capacitada para evitar la tentación. Al menos no en este preciso momento. No necesito añadir los bizcochos a la lista de todas las tentaciones que tengo que resistir.
No me siento culpable tampoco. Mi Maghkia necesita inspiración y recompensa.
De lo contrario, ¿cómo hubiera tenido la fuerza o el poder de crear un hechizo refrescante para preservar la comida fresca bajo esa carpa tan caliente?
Observé a todos los invitados con la esperanza de encontrar a Lavender, pero no la vi entre el gentío.
Había tantas cosas que necesitaba decirle.
Solo habían pasado algunos días, pero se sentían como meses lejos de su contagiosa risa.
“Tú debes ser Morgan.” -Volteé a ver quien me hablaba. El hombre que había ayudado con las mesas estaba a mi lado, sus manos descansaban cómodamente en los bolsillos de sus jeans. -“Soy Viktor, primo de Dariel. Acaba de contarme lo que hiciste por ella.”
“No fue nada.” -Le respondí, descartando la conversación con él.
“Es mucho, Morgan. ¿Cuánto te debe Dariel? Te haré un cheque en este momento.” -Su chequera había sido convocada de sus bolsillos traseros y Viktor ya estaba garabateando uno de los cheques.
“Oh, no. Hice esto porque quise, no porque necesitara pago. Dariel no me debe nada.” -Le respondí algo ofendida.
“Vamos, todo tiene precio estos días. Hay muchísima más comida que lo que le cobraste. Déjame pagarte. ¿Diez mil dólares son suficientes?”
Las palabras cachetéalo en sus gordas mejillas cruzaron mi mente demasiadas veces en un nanosegundo. ¿Acaso no entendió que dije no? Cualquier otra persona hubiera tomado el dinero, pero yo no lo necesitaba. Prefiero que me deban el favor a ser yo quien deba.
“Mira, esto es muy incómodo. Un favor no tiene precio. No hay dinero que pueda pagar la capacidad de hacer a alguien feliz.” -Yo estaba boquiabierta con mis propias palabras de sabiduría.
-“Hice esto para ayudar a Dariel. Si hubiese sabido que ella le diría a alguien, no hubiera hecho semejante cosa. Odio los reconocimientos.”
Sin esperar su respuesta di la vuelta y me alejé.
“Espera.” -Dijo, sujetándome suavemente por mi codo izquierdo. La electricidad que sentí fue como haber sido golpeada con un taser del FBI. -“No era mi intención ofenderte. Solo soy un tipo de la ciudad que no sabe nada de tratar mujeres independientes y educadas como tú.”
Viktor se rió, pero su risa delataba que era un don Juan.
“Lamento escucharlo.” -Respondí, frunciendo los labios.
Pero no sentía pena, solo sentía enojo hacia él.
Lo único que deseaba era volver a mi mesa y descartar esta conversación.
Desvié la vista de Viktor en busca de Sam y me di cuenta que él ya estaba en nuestra mesa, observándome con semblante entretenido.
“¿Puedo invitarte a cenar en la ciudad esta noche? Tengo el presentimiento de que mereces una escapada a la ciudad con desespero.” -Me ofreció como si yo fuera una ignorante niñita y él un depredador ofreciéndome dulces para engatusarme.
Lo miré llena de incredulidad disfrazada. ¡Esto debía ser una broma!
Ser invitada a dos citas el mismo mes era un record.
Haber sido invitada a una sola cita en todo un año era un record para mí.
La respuesta a su invitación era obvia; sin embargo necesitaba las palabras correctas para decirlo.
Miré a Sam en busca de inspiración y me di cuenta que estaba aguantando la respiración, expectante.
Me sentí agradecida de no ser la única asfixiándose por la ausencia de oxígeno.
Finalmente miré a Viktor. Una enorme sonrisa enmarcaba mi rostro.
“¡Wao, la ciudad!” -Dije en tono barato y con una emoción robótica y sarcástica. Lo más importante es que logré mantener la sonrisa como tatuaje. -“No es la gran cosa. Gracias de todas formas, pero estoy ocupada esta noche. Te deseo suerte cazando.”