Dulce Amenaza Capítulo 3 ¿Otra Bruja? #2
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Capítulo 3 ¿Otra Bruja? #2

Las tartas de pitahaya parecían tan insignificantes y ordinarias como abrir un paquete de helado y engullirlo en una sentada. Hornear estas delicias debía ser un proyecto simple, pero la imagen de ese hombre me tenía confundida.

Un paseo nocturno me ayudaría a despejar mi mente nublada.

Pronto me encontré con una canasta de paja en una mano, mis pies deslizándose rápidamente en mis negras botas de goma.

Caminando bajo la luz de la luna hacia el campo de especias que tenía sembrado en el terreno detrás de mi casa me sentía libre como en ningún otro momento o lugar.

Estaba acostumbrada a recoger mis especias regulares cada atardecer, aunque nunca tan tarde como hoy, cuando el sol ya se ha marchado y solo las ranas, grillos y búhos me vigilan.

Sin temerle a la oscuridad, aprendí a vivir en las sombras.

Tras la sombra de Lavender. Bajo la sombra de su familia.

A la sombra de mi pasado. Cubierta por la sombra de mis poderes.

¿Qué pudiera ser más aterrador que una bruja joven e indefensa cojeando en medio de la noche, reuniendo yerbas para quien sabe qué pócima?

Abracé mi árbol predilecto, pidiéndole permiso para tomar un pedazo de su tronco exquisito.

Canela pura que eleva cualquier receta. Puse mi mano sobre el corte en el tronco, y le agradecí, regalándole un poco de mi Maghkia.

Ser uno con la naturaleza, con el universo, me hace olvidar todas mis tristezas.

Es un intercambio armonioso que me da mensajes que no entiendo. Asumo que no estoy lista todavía.

Con la canasta repleta de mis especias diarias, caminé bosque adentro hasta la laguna de lirios que se encuentra en los límites de mi propiedad.

Las pitahayas crecen más grandes y jugosas mientras más cercanas a la laguna.

Sus pétalos blancos son un preciado tesoro para mí.

Salvajes y fragantes. Aromaterapia duradera.

Con éstas, suelo preparar mi exfoliante corporal.

Ni Maghkia ni hechizos envueltos, solo ciencia e ingeniería culinaria entrelazadas para nutrir el cuerpo y el alma.

Sentada en la orilla de la laguna, me quité las botas y suavemente sumergí mis dedos en el agua fría. Mis piernas nunca se habían sentido tan libres como esta noche, descalza, despreocupada, sin ser observada por decenas de ojos.

Luciérnagas revoloteaban alrededor, su luz amarilla verdosa se reflejaba en las temblorosas aguas como fuegos artificiales. Me encantaban tanto las flores y las plantas que solía pedirles permiso antes de cortar algunas hojas.

Las setas Portobello eran siempre las más difíciles de tomar ya que temía que comenzaran a gritar tan fuerte como mandrágoras.

Aquí, rodeada de plantas y flores… y en mi cocina, cubierta en harina y manchada de dulces glaseados, puedo asegurarles lo que se siente ser una bruja.

Eso de ser una bruja con un gato negro y una escoba voladora de paja… Esos solo son cuentos de antaño.

A lo lejos se escuchaba un ruido, casi imperceptible.

Pisadas por el bosque y hojas secas crujiendo me asustaron. Rápidamente, mi sistema de defensa se activó. Me apresuré a ponerme las botas, agarré mi canasta y la colgué en mi brazo.

Contrario a lo que la inteligencia me dictaba, caminé hacia donde provenía el ruido. Mi corazón latía agitado, a punto de explotar. Podía escuchar la sangre pompeando de mi corazón a mis venas, y al resto de mi cuerpo a toda velocidad. No tardé un minuto en encontrar la fuente del ruido.

Una joven muchacha que no podía ser mayor que yo, estaba agachada bajo un árbol. Lloraba y sollozaba mientras masticaba flores silvestres.

“¿Hola?” -Me aventuré a llamar. La parte cobarde de mi cerebro me advertía que corriera, que me callara la boca, que lanzara un hechizo sobre esa chica o que retrocediera y volviera a casa sin ser descubierta. -“¿Estás bien?”

Repetí las preguntas en varias ocasiones pero ella continuaba lloriqueando y masticando. Estaba actuando como un perro adolorido.

“No te acerques.” -Dijo ella entre lágrimas. Sus palabras parecían una advertencia, primero frenética y luego temerosa. -“No me lastimes, por favor. Déjame ir. No le diré a nadie sobre ti.” -Añadió con voz temblorosa.

“¿De qué estás hablando? No pretendo hacerte daño.” -Cuando pronuncié esas palabras, ella me miró.

Para mi desagradable sorpresa sus ojos eran de fuego, tenebrosas llamas de fuego.

Su cabello oscuro y corto le daba apariencia de un hada tenebrosa.

Al instante me arrepentí de haber ignorado a mi cobarde interior, que era más sabio que mi personalidad despreocupada e intrépida.

Esa chica era difícilmente una humana normal. Tenía un demonio mayor por dentro.

“La bruja. Ella me lo dijo.” -Esas dos primeras palabras cayeron sobre mí como un baño de agua helada.

La bruja. Otra bruja. Había pasado años buscando señales de la existencia de otros como yo, solo para darme por vencida y aceptar que yo era la última de los de mi clase. Esas palabras lo cambiaron todo.

“¿Qué bruja? ¿Cómo es ella?” -Pregunté mientras la curiosidad trepaba por mi cuerpo sigilosamente, así como asquerosas lombrices.

Sin darme cuenta, seguía caminando hacia ella, acercándome aunque mi intuición gritaba lo contrario.

Quizá no escuchaba mi voz interna por la adrenalina causada por la noticia, por su presencia, o por el miedo que me consumía.

“Adulta y perversa. Te das cuenta en tanto ves su rostro diabólico. Cuidado, acabará con nosotros con dolorosas muertes.”

El bosque se quedó en silencio. El viento se escondió. Los grillos y las ranas dejaron de cantar. Las luciérnagas apagaron su luz y solo podía sentir la Luna vigilando curiosa.

Caminé lentamente para acercarme, pero la chica se levantó y corrió, alejándose de mí.

Así como apareció, sin aviso, había desaparecido entre el oscuro manto de la noche.

Capítulo 4: Un Hombre Digno

Mientras el agua en la cafetera hervía, terminé de hacerme una trenza francesa.

Me apresuré a servirme una taza de café hirviente con espumosa leche completa.

Perejil bien picadito sobre requesón de leche de cabra acompañando unas mantequillosas y crujientes galletas eran el desayuno perfecto antes de ir caminando a mi tienda.

Mi minivan se había quedado abandonada allí desde el día anterior, bajo la estudiosa mirada de los curiosos transeúntes.

Preferí no pensar mucho en mi hermoso vehículo.

Era muy sencillo imaginar lo que cualquier idiota desesperado, vicioso o envidioso podía hacerle a mi van si encontraba la oportunidad.

Cadence era un pueblo estancado en el tiempo, pero no le faltaba su ración de viciosos y malhechores.

No había grandes crímenes, más allá de los pasionales, por supuesto.

Un golpe en la puerta me asustó. No me asustaba con facilidad, pero esta vez sentí miedo. Recuerdos de la chica hablando sobre una bruja asesina deambulando en el pueblo vinieron a mi mente.

Esperé unos segundos y me moví de mi silla para observar la hora. Cinco cuarenta y cinco de la mañana. Otro golpe y mis piernas se movieron hacia la puerta sin esperar por una orden cerebral prudente.

Mis dedos rozaron la perilla de la puerta, dispuestos a abrirle a cualquier extraño. En mi hogar, mi fight or flight mode estaba siempre desactivado.

Sospechaba que al abrir la puerta encontraría a alguien que olvidó su aniversario de bodas o el cumpleaños de algún hijo, y había recurrido a mí -desesperado- mientras se dirigía a trabajar.

Era algo común. Pueblerinos que esperaban que los salvara de dormir en el sillón si tenía el descaro de volver a su casa con las manos vacías.

En un pueblo como este, un bizcocho mojadito en piña y ron era un regalo especial y en ocasiones… afrodisíaco.

“Morgan. ¿Estás despierta?” -Obvio, pensé. Un hombre. Un hombre muy olvidadizo. -“Soy yo, Sam Whilhey.”

Abrí la puerta deprisa y admiré el apuesto hombre uniformado que estaba parado en mi balcón.

“Perdóname. ¿Te desperté? Es mi culpa. Lo lamento.” -Se disculpó con sinceridad una y otra vez.

“Para nada. Estaba tomándome una taza de café.” -Respondí mientras me quedé allí quieta y silente, observándolo desde el umbral de mi hogar. -“¿Quieres café?”

Di que sí, por favor. Di que sí. Pensé.

“No, gracias. Estoy bien. Recordé que tu transporte se quedó en el pueblo y es mi culpa que tengas que ir caminando hasta allá. Sería muy grosero de mi parte no ayudar a una dama en apuros, así que vine a ofrecerme de chofer.” -Sus ojos resplandecían con cada palabra y mi corazón se sumergía tan profundo como un barco encallado.

Sonrojándome, desvié la mirada. Mi primer pensamiento fue espantoso. De haber sabido que Sam vendría a casa me hubiera vestido mejor. Con estas ordinarias ropas parezco una aldeana común.

“¡Que amable de su parte, agente Whilhey! Recogeré mis cosas si me regalas cinco minutos.” -Dije mientras abría la puerta de par en par. -“Pasa, siéntete como en casa.”

Dubitativo, se quedó parado en el umbral, como si haberlo invitado dentro de mi casa hubiera sido de alguna manera un acto ofensivo. Agarré a Sam por la mano y tiré de él hasta traerlo al interior de mi casa.

“¡Entra ya! No quiero que se metan los mosquitos. Y si te quedas ahí te van a devorar.” - Le urgí.

“Puedo esperarte afuera. No quiero causarte más problemas o que las personas piensen mal de ti.” -Se disculpó tímidamente. Su mirada traviesa decía todo lo contrario. No me importa lo que estos asquerosos pueblerinos piensan, solo quiero…

“No me interesa lo que ellos crean.” -Respondí sin pensar.

“¿Qué dijiste?” -Sam preguntó confundido, como si le hubiera leído la mente.

“…Si piensan que somos solterones dedicados a la santidad o gente de la vida fácil. Me tiene sin cuidado.” -Él sonrió estando de acuerdo conmigo, y mi corazón se derritió como mantequilla sobre baguettes recién horneados.

-“¿Café?” -Pregunté después de colocar una gran taza de café y un platillo con galletas y requesón frente a él.