Capítulo 2 El Manto de Virginidad
¿Cómo terminé en un lugar lleno de personas enfermas, un pueblo olvidado por Dios pero también por el diablo?
Llegué hasta aquí para traer la clemencia que necesitaban con tanta urgencia.
Para deshacerme de la plaga que todos ellos representan.
Porque pagarán por lo que han hecho, y poco a poco ya están pagando.
Y todo empeora cuando imagino leer sus pensamientos, aunque debo confesar que es una habilidad que hubiera preferido que mi Maghkia incluyera.
Sé que mi caminar puede parecer un espectáculo pero no es algo aterrador.
No es una atracción que merece ser observada con enfermiza y cruel curiosidad.
Pasos tambaleantes, lisiada, coja tal vez, pero no es algo extremo.
Solo un salto a cada paso que doy. Soy diferente, si, pero de una cosa estoy segura.
No merezco ni quiero la pena de nadie, ¡por amor a Dios!
Asombro. ¿Cómo una jovencita impedida como yo puede hacer semejantes postres tan gloriosos, saludables y gustosos? ¿Cómo un rostro lindo tenía que estar maldito por un impedimento?
Los escucho. Cada una de sus palabras. Cada susurro que escapa de sus bocas después de haber sido llenadas con mis donas y pastelillos.
Cada vez que elogian mi brillante cabellera que parece chocolate, mis dientes alineados perfectos, o mis ojos gatunos amarillo verdoso.
Cada pensamiento malintencionado o pretencioso que no logran mantener en su interior mientras engordan con mis comidas.
Créanme, tengo otras maldiciones que me preocupan más que mi gracioso caminar.
Pagarán por la forma en la que me miran. Pagarán por sus asquerosos pensamientos. Pagarán por lo que le hicieron a mi familia y a mí. Pagarán por todo lo que a diario me hacen vivir.
Mis bizcochos son costosos, pero es imposible ponerle precio a la Maghkia.
Cada diseño es lujoso y único. Jamás hago el mismo bizcocho dos veces y su sabor es imposible de igualar.
Alimento a las personas de este triste y tonto pueblo con mis creaciones…
Uso mis frágiles manos para diseñar obras de arte.
Hay un dicho popular: la alta cocina, la cocina sobresaliente requiere magia.
Hay mucho de cierto en eso. Pero necesita muchísimo más. Necesita Maghkia.
Ellos me pagan por lo que hago por ellos, y por lo que haré de ellos.
Por ahora, recibo su dinero como un intercambio para alimentar mi odio.
Pero pronto, ni todo el dinero del mundo podrá comprar su libertad o la preservación de su especie.
Jamás existirá riqueza alguna que pueda apaciguar este deseo de arrancarles la vida. Para siempre.
Ser una bruja no es nada fácil en estos días.
La única repostera de este pueblecillo jamás levantaría sospechas en las personas.
¿Qué daño puedo causar con perfectos bollos de pan y mantequillosos croissants?
Por ahora les hago la boca agua cada mañana mientras los hombres van de camino a sus trabajos.
Mientras las mujeres se arreglan sus cabellos y se adornan con muchas prendas inservibles.
Cada segundo, ellos dibujan en sus rostros insolentes sonrisas que no sienten en realidad y llenan sus vidas con más de mis perfectos bocadillos.
Si una bruja llega a ser descubierta en este siglo, cuando las personas se llaman a sí mismas modernas, esta sufriría dolor físico más allá de lo conocido.
La silla eléctrica, cámara de gas, inyección letal, pero aun así nada de esas rudimentarias técnicas humanas podrán arrebatarnos la vida.
Nuestras almas, por otra parte, pueden ser robadas por algunos que se atreven a llamarse a sí mismos religiosos.
Estos son los que realmente poseen brujería.
Dejemos algo en claro. La Maghkia y el satanismo no son para nada parecidos.
Es un error común de gente ignorante. La Maghkia nace contigo.
El satanismo es elegir adorar al mal. La Maghkia crece y se desarrolla con el paso de los años, con las heridas, con la forma de interpretar el mundo.
La Maghkia es honrar la naturaleza, al sol y la luna.
No es forzada en ti. Tú la abrazas. La “religión tradicional” es forzada a entrar en cada persona a través de la televisión, las revistas y hasta en las escuelas y gobiernos echando a Dios a un lado.
Lo que yo hago se llama Maghkia. Ok, hago bizcochos. Catering también. Tengo mi propio negocio.
Pero nada de eso importa.
Lo que sí importa es que mi vida está a un respiro de cambiar.
Y probablemente no sea para bien.
Las habilidades de una bruja van tan lejos como la bruja misma lo permita. Yo por ejemplo…
Yo realmente no sé qué hago bien. Conozco cada pensamiento de cada criatura que se cruza en mi camino, excepto los humanos. Lo sé, lo sé. ¡Qué fastidio! No hay mucho que aprender de las moscas y los sapos, dirás. Pero te sorprenderá lo mucho que se puede descubrir.
Pensándolo bien, tengo una habilidad. Algo que puedo hacer mejor que todas las demás personas en el mundo.
Yo hago los más deliciosos y perfectos platillos y postres en el mundo entero.
Dirás que no es la gran cosa. Nada lo suficientemente grande como para amarme o para quererme de amiga, pero en un pueblo como este, preparar las mejores comidas me hace una persona que deseen retener.
Caminar desde casa hasta mi tienda no es siempre la idea más sabia.
Los niños tienden a tirarme cosas, llamándome nombres burlones por la forma en la que camino.
Créanme cuando les digo que cada vez que entran a mi tienda, corren soltándose de las manos de sus madres a pegar sus sucias narices en mis relucientes vitrinas.
Ahí, parados frente a mis increíbles creaciones, se comportan como angelitos, y me tratan como a una diosa a cambio de un trozo de bizcocho de chocolate con fudge.
Humillada por el giro que tomó el día anterior y evitando la habitual tortura diaria, decidí conducir mi mini van al trabajo.
Además, con un auto tan increíble como el mío, ¿quién querría dejarlo estacionado acumulando polvo?
Eso me daba ventaja ya que llevaría varias bandejas de pan artesanal recién horneado.
Debo confesar la verdad. Me desperté hambrienta en medio de la noche y mi estómago gruñía, rogándome para que lo alimentara con una buena dosis de carbohidratos.
¿A quién le estoy mintiendo? Desperté a mitad de la noche, sudando como animal perseguido por cazadores, y lo único que imaginé fueron sus ojos reluciendo tras el fuego de sus antorchas. Vómito también envenenaba el sueño, acumulándose en mi cerebro y mi garganta.
No podía evitar considerar que, de alguna manera, mis pensamientos habían envenenado la comida de la boda.
Ni siquiera sabía si eso era posible pero no podía descartarlo del todo.
Estaba segura de que no había usado nada físico, ninguna especia, condimento, azúcar, planta, hierba o algún tipo de hechizo con el fin de enfermar al pueblo.
Lo deseaba, sí, pero me negué la satisfacción de acabar con ellos esa noche por el bien de Lavender.
Pero hablando de pan… ¿Cómo podría negarle a mi cuerpo lo que me pedía con tanta compasión? Un pan recién horneado tiene el maravilloso efecto de hacerme olvidar.
Como siempre, horneé demasiados panecillos, repostera al fin.
¡Oh! Ya podía imaginarme el placer reflejado en los rostros de estas personas cuando entraran a mi tienda y vieran estas delicias aún calientes con una cucharada de mantequilla derritiéndose rápidamente.
Pura ricura de desayuno que ninguno de ellos merece tener.
¡No soy tan codiciosa y egoísta! Yo aprendí a compartir.
Hasta que la muerte nos separe. Me reí.
Con la música encendida, conduje con casi una mano mi Luxgen Sport negra con detalles rojos. Un pedazo de pan con provolone y salami viajaban desde el volante a mi boca y viceversa. Café hirviendo danzaba en una taza honda mientras yo daba sorbos y conducía. Conducía y tomaba.
A pesar de lo delicioso que estaba el pan, cada recuerdo del día anterior se mantenía en la primera página de mi cerebro.
¿Habré envenenado realmente a estos pueblerinos anoche?
¿En realidad me convertí en la bruja cruel que envenena niños en la boda de su propia prima?
¿Qué tal si los maté? ¿Podré perdonarme alguna vez?
¿Por qué estaba castigándome por algo que ya había planeado hacer desde hace mucho tiempo?
Gente reunida en la calle frente a la nueva casa de Lavender me obligó a detenerme. Me bajé de la van, cerrando la puerta rápidamente por miedo a que mis panes terminaran convirtiéndose en unas frías e inertes rocas.
“¿Qué pasa?” -Le pregunté a Oliver Jackson, un trabajador en sus veintitantos que se reía como un demente. Por unos segundos me miró como si yo fuera uno de los criminales más buscados.
“Parece que tu nuevo primo está celebrando en grande.” -Respondió Oliver, torciendo sus labios en una mueca.
“¿Y eso significa qué exactamente?” -Pregunté otra vez. Me guió a través de la multitud para que yo viera de lo que todos estaban hablando. Allí, en un jardín desnudo de flores, una sábana blanca teñida con rojo estaba en exhibición. -“¿Es eso lo que creo que es?”
El horror se hacía evidente en mis palabras, como si hubiera gritado en vez de hablar.
“Una sábana de virginidad.” -Dijo una vieja que se mantenía sostenida de un bastón. -“¿Pero por qué te importa? ¿No fuiste tú quien intentó arruinar su boda justo ayer?”
“Yo no hice nada.” -Me defendí. Caminando de prisa, arranqué la maldita sábana. Volaba con el viento como una bandera a media asta. Comencé a llamar a Lavender hasta que Jerome se asomó por una pequeña abertura en la puerta.