Capítulo 15 Derretida #2
Todas las palabras que Sam me había dicho… Todos los abrazos que me había regalado… Cada pequeña cosa ahora dejaba el mal sabor de una mentira. Una falsedad zambullida en salsa picante y empujada a la fuerza por mi garganta.
Cuando Sam apareció por mi casa esa noche yo estaba ocupada horneando varios bizcochos. Horneando sin atajos para conseguir olvidar su nombre, su rostro y el calor de su cuerpo contra el mío.
Mis hornos estaban llenos a máxima capacidad.
El horno inferior estaba lleno de moldes de diversas formas para el bizcocho de la boda árabe.
El horno superior –y mi predilecto por muchas razones- estaba lleno de bandejas con delicadezas sencillas como pastelillos que serían rellenados con guayaba y queso o mangó.
También había flautas glaseadas, rellenas de cremas y piña.
Los quemadores de la estufa estaban encendidos también. Crear las tortillas de crepas perfectamente redondas era un proyecto lento. Las imaginaba rebosantes con dulces cremas y pasta de avellanas… mmm… No podía dejar de pensar en comida. Comida para destruir al pueblo y más comida para celebrarlo.
La preparación de esta boda me resultaba graciosa.
Los novios no podían ponerse de acuerdo sobre la comida a servirse o qué deseaban con exactitud.
Ambos coincidieron en un bizcocho árabe.
Ambos deseaban una boda al mediodía y un brunch en el patio de la iglesia.
Cuando ambos repitieron a coro ‘crepas y cold cuts’ salté de mi asiento con una risa maniática.
“¡Crepas es a là France!” -Protesté disgustada. -“¿Ustedes quieren una boda árabe o francesa? Podría sugerirles que usen una decoración como ‘las vacaciones de ensueño’ o ‘amor mundial’.”
Ellos intercambiaron algunas palabras antes de que repitieran que querían una boda árabe.
“¿Entonces qué hacemos con las crepas? Son de Francia.” -Mientras mi rostro cambiaba mil tonos de verde por la ignorancia de esta pareja, ellos se rieron como si yo estuviera equivocada.
Aquí estoy, haciendo una enorme tanda de tortillas de crepas para llenarlas al amanecer.
Mientras hacía estas delicias no podía evitar reírme.
Esta iba a ser de hecho una boda entretenida.
Les había ofrecido hacerles un brunch con comida árabe real, fatir o arikah, hummus y kapsa como plato principal.
Rechazaron todas mis ideas. Ellos querían crepas. ¡Pues crepas tendrán!
Sam besó mi cabeza, asustándome con el contacto. Menos de una pulgada hubiera bastado para quemarlo con el sartén redondo.
“Llamé a la puerta pero ni abriste ni contestaste.” -Dijo con sus manos en alto. -“Luego ese olor llegó al balcón y tuve que forzar la puerta. Solo en caso de que necesitaras ser rescatada.”
Sus ocurrencias me robaron una sincera sonrisa pero pronto recordé qué estaba enojada con él. Escabulléndose por mi espalda, Sam robó una de mis crepas recientes. Le golpeé la mano suavemente, regañándolo sin éxito. Un segundo después, ambas manos pasaban sobre mis hombros para robarse otra crepa.
“Gracias a Dios que llegué a tiempo.”-Mientras masticaba, sus palabras sonaban mucho más chistosas de lo que él había planeado. -“Es obvio que necesitabas ayuda.”
“Basta.” -Protesté. -“Esas no son para ti. Tienen azúcar regular.”
“¿Qué?” -Dijo mientras su rostro se tornaba como gárgola. Tan rápido como se volvió estatua, rompió en risas. -“Entonces eso arregla mi azúcar baja.”
Recostado contra la isla de la cocina, Sam me parecía un sueño placentero.
Un sueño que se transforma en una asquerosa pesadilla cada vez que pienso en Connie.
Aún vestía su uniforme, pero los botones superiores de la camisa estaban abiertos.
Su comodidad y su sencillez me hacía pensar en cómo sería el futuro junto a él.
Sam era tan natural. Nada de lo que decía o hacía parecía forzado.
Nada se sentía equivocado o como mentira.
¿Entonces porque sentía que jugaba conmigo?
¿Podría yo ser su dama? ¿Su esposa? ¿Y qué pasaría si continuo haciendo lo que más amo -hornear y cocinar, encargarme de todos los eventos- y solo rendirme a él y su amor?
¿Qué sucedería si dejaba esta venganza atrás y daba un paso adelante en mi propia vida?
¿Qué tal si dejaba Cadence atrás y renunciaba a encontrar respuestas… ?
“Conozco otra forma de mejorar mi nivel de azúcar esta noche…” -El nerviosismo reflejado en el brillo de sus ojos me hizo avergonzar a pesar de que Sam no había dicho lo que pensaba. Su deseo estaba escrito explícitamente en el brillo de sus ojos y en su pícara sonrisa.
Una avergonzada sonrisa se dibujó en mis labios.
“¿Y qué podrá ser?” -Me atreví a preguntar y aunque traté de no sonar coqueta, el tono atrevido me delataba.
“Si me dejas besarte… Apuesto a que tus labios saben a miel.”
Me derretí completa.
Ambos mordimos nuestros labios por vergüenza y curiosidad.
Sonaba tan dulce con el calor del momento.
Sentí mi rostro en llamas aunque estaba segura que el caliente sartén frente a mí no era el culpable.
Intenté suprimir el rubor de mis mejillas pero descubrí que era virtualmente imposible conseguirlo.
Sam se enderezó y caminó hacia mí. Sentí como todas mis paredes se venían abajo, mis defensas eran débiles y mi determinación de apartarlo de mí tenía la fuerza de una micro semilla.
Una caricia de sus dedos se volvió la más poderosa de las medicinas, alejando toda aflicción.
La corriente comenzó en mi nuca y me recorrió completa mientras su masculina mano abarcaba mi cuello… Mi vena yugular saltaba queriendo partirme en dos. Ese latido se unía a la electricidad que brotaba de su mano en mi piel, y puedo jurar que las luces de mi casa comenzaron a parpadear.
La ternura sincera de su sonrisa era un escudo que me protegía. Por otro lado, el acelerado galope de mi corazón era una advertencia o la luz verde en la que solo debía continuar.
Me sujeté fuertemente de la estufa, sus labios a solo pulgadas de los míos. Ya no tenía más espacio para retroceder, sólo un largo camino hacia adelante. Un futuro. Un beso. El comienzo o nuestro final.
“¡Ouch!” -Grité involuntariamente mientras llevaba mi mano cerca de mi rostro.
Descuidada, me había quemado con la sartén, rompiendo el hechizo de un beso casi saboreado.
Sam se apresuró a revisar el daño. Afortunadamente no era mucho.
Mayor era el miedo que me comía todo el cuerpo que la fina línea roja que había dejado la sartén.
“Lo hiciste a propósito.” -Dijo Sam en broma mientras deslizaba sus dedos untados en mantequilla sobre mi pequeña quemadura.
Me mantuve seria aun sabiendo que él bromeaba.
-“Solo bromeo. ¿Lo sabes, verdad? Esto es mi culpa. No debí haberte arrinconado contra la estufa. Recordaré acorralarte contra la nevera la próxima vez.”
“No habrá próxima vez, Sam.” -Me apresuré a decir. -“Tal vez Connie estaría feliz contigo acorralándola alrededor de la casa de sus padres.”
“¿Qué significa eso, Morgan?” -Reclamó.
“Lo que acabas de escuchar. Encontré a Connie hoy… Y a su madre… Ambas me contaron cuán gentil de tu parte aceptar su invitación. Estuviste con ella ayer antes de irrumpir en mi casa. ¿O me equivoco?” -Le reclamé de vuelta.
“No de la manera en que lo piensas. Para nada es lo que te dijeron esas dos.” -Sam se defendió.
“No necesito explicaciones. No somos nada, tú y yo. Solo quiero dejar en claro que no te permitiré jugar conmigo. No soy una pueblerina aprovechada como Connie. Este es un juego peligroso solo para dos. Tú y ella. No me metas en tus cosas.”
Sus gestos de negación me dejaron impresionada. Pronto estuvo sonriendo con normalidad.
“¡Ya entiendo lo que está pasando!” -Se atrevió a señalarme con el dedo acusador mientras se reía. -“¡Estás celosa, Morgan Caprice! ¿Es que acaso no ves que sentimos lo mismo?”
Volteé mis ojos para que lo notara, pero Sam no estaba lejos de la realidad.
“La señorita Valence y su madre han estado mintiéndote. Yo te diré la verdad.”
Veinte minutos más tarde, Sam me había contado un par de detalles sobre Connie. Pero aprendí que su madre es la hormiga reina de la que debo cuidarme. Ella había llamado a la estación solicitando policías alegando que había ladrones en su casa, otra cosa que resultó mentiras.
También me contó que Connie caminaba a su casa porque su madre la había arrojado del carro para que pudiera pedirle a Sam que la llevara a la casa, y lograra enredarse íntimamente con él, entre otras cosas que no tuvo éxito.
Connie era solo una marioneta de su madre. Una marioneta que debía conseguir marido para deshacerse de ella. Connie solo trataba de obtener lo mejor de la situación. Era Sam, un hombre joven y guapo con futuro, o un viejo amigo de su padre que le triplicaba la edad.
“¿Puedo bañarme aquí o es mejor si me largo de una vez?” -Sam preguntó cuando el silencio era demasiado doloroso para soportarlo.
“Lo que prefieras está bien para mí.” -Contesté brevemente.
“Entonces me voy.” -Dijo apaleado. Cuando abrió la puerta frontal entendí que se iba. Me dejaba. Se iba de mi vida para siempre.
“Quise decir que… está bien para mí si te bañas aquí. No quise ser grosera o hacerte pensar que… te estaba pidiendo que te fueras.” -Me corregí mientras llegaba a su lado y sujetaba la puerta.
Pasada la medianoche, Sam se quedó dormido en mi cama.
Yo permanecí despierta, trabajando en la cocina.
Cuando lo escuché roncar, utilicé mi Maghkia para frostear y decorar los bizcochos.
Cuando todo estuvo listo, me preparé para dormir una o dos horas pero estaba tan entusiasmada que no podía cerrar los ojos.
Volví a la cocina y preparé algunas crepas, modificando la receta para que, al despertarse, Sam pudiera disfrutar de estas delicias sin consecuencias.
Abrí la puerta que guiaba al jardín posterior y me senté en el pequeño pórtico con una taza de café recién colado y un pequeño plato con una crepa.
Inhalar la fresca brisa de la madrugada me llenaba de paz.