Capítulo 12 No Estoy Rota
Volví a casa con el alba, considerando seriamente si ir a trabajar o quedarme en casa durmiendo.
Ambas ideas parecían tanto perfectas como absurdas y mi cerebro solo tenía un deseo: ir a la cocina.
Ya no me quedaba ninguna comida congelada para casos de emergencia, así que me rendí ante la cuchara y el recipiente de mantequilla de maní.
Con mi mano izquierda intentaba apaciguar mi hambre, cucharada tras cucharada, mientras mi mano derecha mezclaba algunos ingredientes en un tazón.
Coloqué la mezcla en el microondas y lo encendí por tres minutos.
El mini bizcocho resultó glorioso considerando que era de microondas. Una pinta de helado en el freezer clamaba a gritos mi nombre y no pude resistir más que devorarlo. Con la misma cuchara, salté del bizcocho al helado y por último, a la mantequilla de maní.
Ahora entiendo cuando Lavender decía sentirse en depresión.
Es querer cambiar el pasado y no poder hacerlo.
Y lo único sobre lo que tengo control es para atragantarme de comida y llorar un mar de lágrimas saladas que nadie tiene permitido ver.
Un torrente de lágrimas imposibles de contar, apaciguar o explicar.
Al final, decidí abrir Dulce Amenaza. Debía vivir con algún propósito.
Mi determinación era diminuta pero debía seguir el instinto, no el deseo.
Tan pronto abrí la puerta y caminé en mi renovada tienda, mi fuerza de voluntad comenzó a menguar.
El rostro de Sam estaba plasmado en todas partes y su voz hacía un eco imaginario a través de las bocinas que ahora sonaban música.
¡Malditos, Enrique y Withney! ¿Por qué se empeñan en hablarme de amor con su canción? Yo también quisiera tener un beso que me perteneciera para toda la eternidad.
Aun sin haber probado un beso de Sam, lo anhelaba. Conservaría ese primer beso por siempre, lo juro. Puedo esperar por siempre, -había dicho Sam cuando me alejé de él, impidiendo un casi inevitable beso. Mis ya débiles rodillas temblaban de solo imaginar esa sensación.
Detente ya, Morgan. Solo empeoras la situación. Todos ellos tienen que morir y él también. ¿Pero qué tal si…? Sin peros, Morgan. Termina con tu plan y sigue adelante. Cubre tu estúpido corazón con lava y conviértelo en roca maciza.
Haber compartido con una familia real por un solo día había causado estragos en mis propósitos, haciéndome desear ser una mujer común. Una chica pueblerina normal y ordinaria que usa vestidos que muestren un poco más del escote para atrapar un buen marido.
¿A quién intento engañar? Lo menos que deseaba en esta vida es convertirme en un clon de Lavender o de Connie. Quiero ser yo y que me quieran como soy, diferente y auténtica.
Debe existir alguien igual a mí vagando por el mundo.
Ese que se convierta en el significado de mis embrujos.
La razón de ser de mi Maghkia. Alguien que pueda admirar la belleza en las cosas pequeñas y que no tema a crear catástrofes de ser necesario.
Sé que él debe estar oculto en algún lugar de este absurdo mundo.
Pero no puede ser Sam.
Debo mantenerme alejada de Sam, justo como Edora había dicho.
Las razones eran imprecisas y yo necesitaba saber más.
La curiosidad se apoderaba de mí cuanto más lo pensaba, a pesar de estar ocupada llenando pastelillos con crema.
¿Y qué pasaría si llegaba a confirmar que Sam era un cazador de brujas?
¿Me querría Sam lo suficiente como para dejar todo atrás, sus cacerías, su odio, para amar a alguien dotado de poder como yo?
El día pasó con normalidad. Las personas entraban y salían. Comían y pagaban. Sonriendo por fuera, criticándome en el interior.
El teléfono sonó varias veces. Me demoré en atender la llamada. La realidad es que no estaba de humor para correr y saltar por mesas sucias solo para contestarle a algún posible cliente. Fui al baño y lavé mi sofocado rostro. El teléfono volvió a sonar. Esta vez respondí.
“Dulce Amenaza. ¿Qué puedo hornear para ti?” -Bromeé tratando de sonar feliz.
“Hola, soy Elizabeth. ¿Podría hablar con Morgan?”
¿Elizabeth? ¿La hermana de Sam me llamaba? Esto no podía ser nada bueno.
“¿Cómo estás? Soy Morgan.” -Respondí tratando de disimular el nerviosismo y la sorpresa.
“Hola.” -Nervios también acompañaban sus palabras. -“Solo quería agradecerte por haber salvado el cumpleaños de Lilly. De no haber sido por ti, toda la fiesta hubiera sido un fiasco.” -Me alabó.
“No fue nada. Me alegro que Lilly haya tenido su bizcocho. Gracias por recibirme en tu casa sin previo aviso.” -Dije con la esperanza de que Elizabeth dijera adiós y termináramos la conversación. Me sentía muy incómoda hablando con ella. O con cualquiera.
“Sigo preguntándome cómo mantienes esos bizcochos tan esponjosos y ricos en tu guagua.” -Mencionó casualmente, aunque sonaba más a pregunta.
Hice una pausa, más por frustración. Otras personas aman llamar la atención. Yo amo que me dejen en paz. Suspiré tan fuerte que el fastidio que sentía se podía escuchar.
“Bueno, la cabina trasera es refrigerada y tengo varias neveras para asegurar la calidad de la comida y postres que entrego a diario. Tengo un poco de todo allí, para emergencias de repostería.” -Me encontré explicando mi extraña conducta a la hermana de Sam.
-“Hago catering y todo tipo de cosas para fiestas.”
“Eso es increíble. Bien, fue agradable saludarte, Morgan. Puedes venir a la casa cuando gustes. Lilly estará encantada de verte y Mamá estará muy feliz de que la visites.” -Ofreció.
“Te lo agradezco.” -Respondí. Sus palabras me hacían sentir bien recibida en su familia.
Me sentía incómoda de ser la primera en terminar la llamada así que esperé a que Elizabeth lo hiciera.
No quería que pensara que yo era una gruñona malhumorada, pero los segundos pasaban y me sentía impaciente.
Podía escuchar su respiración pegada al teléfono.
-“¿Hay algo más que pueda hacer por ti?”
“¿Podría visitarte esta tarde o es demasiado intrusivo? Es solo que adoro demasiado a mi hermano. Y Lilly… te idolatra, Morgan. Realmente tienes un encanto.”
Su petición me dejó sin palabras por un instante.
“Claro, puedes venir hoy.” -Respondí, lamentándolo de inmediato.
-“Pero debo advertirte, Sam y yo somos solo amigos. Apenas nos conocimos hace una semana. Quizá es demasiado pronto…” -Mis palabras fueron interrumpidas por dos distintos ruidos: un carraspeo y una tos falsa tras el mostrador.
Clientes que no pueden esperar que termine una llamada.
Cuando volteé, Edora estaba cómodamente sentada cerca de la enorme vitrina de enfrente y Sam estaba de pie justo detrás de mí.
“Hablaremos luego, Elizabeth.” -Dije enfatizando su nombre. -“Tengo algunos clientes esperando. Gracias por llamar. Dale saludos a Lilly y Mamá.”
Presa del pánico, no sabía dónde mirar, así que miré a Sam, luego a Edora.
Sam tenía los ojos rojizos, como si se hubiese pasado la noche llorando.
La expresión de su rostro confesaba cuán herido se sentía.
Mi corazón dio un brinco, casi destrozando mis costillas magulladas por el accidente de la noche anterior, para escaparse de mi cuerpo y saltar a sus brazos.
Edora, por el contrario, disfrutaba cada momento, retándome con sus cambiantes ojos de fuego.
“¿Podemos hablar?” -Sam susurró cerca de mi oído, inclinándose hacia mí. Me sentí como mantequilla abandonada a la intemperie bajo un sol implacable. Masoquista como soy, deseaba derretirme en él solo para demostrar que valía la pena intentarlo.
“No es un buen momento, Sam.” -Logré contestar, temblorosa.
“¿Por qué te llamaba mi hermana?” -Cuestionó frunciendo el ceño.
“¿Te sientes bien? Te ves pálido.” -Cambié el tema. Su apariencia me preocupaba. Sería una buena idea llevarlo al doctor. -“¿Quieres que te lleve al hospital?”
“Estoy bien. Solo necesito que hablemos. De ayer… de anoche.” -De pronto agarró mi mano y comenzó a plantarle besos.
Sí, yo era la mantequilla derritiéndose y Sam era un pedazo de pan recién horneado.
-“Lo siento. No debí haberte llevado a conocer a mi familia. No sé qué estaba pensando. Yo… yo debí haberte preguntado antes. Lo lamento. Puedo entender que tengas miedo pero créeme… no volverá a suceder.”
Edora caminó impacientemente por toda la tienda.
Sus brazos estaban cruzados frente a ella como si fuera mi madre a punto de castigarme de por vida tras descubrirme con un romance ilícito que entra por mi ventana en las noches.
Sus ojos serios estaban fijos en mí y levantaba las cejas como obligándome a recordar lo que me había dicho anoche.
Era imposible concentrarme en Sam cuando Edora parecía muy segura de sus amenazas.
Mientras arrancaba mi mano de las suyas, pensé en cuán cruel era con él y cuanto más cruel debía actuar para lograr alejarlo de mí.
¿Cómo puedo hacerle comprender lo malvada que puedo ser?
Tal vez mostrarle un poco de mi Maghkia lo obligaría a alejarse para siempre.
Esa podría ser mi tumba, pero morir este segundo sería tolerable.
“Es mejor que te vayas.” -Me atreví a decirle mientras por dentro reconocí cuanto Sam se había adherido a mi corazón. -“Por favor.”
Me miró con incredulidad. Intentando pronunciar palabras, Sam se encontró sin voz.
“Solo vete.” -Repetí. -“Y por favor, no vuelvas.”
Sam se volteó, media vuelta militar y actitud herida. Yo solo quería sentarme a llorar por la segunda o tercera vez en menos de veinticuatro horas. Edora se movía como un irritante aleteo, evitando que yo pudiera dejar salir este dolor e impotencia.
Tal vez si desatara mi furia contra ella…
Ella sería la víctima perfecta para eliminar con el perfecto postre asesino.
“Te dije que te deshagas de él. Porque no lo has hecho todavía?” -Chilló.
“¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que lo mate para que no vuelva?” -Le cuestioné indignada. Quería matar a alguien. A ella.
Edora hizo un gesto de “excelente idea… Duh… porque no lo has hecho…”
“Lo hiciste bien, Morgan. Cualquiera pensaría que tus sentimientos están hechos de acero.” -Su falso cumplido era más de lo que yo podía aguantar.
Por largos segundos la miré. No había fuerza, humana o sobrenatural, que tuviese la capacidad de desviar mi desafiante mirada de la de ella. Odiaba a Edora más de lo que odiaba a los pueblerinos despreciables.
“¡Oh, si las miradas mataran!” -Bromeó ella, mientras fingía que le temblaba el cuerpo.
¡Si las miradas mataran, haré donas para tu funeral, pequeña arpía!
Era gracioso que una matanza fuera la más brillante de mis ideas.
Con orgullo, reclamaría el crédito de la masacre de este pequeño demonio.
Felizmente danzaré sobre su cuerpo inerte, creando un conjuro virgen y nuevo, solo para asegurarme que ella no vuelva jamás.
Que su alma se desintegre en los confines del infierno.
Que jamás reencarne, ni quiera en una salamandra.
Sin preocupaciones, trituraría todos sus huesos con mis propias manos y con el polvo resultante envenenaría la supuesta bruja que siempre la envía a entrometerse en mi vida.
“Ahora, Morgan.” -Chasqueando los dedos, Edora me llamó, arrancándome del hechizo que se formaba en mi interior. -“Enfócate aquí.”
¿Enfocarme? Estaba enfocada hasta hace unos segundos. ¡Enfocada en asesinarte, fenómeno de la naturaleza!
“¿Qué más quieres de mí? ¿Acaso no he hecho ya lo que has pedido? Y aun así no sé porque tantas exigencias, o porque insistes en arruinarme la vida.” -Le grité mientras me erguía. -“¿Qué te he hecho yo?”
Mientras caminaba hacia ella, estaba muy segura que saltaría sobre Edora, le rompería el cuello solo con mis manos, pero Edora comenzó a reírse de forma irrespetuosa. Continuó riéndose mientras imitaba mi inestable caminar. Me detuve, avergonzada y molesta.
“Si fueras tan poderosa como creen que eres, con tu “gran Maghkia” arreglarías tus piernas y caminarías como cualquier otra chica.” -Añadió cuando detuvo su malintencionado ataque de risa.
“No quiero ‘arreglar’ mis piernas. No necesito arreglarme nada.” -Protesté genuinamente ofendida. -“No estoy rota.”
“Quizá no… Pero te haría la vida mucho más sencilla.” -Continuaba hostigándome en su intento de hacerme perder el control.
“Soy masoquista. Hago las cosas a lo difícil.” -Le aseguré con la intención de que recibiera el mensaje, porque ella tendría que pasar el camino difícil si continuaba interponiéndose en mi vida.
-“Disfruto ser diferente. No necesito que me salven. Tampoco necesito que se entrometan en mi vida. Ahora, lárgate. Si te mueres en el camino, me haces un favor.”
Gracias al cielo se marchó. Me quedé sola, pero llena de incertidumbre. La aparición de Edora no tenía propósito, sólo quería dejarme saber que vigilaba a Sam. Cada uno de sus pasos. Cada momento que lo acercaba a mí.
Sam pensaba que era el culpable de mi súbito cambio de ánimo. Elizabeth era una hermana mayor súper sobreprotectora quien, de acuerdo a Edora, era una cazadora de brujas al igual que todos en su familia, excepto Lilly.
Revelaciones y decisiones.
Me inquietaba saber si todo esto era realmente una coincidencia. Sam llega al pueblo… seguido de la aparición de Edora. ¿Acaso algo los conectaba? ¿Qué buscaba Sam en Cadence? ¿Qué buscaba Edora en Cadence?
Lo que más me molestaba no era la insistencia de Edora con sus inútiles mensajes, sino la cobardía de la supuesta bruja a la que representaba.
Siempre manteniéndose invisible.
Siempre escondida.
El plan había cambiado.
Esta noche me adelantaría a investigar en la dulce casa del terror.
Algo en ese lugar aterrador me grita para que regrese.
Y lo peor… una parte de mi quiere regresar.