Capítulo 13 Hasta Que La Muerte Nos Separe
No fui yo quien regresó a la casa de dulces. Fue la casa la que me trajo de vuelta.
Pensé que tenía ventaja pues Edora ya conocía mis planes para esta noche.
Elizabeth vendría a una visita cordial y Edora estaría acechando para ventilar mi vida a la bruja cuya existencia estoy comenzando a dudar.
Estará oculta en algún lugar cerca de mi casa, esperando mi regreso, vigilando a Elizabeth, siguiendo cada movimiento como perro guardián.
El plan era sencillo. Llamar a Elizabeth y cancelar nuestra reunión.
Conducir sin detenerme hasta que fuera demasiado tarde como para arrepentirme, e irrumpir en la misteriosa casa de dulces.
Espero comprobar que todo ha sido producto de mi imaginación y la casa no es nada más que una choza abandonada común y corriente.
No había necesidad de dejar una nota o de avisarles a mis familiares sobre mi paradero.
Nadie me extrañaría si desaparezco por arriesgarme a entrar al territorio de la bruja.
Era más sencillo si solo me desvanecía, sin dejar pista alguna.
Así será más sencillo para que Sam olvide mi fútil existencia.
La razón me abandonó durante el viaje. Mi corazón hablaba. ¡Oh, qué dulce charla que no necesitaba oír!
Ya era muy tarde para lamentos pues estaba cerrando mi van y dirigiéndome a la casucha, lista para encontrar respuestas.
El viento soplaba con tanta fuerza que me costó trabajo cerrar la puerta de mi van.
La naturaleza estaba viva y activa, así como tanto me gustaba.
Todo se detuvo cuando crucé el portón oxidado.
El mismo que había sido chocolate puro, hoy era solo un metal ordinario.
El viento dejó de soplar y los animales nocturnos habían cancelado su concierto y lo supe, era una advertencia.
El bosque, el aire, la luna, todos trataban de advertirme para que no lo hiciera.
Era demasiado tarde.
Las preguntas sin respuestas me estaban matando.
Bajo la mirada de algún viajero perdido, golpeé la puerta, esperando ingenuamente que alguien abriera. Algunos golpes y nadie contestó. Con suerte, todo sería solo una fachada vacía.
Ni un insecto volaba.
Ni una hoja se movía.
Como si la naturaleza supiera que ese lugar estaba maldito, que no pertenecía.
Desde la calle, la casa parecía ordinaria, pero cruzar la verja era más que suficiente para tener una nueva perspectiva. Quizá era un espejismo o un tipo de Maghkia que nunca había experimentado antes.
Una casa de dulces que forzaba a las personas a entrar, seduciéndolos con promesas de ricos sueños cumplidos.
Aroma de azúcar quemado, como un perfecto crème brûlée, pero mezclado con algo podrido.
Huevos rancios, tal vez. Solo alguien con el olfato bien entrenado puede descifrar esas notas dañadas, camufladas bajo caramelos y glaseados.
Las paredes del exterior estaban decoradas de dulces que parecen reales, de los que puedes mordisquear sin terminarlos nunca, de los que dejas al sol pero nunca se derriten.
Di vuelta a la perilla, y la puerta abrió sin complicaciones. Una pisada y el suelo crujió bajo mis pies. Un eco recorrió la casa entera pero no fue el ruido lo que me erizo la piel.
Fue la sensación de que la casa sabía que yo había vuelto.
Mi corazón era una licuadora en alta velocidad, destrozando hielo para hacer piragüas.
Así son las cosas, Morgan. ¿No has visto las películas? Acceso fácil a las víctimas. Entonces, la muerte llega como un relámpago.
Mi estómago se retorcía de dolor. Obvio que se debía a no haber comido nada desde mi atracón desmedido de esta madrugada combinado con los espasmos nerviosos que me invaden.
Todo parecía ordinario dentro de la casa, pero nada se sentía ordinario.
Hice una nota mental de que ni armas ni máquinas de tortura decoraban el lugar, al menos no a plena vista.
Erróneamente, me sentí aliviada. Ignorante, Morgan.
Estás bajando la guardia. ¿Cómo pudiste?
Cuidado. solo basta un puñal al cuello. Un dardo envenenado al corazón.
Un dragón bebé hambriento de probar carne de bruja.
Los morbosos pensamientos me forzaron a mirar alrededor en total paranoia.
Mi imaginación me traicionaba de la peor manera.
Una mujer de piel verde con cicatrices delineando su rostro…
Era la imagen activa en mi cabeza. O una niña de piel porcelana con negros ojos llorando lágrimas de sangre.
Lápiz labial negro, roja sombra en los ojos, y una variedad de escobas voladoras.
Todas esas ideas absurdas son mi culpa. En la búsqueda de la verdad sobre mi historia y mi posiblemente extinta especie he leído demasiados libros que claman contar la verdadera historia de las brujas.
Ninguno de estos libros me convenció, pero es probable que alguna de las asquerosidades leídas haya permanecido en mi inocente cerebro.
Ninguno de esos libros era realidad. Solo trabajos de ficción.
La casa estaba vacía de vida, pero se sentía como si la misma casa fuera un organismo vivo. La sentía latir y respirar, persiguiéndome con la esquina del ojo.
La casa parecía estar vacía, excepto por un tétrico librero gótico que contenía libros llenos de polvo. Me acerqué a mirar y los títulos eran desconocidos para mí.
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La hechicera y el caballero maldito
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Todos tenían una cubierta de cuero oscuro similar, excepto uno. Este tenía una carpeta barata de cartón rojizo. El título era: La Reina Bruja y el Príncipe Cazador.
Tomé este libro intentando no hacer ningún ruido, pero un golpe de una fuerza invisible me lo arrebató de las manos.
Del susto, retrocedí unos pasos, chocando contra la pared más cercana. Sentí un terrible calor proveniente de la pared y un tamborileo que trataba de imitar mis palpitaciones agitadas.
Me quedé quieta, buscando quien me había arrebatado el libro. Como movido por Maghkia, el libro de la Reina Bruja y el Príncipe Cazador volvió a su lugar en el librero.
Cubrí mi boca con mis manos para amortiguar la sorpresa y el miedo que se mezclaban en mi interior.
Morgan…
Es Morgan…
Pensé que era el viento, pero no existían los elementos dentro de esta casa.
Morgan…
Alguien susurraba mi nombre. Algo me llamaba. La casa me reconoció.
A mis espaldas, la pared cedió y caí al suelo. Muchas paredes se movían. Paredes que no habían existido antes. Paredes que se reorganizan para formar un largo pasillo completamente oscuro.
Caminé por el pasillo llena de curiosidad. Puertas a ambos lados, con extrañas inscripciones y marcas. Todo lleno de polvo que demostraba que este lugar llevaba quizá un centenario sin ser explorado. Al fondo, una gran puerta negra, limpia, reluciente, pintura nueva.
Trataba de cuestionarme por qué esa puerta era diferente, por qué no estaba cubierta de polvo, pero mientras más preguntas hacía, más sentía que esa puerta tiraba de mi pecho.
Morgan…
Acerqué la mano a la perilla y no tuve que tocarla. Se abrió de par en par para mí, revelando una amplia habitación.
Miré alrededor del cuarto oscuro. Estaba escondido y protegido en esta casa para que nunca fuera abierto o como si estuviera esperando por mi regreso.
¿Mi regreso?
Una estantería alta y de estilo gótico se alzaba llena de libros, limpios, coloridos. Esa parecía ser la decoración de la habitación.
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El suelo del cuarto se iluminó. Algo se dibujaba en trazos de una luz dorada.
El diseño completo era una estrella cuyo pico superior apuntaba a una pared en la que reposaba un espejo.
Su cristal era negro, el marco era dorado.
Asumí que ese era el norte y al hacer esta distinción, un círculo se terminó de dibujar alrededor de la estrella.
¿Un oros?
El pentáculo. Los elementos en equilibrio y armonía.
Un muy fuerte mal olor provenía del centro del pentáculo, donde reposaba un libro que parecía ser hecho de piel descompuesta.
Apestaba a vinagreta de sardinas con salmuera fermentada.
Me encogí y aguanté la respiración para evitar dejar mi ADN regado por todo el lugar en forma de vómito.
A pesar del insoportable olor me acerqué a leer la inscripción en el lomo del libro pero la escritura me resultó desconocida.
Me arrodillé en el suelo frente al pentáculo dorado.
A su alrededor había velas blancas y negras derretidas hace quizá un día, o tal vez cien años.
Busqué mi reflejo en el espejo que reposaba a unos pies de distancia, pero el cristal era negro y no se veía nada. Quizá era solo una decoración sin uso.
Llena de curiosidad, agarré el libro. Mis ojos se torcieron. No veía nada, pero comencé a verlo todo. Las velas se prendieron de súbito y el espejo que antes era un aparato inutil, ahora me mostraba a mí.
Mi reflejo era distinto. Era yo, pero no imitaba mis movimientos o reacciones. Mi vestimenta era distinta, un exuberante vestido rojo largo y una corona de relucientes cristales en mi cabeza.
Volví a sentir el viento rodeando mi cuerpo. El viento había arrastrado consigo voces que susurraban mi nombre y muchas cosas, todas a la vez. También trajo ricos aromas a flores y a agua fría cayendo desde una cascada, postres recién horneados y a gotas de rocío en plena madrugada de primavera.
El Sol abrazaba mi rostro. La Luna… no la escuché. No la vi. Pero la sentí, pero eso no fue lo más extraño.
Observé mi reflejo en el espejo una vez más, decidida a volver a la realidad de la casa de dulce, y dejé caer el libro al distinguir sombras inclinadas a mi alrededor en reverencia.
El libro que olía a carne descompuesta cayó al suelo, destruyendo el pentáculo que se había formado con luz dorada.
Las velas se apagaron. El espejo volvió a ser negro. La ausencia de aire volvió a sentirse mustio, y el mal olor regresó a ese lugar. Volteé, buscando las sombras a mi alrededor, pero no había nadie.
Me llené de miedo y de dudas.
“Aaahhh…” -Alguien o algo exhaló. Un sonido leve pero gutural, como si hubiera salido de las entrañas de la casa.
De inmediato escuché crujidos, como pisadas. El suelo comenzó a temblar y algunos de los paneles del suelo chocaron entre sí. Todo se mecía como una hamaca. ¿Terremoto? No.
Caí al suelo. ¡Maldita sea! Mis débiles piernas me traicionaron. Traté de proteger mi rostro de los objetos que volaban inclementes hacia mí. Ninguno de esos objetos existían hace apenas unos minutos.
Con manos extendidas invoqué mi Maghkia, lo poco que conocía de ella. No había sartenes o espátulas para cocinarme una salida magistral. Agarré el libro de piel podrida esperando que él tuviera una respuesta, con la misma rapidez con que me había dado una visión.
En este momento, cuando mi vida estaba amenazada, me di cuenta que no sabía nada de la Maghkia. Lo poco que había hecho con ella había sido bajo coraje y sin conciencia sensata. No era más que una novata con un gran poder y solo lo usaba para jugar con comida y querer planear un veneno asesino.
Peleando contra todo, logré ponerme de pie. Recibí golpes que me lanzaron al piso en algunas ocasiones, y preferí no abrir los ojos para identificar la causa del golpe. No sé cómo conseguí tambalear hasta el cuarto contiguo. Escaneé buscando una salida pero solo había una ventana.
Me sujeté del marco de la ventana, intentando abrirla, pero mientras más luchaba y forcejeaba, más la casa se resistía.
Me propuse dejar de pelear, esperando que así la casa embrujada dejara de defenderse. Probablemente era una locura y no debía correr el riesgo.
“Lárgate si quieres.” -Dijo una voz extraña. Tenía un chillido rasposo que la hacía tanto espeluznante como graciosa. ¿Una casa que hablaba como si tuviera entrañas y vida propia? Ya había tenido suficiente. -“El libro se queda.”
Apreté el libro con fuerza. No lo quería dejar ir. Parecía de mucha importancia, a pesar de su terrible apariencia. La voz exigió el libro de vuelta, pero resistí todo intento.
El libro en mis manos se envolvió de llamas verdes y lo arrojé al suelo a pesar de no haber sentido quemazón.
El movimiento se detuvo. La casa se volvió inerte. Y algo me golpeó, lanzándome por la ventana hasta aterrizar en arbustos espinosos.
Me había metido a la guarida de la bruja, o esta casa que parecía tener vida, sabía más de mí que yo misma.