Capítulo 8 Sorpresa, Sorpresa #4
“O quizá esa chica está desesperada por encontrar marido para no ser juzgada de solterona y usa el color del vestido para que el maravilloso hombre muerda el anzuelo.” -Le respondí coqueta. No podía creer mis palabras, pero por primera vez estaba coqueteando con un hombre.
“No es el caso.” -Sam dijo de prisa. -“Tengo un buen presentimiento sobre nosotros. ¿Vino?”
Con ojos vigilantes y una satisfecha sonrisa, Sam me ofreció una copa llena de vino. Lo miré, nerviosa, sin saber qué decir. No había palabras que pudiera utilizar en mi defensa.
“Nunca he tomado alcohol en toda mi vida.” -Confesé por fin. Para alguien que cocina y hornea para vivir, no haber tomado un vaso de vino era algo irónico. Prefería mis licores bien cocidos. -“Solo cuando preparo tiramisù es cuando pruebo el ron.”
“Entonces es la primera de esta noche.” -Me extendió la copa y tomó una para él. Agarré la copa sin remordimientos y sonreí tímidamente. -“Por el primero de muchos.”
Varias copas de vino frutal después, dejé de recordar lo que había en el menú.
Sam ordenó por los dos y me sentí agradecida por eso.
Solo en los libros había conocido de hombres que tomaban el control.
Yo me hubiese puesto a preguntar la forma de cocción de cada cosa, y hubiese sido muy tedioso, en especial después de tanto vino.
“En mi vida nunca me he reído tanto” -dije mientras nos alejábamos del restaurante- “y no puedo culpar al vino, sino a la compañía.”
Sostenida por sus fuertes manos, danzamos por las aceras adoquinadas de la ciudad.
Era un lugar cualquiera, pero me sentía estar en París, la ciudad del romance.
La luna colgando sobre nuestras cabezas me hacía sentir audaz y sin necesidad de querer ser diferente a como era.
Sin Maghkia, ni hechizos. Sin brujas malvadas, ni venganzas, ni espeluznantes casas de dulce.
Solo quería ser lo que a simple vista se veía.
Una chica tonta en un lindo vestido blanco y negras botas danzando de la mano de este fino caballero.
¡Un fino caballero! Eso me recordó la orquídea que Lavender me obsequió.
Aún yacía bajo mi almohada, tanteando entre un fino caballero o persecución de unicornios.
Quizá la decisión ya estaba tomada. Tal vez la suerte estaba de mi lado.
Nunca había visto a un hombre tan feliz como Sam, aunque nunca le he prestado mucha atención a otros hombres.
Su risa era una honesta explosión de emociones provenientes de su corazón.
Probablemente estaba ebria cuando comencé a sentir frías gotas caer. A pesar del frío, me sentía cálida por dentro. Era un sentimiento tibio, como ser envuelta en una suave manta de lana y recibir un beso de buenas noches en la frente antes de haberlo olvidado todo.
Sí, estaba ebria. ¡Ebria enamorada! Como para una canción muy pegajosa.
Cómo volví a su carro, mi cabello húmedo y mis manos temblando,... era todo un misterio pues no recuerdo nada, solo felicidad. Es un misterio al que no quería darle explicación, solo saborearlo lentamente.
Cuando volví a abrir mis ojos era de día.
El sol brillaba en lo alto. Su luz se escurría entre mis cortinas, tiñendo mi cuarto de un delicado color rosa brillante.
Estaba arropada en mi cama y me sentía muy bien.
Una sonrisa permanente estaba dibujada en mi rostro cual tatuaje.
Eso también se sentía bien. A excepción del dolor de cabeza.
Mi cabeza quería reventar como un globo.
¡El vino! Quizá tomé demasiado vino anoche. De no ser por el dolor, me sentiría perfectamente feliz.
Un ruido me asustó. Era como vajilla chocando contra vajilla.
Por mucho que hubiera querido saltar de la cama, estaba tan cansada y feliz que no me importaba si algún ladrón quería robarse mis adorados equipos de cocina.
Sencillamente no quería moverme. Tenía miedo que si me movía rompería este enorme encanto y no quería despertarme de tan majestuoso sueño.
La puerta se abrió y agarré con fuerza la sábana para cubrir mi cuerpo. Fue en ese momento que me di cuenta que mi traje blanco no estaba y en su lugar tenía un camisón sexy de satín rojo.
“Ese color te queda peligroso.” -Susurró Sam con una sonrisa seductora. Mi corazón se detuvo unos segundos, mientras me cuestionaba qué había pasado.
“Peligroso es que me mires de esa forma sin realmente conocerme.” -No era yo. Era el vino quien hablaba por mí.
El satín rojo disfrazaba el intenso rubor en mi cuerpo. Mi sangre hervía de forma alienígena. No sabía cómo camuflar esta emoción tan… diferente, extraña. Intensa.
¿Cómo demonios me cambié la ropa? No lo sé. ¿Cómo llegué a mi cama? Tampoco lo sé. Solo sé que Sam estaba parado frente a mi cama, sosteniendo una bandeja con café y desayuno para dos.
“¡Buenos días, Bella Durmiente! Espero no haberte despertado.” -Sam se sentó a mi lado y besó mi frente suavemente. Estaba a punto de desmayarme, pero esta era una mañana muy afortunada. Un pellizco no hubiera podido confirmarme que ya no estaba soñando. -“Te traje café. ¿Cómo está tu cabeza?”