Dulce Amenaza Capítulo 14 Mi guardián en la tormenta
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Capítulo 14 Mi guardián en la tormenta

Era muy tarde cuando regresé a casa bajo una lluvia inclemente. Los truenos estremecían mi van con su estridente sonido. Relámpagos iluminaron mi camino mientras me estacionaba en mi garaje. Aparte de las luces que me obsequiaba la tormenta, todo estaba a oscuras. A oscuras como mi ser.

Mi cuerpo dolía y mi trasero y piernas eran los más afectados. Unas cuantas espinas aún permanecían enterradas en mi piel, desgarrando mis carnes lenta y dolorosamente. Si le añadimos los hematomas que todavía duelen y arden desde el ataque de Jerome… estaba hecha un desastre.

Solo quería darme un baño, uno muy caliente y largo, y comer. Necesitaba un té, de esos que queman garganta y alma y te ponen a roncar. Camomila, leche de cabra y miel.

Me hacía tanta falta comer que cualquier cosa hubiera bastado.

Un cappuccino envenenado o uno de esos postres letales que tenía planeados para el pueblo podrían servir para mí también.

Me sentí tentada a meterme en la cama y cubrirme con mis sábanas, enterrar mi rostro en la almohada y llorar y dormir, aunque no necesariamente en ese orden.

El mal olor que me rodeaba me hizo priorizar el baño.

Todo olía igual al libro podrido. La casa.

El aire. Yo. Mi alma, si es que tenía una.

No encendí ninguna luz por miedo a espantar las centellas. Agradecida por la oscuridad y por los ocasionales destellos rojos, azules y blancos, logré mantenerme calmada.

Mis noches favoritas son esas en las que puedo meterme en mi cama, dejar la ventana abierta de par en par, mientras el cielo tiene un espectáculo de colores para mi.

El aroma de la lluvia, el fresco de la noche, el rugido de los rayos combinado con el cantar de algún animalito atrevido y aventurero…

Y si luego se asomaba una Luna llena… Ah…

combinación perfecta para dar vida a las mini vacaciones de ensueño.

Mis latidos de vuelta a la normalidad me ayudaron a disfrutar la penumbra, recordando que a fin de cuentas siempre había pertenecido sumergida en ella. Me desvestí completamente mientras caminaba por toda la casa hasta el baño. No había mejor cubierta que mi propia piel. Al menos en la noche.

Muy a pesar de cuán adolorida estaba y de cuán rota mi piel se había tornado en los días recientes, me sentía más llena que hace una semana.

Unos minutos de espera me obsequiaron la más caliente y relajante agua que tanto necesitaba. Un momento apacible y en calma. El silencio era algo que siempre había disfrutado, incluso esta noche. Había extrañado tanto su compañía en los últimos días.

No podía culpar a Sam por arrebatármelo.

Había disfrutado de él también. El alboroto de su amorosa familia, el romanticismo de la primera cita.

Lástima que todas esas cosas eran vivencias pasajeras, que se desintegran rápidamente pues no me pertenecen.

Debía dejarlo todo ir. No podía sujetarlos como si yo fuera un ancla y hacerlos naufragar en el condenado barco que es mi vida.

No sería fácil. Tampoco sería justo. Pero era lo más sabio.

Las lágrimas volvieron a dar señales de vida y las dejé ser libres al igual que a los gemidos aglomerados en mi garganta. Es que lo amo. Mi corazón clamaba. Intentaba respirar entre sollozos, mientras la habitación se llenaba de vapor.

Me odié por eso. Por amarlo en primer lugar. Por aceptar que debo dejarlo ir. Por permitirle a Edora y la bruja invisible dominarme y manipularme.

Pero sobre todas las cosas, me odié por haberme ablandado cuando me juré que esto no me pasaría.

“¿Dónde estuviste? Me has tenido preocupado” -Su voz preguntaba, haciéndome flaquear y casi caer en el baño. ¿Cómo era posible que un eco de Sam se abriera camino en mi cerebro? ¿Quien le había dado permiso? ¿Dónde había obtenido el poder de telepatía?

Creí haberme quedado dormida bajo el caliente rocío de la ducha, pero la cortina de baño se abrió y me apresuré a agacharme como gatito aterrado.

Desnuda e indefensa, no supe como usar mi Maghkia. Ni todo el miedo que me invadía pudo impedir que me sintiera patética. Entre la oscuridad, con mi visión adaptada a la ausencia de luz, reconocí su silueta.

“¿Qué haces aquí?” -Pregunté con voz temblorosa cuando fue evidente que Sam era real y yo no estaba soñando. Imposibilitada de pronunciar otra palabra, intenté cubrir mi desnudez con la cortina de la ducha.

“¿Qué intentabas, Morgan? Escapando de mí, tu tienda, los clientes, de tu propia casa. ¿Haciendo que, Morgan?” -Sam se quedó parado, sus manos sujetas a sus caderas, a la espera de respuestas.

Sus ojos estaban irritados y una tenue barba había comenzado a aparecer en su hermoso rostro.

Sam era tan guapo, y en el momento en que mi propia Maghkia me había quebrado, él estaba aquí para mí.

Por mí.

¿Por qué debía obedecer a alguien aparte de a mí misma? ¿Por qué debería temer a otras fuerzas más allá de las mías?

“¿Por qué lloras? ¿Qué pasó?”

Solo me estremecí de miedo, de coraje, de frustración, de amor, de deseo, de mil emociones que jamás había sentido. Lágrimas siguieron brotando como cascada de champagne en una fiesta.

Con una ternura inesperada, Sam apartó el cabello mojado de mi rostro.

Yo era un desastre. Una terrible y dolorosa catástrofe. Un manojo de mentiras y trucos, y ya no tenía idea de cómo repararme. Sí, estaba rota. No en el cuerpo, pero en el alma.

“Shh.” -Sam intentó calmarme. Tomó el shampoo en sus manos y comenzó a lavar mi cabello, masajeando mis sienes y frotando mi cráneo.

Tarareó suavemente una melodía desconocida empujándome a un abismo de desolación donde solo el amor parecía ser el bálsamo salvador.

Colocó besos en mi húmedo cabello justo después de quitar el acondicionador.

Su gesto compasivo me hizo llorar con más fuerza y aun en la oscuridad, pude ver la sonrisa cálida y compasiva que Sam me entregó.

Tomó el jabón y con mucho cuidado, casi en señal de devoción, lavó suavemente mis hombros, mi cuello, mis brazos, y todo mi cuerpo, como si estuviera borrando el terror de mi piel.

“No tienes que ser fuerte conmigo. Siempre voy a cuidarte.”

Por primera vez desde que salí de casa esta mañana, pude respirar.

Ágilmente me envolvió en una gran toalla blanca y me cargó hasta mi cuarto, acostándome con cuidado sobre la cama. Me abrazó fuerte pero me entumecí por el lacerante dolor de mi piel. -“¿Estás herida?”

Intenté mentir pero Sam ya estaba examinando mi piel con la punta de sus dedos.

Era un toque afectuoso, sobreprotector, y a pesar de que no podía leer su mente, sabía lo que Sam estaba pensando.

En cada parte herida, Sam plantaba un beso.

De alguna manera no sentí vergüenza, solo una profunda felicidad que tendría que abandonar pronto.

“No te muevas de aquí. Vuelvo enseguida.” -Me quedé en la cama, imposibilitada de moverme. Aunque hubiera querido, el dolor en el cuerpo y el hambre que me mataba no me lo permitían.

Sam no se demoró, aunque creí haberme dormido. Me ayudó a sentarme en la cama y me acercó una cuchara con algo caliente.

“Es sopa de pollo.” -Dijo mientras yo sorbía ese elixir de vida. -“No se compara con tu comida, pero te ayudará a recuperarte.”

Me limpió el rostro, acomodó mi cabello y luego me extendió una taza con un té de camomila y miel. Mi corazón dejó de palpitar algunos instantes. Sam me leía la mente.

“No vuelvas a hacerme esto, Morgan.” -Susurró en mi oído.

El calor de sus palabras me derritió completa.

Entre sus fuertes brazos yo era solo un trozo de mantequilla derritiéndose con su cálido y rico amor.

Su presencia era más intoxicante que una sobredosis de licor, pero más satisfactoria que la primera vez que confeccioné a la perfección un Baked Alaska con mis propias manos, sin usar mi Maghkia.

“Ahora, descansa.” -Me ordenó.

“¿Te quedas conmigo?” -Le pregunté aunque era más una súplica. Jamás quise enamorarme. No planeaba encontrar a alguien honesto, gentil y fuerte como él. Sabía que no estábamos destinados a estar juntos, pero solo por esta noche necesitaba sentirme algo normal.

“Siempre.”

Queriendo llorar aún más fuerte, me acurruqué muy cerca, lo más cerca que pude. La luz de la luna se filtraba por la ventana. Pequeños orbes de luz danzaban por el cuarto mientras afuera, la naturaleza cantaba una canción de cuna que no había escuchado jamás.

Sam me abrazó con firmeza, meciéndome hasta que caí en un profundo sueño.

Dormí tranquila pues sabía que Sam me protegería de todo lo que intentase dañarme.

Al menos por esta noche.