34 #3
Cuando el reloj marca las cinco y media, soy libre.
Por primera vez en mucho tiempo, no experimento una sensación fugaz de alivio, sino una profunda y verdadera calma.
Acabo de poner fin a una etapa que, a decir verdad, me dejó más sinsabores que alegrías.
Sin embargo, atesoro esos destellos de felicidad que me trajo mi amistad con Parker y Cynthia, y el valioso apoyo que Leah me brindó en estos últimos meses.
Mientras abandono las instalaciones de Healthchic, un auto me aguarda a la salida. Me subo y le sonrío a Theodore.
—¡Oh, hola! —exclamo, con una sorpresa teatral, mientras me desprendo de la chaqueta del uniforme.
—Hola —responde él, encendiendo el motor de su auto—. ¡Cuánto tiempo sin vernos!
—Sí, ¿verdad? ¿Como… un siglo? —Mi sonrisa es un poco boba.
—¿Y qué has hecho en todo este tiempo? —Theo me sigue la corriente.
—¿En estos últimos cien años? —Exhalo un suspiro, reclinándome en el asiento—. Demasiado para resumir en media hora. Mejor te pongo al día con mi fin de semana.
—Perfecto.
—Bueno, me sucedió lo más bizarro que te puedas imaginar.
—¿Adoptaste un perro azul de seis patas?
—¿Qué? Ah, no. Me refiero a la segunda cosa más bizarra: descubrí que mi mejor amigo es un auténtico mierdilla narcisista al que no quiero ver nunca más en mi vida. Pero después de tremendo drama, escapé con un tipo…
—¿Qué tipo?
—Uno sumamente sexy que conocí hace un tiempo.
—Vale, vale, sigue —comenta sin despegar la vista de la carretera.
—Pues este tipo y yo hicimos la cosa más íntima del mundo.
—¿Qué es…?
—Cantamos juntos en el karaoke.
—¡No me digas! —exclama con una molestia simulada—. Creo que me está dando envidia de ese tipo.
—No, espera a que te cuente esto porque te va a dar más envidia todavía. —Hago una pausa, creando tensión—: Me hizo… un cuni —casi susurro—, y yo le hice…
—¿Galletas?
—Una paja.
Theo suelta una carcajada cuando me escucha decir esa última palabra, es evidente que me ha costado pronunciarla más de lo que debería.
—Vaya suerte tienen algunos.
—La cuestión es que este tipo…
—¿El «sumamente sexy»?
—Exacto, «sumamente sexy» me gusta, me gusta desde hace unos meses, pero ya me conoces, lo de tocar a alguien me…
—¿Te asusta?
—Sí, pero con él es distinto. Con él quiero tomármelo con calma…
—Estoy convencido de que ese tipo sumamente sexy te adora y que esperará el momento en que te sientas lista, cuando te sientas…
—…pero hay momentos en que pienso en él y se me antojan cosas que bien podrían considerarse impuras. —Él me mira por un instante, y yo intento reprimir una sonrisa sin éxito.
Theodore y yo no habíamos hablado de lo ocurrido en Palm Springs.
No es que me arrepienta ni nada, pero para mí fue…
demasiado. Nunca me había expuesto o llegado a tal nivel de intimidad con nadie, así que supongo que aún lo estoy asimilando.
Estoy asimilando qué se siente al dar y recibir ese tipo de afecto, al abrirme emocional y físicamente a alguien y, aun así, no sentirme vulnerable.
Pero, más importante aún, estoy asimilando mis sentimientos por él, porque son tan intensos como mi tendencia a arruinarlo todo por mi impulsividad y no quiero que esto ocurra.
Quiero saber que estoy tomando la decisión correcta, como todas las que he tomado hoy.
—¡Casi se me olvida! —exclamo con genuina emoción—. ¡Hoy he renunciado a mi trabajo!
—¿En serio? —Me mira un instante mientras suelta—: ¡Me alegro muchísimo por ti!
—¿Con esta economía y tú tan feliz porque estoy desempleada? —comento en tono de broma.
—Técnicamente estás desempleada, pero en realidad, dentro de poco serás dueña de tu propio negocio.
—Seré dueña de mi propio negocio —repito despacio—. ¡Seré dueña de mi propio negocio! —grito moviendo los pies, la emoción a flor de piel.
—De verdad, me alegra que hayas cambiado de opinión, que hayas decidido seguir adelante.
—No estaba segura, ¿vale? Hasta hace un par de horas aún dudaba de…
—Suspiro con fuerza—. El caso es que toda mi vida, desde que tengo uso de razón, siempre he intentado ir a lo seguro, no arriesgarme.
Si no me arriesgo, no sufro. Y aun así solo conseguí meterme en esta espiral de infelicidad que yo misma construí.
He sufrido aún más. Así que, por primera vez, estoy dispuesta a saltar al vacío y ver qué pasa.
—¡Mírate! Hablando con tanta seguridad. Es excitante, de hecho.
—Qué pena que no esté de humor para hacer pajas. —Veo cómo Theo sonríe—. Pero seguro que te las puedes apañar.
—Touché.
—En fin. —Me encojo de hombros—. Alguien me dijo una vez que la vida no se trata de evadir el miedo, sino de enfrentarlo. Así que creo que debería hacerle caso. —Lo miro de forma cómplice; Theo se limita a esbozar una sonrisa casi imperceptible, sabe que estoy hablando de él.
—Seguramente quien te dijo eso lo leyó en algún sitio, pero me alegra que te lo haya dicho. Me alegra que esa persona te haya dicho tantas cosas, si no, no estaríamos aquí.
Theo estaciona el coche frente a mi casa y a mí solo se me ocurre la brillante idea de darle un beso de despedida. Pude haberme despedido solo con un gesto, con un beso en la mejilla, pero no, preferí plantarle un beso fugaz en los labios.
—Yo… —Con la vista al frente, intento recordar cómo formular las palabras—: ¿Nos vemos mañana?
—Nos vemos cuando tú quieras.