Dulce Amenaza Capítulo 2 El Manto de Virginidad #2
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Capítulo 2 El Manto de Virginidad #2

“Necesito hablar con mi prima.” -Le grité, casi ahogándome de náuseas al ver su asqueroso pecho descubierto.

Si hay una cosa que odio en un hombre es que tenga un pecho tan peludo que parezca alfombra de piel de oso.

¿Acaso han visto a un oso afeitado? Entonces ya tienes una idea de cómo debe verse Jerome bajo todas esas libras de vello corporal.

“Está en su luna de miel.” -Dijo en tono burlón, mientras tocaba su pecho peludo. No sé cómo me las arreglé para no vomitar en su cara.

“No me importa. Puede estar en la luna y esperaré aquí hasta hablar con ella.” -Le respondí de vuelta mientras intentaba no vomitar.

“Entonces tu espera es larga. Además, ella sabe que no te importa. Trataste de matarnos en nuestra boda. Gracias a nuestros ancestros que le dije que no comiera nada.” -Contestó.

Sus palabras trajeron imágenes de Lavender devorando un pequeño bizcocho de manzana y garbanzos. -“Y devuélveme nuestra sábana.”

Lo miré desafiante mientras él seguía reclamando ese pedazo de porquería, pero la tiré al suelo lejos de la entrada de la casa para que volara con el viento caliente de Septiembre.

“¿Crees que esto es gracioso? Esto es humillante. ¿El pueblo entero necesita ver esto? Lavender pensó que eras un caballero pero solo eres un tipo que la usa para lucirse. Tremenda basura que eres.” -Le grité llena de rabia.

Jerome resacó la puerta en mi cara y me quedé allí por varios segundos hasta que escuché una multitud de murmullos a mis espaldas. Maldición, estaba haciendo tremendo espectáculo frente al pueblo entero. Justo lo que necesitaba añadir a mi reciente currículo.

“Lárguense de aquí. ¡Largo, entrometidos! ¿No tienen nada mejor que hacer que andar metiéndose en la basura de otras personas? ¡Va-yan-se!” -Les grité muy fuerte mientras lágrimas de dolor y vergüenza por mi prima comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

Conduje en automático lo que me faltaba para llegar a mi tienda y le agradecí a los dioses de la cocina por el piloto automático.

No recuerdo con exactitud cómo llegué a mi panadería, pero allí estaba, sentada tras el volante, llorando como una niña castigada.

Aun era temprano, las seis y quince como mucho, así que me quedaban quince minutos para abrir la tienda, acomodar el pan artesanal en la vitrina y devorar algo que tuviera el poder de hacerme olvidar.

El letrero de “cerrado” aún estaba pegado a la puerta. Por alguna razón me hizo reír, aunque no había nada de gracioso en todo esto. Hoy, cerrado. ¡Te endulzaré en la boda!

Me sentía tan idiota. La entera burla de un pueblo tan estúpido como este. Tal vez ya era hora de romper con la tradición dejando de asistir a cada celebración. Porque sí, cada fiesta, reunión, cada entierro, el pueblo entero estaba invitado. Y la asistencia era compulsoria.

Quizá la próxima vez, Dulce Amenaza permanece abierto y, por supuesto, yo me quedaré aquí.

El flujo de personas en mi tienda no era normal y me estaba empezando a cuestionar si el espectáculo de la mañana había tenido algo que ver.

El pan se volvió duro esperando por los clientes que usualmente esperaban por esta delicia con deseos locos y bocas babeantes.

Tras la vitrina, el pan susurraba mi nombre.

Llámenlo brujería, ansiedad, o como quieran, pero me vi tentada a mordisquear una de las hogazas.

Por supuesto que mi rabieta mañanera no había tenido nada que ver, sino que la gente seguía pensando que yo los había envenenado. Tenía que ser eso.

¿Con qué evidencia me culpan por sus indigestiones? Todos ellos comen de la misma forma en la que actúan, como animales salvajes.

“¿Señorita Caprice?” -Me di la vuelta para conocer al dueño de tan profunda voz.

Cuando lo vi acomodando la escopeta en el arnés que cruzaba sus hombros y pecho, no pude desear otra cosa aparte de no delatar mis pensamientos.

Mi reacción inicial fue de shock. Joven y aún así severo, y muy guapo como ninguno otro.

-“¿Eres la señorita Caprice, la repostera?”

“Sí.” -Me apresuré a decirle, aunque me sorprendió la pregunta. Todo el mundo me conocía, pero este guapo hombre me había olvidado demasiado rápido.

“Soy el agente Sam Whilhey. Necesito que me acompañe a la estación de policía.” -Dijo tranquilamente como si estuviera hablando del clima.

No escuché nada de lo que dijo tras esas palabras.

Ni siquiera sabía que había una estación de policía en este pueblo melancólico y sombrío. -“¿Me estás escuchando?”

Me quedé paralizada, entumecida e insensible. ¿Por qué me buscaba la policía? Yo no había hecho nada. Al menos no todavía. ¿Y porque Sam estaba vestido de policía? Un muy guapo y atractivo policía de ciudad en vez de un policía come-donas pueblerino.

“Lo siento.” -Conseguí disculparme. Solo había transcurrido un día cuando él me había invitado a bailar, pero parecía ignorante a mi recuerdo. -“¿Qué haces aquí?”

“Hay serias acusaciones en su contra. Un hombre asegura que trataste de envenenar al pueblo anoche. Varias personas se han reportado enfermas y reclaman que se deba a la comida de la boda.” -Me informó.

“¿Es en serio? Debes estar bromeando. ¿Envenenar a esta gente? ¿En serio?” -De repente este atractivo hombre me pareció repugnante. Sin querer, bajé la guardia. -“Tú estabas allí también. Comiste la misma comida. ¿Por qué no estás enfermo entonces?”

“Es mi responsabilidad investigar las acusaciones. Puedes acompañarme por libre voluntad o me veré forzado a esposarte.” -A pesar de su rostro serio, sus ojos intentaban decir ‘Me gustaría mucho hacer eso’. La idea me hizo reír aunque no tenía más opciones aparte de acompañarle.

“Bien. ¿Tu carro o el mío?” -Le pregunté con una sonrisa. No había necesidad de pelear o forcejear. La justicia llegará tarde o temprano. Y la venganza también. Pero, ¿Por qué yo estaba coqueteándole?

No lo sé.

Debo dejar algo en claro. Nunca me he sentido atraída por un hombre antes. ¡Nunca me había sentido atraída a nadie o a nada nunca! Esto solo podía significar problemas.

Mi gente, los que son igual a mí, se darán cuenta de esto. Si acaso existen otros como yo en algún lugar, lo que ya hace tiempo he comenzado a dudar.

Antes de haber tenido la oportunidad de dar rienda suelta a mi plan, el pueblo estaba más enfermo de lo que yo había imaginado y era obvio que alguien más- aparte de mí- estaba tras esta purga vomitiva.