35
En más de una ocasión, por inercia, me he quedado parada en medio del local, echando un vistazo a mi alrededor.
La reacción siempre es la misma: mi corazón da un vuelco tan fuerte que parece querer salirse por los pies, invadiendome al instante unas ganas locas de saltar.
Y de verdad que lo haría si no estuviera tan cansada.
Estos últimos días han sido gloriosos. Gloriosos y agotadores.
¿Quién lo diría? Yo usando esas dos palabras en la misma frase.
La cuestión es que he estado trabajando sin descanso en la decoración del local, y me alegra decir que ya no huele a polvo y a viejo; ahora el aroma a pintura fresca impregna cada rincón.
También me alegra haber tenido mucho que ver con este avance, porque mientras los electricistas que contraté hacen magia cambiando los cables e instalando esas lámparas tan bonitas que compré en una tienda a un par de calles de aquí, yo he estado pintando las paredes de un blanco reluciente.
Aunque hace dos días tuve que contratar cuatro manos extra para que me ayudaran, porque no es tan fácil como nos han hecho creer en esos montajes de películas donde la protagonista siempre supera una crisis existencial mientras pinta las paredes de su casa.
Lo cierto es que, aunque todavía falta instalar el sistema de calefacción y aire acondicionado, traer las sillas y mesas y, literalmente, rehacer toda la cocina y traer las herramientas y maquinaria de trabajo, el local se parece cada día más a lo que tengo en mente.
Ya no luce tanto como el escenario de una película de misterio.
El precio a pagar son jornadas laborales de doce horas al día, una de mis sudaderas favoritas arruinada (a causa de la pintura) y una felicidad que no me cabe en el pecho.
Hablando de felicidad, mi móvil vibra en el bolsillo delantero de mis vaqueros y una sonrisa se dibuja en mi rostro cuando veo el nombre del remitente.
Theo: ¿Está mal que diga que Briony es la villana más descabellada?
Theo: De cualquier película.
Muerdo mi labio inferior, ahogando una risita. Lo admito: cuando Theo me escribe sobre una de mis películas favoritas, me transformo en esa persona que sonríe tontamente al teléfono mientras teclea su respuesta.
Yo: Depende, ¿has visto The Green Mile?
Envío el mensaje y me tumbo en el suelo, como si estuviera tomando el sol en Coney Island.
Theo: No.
Yo: Entonces puedes decir que Briony es la villana más maquiavélica en la historia del cine... hasta que veas The Green Mile.
Theo: Espera.
Theo: ¿Me estás diciendo que hay alguien peor que esta niña que sacrificó la felicidad de su hermana y la vida de una persona, todo por un capricho?
Yo: Ay, Theo. Necesitas ver más películas. El mundo es un lugar lleno de crueldad.
Theo: Exactamente.
Theo: ¿No se supone que los niños deberían ser las criaturas más inocentes y adorables?
Yo: Debería n .
Apenas termino de enviar el mensaje, un par de golpes secos contra el cristal de la puerta me sobresaltan. Cuando levanto la mirada me encuentro con... ¡mi madre! Literalmente, mi madre está fuera.
Mierda.
No debería sorprenderme. Yo misma le pedí que nos viéramos aquí, hoy, a esta hora, porque por fin se ha dignado a tener una noche de sábado libre.
Pero entre recibir los azulejos para restaurar el suelo de la cocina, elegir el mejor proyector y los los pufs para la segunda planta, y encargar los espejos para los baños, lo he olvidado por completo.
Mamá vuelve a llamar justo cuando me incorporo. Casi sin darme cuenta, como si inhalara una dosis extra de valor, tomo aire.
—¡Hey! —suelto con una emoción impostada, fingiendo sorpresa al verla ahí, frente a mí.
—Willa, ¿qué haces… aquí? —pregunta, adentrándose en el local y recorriendo cada rincón con la mirada.
—Estoy… trabajando —contesto, cerrando la puerta y sopesando cada una de mis palabras.
—¿Esto es de Healthchic? —Está perdida, por supuesto. Mi madre y yo estamos hablando en idiomas distintos, quizá como lo hemos hecho durante los últimos… no sé cuantos años.
Exhalo de forma audible, casi exagerada, intentando poner en orden mis ideas.
—Mamá, ¿podrías sentarte?
La guío hacia un banquillo de madera cubierto con una enorme bolsa de plástico para protegerlo de la pintura. Yo, por mi parte, me siento en un envase de pintura vacío. Salvo el suelo, son los únicos asientos disponibles en el local, por ahora.
—Ahora sí, dime qué haces aquí.
Mamá se muestra serena, pero la curiosidad le brilla en los ojos. Me mira fijamente mientras cruza las piernas y apoya las manos en ellas.
—Yo… renuncié a Healthchic —pronuncio lentamente—. Renuncié a Healthchic hace casi una semana —añado, acelerando el final, como si fuera una única y apremiante palabra.
—¿Y ahora estás trabajando aquí como pintora? —vacila, su mirada deslizándose hacia mi sudadera, completamente manchada.
—No, mamá. Quiero decir, sí, estoy trabajando aquí, pero soy… soy…
—¡¿Eres qué?!
—¡Soy la dueña!
Silencio. Un silencio espeso, prolongado e incomprensible nos envuelve.
¿Qué la ha dejado así, sin habla? ¿Mi renuncia al trabajo? ¿El hecho de que renunciara hace varios días y no le dijera nada? ¿O que sea la inquilina de un local a medio restaurar?
Mamá me mira. Y me mira. Sigue mirándome. ¿Se habrá olvidado de pestañear? No, un momento. Lo acaba de hacer. También ha aspirado hondo, cerrado los ojos y ha empezado a masajearse las sienes.
—¿Podrías, Willa, por favor, ser más explícita? ¿Eres la dueña de qué exactamente?
Asiento una vez, mis labios apretados en una fina línea.
Esto es un avance, ¿verdad? Le he contado una parte, una ínfima parte de la historia a mi mamá, y no ha perdido la cabeza.
Yo tampoco. Para ser sincera, lo que más me agobia ahora es cómo explicarle mi camino hasta aquí sin tener que resumir mi vida desde...
que tengo uso de razón. Pero como me sugirió Leah una vez: si no sé por dónde empezar, lo mejor es empezar por el principio.
—Mamá, lo que me pasó aquella vez en la escuela no fue cosa de una vez…
—¡Willa! —exclama, llevándose la mano a la boca, conmocionada.
—Pero nada fue tan grave, mamá. O sea, sí lo fue pero sobreviví y...
—No...
—Mamá.
Ella hace un gesto de pasar una cremallera sobre sus labios y luego me insta a continuar.
—Por mucho tiempo, papá, Benji y tú fueron las únicas personas amables conmigo, las únicas que me demostraron...
cariño. Así que no quería decepcionarlos, no quería que se avergonzaran de mí.
Por eso me propuse ser la hija que ustedes deseaban que fuera.
—Tomo una bocanada de aire mientras agacho mi rostro por un instante—.
Y siempre estaban hablando de su deseo de que mi hermano y yo llegáramos a donde ustedes no habían llegado, por eso trabajaron tanto para que Benji y yo fuésemos a la Universidad...
—Wi... —Se detiene y asiente a regañadientes.
—Así que me enfoqué en mis estudios, quería... Necesitaba conseguir esa beca para ir a la Universidad. Tenía la esperanza de que en esos cuatro años me llegara a gustar la carrera, aunque fuera un poquito…
—¿No querías estudiar enfermería? —El pánico cruza la mirada de mi mamá.
—No, lo querían ustedes, ¿recuerdas? Tú siempre decías que soñaste con ser maestra y papá quiso estudiar cine, pero tuvo que renunciar a su sueño porque…
No los culpo de nada, de veras que no —me apresuro a decir mientras tomo sus manos entre las mías—.
Yo solo quise ser esa hija que ustedes deseaban porque tenía miedo de que no fueran feliz con lo que realmente quería ser.
—¿Qué era...?
—Ni siquiera quería ir a la universidad, esa es la cuestión.
Tenía miedo de que, cuando lo dijera, pensaran que no tenía aspiraciones, porque sí las tenía, pero yo nunca…
Yo nunca me vi como enfermera, ni como maestra o abogada...
Nada de eso. —Libero el aire de mis pulmones, sintiendo cómo mis hombros se relajan un poco, solo un poco—.
Durante muchos años las películas eran lo único que me hacía sentir mejor —confieso—.
Y un día empecé a crear cócteles inspirados en las películas que veía y en lo que me hacían sentir…
—¿Eso era lo que hacías? —Asiento—. Siempre te veía en la cocina con esa libreta, pero nunca… Pensé que era un pasatiempo o algo así.
—Al principio era así. ¿Recuerdas a Pam?
Ella me instó a que buscara alguna actividad que me ayudara a…
no pensar tanto. Y encerrarme en la cocina, sola, me parecía mejor que asistir a clases de alfarería o algo así.
Pero entonces me di cuenta de que me gustaba mucho, que además de ver películas, lo único que me hacía sentir mejor era refugiarme en la cocina y…
—Muerdo mi labio inferior, vacilante, y me animo mentalmente a continuar—: Nació esta idea loca de abrir mi propio bar-cafetería.
Y quince años después, aquí estamos —pronuncio, señalando a nuestro alrededor.
La mirada de mamá se dirige hacia donde señalo. No voy a mentir, parece conmocionada, como si en vez de decirle que el negocio es mío le hubiera dicho que a nuestro alrededor hay cientos de fantasmas que ella no puede ver pero yo sí.
—¿Esto… esto es… tuyo?
—El local es alquilado —aclaro—. Al menos, por ahora. Pero todo lo demás, sí, es mío.
—¿Cómo...? ¿De dónde…?
Trato de resumirle a mamá toda la historia con Theo y Percival, revelando solo los detalles importantes.
Sin embargo, ella sigue igual de perpleja.
Solo es capaz de inspeccionar el lugar con la mirada; creo que se le ha olvidado moverse.
Después de unos pocos segundos, vuelve a mirarme, pero cuando lo hace, veo…
un par de lágrimas cristalizar sus ojos.
—Mamá...
—Ay, Willa. Debería estar muy molesta contigo, ¿lo sabes? ¡Debería estar furiosa contigo! ¿Por qué me ocultaste todo esto? ¿Por qué...? —Sacude la cabeza—. ¿Por qué no confiaste en mí o en tu padre?
—Mamá, era incapaz de confiar en mí misma —le aseguro—. Durante años, muchísimos años, viví con el miedo a fracasar, a decepcionarlos, a no ser lo suficientemente buena, a…
—¿Por qué nos habrías decepcionado? —exclama, sacudiendo la cabeza—.
Ay, Willa, Willa… Perdón si pensaste que tu padre y yo queríamos que tu hermano y tú fueran a la universidad solo porque nosotros no pudimos.
Quiero decir, sí, eso era lo que deseábamos, pero únicamente porque creímos que era lo que ustedes querían.
Mira a tu hermano, Benji siempre hablaba de lo mucho que anhelaba entrar a The Cooper Union y luego trabajar en la NASA, y tú…
Tú siempre te esmeraste por ser una buena alumna, así que no sé, supusimos que también querías ir a la universidad.
Por eso siempre… —Mamá sacude su cabeza una vez más, baja la mirada mientras limpia una lagrimilla que se le escapa—.
Cuando tu padre y yo hablábamos de querer verlos donde nosotros no pudimos…
Nos referíamos a que hicieran sus sueños realidad.
Fuese lo que fuese. ¡Queríamos que fueras feliz!
Y tú… ¡Ay, Dios! —se lamenta una vez más.
—Mamá, por favor. Ya te lo dije, ni tú ni papá tienen la culpa.
Nunca la han tenido. Aunque hubiera pensado que les gustaría la idea de que trabajara en mi propio negocio, no lo habría hecho porque...
Porque esto era lo que más deseaba en el mundo, tanto que me aterraba no ser lo suficientemente buena o que mi idea fuera una locura insostenible, así que preferí ir a lo seguro.
Ya sabes, ir a la universidad, estudiar una carrera...
—Y no ser feliz. —Mi madre suspira pesadamente, cierra los ojos un segundo y retoma—: ¿Recuerdas cuando Benji nos dijo que iba a ser papá? —Asiento—. ¿Recuerdas cómo reaccionamos?
—Parecía que querían matarlo.
—Pues sí, porque pensamos que había metido la pata, que iba a renunciar a su sueño por…
La verdad es que, cuando nos dimos cuenta de que tu hermano tenía las mismas ganas de ser ingeniero que de ser padre, entendimos que no podíamos estar realmente molestos con él.
Su felicidad estaba en sus aspiraciones académicas, pero también en su familia.
Así que, escúchame bien: jamás, pero jamás, tu padre y yo habríamos estado molestos si nos decías que tu sueño estaba aquí.
Jamás. —Mamá no puede seguir conteniendo el llanto, así que hace una pausa para recomponerse y añade—: Habríamos estado igual de orgullosos.
¡Estoy muy orgullosa! ¡Mira nada más! —Da una breve mirada al local—.
Mi hija trabajando en su propio negocio. En su sueño. Su sueño.
Abre sus brazos y me inclino hacia ella para fundirnos en un abrazo cálido y muy necesario.
No sé exactamente por qué, pero me invaden unas ganas inmensas de llorar.
Sin duda, la emoción tiene mucho que ver, ella lo ha dicho: estoy haciendo realidad mi sueño.
Por fin. Pero creo que esa misma razón me ha provocado este nudo en la garganta que me ha quitado las palabras.
Si tan solo hubiera sido lo suficientemente valiente, si tan solo hubiera podido creer en mí, confiar en ellos, mi vida sería diferente.
Papá habría conocido esta versión de mí, habría estado orgulloso de mí, pero sabiendo quién quería ser de verdad, sabiendo que gracias a él, a su pasión por las películas, a su afecto incondicional, estoy aquí.
—¿Y bien? —comienza mi madre mientras se aparta para secarse las mejillas con el dorso de la mano—. ¿Cuándo es la inauguración?
—No lo sé. Me gustaría que fuera este otoño, pero todavía faltan muchas cosas y…
—Será en otoño. Aunque tengamos que instalarnos aquí para trabajar día y noche…
—¿«Tengamos»?
—Sí, a no ser que no me quieras aquí…
—Será un placer tenerte aquí.
—Perfecto. Porque Michaela también podría ayudar, estoy segura de que le encantará, y podría avisar a Frank, ¿te había mencionado que es fontanero?
—No.
—Pues si no tienes ya uno, estoy segura de que le encantará encargarse del trabajo. —Me dedica una mirada cómplice y luego pregunta—: ¿Y Theodore?
—No, le dije que ni se le ocurra asomarse por aquí hasta que esté listo. Ya ha hecho bastante por mí, no quiero que…
—¿Sabes qué? Mejor así, me temo que te distraiga demasiado. —Mamá alza una ceja mientras me mira de forma astuta—. Ese hombre está loco por ti.
—Lo sé —confieso antes de soltar una risita.
El silencio nos envuelve de nuevo mientras abrazo a mi madre.
Su perfume me inunda, trayéndome recuerdos de mi hogar, de cuando Benji y papá aún estaban con nosotras, de cuando nos reuníamos en casa a ver películas.
De cuando todo era un poco mejor. Y, de repente, me siento llena de esperanza; por primera vez, estoy segura de que soy capaz de ser feliz como lo fui antes, con ellos a mi lado, aunque ahora solo tenga su recuerdo.