Capítulo 7 Dulces Bocadillos de Medianoche
“¿Qué haces aquí?” -Entre respiraciones dificultosas, le pregunté a Sam cuando estuvimos cerca.
“Estaba preocupado por ti. Tu tienda en un desastre. Tu casa estaba vacía. Muchas personas fueron al cuartel con historias sobre un atacante que te golpeó y te mordió. Esta ha sido una noche de terror. Querellas y reportes por todos lados. Necesitaba asegurarme de que estás bien.” -Me respondió mientras eliminaba la distancia existente entre los dos.
De pie frente a mí, Sam era más alto de lo que recordaba. Guapo. Muy guapo. Cuerpo fornido, altivo y viril. Hasta ese momento jamás me había mirado de pies a cabeza, sino que siempre mantenía su mirada fija en mis ojos.
Podía leer lo que sus ojos querían revelar, casi toda la verdad oculta en ellos; Pero, ¿qué tal si él podía descubrir así todo sobre mí?
“¿Estás bien?” -Preguntó nuevamente.
“Si. Eso creo.” -Logré responder antes de ser confinada a un urgente abrazo.
Lo abracé de vuelta, inhalando su aroma y hundiendo mi cara muy profundo en la piel de su cuello.
Necesitaba consuelo. Nunca había sido abrazada por un hombre.
Nunca en mi vida me había sentido amada.
Pero este momento era tan distinto. Era un momento lleno de Maghkia.
A pesar de lo sudada y adolorida que estaba, el mundo entre sus brazos parecía hecho de algodones de rosada azúcar y saludables bombones de chocolate.
Tras romper el abrazo, caminamos a mi casa. Afuera estaba muy oscuro. Quizá fue esa misma oscuridad la que me hizo recordar las velas y el mejunje del hechizo. Todas esas cosas estaban esparcidas en el suelo de mi cocina. Esta ha sido una noche asquerosamente larga que no se quiere terminar.
¡Por Dios! ¿Qué tal si Sam me descubre? No.
No puedo dejarlo entrar a la casa. Empecé a buscar excusas en mi mente para obligarlo a irse, cuando de pronto Sam se quejó de dolor y se agachó como un niño pequeño que desea vomitar.
Lo agarré con fuerza y lo ayudé a sentarse en mi balcón.
Me pregunté si también yo era culpable por su súbita enfermedad.
Mientras Sam gruñía de dolor, corrí dentro de la casa y me deshice de todos los elementos del hechizo que debía causarle la muerte a Jerome, lanzándolo todo por la ventana de la cocina.
Si a esta hora el hechizo no había surtido efecto, tal vez yo acababa de romperlo al haber movido todo tan precipitadamente.
Solo me importó una cosa… que Sam no descubriera mi lado oscuro.
La suerte parecía estar de mi lado ya que Sam no se dio cuenta de nada. Esto era un buen indicio de que yo no moriría por el fuego de sus hogueras. Al menos no esta noche.
Corrí hacia mi balcón, donde Sam yacía recostado sobre su espalda. Le di un vaso con agua y unos analgésicos para el dolor.
“¿Te sientes bien?” -Pregunté con sincera preocupación.
“Sip. Es solo esta maldita cuestión del azúcar que tengo.” -Respondió mientras se cubría el rostro con ambas manos. -“¿Me ayudas a levantarme? Es mejor que me vaya antes de que esto empeore.”
“No te irás.” -Protesté, aunque mis palabras parecieron brotar como una orden siniestra. El siempre sonaba perfecto, mientras yo… gruñía. -“Ni siquiera pienses en conducir así. Eres un accidente a minutos de ocurrir.”
“Puedo quedarme en el carro a descansar. Solo dame algo muy dulce.” -Dijo mientras descansaba su peso en mis hombros. ¡Sí que pesaba! Pero estoy convencida de que podía soportar ese peso y mucho más si podía conservar este hombre solo para mí.
“Si, si… Claro. Lo que sea que tú digas.” -Contesté sarcásticamente mientras lo guiaba por el umbral de mi hogar.
Lo acompañé al sofá y fui a la cocina. Escogí algunas cosas dulces, frutas incluidas, y volví a su lado con una pequeña bandeja surtida.
Prácticamente se tragó una banana madura, un pedazo de chocolate con pasas y algunas tartas de pitahaya que había guardado para matar mis propios antojos de medianoche. -“¿Mejor?”
“Mucho mejor.” -Sam me regaló una sonrisa. -“Deliciosas galletas.”
“Tartas.” -Le corregí con un tono regañón como si Sam hubiera dicho palabras profanas contra mis postres por el simple hecho de confundir sus nombres.
“Bueno, mejor me voy. No quiero arruinar tu reputación.” -Sam se levantó como si nada hubiera pasado. Como si hace solo un minuto no hubiera estado palideciendo y sudando por deficiencia de azúcar.
“Es muy tarde, Sam. Puedes quedarte en el sofá o en el cuarto vacío.” -Protesté.
“¿Por qué te preocupas?” -Me preguntó curioso.
“¿Por qué te preocupas tú?” -Le devolví la pregunta.
“Me preocupo por ti. No quiero que las personas piensen mal de ti. Eres decente, gentil y también muy hermosa. Si los pueblerinos me ven aquí pensarán que me he aprovechado de ti.” -Confesó.
“¿Aprovecharte de mí? ¿Pero, qué soy yo? ¿Una chiquilla de preescolar? Soy una mujer adulta, Sam. Tengo diecinueve años. En este pueblo soy una solterona. Tomo mis propias decisiones. Genero mi propio ingreso. No le rindo cuentas a nadie. La reputación no es algo que me preocupe. No es como si fuera una damisela con alta demanda y muchos pretendientes.” -Sam me miró como si yo estuviera equivocada.
Como si no conociera nada de este mundo.
-“Yo nací con la reputación arruinada. Mi fecha de nacimiento fue maldita por todas y cada una de las estrellas del universo.”
“¡Qué dramática eres, Morgan! Me sorprendes. Crees que no tienes pretendientes, pero eso es falso. Puedo nombrarte algunos si quieres.” -Sam se atrevió a decir y, por su culpa, me sonrojé.
“No me interesa. Solo hay un hombre en el mundo que sí me importa.” -Las palabras salieron de mis labios tímidamente pero sin permiso, una confesión que debía morir conmigo.
Un poderoso sonrojo me invadió el cuerpo entero.
Sam sonrió levemente mientras sus ojos parpadeaban más de lo usual.
El cansancio se estaba apoderando de él.
Sus “cuestiones” con el azúcar no le estaban haciendo un favor esta noche, lo cual era un beneficio para mí, pues le pondría fin a esta incómoda conversación y a mi catarata de sentimientos. -“Recuéstese, agente. Lo ayudaré.”
Mientras Sam luchaba por protestar entre dientes, le quité los zapatos y las medias.
Él deslizó su arma por debajo del sofá y de hecho era lo mejor.
La tentación podía ser demasiado fuerte para mí.
Una bala y Jerome se acabaría para siempre.
Se extinguiría el juego de su insignificante existencia.
Me aseguraría de reclamar defensa propia si Jerome ponía un pie en mi casa.
“Te conseguiré sábanas y alguna ropa. Es ropa de mujer pero… mantendremos el secreto.” -Le dije apretando sus mejillas y alejándome con una sonrisa en el rostro.
Rebusqué hasta dar con unos pantalones de yoga y una camiseta ancha de color neutral.
Mientras doblaba las piezas para entregárselas, no podía dejar de sentirme súper nerviosa.
Había un hombre en mi casa. Un hombre extraño y muy atractivo descansaba en mi sofá. Dependía de mi cuidado en ese momento. Confiaba en mí más de lo que nadie en el mundo confiaba. Y no era cualquier hombre, sino un guapo y sexy policía, y todo un caballero.
Fuera de mi puerta cualquiera podía imaginar lo impensable.
Mi corazón saltaba agitado y temeroso a causa de tantos pensamientos.
Ideas locas venían a mi mente. ¡Sucia mente embrujada!
No podía evitarlo. Jamás en mi vida me había sentido de esta manera y ahora todos los sentimientos aparecieron juntos.
¿Cómo un corazón tan frágil como el mío podría soportar tantas emociones de súbito?
“Hey.” -Susurró cerca de mi oído. Me sobresalté tanto que caí sobre mi cama. -“Lamento haberte asustado.”
“No te preocupes. Después de un día tan lleno de eventualidades estoy muy sensible.” -Me disculpé, pero mi corazón estaba en algún lugar en el piso. Estoy segura de haberlo escupido del susto.
“¿Puedes mostrarme dónde está el baño? Si no es problema, quisiera bañarme. Apesto a cabra.” -Ambos nos reímos de su comparación. Señalé hacia una de las dos puertas al otro lado del pasillo y Sam desapareció de mi cuarto sin mirar atrás.
Esa noche no dormí. Tal vez descansé los ojos un poco.
Estaba eufórica y nerviosa, emocionada y aterrada.
Una mezcla de sentimientos que me hacían saltar por lo alto y sumergirme en el hueco más profundo.
Infructuosamente intenté repetir en mi mente la conversación con Jerome.
Cada una de sus palabras hacían eco en mi cabeza como golpes a mi ego y mi valentía.
Pero mientras más pensaba en sus palabras, menos entendía.
Tener a Sam a unos cuantos pasos de distancia no era de gran ayuda.
Antes del amanecer me di por vencida. Ni siquiera me sentía agotada, así que me levanté de la cama y caminé hacia la cocina con la intención de sorprender a Sam con un desayuno saludable y nutritivo.
Siempre he sabido que el corazón no se conquista con amor, el amor está en la mente.
Es una idea, una decisión. La mente se conquista con honestidad, respeto y actos. El corazón se conquista con comida.
Al menos yo me dejaría conquistar así.
La sorpresa fue mía. Las sábanas estaban nítidamente dobladas sobre la almohada. Una flor de mi jardín descansaba sobre la fina tela. Busqué por todas partes.
Sam ya no estaba en mi casa.