Capítulo 3 ¿Otra Bruja? #3
“¿Azúcar?” -Le ofrecí.
“No, gracias.” -Contestó rápidamente, una mirada de desaprobación se dibujó en su rostro. Mientras Sam mordisqueaba pedazos de queso y sorbía su café, yo no podía evitar imaginar tener a este buen hombre sentado en mi mesa cada mañana y cada comida por igual.
“Casi no recibo visitas aparte de Lavender así que me disculpo por adelantado si mis modales para tratar invitados son inapropiados.” -Durante el viaje a Dulce Amenaza, me atreví a disculparme. Era cierto, nunca tenía visitas por lo que no sé cómo ser una buena anfitriona.
Sam abrió la puerta para ayudarme a bajar de la patrulla de policías esta mañana. Incluso me ayudó a abrir mi tienda.
“Has sido una anfitriona extraordinaria esta mañana, señorita Caprice. Es probable que almuerce local hoy. Muchísimas gracias.” -Se despidió con una leve reverencia mientras se alejaba.
“Oh, gracias, agente Whilhey. He dado un viaje digno de la realeza… o quizá de celebrities. Dos días consecutivos.” -Respondí entre risas.
“Debe constar en record entonces.”
Después de que Sam se marchase, maldije mi nombre al menos cien veces. Estaba cayendo en la misma desgracia que mató a mi familia. Yo había sido la maldición tanto de mi madre como de mi padre. Si aún vivieran estarían escupiendo sobre mi fecha de nacimiento. Por fortuna, ya no viven más.
Se han ido. No de la mejor manera, pero da igual, se han ido.
Asesinados por sus similares.
Muerte a sangre fría traída como consecuencia del Amor.
Gregor, el mensajero del pueblo, apareció llamándome a viva voz. Su voz hacía eco en el alto techo tipo catedral. Estaba ocupada en el cuarto privado de mi panadería, donde yo trabajaba y horneaba sin ser espiada por espectadores entrometidos.
“Repostera… repostera…” -Gritaba desde frente a mis vitrinas.
“Maldito mal hábito, Gregor.” -Protesté mientras volvía al salón principal. -“Te he dicho al menos cien veces que tengo nombre. Deja de llamarme repostera.”
Sacudí el exceso de azúcar de confección de mis manos y mi delantal. Gregor me observaba como un niño observaría a un extraterrestre.
“¿Qué estás mirando?” -Le pregunté con tono represivo. -“Deja de mirarme como si yo viniera de otro planeta y dime por qué me llamas con tono de urgencia.”
“La señora Lavender desea que le visite en su casa antes de que su esposo regrese del trabajo.” -Dijo Gregor por fin.
Consideré el mensaje por un momento. No.
Necesitaba ser firme. Lavender me había rechazado por su nuevo esposo.
Había apoyado las acusaciones que Jerome hizo sobre mí, había permitido que me trataran como a una criminal.
Le permitió a ese hombre humillarla. No solo la humilló a ella sino a su familia también, incluyéndome a mí.
“Dile a Lavender que, primero que todo, yo tengo teléfono. Es un aparato moderno que evita que recurramos al mensajero, un muchacho que mira al receptor como si tuviera lepra en todo el cuerpo. Segundo, dile que ella conoce donde vivo y que estaré más que feliz de poder recibirla en mi casa para el té. Ahora, lárgate.”
El mensajero me miró incrédulo ante mi ausencia de modales. La culpa no era solo suya, sino del pueblo entero. Ellos me habían obligado a actuar como una jovenzuela sarcástica en vez de una dama recta.
Mis vitrinas estaban llenas de suculentos pastelillos e inigualables postres. El sabor de las tartas de pitahaya era exquisito y no pude evitar comer varias más de las que tenía intención. Pero bueno, ¿qué más puedo hacer?
Cuando estoy molesta, asesino mi mal humor devorando muchas cosas dulces. La aspirina es un analgésico para el dolor. El azúcar es un analgésico para la irritabilidad.
La comida estaba lista. El guiso de res hervía a fuego lento en un enorme caldero.
La ensalada atractivamente arreglada esperaba hacer la boca agua a los hambrientos clientes.
Un vapor aromatizante salía del arroz con tocineta y cebollines hasta empañar el cristal.
Todo estaba en exhibición y listo para el almuerzo.
Muy pronto, personas hambrientas comenzaron a ordenar.
Yo les servía sin reserva. Mientras los alimentaba, ellos eran tan amables conmigo que verlos chismeando a las seis de la tarde en la plaza sorprendería a cualquiera.
Mientras me encontraba sucia y sofocada de cocinar para ellos, entonces me querían.
Mientras hubiera comida caliente para entibiar sus cuerpos, yo era una mujer adorable.
Mientras no me encontraran caminando en la calle, obligándolos a voltear las caras para burlarse de mi distintivo caminar, ellos encontraban como tolerarme.
“Me gustaría un servicio, por favor.” -Para mi sorpresa, Sam había venido a comer después de todo. -“Poco arroz, mucha carne y ensalada.”
“Hola.” -Le saludé, mientras era imposible no pensar en cuan desaliñada y sucia me veía. -“¿Para aquí o para llevar?”
“Comeré aquí si logro encontrar un espacio vacío. Tienes un buen negocio. La ganancia debe ser decente.” -Me elogió.
“Lo es, pero no me interesa tanto el dinero como la satisfacción de hacer lo que amo. Además, no hay mucho en qué invertir en este pueblo. ¿O me equivoco?” -Mientras hablábamos me di cuenta de que Sam me miraba atentamente. -“El postre va por la casa.”
El agente Sam Whilhey me sonrió. ¡Oh, qué sonrisa tan preciosa!
Me sentí tan torpe. Justo ayer estaba segura de que no volveríamos a encontrarnos.
“Me abstendré del postre aunque se ve que todos hacen la boca agua. Tengo ciertos asuntos con el azúcar.” -Extendió su mano con un billete de diez dólares pero lo rechacé.
“Aun así la casa invita. Por el paseo mañanero.” -Le dije con un guiño. -“Ven por aquí.”
Velozmente arreglé una pequeña mesa, la cubrí con un fino mantel satinado y coloqué en ella su comida y una botella de agua. Mientras Sam se sentaba a comer, me disculpé para volver a atender a otros clientes que estaban en fila.