Capítulo 1 No hace falta la razón #3
“¿En serio?” -Bromeé. -“Ese es un tema común con esta gente. Todos tienden a sermonear sobre el mismo tema. Es gracioso como se creen con derecho a tomar decisiones sobre el estatus civil de las demás personas. Soy feliz siendo soltera. El matrimonio no tiene lugar en mi mente, muchas gracias.” -Sam me miró confundido, así que me vi en la obligación de profundizar la explicación.
-“A lo que me refiero es… Mira a nuestro alrededor. ¿Qué es lo que ves? Pueblerinos comunes con mentes retrógradas y sexistas es lo único que yo veo. Nada de esto se parece al hombre soñado.”
“Sé exactamente cómo te sientes. Parece que tú y yo tenemos mucho en común.” -Sam dijo sonriendo tímidamente. Su ceja derecha se arqueaba, más por impulso involuntario que por nerviosismo.
Ambos nos miramos por unos segundos mientras yo bailaba entre sus brazos como nunca antes lo había hecho.
Esto era un milagro, pensé, hasta que de repente él me guiñó traviesamente.
Sé que me sonrojé con un doble tono carmesí, mucho más de lo que ya estaba.
Fácilmente mis mejillas parecían un par de tiernos macarons de red velvet.
“¿Mi turno de bailar?” -Interrumpió una chica que apareció por mi lado como un espeluznante fantasma.
Ella observaba a Sam como un halcón hambriento vigila a un ratón.
Sin esperar ningún gesto de parte de Sam, solté sus manos y me apresuré a alejarme y refugiarme en la cocina.
Lo escuché protestar pero eso no me detuvo.
Mis manos me temblaban, el corazón se me quería salir, me latía apresuradamente. Me pareció el evento más raro de mi vida, pues nunca nadie me había ocasionado esa clase de nerviosismo que se siente por todas partes del cuerpo.
Pude reconocer que este encuentro me había afectado. Sam era condenadamente guapo. Volver a tener la mente ocupada era lo único que podía arrebatar su mirada de mi cabeza.
Curiosamente, fracasé en sacar a Sam de mis pensamientos. Sin importar cuantas personas vinieran a mí, cuántos niños pidieran un dulce especial y cuantos más yo trataba de complacer, su perspicaz mirada -que me parecía sincera- me perseguía, saltando sobre mí como la sombra de un búho al acecho.
Difícilmente la felicidad perdura. En especial la mía.
Mis oportunidades de conservar el corazón de un hombre era insignificante comparada a la de muchas otras chicas.
Aspirar a conquistar el corazón de un hombre como Sam era infantil de mi parte.
Hombres como él van y vienen a discreción, dejando a su paso una gorda estela de corazones destrozados.
Yo no me volvería otra de sus probablemente muchas conquistas amorosas. No, señor. Yo no lo sería.
“¡Morgan!” -Lavender me llamó utilizando su voz de chiquilla. Sus rizos rebotaban como resorteras. -“Ven. Quiero una foto tuya con Sam. Reclamaré con orgullo la responsabilidad de haberlos presentado cuando ustedes caminen al altar uno de estos días.”
Todos a nuestro alrededor murmuraron tras el comentario de Lavender, leves chismes que se tornaron en un zumbido insoportable.
Mi rostro se tornó mucho más pálido y me sentí apaleada por ser el hazmereir de estas personas.
El padrino de bodas caminó hacia mí, sosteniéndome por la cintura y guiándome hacia el rincón decorado para fotos.
“Sonríe, preciosa. Muéstrales a estas personas lo que se merecen. Una de esas enormes y bellas sonrisas.” -Sam coqueteó mientras se acercaba a mi cuello y no pude evitar que una gigantesca sonrisa apareciera en mi rostro.
No puedo ponerle palabras a esa combinación de sensaciones que me provocó su cercanía a mi vena yugular… es como si mi sangre se hubiera alborotado por un motivo mágico y secreto… pero la recordaré con satisfacción cuando acabe con todo este pueblo.
Cuchillo y espátula en mano, me acomodé detrás del enorme bizcocho de cuatro pisos tras los recién casados tomarse las debidas fotos.
Los plateados corazones de ambos utensilios estaban grabados en las palmas de mis manos.
No me había dado cuenta de que sujetaba ambas cosas con una fuerza casi sobrenatural.
El dolor decoró mi mente y me sentí nerviosa con cada palabra pronunciada.
Sus ojos sobre mí eran los de un lobo hambriento y yo estaba conmocionada y en negación. Yo jamás sería presa de nadie.
Hundiendo el plateado cuchillo en el primer piso de bizcocho, los finos jugos de fresas comenzaron a gotear a través del delicado frosting y el aire se llenó de deliciosos aromas de felicidad y relajación.
Las palpitaciones agitadas de mi corazón se redujeron algunos latidos mientras inhalaba profundamente.
Me sentí feliz de no haber envenenado el bizcocho porque planeaba devorar un pedazo de cada sabor.
Pero para convertirme en la glotona, esperaría que Sam dejara de acecharme como águila.
Se sienten las brisas del amor, puedo sentirlo. Maldita sea. Maldita, Morgan. En serio se siente el amor. ¿Así se siente el amor?
Después de que el primer pedazo de bizcocho acariciara la fina vajilla, vómito sorpresivo voló en todas direcciones.
Los invitados corrían para escapar de los implacables torrentes de asquerosidad.
Yo me quedé inmóvil, el primer y único pedazo de bizcocho aún estaba en mis manos.
Jerome, el recién casado, me gritó con desdén.
“¿Qué has hecho? Los envenenaste a todos.”