Dulce Amenaza Capítulo 8 Sorpresa, Sorpresa #3
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Capítulo 8 Sorpresa, Sorpresa #3

Pronto sus palabras hicieron eco en mi mente. …le dejaba lamer las paredes, mordisquear las verjas, pellizcar las puertas. Satisfechas y curiosas, las víctimas entraban a la casa y ayudaban a la niña a comer. Comer sus carnes.

Rendirme era la decisión más sabia; a no ser que quisiera ser devorada por un demonio durmiente antes de tener mi primera cita.

Sin quitar mis ojos de la casa, caminé hacia mi LuxGen.

Entré en ella de prisa esperando que Edora hubiera dejado las llaves en la ignición.

Error. Se las había llevado mientras hacía su acto de desaparición.

Deslicé mis dedos por sobre la grieta donde se coloca la llave, y dejé que mi Maghkia se encargara.

La encendí y pisé el acelerador sin disminuir la velocidad hasta haber dejado a Edora muy, pero muy lejos.

No existía fuerza -ni humana ni sobrenatural- que me hiciera entrar a esa casa, ni mucho menos ir a buscar a Edora entre las altas malezas.

Confundida y desorientada, me costó una hora adicional el poder llegar hasta la carretera principal. Por fin me encontraba de camino con solo dos horas para hacer todo. Una hora más conduciendo, me llevó de vuelta a casa. Hogar, dulce hogar.

Agradecida de estar sola, fui a mi cocina, mi lugar seguro, mi bunker a prueba del apocalipsis.

Pensando en los “problemas” de Sam con el azúcar, abrí dos latas de garbanzos, los escurrí, lavé y sequé muy bien.

Encendí uno de mis hornos para pre calentarlo.

Mientras llegaba a la temperatura deseada, trituré los garbanzos con una cucharada de stevia pulverizada, canela y una pizca de nuez moscada.

Añadí mantequilla de maní y miel. La uniforme masa llevaba intención junto con el polvo de hornear y los chocolate chips de stevia y cocoa.

Dándole forma de pequeñas bolas, las coloqué en una bandeja de stainless steel y las puse al horno.

Mientras la fácil receta se preparaba, fui a mi minivan y saqué todas las bolsas de ropa.

Al ducharme, me preguntaba qué ropa usaría. ¿Cuál de todo ese montón de ropa ultra femenina era la apropiada para la primera cita? Un escalofrío se apoderó de mí y un temblor en todo el cuerpo me forzó a reconsiderar quedarme oculta en casa.

De vuelta en mi cuarto opté por un corto vestido blanco de mangas largas y unas botas negras hasta la rodilla.

Me maquillé ligeramente, dando énfasis a mis ojos amarillo verdoso con un delineador negro.

La casa olía a delicias horneadas y me sentí feliz.

Tarareé algunas melodías en voz baja. Mirarme al espejo resultó un completo shock.

Parecía una gatita. Una gatita muy sexy.

Brillo labial rosado, mi cabello cepillado.

Y ya estaba lista. Fui a la cocina justo a tiempo para retirar las galletas de garbanzo del horno.

Bordes crujientes. Interior suave y chocolatoso.

Arreglé una linda cajita de regalo y cuando las sencillas galletas estuvieron a temperatura ambiente, las acomodé dentro de la cajita. Justo cuando terminaba de amarrar una delicada cinta al regalo, escuché un golpe en la puerta. Miré al reloj. Cinco minutos para las cinco.

La hora había llegado y yo no me había detenido a considerar lo que estaba haciendo. No tuve que pensarlo. Una parte de mí estaba lista para este momento.

Algunas gotas de sudor helado corrían desde mi nuca hasta el cuello y se deslizaban cruelmente hasta la espalda baja. Mis manos temblaban con espasmódica frialdad.

Otro golpe en la puerta. Pronto Sam se habrá ido.

Ido para siempre. Unos instantes más y esta increíble oportunidad habrá volado a los brazos de otra chica.

Yo estaba petrificada, sólida como una hogaza de pan que se había horneado con poco líquido y por demasiado tiempo.

Un tercer golpe en la puerta me hizo ver que Sam aún esperaba que le respondiera.

¿Qué estás haciendo, Morgan? ¿Qué juego estás jugando?

¿Por qué no acabas de moverte? ¿Realmente quieres enviarlo a los brazos de Connie, la devora-hombres?

¿Es eso lo que realmente quieres, Morgan Caprice?

Corrí a la puerta principal y miré por la ventana de al lado. Sam había comenzado a alejarse. Iba cabizbajo, vencido. Mi corazón dolía de verlo alejarse. Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta pero él no volteó a mirar.

“Hey, ¿te vas tan pronto?” -Grité intentando parecer relajada, pero la verdad es que temblaba como una hoja en medio de la tempestad.

Mis piernas estaban más débiles de lo usual, como gelatina.

Con una determinación que era alienígena para mí, me recosté contra el marco de la puerta, intentando hacer que mis caderas se vieran más grandes.

Sam dio una vuelta y cuando me observó, sus ojos resplandecieron como relámpagos implacables.

Sujetaba un ramo de rosas y al verlas casi me desmayo.

Caminó hacia mí, boquiabierto, mirada seductora y acarició mi rostro suavemente con la palma de su mano libre.

Su aroma era un bálsamo de vida, caramelo y café, mis esencias predilectas en todo el mundo.

“¡Por Dios!” -Dijo Sam. -“Estoy sin palabras. Te ves asombrosa.”

“Gracias. Tomaré esa ausencia de palabras como un gran cumplido.” -Dije mientras lo observaba con detenimiento de pies a cabeza. Sam vestía jeans azul oscuro y una camisa negra manga corta. Los dos botones superiores estaban abiertos, haciéndolo ver relajado y casual. -“También te ves increíble.”

Se quedó parado allí, frente a mí, observándome con grandes ojos lobunos y nada me importó en lo absoluto. Me sentiría una presa feliz si eso era lo que Sam quería. Me sentía dichosa de ser observada en detalle por tan glorioso hombre.

“Te traje rosas rojo sangre.” -Acercó las rosas a mí y aspiré su aroma. Nunca me habían regalado flores, y mucho menos rosas. Mi corazón se me quería salir del pecho. -“Las rosas rojas son lindas y significan amor. Pero las rosas rojo sangre significan devoción y conexión profunda.”

Pensé que no existía la forma de hacerme poner más nerviosa, pero cada vez que Sam abría la boca, se me erizaba la piel. Yo no sabía cómo coquetear. Sus palabras eran de nivel avanzado y yo solo una principiante. Intenté formular palabras, pero solo conseguí balbucear.

“Gracias.” -Me aventuré a decir, mientras que mis ojos se llenaban de lágrimas que no debía dejar salir. -“Jamás me han regalado rosas.”

Sam me abrazó con fuerza y me llevó al mejor lugar del mundo. Aun sin conocerlo, sentía que no había razón para protegerme de él. Sam era incapaz de lastimarme. Me agarró de la mano y entramos a mi casa, donde Sam colocó las flores en un jarrón.

“Si no nos vamos, te besaré ahora mismo.” -Confesó Sam con labios temblorosos. Para mí, sus palabras sonaban a promesa. Y quería verla volverse realidad. -“Vamos. No me dejes arruinar la noche.”

Me escoltó hasta su carro tras asegurarse que la puerta de mi casa estuviera cerrada con llave. Me quedé quieta por unos instantes, admirando su increíblemente divertido carro.

“¿Qué tipo de carro es? ¿Un Batimóvil?” -Pregunté entre risas. Su carro color charcoal mate parecía robado de una feria de autos de carreras.

“Aventador.” -Sam respondió como si la respuesta fuera obvia. Sostuvo la puerta del carro y me senté en el interior, dejando mis piernas afuera, mientras mi rodilla hizo un ligero roce con sus piernas.

No podía respirar de tantas emociones combinadas. Estaba en su carro. No en una patrulla de policías.

“Gracias.” -Dije tímidamente. -“Hice algo para ti. Es con endulzante saludable, así que puedes comértelo todo.”

Le di el obsequio y salí del auto para darle un rápido beso en la mejilla. Me puse tan nerviosa que casi beso su oreja por temor a que volteara el rostro. Sam se tornó rojizo, pero yo estaba más sonrojada que él.

Entré al carro y Sam cerró la puerta, dirigiéndose al lado del conductor. El obsequio ya estaba abierto cuando se sentó, y él masticaba el delicioso y tibio postre. Con los ojos cerrados y la cabeza pegada al respaldo, Sam inhaló profundamente y soltó un suspiro placentero.

“¡Esto… está… muy… bueno!” -Dijo entre bocados. -“¿Y dices que son saludables?”

“Exacto. Son buenos para tu salud.” -Logré responder felizmente. -“No todos mis postres son veneno para el cuerpo.”

“¡Eres… mi… chica… perfecta!” -Gritó como si sus palabras pertenecieran a la letra de una canción de Rock.

Con grandes sonrisas y chistes sin importancia dejamos atrás mi casa.

Pronto el pueblo entero quedó a nuestras espaldas.

Mis ojos se mantenían fijos en el futuro inmediato y mi corazón se adhirió a este extraño sentimiento y a las promesas de un mañana mejor.

Al lado de Sam, el camino hacia la ciudad pasó volando. El tiempo desaparecía entre mis dedos tan escurridizo como el piping gel, y yo trataba de retenerlo con añoranza, un recuerdo que no debía perder jamás.

El restaurante que Sam eligió era sencillo y armonioso.

Se parecía a mi tienda, pero con un aire de sofisticación visto solo en la ciudad.

Nos sentamos en una pequeña mesa bistro frente al restaurante, disfrutando la fresca brisa mientras caía la noche.

Las luces de las calles se encendieron en sincronización y la música proveniente del interior del restaurante era tan dulce que deseaba recostar la cabeza sobre la mesa y sonreír y soñar por tiempo interminable.

“Me encanta tu vestido. ¡Blanco, wao!” -Sam intentaba hablar entre la música, y sus palabras se tornaron poesía y canción. Sus ojos reflejaban un asombro apasionado. -“¿Sabes lo que dicen de usar blanco en la primera cita?”

Negué con la cabeza mientras sus labios se curvaron en satisfacción. Extendió sus manos para tomar las mías y me apresuré a deslizar mis dedos entre los suyos.

“Si la chica viste de blanco para la primera cita, ellos terminaran caminando hacia el altar.” -Sus palabras me ocasionaron un masivo sonrojo. Satisfecho de haberme hecho ruborizar, se inclinó sobre la mesa, besando tiernamente mis nudillos.