Capítulo 11 Brujas o Arpías
Las palmas de mis manos sudaban peor que un atleta de CrossFit. De solo pensar en cómo me desharía de Sam esta noche, quería morirme. El nuevo inconveniente que representaba Edora se estaba saliendo de control.
Miré mi reloj brazalete tan pronto Sam estacionó mi minivan frente a mi casa. Las once y catorce de la noche. Solo me quedaban cuarenta y seis minutos para llegar a la casa de dulce. Ni siquiera montando una escoba imaginaria sería capaz de llegar a tiempo.
Antes de que Sam llegara a mi puerta, yo ya había bajado de la van.
En el intento de escapar de él, cerré la puerta demasiado fuerte.
Me sentía molesta conmigo. No con Sam. Si no le hubiera dado la oportunidad de entrar a mi vida, esto no me estaría pasando.
Justo cuando mi vida deja de ser la de una tediosa bruja solterona y vengativa, sucede el caos.
“Es muy tarde.” -Susurró Sam cuando me encontraba luchando con la llave para abrir la puerta. -“Estoy seguro que puedo caer rendido en tu sillón otra vez.”
Finalmente di con la llave correcta. Mis manos sudadas y temblorosas habían convertido una simple tarea en un rompecabezas. Metí la llave en la cerradura pero no se movía, es como si una fuerza invisible la hubiera clausurado con clavos.
“Déjame ayudarte.” -Sam ofreció mientras tomaba las llaves de mis manos. La traidora puerta abrió sin dar batalla. -“Te ves irritada. Podemos hablar sobre eso si quieres.”
“Lo siento, Sam.” -Dije mientras lo empujaba con delicadeza para apartarlo de mí. -“Tengo demasiado en qué pensar.”
Cerré la puerta en su rostro, permitiendo algunas lágrimas deslizarse clandestinamente por mis mejillas.
“¿Qué significa eso, Morgan?” -Preguntó él con voz alta y nerviosa. -“¿Tienes dudas sobre mí? ¿Sobre nosotros? ¿Fue mala idea llevarte a conocer a mi familia? ¿Demasiado pronto?”
“Buenas noches, Sam.” -Grité con la esperanza de que se fuera. Cruelmente apagué todas las luces del exterior. La espera fue una tortura.
Justo cuando las luces traseras de su carro desaparecían en la noche, subí a mi van y conduje tan rápido como pude. Sin tiempo para usar el GPS, intenté no perderme.
La carretera parecía torcida en la noche, y yo estaba tan acostumbrada a conducir en la oscuridad como un gorila tras el volante. La noche se hizo para dormir, para observar las estrellas y para caminar en medio del bosque. No para conducir.
Encendí la radio. No estoy segura si lo hice porque Sam lo hacía para relajarse y yo estaba imitándolo, o porque tenía miedo de quedarme dormida.
Pisé el acelerador con más fuerza, pero ya estaba a la mayor velocidad que podía controlar.
El reloj mostraba las once veintisiete. Mis esperanzas decayeron. Con tan poco tiempo, no llegaría.
“¡Muévete más lento, maldito reloj!” -Grité mientras golpeaba la pantalla digital de mi van.
Volví a fijarme en el camino y tuve suerte de poder esquivar una manada de caballos salvajes obstruyendo la calle.
Pateaban violentamente contra mi van. Como frágil muñeca, reboté de lado a lado hasta que logré estabilizarme sujetándome del volante.
En el intento de poner distancia entre los caballos y yo, no vi el enorme árbol al borde de la carretera.
Solo escuchaba un chillido. ¿Eran grillos? ¿Murciélagos? Sentía un tren a toda velocidad en mi cabeza.
La van se llenó de humo mientras yo intentaba no toser a la vez que sujetaba mis costillas magulladas por la colisión. Intenté abrir la puerta pero tuve que resistir la idea. Uno de los caballos tenía sus patas traseras listas para golpear mi cristal.
La bolsa de aire reventó en mi cara y tuve que soltar el aliento que mantenía en mis pulmones con violenta necesidad.
Aun tosiendo, sin poder tomar el oxígeno necesario, logré colocar la van en reversa y pisar el acelerador.
La van patinó en el lodo, meciéndose de lado a lado hasta que por fin retrocedió.
Respirar se volvió un tormento. Mis pulmones estaban sofocados con la extraña peste que salía de la bolsa de aire.
Desagradables sorpresas. Nunca, durante mi larga estancia en este pueblo, había encontrado manadas de caballos salvajes u otros animales grandes deambulando por las calles, a excepción de algunas iguanas y serpientes.
Ya en marcha, me di cuenta que tenía menos de veinticinco minutos para estar en la casa del terror. Mi van se movía con dificultad y estaba segura que no iría más veloz sin un arreglo rápido.
Miré a mi alrededor y, al asegurarme que no había más animales salvajes esperándome, detuve la van y me bajé.
Con poca delicadeza agité mis manos para reparar cada parte rota de mi van.
Habría sido más sencillo si hubiese estado concentrada pero me encontraba demasiado nerviosa y preocupada por Lilly.
La reparación no fue perfecta pero lo único que importaba es que mi van pudiese correr como un increíblemente veloz auto de carreras.
Un reprimido relinche bramó sobre mí y corrí a entrar a mi van, enredándome con escombros de ramas rotas y basura.
Sentí la caída antes de haber tocado el piso, pero dolió como si me hubiera caído desde la cima del Gran Cañón.
Mi cara sudaba como si estuviera asándome en la hoguera que estaba reservada con mi nombre.
Mis adoloridas y sucias manos se resbalaban del volante.
Medianoche se acercaba inclemente cuando por fin llegué a la calle a la que Edora me había guiado.
Me estacioné a un lado y caminé hacia la extraña casa, temiendo lo que se avecinaba.
Mi reloj comenzó a sonar, anunciando que eran las doce en punto. Lo había conseguido. Había llegado.
Estaba muy oscuro. El frío era tan insoportable que lamenté no haber tenido un abrigo.
La niebla era muy densa y dificultaba la visibilidad.
Tres pasos a mi alrededor era todo lo que existía, el restante era un mundo escondido bajo el espeso velo de neblina.
A pesar del miedo y las mil preocupaciones que daban vuelta en mi cabeza, seguí caminando hasta tocar la extraña verja.
Con solo tocarla, se comenzó a derretir y muchos animales salieron del patio, en estampida hacia mí. Cuando pensé que no podía empeorar más, tenía que sumarle una estampida de animales que solo veía sus sombras.
“Edora.” -Grité intentando que mi voz se escuchara por encima del ruido de los misteriosos animales. -“Estoy aquí.”
La alarma de mi reloj se detuvo. Medianoche. Más un minuto. Nadie respondió mi llamada y ese perturbador silencio me forzó a caminar dentro de la propiedad.
Esa casa me provocaba escalofríos que no podía explicar.
Avancé a la puerta, pero antes de que pudiera golpear, la casa de dulces se desvaneció frente a mis ojos, transformándose en una cabaña vieja y ordinaria.
“¿Edora?” -Llamé otra vez, ahora envuelta en un miedo que no reconocía. -“¿Dónde estás?”
Pronto lo entendí. Era una trampa. Los había dejado a todos solos y desprotegidos, dándole oportunidad a la supuesta bruja para que se llevara a alguno de ellos. ¿Quién sería su primera víctima? De corazón, deseaba ser yo. La primera y la última.
Intenté repasar las palabras que Edora había dicho y comprendí que solo había dos posibles víctimas: Lilly, porque era la única sin talentos especiales; y Sam, ya que Edora fue enfática en que me deshiciera de él.
Edora. Todo volvía a ella. Cada escenario en mi mente. Cada amenaza. Cada problema. Edora estaba en el centro de todo. Ella era la única amenaza real.
No.
Jerome también había mencionado una bruja, ¿pero acaso se refería a Edora? Esto era demasiado confuso. Estaba cansada, adolorida y hambrienta. El frío de la noche estaba perforando mi piel, causando heridas invisibles pero desgarradoras.
Comencé a retirarme de la casa pero pronto Edora apareció, borrosa entre la niebla que emanaba de la desvanecedora casa.
“No te vayas, Morgan. Aún no.” -Sus susurros me produjeron más escalofríos. Su voz retumbaba en mi cabeza como una manada de murciélagos chillando al amanecer. Esta sensación no era nada buena.
“Estuve aquí a la hora indicada. ¿Qué sucedió?” -Pregunté sumergida en la incertidumbre.
“No pasaste el portal de la casa como ella esperaba. Así que la bruja se cansó de esperarte y se fue.” -Susurró con notable fastidio.
“¿Se cansó de esperarme? ¿Cuánto esperó? ¿Treinta segundos? Deberías ser más específica en lo que esperan que yo haga.” -Protesté con rabia. -“Son apenas las doce y un minuto.”
“Ah, no es para tanto. Te dará otra oportunidad.” -Edora añadió como si esas palabras pudieran consolarme de alguna manera. -“Solo debes apartarte del policía.”
“Acabo de hacerlo.” -Argumenté hastiada.
“Sabes a lo que me refiero, Morgan querida.” -Contestó en tono de burla. En un pestañeo, su rostro volvió a reflejar maldad y demencia. -“Aléjate de él para siempre.”
No podía comprender cómo Sam se había vuelto el centro de atención de las preocupaciones de Edora y la supuesta bruja. ¿Sería acaso porque era de hecho un cazador? Me rehusaba a creerlo. No podía aceptar esa absurda idea.
“¿Y si me niego?” -Pregunté desafiante.
“Entonces enfrentarás las consecuencias.” -Me aseguró, haciendo una infantil mueca.
“¿Todo esto por él?” -Pregunté en voz baja, pero lo suficientemente alto para que ella escuchara. Lágrimas se congregaron, hinchando mis ojos como mazos de brócoli.
“O no. ¡No, no, no, no! No es por él. Por ti, Morgan. Por ti.” -Edora respondió tras una larga pausa. -“Quizá ella conoce más que tú al cazador.”
Me urgía correr a casa. Mudar la piel, arrancar cada parte de mi cuerpo y desgarrar mi alma enamorada en pequeños trozos.
“Pronto te daré sus instrucciones. Por ahora, continúa trabajando el conjuro que planeabas antes que el cazador apareciera. Y mantente alejada de Sam Whilhey. Es una orden.”