Dulce, Amarga Vida 36 #3
98%

36 #3

—Te amo —suelto sin pensarlo demasiado—.

Te amo, de verdad, Theo. Lo sé desde hace tiempo, creo que desde ese día que salí corriendo de tu piso, pero tenía miedo de…

Sentí pánico de haberme enamorado de la persona incorrecta, pero no lo eres.

Sé que no lo eres, aun así no quería admitirlo porque tenía miedo de arruinar las cosas, pero ya no.

De hecho, creo que eres el indicado porque nunca nadie me había hecho sentir así y…

—Dilo de nuevo, por favor —me suplica mientras posa sus manos en mi rostro.

—Te amo. Te amo y me vuelvo loca cuando no te tengo cerca y…

—Me alegra porque yo también y…

—...no dejo de pensar en ti.

—...quiero pasar cada minuto a tu lado.

Él sonríe con complicidad y entonces sus labios capturan los míos con vehemencia. Es un beso que sella nuestras palabras, nuestro deseo. Todo es mágico, sublime.

De repente, un sonido interrumpe el momento. Ambos intentamos ignorarlo, pero pienso que puede ser importante. Tal vez necesitan a Theo en el restaurante, quizá se ha presentado alguna emergencia.

—Contesta la llamada —digo después de separarme.

—No…

—Theo…

Theodore rueda los ojos y, con un gesto de exasperación muy marcado, saca el móvil del bolsillo de su pantalón. Lo observa en la pantalla y luego me dirige la mirada.

—¡Theo, contesta!

Finalmente, atiende la llamada mientras desciende los escalones y camina hasta la acera.

Con impaciencia, escucha lo que le dicen al otro lado de la línea, moviéndose de un lado para otro.

Cuando vuelve a acercarse, percibo que su rostro denota una clara incertidumbre; su sonrisa, incluso, ha desaparecido por completo.

—Era de Australia.

—¡Oh, por Dios! ¡¿Qué te han dicho?!

—Me han aceptado.

—¡Theo! ¡Eso es fantástico! —exclamo, abalanzándome con efusividad sobre él para un abrazo.

Por un segundo estuve realmente preocupada; por su expresión, pensé que le dirían que lo habían rechazado—.

¡Theo! ¿Podrías cambiar esa cara? — le digo con una sonrisa, intentando aliviar la tensión—.

Te han aceptado, es justo lo que siempre habías anhelado.

—Lo que siempre he querido es tenerte a mi lado.

Y es ahí cuando todo cobra sentido. La admisión de Theo implica una estancia de un año. Lejos. Muy lejos. En un lugar que está, literalmente, en las antípodas.

Un año.

Un año .

—No me iré.

—De ninguna manera. Te quiero, y solo por eso no te perdonaría que renunciaras a lo que tanto anhelas.

—Es un año...

—Lo sé.

Mis ojos se cierran por un instante mientras apoyo mi rostro en su pecho. Su fragancia me inunda. Lo abrazo con fuerza, y él me rodea, su barbilla descansando suavemente sobre mi cabeza.

Esto es lo que quiero, pero su felicidad es tan importante para mí como la mía propia.

—Theo —digo, mi voz apenas un susurro—, te he estado esperando por siempre.

Incluso cuando mi corazón no lo sabía, ya lo hacía.

Siempre soñé con un amor que se sintiera así, y ese amor, eres tú.

Y tú me confesaste que tu vida cobraría sentido cuando me tuvieras a tu lado, a pesar de que las posibilidades eran mínimas.

Y aquí estamos, contra todo pronóstico. Me tienes, y me tendrás, incluso si por un largo año no puedo estar contigo.

—Me alejo un poco y le doy una sonrisa llena de promesas—. ¿Ya sabes la fecha de partida?

—El primero de septiembre tengo que estar allí.

—Todavía tenemos unos cuantos días para nosotros.

—Imagino que podré volver en Navidad.

—¿Lo ves? Hemos estado en situaciones peores.

—Te voy a echar de menos. Mucho.

—Lo sé —le sonrío, con los ojos vidriosos—. Yo también te voy a echar de menos.

Theo no dice nada más, solo me besa. Es un beso dulce y lento al principio, cargado de la tristeza de la despedida, pero poco a poco se intensifica.

Sus labios se mueven con urgencia sobre los míos, como si quisiera absorber cada parte de mí antes de marcharse.

Mis brazos lo rodean por el cuello, aferrándome a su nuca mientras él me atrae más hacia sí, su cuerpo pegado al mío, sin espacio para el aire.

Sus manos, firmes y cálidas, acarician mi rostro con una delicadeza que contrasta con la pasión del beso.

Siento la promesa implícita en cada roce, en cada caricia, en el ritmo de su respiración que se mezcla con la mía.

Cuando finalmente nos separamos, su frente se apoya contra la mía, nuestras narices rozándose. Sus ojos azules, un poco más oscuros de lo normal, buscan los míos.

—Hagamos un trato. ¿Qué te parece si nos vemos en cinco años?

—Suelto una carcajada cuando me doy cuenta de que está recitando las líneas de Before Sunrise—.

No, espera cinco años es mucho tiempo. Mejor un año, un año exacto, nos vemos justo aquí.

—Una sonrisa traviesa se dibuja en sus labios—. ¿Te parece bien?

—Contando desde hoy, serían un año y quince días. Pero me encanta que sigas con tus referencias a mis películas favoritas —comento abrazada a él, acariciando su cabello.

—¿Y cómo no? Si me prometiste que si seguía así, caerías rendida a mis pies.

—¡Y mira que funcionó!