Capítulo 1 No hace falta la razón #2
El problema es que no recordaba cómo eran los zapatos que Lav había escogido.
Pensándolo bien, ella nunca me mostró sus zapatos de boda.
Disimuladamente miré hacia abajo, en parte avergonzada, en parte curiosa.
Los zapatos de Lavender apuntaban directo hacia mí, plateados con brillantes, resplandecientes como el cristal.
“Por supuesto que los tengo.” -Mentí. -“Sin embargo, un poco diferentes a los tuyos.” -Añadí inteligentemente mientras mecía grácilmente mi mano para levantar el ruedo de mi traje.
Claro que los había olvidado, pero Lavender no tenía porqué saberlo.
Pronto, unas delicadas botas bajas plateadas abrazaban mis débiles pies, escondiendo un poco mi aparato ortopédico, mientras relucían con la anticipada luz del sol.
“Muy buena elección, Morgan.” -Me felicitó y me sentí bien haciéndola feliz. -“Ahora quítate ese imperdible de tus senos. Escogí ese profundo escote para conseguirte un marido.”
“Yo no quiero un marido. Moriré soltera y estoy orgullosa de esa decisión. Jamás me casaré con nadie.” -Protesté.
“Cada buena mujer merece un buen caballero. Y tú eres la más valiosa de todas las damiselas.” -Lavender me ovacionó. -“Sabes que tus padres estarían muy orgullosos de hacerte la esposa de un hombre merecedor.”
“Si, pero ellos están muertos. Gracias a Dios. Y yo no me casaré a la fuerza y mucho menos sucumbiré ante el engaño del amor.” -Lavender me miró como si yo hubiera pronunciado una blasfemia.
-“No me malinterpretes, Lav. El amor es maravilloso… para algunas personas solamente. No es la mejor elección para todos. Estoy contenta de que el amor sea lo mejor para ti y nos haces sentir orgullosos con todo. Una cosa te prometo, el día que aparezca un hombre que demuestre amar cada pedazo de mí, con mi raro caminar incluido en el paquete, le propondré matrimonio yo misma.”
“Oraré para que aparezca ya entonces.” -Me abrazó muy fuerte. Sus sentimientos eran sinceros. -“Oh, ¿esos son mis favoritos?”
“Bizcochitos de garbanzo y manzana. ¡Por supuesto que son!” -Lavender agarró un trozo y lo devoró en un segundo. Una sonrisa de satisfacción apareció en su carita rellena. -“¡Qué comience la función! Ve y termina de prepararte, te alcanzaré en un minuto.”
La boda tomó su curso tal como fue establecido. Tras acomodar el último de los brillantes cake pops- color aguamarina y lavanda- en los delicados centros de mesa, me encontré caminando hacia el improvisado altar. Me sentía incómoda gracias a las penetrantes miradas de estos pueblerinos.
No podía faltar la gentuza, esas tontas chicas que se mofaban de mí, compartiendo bromas y risas burlonas sobre mi inseguro caminar.
Lo peor no eran las burlas. Eran sus voces haciendo eco en mi cabeza, rebotando de un lado al otro, torturándome, mortificándome, queriendo romperme por dentro.
Sus burlas susurradas podían ser escuchadas por todo el planeta Tierra.
Seguí preguntándome porqué no tomé ventaja de este momento para acabar con todos ellos.
Ellos merecían el apocalipsis que se avecinaba sobre sus casas y sus propias cabezas.
Merecían algo mucho peor que lo que me hacían vivir.
Lavender no podía seguir siendo mi excusa. Tenía que dejar salir mi coraje, tenía que dejar a Lavender ir, pues cuando el momento llegue, ella tendrá que morir también.
Mis mejillas se enrojecieron por la humillación causada por las burlas y los comentarios sobre mi caminar, pero continué adelante por el bienestar emocional de Lavender.
Mantener mis ojos fijos en la punta de mis zapatos era la manera más sencilla y eficiente de ver el tiempo irse de prisa y poder volver al refugio de mis moldes y mis hornos.
Tras los votos nupciales y el primer beso de dicha matrimonial, Lavender tomó mi mano y la sujetó a la del padrino de bodas.
“No dejes que este se escape de tus manos.” -Susurró mi amada prima en mi oído.
Me sonrojé terriblemente cuando miré hacia él y lo descubrí observándome con feroz asombro.
Él musitó un saludo pero lo ignoré y, arrancando mi mano de entre sus garras, tomé mi lugar en el desfile nupcial.
El padrino de bodas se apresuró a colocarse a mi lado, una tímida sonrisa iluminando su rostro.
¿Dónde Lavender y Jerome encontraron a este hombre tan guapo? Era obvio que no era un pueblerino. No lo había visto jamás en mi vida.
Cientos de fotos tomadas, miles de sonrisas que fingir, miles de falsos cumplidos sobre cuán hermosa y diferente me veía sin mi acostumbrado delantal de cocina.
Pronto encontré la oportunidad de volver a ser quien realmente era.
La repostera. La dueña y única empleada de Dulce Amenaza, la chica hazlo-tu-misma.
En las mesas del buffet contestaba preguntas sobre cada plato y dirigía a las personas hacia los suculentos manjares preparados con ellos y sus alergias en mente.
Los invitados comían y bailaban. Bailaban y comían. Se me hacía difícil comprender cómo poseían la habilidad de comer tanto y aun así ser capaces de continuar moviéndose. La respuesta era obvia. Había usado demasiado de mi ingrediente secreto esta vez y eso había fortalecido a estas personas.
“¿Qué tal, querida?” -Siseo la señorita Regal mientras mordisqueaba una Pavlova.
“¿Cómo se encuentra hoy, señorita Regal? ¿Acaso no es esta una adorable celebración?” -Le pregunté mientras observaba a Lavender bailar con su ahora esposo. Se veía tan feliz que de cierta manera yo la envidiaba por eso.
“Adorable sí. Pero siento tanta tristeza por ti, querida.” -Dijo, para luego rellenar su boca como un cerdo con una manzana empujada a presión en el hocico. Su sombrero de fiestas era una abominación de la naturaleza. Una extraña pamela con hojas, pájaros y flores.
“¿Y eso se debe a…?” -Pregunté aunque ya sabía lo que venía a continuación. Aquí vamos otra vez.
“Parece que morirás soltera. Cada chica tiene al menos un pretendiente, pero tú tienes harinas y cremas. Eres como las brujas de antaño.” -Me respondió la anciana, muy consciente de cada palabra. Le di una risita retorcida mientras volteaba los ojos con toda mala intención.
Tal vez esta viejecita podía alegrarme el día. ¿Quién sabe? Tal vez quería decirme algo y eso la carcomía por dentro y por fuera. Podía ser algo que ella sabía y no había tenido el valor de decir antes.
“¿Qué sabe usted sobre las brujas?” -Pregunté con curiosidad.
“No mucho, me temo. Pero sé mucho acerca de la soltería.” -Al escuchar esas palabras, mis esperanzas murieron.
“La cuestión es: prefiero ser la última chica soltera o tal vez una bruja a ser la esposa de un campesino infiel e irrespetuoso con nada más que hacer además de usar sombreros ridículos y gastar el mísero salario de mi marido.” -Argumenté con toda la intención de sonar ofensiva.
Desafiante, mantuve la mirada fija en los ojos de la vieja mujer, a la espera de que ella continuara sus argumentos sobre las mujeres solteras, la decencia y el respeto a los mayores.
“Disculpen, damas. ¿Puede este humilde caballero pedir bailar contigo?” -El padrino de bodas estaba de pie justo frente a mí, un brazo doblado a su espalda y su mano libre extendida hacia mí, convencido de que yo aceptaría su invitación.
-“Por supuesto puedo esperar que terminen su agradable charla.”
Insegura, alterné miradas entre él y la señorita Regal.
De ella hacia él. La anciana murmuró algo que no pude comprender pero se veía entretenida, incluso hasta interesada en este nuevo acontecimiento.
Cuando volví a parpadear me encontraba en medio de la pista de baile, entre las manos de este perfecto desconocido.
La música comenzó suavemente y cada pareja comenzó a moverse agonizantemente lento. Nosotros no fuimos la excepción.
“Espero no haber interrumpido tu conversación. Te veías tan… enfurecida que me vi en la obligación de salvarte del inminente sermón.” -Dijo con tono divertido.
“Gracias.” -Fue lo único que logré decirle. Una voz que provenía de lo profundo de mi ser me advertía a proceder con cautela. En su interior, cada hombre es un cazador en busca de algo. Cazadores que coleccionan mujeres, placer, dinero. Incluso brujas.
“Por cierto, soy Sam. Estoy encantado de conocerte al fin, Morgan. He escuchado mucho sobre ti. Entonces, ¿la señorita Regal te estaba dando lecciones de soltería a ti también?”
“¿Cómo lo sabes?” -Me atreví a preguntar. ¿Acaso sería posible que este hombre pudiera leer mi mente?
“Te observaba y estabas tan feliz explicando a las personas sobre cada bocado de comida, cuando de pronto ella apareció. Tu rostro cambió drásticamente.” -Me sentí aterrorizada de solo pensar que él me miraba a la distancia.
-“También me sermonea constantemente y me regaña diciendo que la soltería no encaja con un hombre como yo. Afortunadamente sólo he estado aquí por un par de días, pero ya veo lo que me espera si pretendo quedarme por una temporada.”