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Como ya sabes, he decidido celebrar mi cumpleaños.
Sorprendente, ¿verdad?, especialmente considerando los años que he pasado deseando que este día nunca llegara.
Pero resulta que Leah tiene razón, y mi madre también: no hay absolutamente nada de malo en cumplir años.
No importa lo que la sociedad nos dicte o «sugiera», alcanzar los veinte, treinta, cuarenta u ochenta es un privilegio que a menudo damos por sentado; peor aún, a veces (como era mi caso) nos aterra.
Sin embargo, envejecer significa tener más tiempo para enmendar errores, cumplir metas y ser felices. He aprendido mi lección.
—Willa… Eh, Willa, hija, ven un momento —dice mi madre, desde la puerta, mientras recibe el catering de la fiesta—. ¿Cuántos invitados le dijiste a Theo que ibas a tener? —me pregunta, acercándome.
—Unos veinte.
—Pues creo que entendió unos doscientos, ¡porque mira cuántos aperitivos hay y siguen trayendo! —dice mi madre, haciéndose a un lado para dejar pasar a dos jóvenes que entran con sendas bandejas repletas de cupcakes.
Un par de minutos después, terminan de descargar toda la comida y bebida. La isla y la encimera de la cocina quedan a rebosar de bandejas de dulces y aperitivos.
Mamá suspira como si ella misma hubiera cargado con todo, y una vez que cierra la puerta, se vuelve hacia mí y sonríe ampliamente mientras me acaricia la mejilla.
—¡Estás guapísima! ¡Guapísima! —exclama, refiriéndose a mi intento de maquillarme de una forma un poco más «elaborada»—. Todavía no puedo creer que te hayas animado a celebrar tu cumpleaños —comenta con regocijo—. Después de que cumpliste los trece, no quisiste más fiestas de cumpleaños.
—Exactamente, tenía trece años, creía que ya era demasiado grande para piñatas y... todas esas cosas.
—¿De verdad? Pues hoy cumples treinta y mira a tu alrededor. Vampiros —bromea.
Si los rumores dicen que la fiesta de mi trigésimo cumpleaños es temática, son ciertos.
Y si dicen que el tema es Crepúsculo , no mienten.
Durante casi toda mi vida, me dio vergüenza admitir qué me gustaba porque...
bueno, ya sabes, hay gente a la que, por lo visto, no le agrada que los demás sean felices.
Me cansé de eso. Así que creo que es justo empezar a disfrutar de lo que me gusta sin sentir ni una pizca de vergüenza o culpa.
—No son solo vampiros, es Crepúsculo .
—Sé lo que es Crepúsculo , recuerdo cómo tenías las paredes de tu habitación cubiertas con pósteres muy parecidos a estos —dice, señalando a mi alrededor.
Evidentemente, si mi fiesta de cumpleaños está inspirada en Crepúsculo , eso significa que las paredes del salón están cubiertas de fotos y pósteres de la película, que del techo cuelgan luces doradas y que en la entrada de mi casa hay un enorme cartel que dice «Welcome to Forks».
Mamá se esfuma un instante y regresa con una caja. Es un regalo. Su mirada, llena de una emoción contenida, se posa en mí, antes de dedicarme una sonrisa apenas perceptible y volver a sus manos, donde la caja reposa.
—Quiero darte tu regalo de cumpleaños antes de que lleguen los demás. —Su voz es suave, y la sonrisa se le empaña con un velo de tristeza—. Aunque, creo que este regalo es más de tu padre que mío.
En cuanto esas palabras se desprenden de sus labios, mi corazón se detiene. La curiosidad me asalta. Mis manos tiemblan mientras tomo la caja, mis ojos buscan los de mamá y sonrío, mientras ella se seca una lágrima furtiva. ¿Es esto…?
—Tu padre y yo trabajamos en esto durante casi dos años, justo antes de que nacieras. Él soñaba con hacer cine, y supongo que, de alguna u otra forma, lo logró.
Entre mis manos sostengo un casete VHS, la etiqueta reza: «A Beautiful Day in Stonefield».
—Es una película hecha en slow motion —añade mamá, mientras mi vista sigue fija en el casete, intentando asimilar que lo que tengo en mis manos es una película dirigida por mi padre.
Mi padre—. Ya sabes lo mucho que me gustan las manualidades, así que yo hice los personajes y la escenografía.
Todo lo demás, la historia, la dirección… eso fue él.
—Stonefield es su...
—Su pueblo, así es. Tu padre siempre amó ese lugar, pero no lo que vivió allí. Así que un día tuvo la idea de recrear lo que él había considerado un día perfecto en Stonefield. Después de que lo habían rechazado en la escuela de cine, después de que ningún productor confió en él... No se rindió.
—¿Por qué nunca me la enseñó?
—Tu padre no quería que pensaras que era... que si nunca cumplió su sueño fue porque no tenía talento. Pero lo tenía, Willa. Realmente… —Mamá sonríe apenas, sus ojos buscando los míos—. Ahora que vas a abrir tu bar cafetería, no sé, pensé que querrías proyectarla y…
—¡Por supuesto que voy a hacerlo, mamá! —exclamo, la voz rota por un nudo en la garganta, las lágrimas asomando y amenazando con desbordar la emoción y la felicidad que me invaden. La abrazo fuerte, cierro los ojos un instante, intentando grabar cada segundo de este momento.
Pocos minutos después, los invitados empiezan a llegar. Michaela y Ronnie son las primeras; además de felicitarme, me dicen al menos tres veces lo orgullosas que están de mi negocio.
Mamá se sienta con Ronnie en un sofá, mientras esta le cuenta la trama del libro que lee.
—En serio, necesito probar uno de esos cócteles.
Ronnie me ha dicho como cien veces que su tía prepara la bebida más deliciosa que ha probado jamás.
—Michaela enlaza su brazo con el mío mientras vamos a la cocina—.
No te miento, hirió un poco mis sentimientos cuando soltó eso —ríe—.
Pero estoy segura de que debió estar increíble.
—Pues… Buenas noticias: en dos meses podrás probar uno de mis cócteles.
—¡Dios mío! —casi exclama—. ¿Ya tienes fecha para la inauguración?
—Sí. Este mes nos centraremos en restaurar los espacios pendientes y el próximo me encargaré de los retoques finales y de la promoción en redes.
—Cuenta conmigo. Me voy a encargar de que todos en The Cooper Union sepan que en el SoHo hay un café pensado para frikis como ellos.
—Suelta una risita al verme poner los ojos en blanco—.
Es broma, lo sabes. Pero sí, me encargaré de decirles a todos que, cuando se cansen de los tres tipos de café que ofrecemos, vayan a darle una probada a los tuyos.
—Y después de que te robes a todos los clientes del café donde trabajas, yo podría robarme a la mejor barista que tienen.
—¿Me estás ofreciendo trabajo?
—Y la posibilidad de que Ronnie esté contigo después de la escuela, también. Podría hacer sus deberes en mi oficina y así no tendría que quedarse con una niñera...
—¡Acepto! —grita—. ¡Acepto! ¡Acepto! ¡Acepto! ¡Hey, Ronnie! —Mi sobrina alza la vista hacia su mamá—. ¡Tu mami tiene un nuevo trabajo con tu tía!
—¡Genial!
La verdad es que me moría de ganas de trabajar con Michaela, pero me asaltaban las dudas.
No quería ofrecerle un puesto en un negocio que ni siquiera ha abierto sus puertas.
Aun así, confío en que, una vez que lo haga, cosechará éxitos, y poder compartir mi alegría con la gente que quiero es algo que espero no dejar de experimentar.
Cuando el reloj marca las ocho de la tarde, el salón está lleno de invitados.
La señora Aida y Frank charlan animadamente con mi madre; Zoe, Parker, Leah, Cynthia y Mark están enfrascados en alguna conversación; mientras que Michaela y Jake, el vecino de los tatuajes raros, parecen haber encontrado un tema en común.
Casi todos sostienen un platito con algunos aperitivos en una mano y una copa de vino en la otra, mientras de fondo Hayley Williams canta una de las mejores canciones de una banda sonora. Sí, Decode .
El timbre resuena de nuevo, anunciando por fin a la persona que más anhelo ver, aunque solo haya pasado un día desde la última vez. Pero cuando el amor te atrapa, los minutos compartidos con esta persona se esfuman como segundos, y la distancia, por breve que sea, se estira en horas interminables.
Al abrir la puerta, un rostro familiar me recibe, y unos brazos enormes me envuelven, apretándome como si quisieran exprimir cada gota de vino que he bebido.
—¡Feliz cumpleaños, Willa!
Percival luce distinto, una versión de sí mismo ajena a los trajes de tres piezas y las corbatas monocromáticas; hoy se ha convertido en un entusiasta de los polos y pantalones de lino.
—Gracias —respondo, intentando recuperar el aire—. Y gracias por venir, pensé que...
—¿Que no vendría? Mi hermano no me lo habría perdonado.
—Percy —se queja Theo un par de escalones detrás de él.
—No es cierto, Willa. ¡En serio que me caes bien! Hubiera venido de todos modos, aunque Theo no me hubiera insistido. En fin, esto es para ti. —Extiende su mano y me da una botella de champán de melocotón.
—Oh, vale. Gracias —balbuceo un segundo después, cuando él ya está dentro de casa.
—No le hagas ni caso, su pasatiempo favorito es meterse con Theo —me dice la mujer que tengo delante.
Es más alta que yo, pero no tanto como Percival y Theo; es delgada y su cabello gris oscuro hace que sus ojos azules destaquen. Me abraza con cierta delicadeza y luego me sonríe con una mirada llena de amabilidad.
—Es maravilloso verte de nuevo, Willa. No has cambiado nada.
—Muchísimas gracias, señora Schmidt.
—No, nada de formalidades. Puedes llamarme Susan, ¿de acuerdo? Y gracias por invitarme. —Me extiende una bolsa de regalo—. ¡Feliz cumpleaños!
—Gracias, y bienvenida.
Le doy paso para que entre en casa, y por fin, somos solo él y yo.
Theo me dedica una sonrisa socarrona y sacude ligeramente la cabeza antes de acercarse.
Pone sus manos en mi espalda, a la altura de la cintura, y me besa.
Mi corazón se detiene y luego se acelera como si hubiera corrido una maratón.
Vale, puede que esto no sea una competición, pero él es un auténtico trofeo.
Me siento afortunada de tenerlo y… lo siento, todo esto es nuevo para mí, no sabía que podía ser tan cursi.
—Feliz cumpleaños —susurra contra mis labios antes de darme un beso fugaz.