Dulce, Amarga Vida EPÍLOGO
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EPÍLOGO

DOS AÑOS, DOS MESES Y TRECE DÍAS DESPUÉS.

Paseo de un lado a otro, impaciente, con las pequeñas fichas de mi discurso en la mano. Repito las líneas sin cesar: a veces las susurro, otras las recito mentalmente. Por momentos, me invade el miedo de no poder plantarme ante, al menos, cien personas y hablar sin tartamudear o entrar en pánico.

Inhalo, exhalo. Repito el proceso un par de veces más, con los ojos cerrados. De repente, dos golpes sutiles en la puerta captan toda mi atención.

—Adelante —articulo, con una mano en la cintura y otra en el pecho.

—Aquí estás —dice Theodore, cerrando la puerta tras él. Sonríe con complicidad mientras se acerca y me envuelve con sus enormes brazos—. ¿Cómo estás?

—Bien... nerviosa. —Mis manos se apoyan en la tela blanca de su camisa, y mi mirada se fija en el discreto aro dorado que brilla en mi dedo anular.

Por un instante, me abstraigo acariciándolo con el pulgar y sonrío tontamente—.

¿Por qué no puede ser todo como nuestro compromiso?

Tú, una cena memorable y yo. Sin nadie más.

La sonrisa ladina de Theodore surte un efecto relajante en mí. Acaricia mi mejilla y, con delicadeza, esconde un mechón de mi cabello detrás de la oreja.

—Porque hoy, después de la inauguración de tu fundación, habrá una fiesta para celebrarlo, con invitados. Digamos que la celebración de nuestro compromiso ameritaba… privacidad.

Se inclina lo justo para que nuestros labios se rocen, y sonrío tontamente perdiendo por un instante la noción del tiempo y el espacio.

Cuando su boca captura la mía, lo hace de una forma suave al principio, un roce gentil que me desarma.

Luego, el beso se vuelve más profundo, más urgente.

El mundo exterior se desvanece. Ahora mismo, solo me importa él, sus labios, la forma en que su mano se posa suavemente en mi mejilla.

Es como si cada nervio en mi cuerpo hubiera sido reprogramado.

Cuando nos separamos, me pierdo en su mirada y mis dedos se enlazan con su cabello, una sonrisa genuina ilumina mi rostro. La sensación de ser la mujer más afortunada del mundo me inunda.

—Aún no asimilo que voy a inaugurar una fundación.

—Te has dedicado en cuerpo y alma este último año para verla materializada —me recuerda.

—Lo sé. Pero es que hace unos cuantos años, la idea de que Make a Sip! se hiciera realidad ni siquiera cruzaba por mi mente, y la verdad es que fue el punto de partida de todo esto.

Contra toda previsión (pues algunas cosas no salieron tal cual), inauguré Make a Sip!

en aquel otoño, como lo había planeado. Asistieron las mismas caras que en mi cumpleaños, varios alumnos de The Union Cooper y ¡al menos cien personas más que nos descubrieron por las redes sociales!

Sí, sé lo que he dicho sobre ellas, pero resulta que no tienen por qué ser tan perjudiciales.

Me han permitido alcanzar a un público inmenso y difundir el concepto de mi negocio a quienes realmente conectarían con él.

Hoy, la cuenta de seguidores supera los cien mil, y el número crece sin cesar.

Me resulta increíble estar presumiendo de esto, pero la verdad es que la satisfacción es inmensa.

Claro, no todo fue perfecto desde el inicio.

A pesar de la gran inauguración, los primeros meses fueron…

bueno, nada mal para empezar. Pero en cuanto llegaron las festividades y la gente descubrió un sitio en pleno SoHo que ofrecía proyecciones de películas navideñas gratuitas en un espacio con excelente calefacción y con bebidas aún más calentitas, la clientela subió como la espuma de Drink, Actually, la bebida estrella de esas fechas, inspirada en, sí, Love, Actually.

Lo mejor es que Theo sí pudo volver a casa para Navidad y…

no entraré en detalles, pero pasaron muchísimas cosas. Entre los dos. A solas.

Para Año Nuevo, Make a Sip! ya era más conocido.

Muchos adultos, pero sobre todo estudiantes, venían buscando un rato de esparcimiento donde podían degustar cócteles y conocer a gente con intereses similares.

Poco a poco, el objetivo principal de mi negocio se fue materializando.

«No vienen solo para pasar un rato diferente, Willa.

Pueden hablar de lo que les gusta sin sentirse juzgados ni nada, ¡están haciendo amigos aquí! », me comentó Michaela un día.

Fue entonces cuando me di cuenta de que podía hacer más, no solo por ellos, sino por cualquiera que fuera víctima de acoso escolar, laboral o intrafamiliar.

Para ese momento, Theo ya había regresado de su viaje.

Le conté mi idea de ayudar no solo a las víctimas, sino también a los victimarios, y él estuvo dispuesto a participar desde el principio.

Susan y mi madre también se unieron. Creo que, de alguna forma, este proyecto se convirtió en un lugar seguro para ellas.

Así empezamos a trabajar, con mis fondos, los de Susan y los de Theo.

Poco a poco, más personas se fueron sumando, dispuestas a colaborar desde sus trincheras: psicólogos, terapeutas, profesores artísticos, voluntarios para el trabajo administrativo.

Paso a paso, Count on Us Foundation fue tomando forma y hoy es una realidad.

—De hecho, estos últimos años han sido sorprendentes.

—Y maravillosos —agrega Theo, sopesando mis palabras—, sobre todo maravillosos.

—¿Sí? ¿Qué ha sido lo más maravilloso? —Muerdo mi labio inferior, sonriendo.

—Tú, por supuesto. Nuestro compromiso, tú, también mi año en Australia, de nuevo tú, estos once meses que llevamos viviendo juntos, tú, mi viaje a Japón, la estrella Michelin que conseguí para Hearth…

—Te encanta decirlo, ¿a que sí? —comento divertida.

—Solo te estoy diciendo qué ha sido lo mejor que me ha pasado en estos últimos meses. —Hace una pausa—. Pero sí, que mi restaurante tenga una estrella Michelin es jodidamente extraordinario. Por cierto, se me olvidaba comentar otra cosa maravillosa que me ha sucedido recientemente: Tú.

Sacudo la cabeza con un ligero movimiento, casi teatralmente, y mis ojos giran con disimulo.

En realidad, me deleita escucharlo decir todas esas cosas, tanto como poder aferrarme a él, cerrar los ojos, inhalar su aroma y recordar que esto es tangible, no un sueño vívido ni una mera fantasía. Esta es, por fin, mi realidad.

—¿Sabes algo? —murmuro, recostando mi rostro sobre su pecho—.

Antes creía que la vida era como una película, donde nuestra única tarea era intentar descifrar su trama antes de que, bueno, los créditos finales comenzaran a rodar.

Y, obviamente, creía que lo estaba haciendo estrepitosamente mal.

Pero estaba equivocada. La vida es, en efecto, como una película y, aunque a veces el desenlace no esté en nuestras manos, sí podemos escribir la historia y hacerla memorable.

Theo permanece en silencio; un profundo mutismo nos envuelve. Me separo lo justo para encontrarme con sus ojos. Él sonríe con astucia mientras acaricia mi mejilla, su mirada fija, anclada en la mía.

—Estoy diciendo tonterías cursis, ¿verdad?

—No, es solo que… —Se detiene, y su expresión se suaviza—. Intento ver las cosas de esa forma que describes. Y, la verdad es que, si la vida es una película, tú, Willa Gallagher, eres la mejor parte de la mía.