33 #2
Él debe sentirlo también, porque su mano se mueve.
Lentamente, como si tuviera miedo de asustarme, su pulgar apenas roza mi muñeca.
Un escalofrío me recorre la espalda, pero no de frío, sino de electricidad.
Su toque es suave, apenas una caricia, pero enciende algo dentro de mí.
Mis músculos se tensan, mi corazón da un vuelco.
Su mano se desliza por mi brazo, subiendo, deteniéndose en mi hombro.
Luego, con una delicadeza sorprendente, me atrae hacia él.
Mi cabeza se inclina sobre su cuello, y por un instante, me dejo llevar por el ritmo de su respiración.
Pero no es suficiente. Ese anhelo, esa necesidad de su contacto, crece con cada segundo que pasa.
Y entonces, sin previo aviso, su brazo rodea mi cintura.
Siento su fuerza, el calor de su cuerpo contra el mío, y en un movimiento suave pero decidido, me levanta.
Por un momento, mi cuerpo queda suspendido en el aire, antes de colocarme delicadamente sobre su regazo.
Mis piernas se doblan a cada lado de su cadera, y mi rostro queda a centímetros del suyo.
El mundo parece encogerse, reduciéndose al contacto de su aliento cálido en mi piel. Nuestras miradas se encuentran de nuevo, y esta vez, ya no hay risas nerviosas ni pensamientos desordenados. Solo él. Y yo. Y la abrumadora, la aterradora, la emocionante posibilidad de lo que eso significa.
—Lo que dijiste la otra noche, delante de los demás, fue cierto. —Detesto que suene como una pregunta porque tengo la certeza de que así fue.
—Cada palabra que pronuncié la dije completamente en serio. —Mientras responde, su mano sostiene un mechón de mi cabello que deja detrás de mi oreja.
Entonces su mirada vuelve a posarse en la mía mientras su pulgar acaricia mi mejilla. Siento mi piel arder bajo su tacto.
—He soñado contigo un montón de veces, Willa.
He soñado con hacerte feliz, con cuidarte, con hacer cada día el mejor de tu vida.
—Hace una pausa mientras escucho el sonido de mi corazón retumbar contra mis oídos—.
He soñado con tu boca, con la curva de tu cuello —pronuncia mientras desliza su mano—.
Sueño con recorrer cada centímetro de tu cuerpo hasta aprendérmelo de memoria, sueño con saborearte, con hacerte mía.
—Su mano, que hasta hace un segundo estaba en mi espalda, se desliza sobre mi muslo desnudo—.
Y aun así, todos esos sueños se quedan cortos ante esta sensación de tenerte cerca, bajo mi tacto.
He olvidado cómo hablar, cómo respirar, cómo existir.
No soy nada más que un manojo de nervios, un corazón acelerado y un deseo inmenso de que Theodore haga sus sueños realidad porque también son los míos.
No he pasado los últimos años de mi vida anhelando que esto suceda, pero lo estoy haciendo ahora, con vehemencia.
Él se inclina hacia mí y yo no me aparto.
No quiero hacerlo, y aunque quisiera, estoy paralizada por el deseo.
Sus labios rozan los míos y un gemido se escapa de mi boca, un sonido que hace arder mis mejillas y a él le hace sonreír.
Entonces me besa, lo hace con deseo, con reclamo pero sin resultar brusco.
Su lengua se hunde en mi boca, mientras sus dedos lo hacen en mi piel.
Desliza ambas manos sobre mis muslos y me aferra aún más hacia su cuerpo, sintiendo cómo encajamos a la perfección, sintiendo cuánto me desea.
—Te amo, Willa. No puedo recordar desde cuándo —confiesa entre besos que va repartiendo por mi mandíbula, mi cuello, mi pecho—.
Solo sé que lo hago. Y que lo haré por siempre.
—Vuelve a mirarme a los ojos, antes de confesar—: No importa si te tengo cerca o si estás lejos.
No importa si eres mía, yo soy tuyo. —Contra mis labios susurra—: Siempre seré tuyo.
¿Esta vez he sido yo quien lo ha besado?
Puede. ¿Que si he hundido mis manos en su cabello mientras nuestras bocas se funden apasionadamente?
Puede que también. Pero siento que el pecho me va a explotar, tantas emociones que no logro dejar escapar en forma de palabras.
Él es mío. Mío. Y quiero que me haga suya. Desde luego que sí.
Los labios de Theo se mueven con una urgencia deliciosa contra los míos.
El mundo se reduce al cálido aliento que compartimos, al suave roce de sus manos en mi espalda.
Es tan real, tan... él. Sus palabras retumban en mis oídos, una melodía embriagadora que me hace temblar de pies a cabeza.
El beso se intensifica, volviéndose más profundo, más audaz, y un calor inusual comienza a extenderse por todo mi cuerpo.
Es una mezcla de excitación y un pánico dulce que me deja sin aliento.
Él me recuesta suavemente sobre la cama, sin romper el contacto.
Creo que lo hace por instinto; yo no me opongo.
Sus besos bajan una vez más hasta mi cuello.
Siento un escalofrío recorrer mi piel. Nunca he sentido algo así.
Esa mezcla de vértigo y un deseo inconfesable.
Mi cuerpo responde de una manera que no conozco, una traición deliciosa.
Las manos de Theo se mueven con una confianza que me deja sin aliento, levantando lentamente mi bata.
Siento el aire frío en mi piel, y luego el calor de sus dedos.
Un gemido se escapa de mi garganta, apenas audible, cuando acaricia mi abdomen.
¿Quiero que se detenga? Debería, pero no.
Mi cuerpo clama más. Sin embargo, él se detiene un instante, levantando la mirada, sus ojos oscuros llenos de una pregunta silenciosa que lo dice todo.
—Puedo… —Su voz es un susurro ronco. ¿Puede parar? No, que no se le ocurra.
Niego, incapaz de articular palabra, sintiéndome como si me ahogara en un mar de sensaciones nuevas.
Es como si el universo entero se hubiera reducido a este momento.
Él sonríe, una sonrisa lenta y seductora, antes de continuar su exploración.
Sus besos bajan aún más, por mi vientre, deteniéndose justo donde mis piernas se encuentran.
Siento un rubor subir por mi cuello hasta las mejillas, el aire escaseando en mis pulmones.
¡Esto es nuevo, muy, muy nuevo! Mis manos se aferran a su camisa, puede que también a su cabello.
Intento deshacerme de su ropa, que empieza a estorbarme, y creo que a él también, porque se aparta solo un segundo para retirar la camisa.
Es entonces cuando vuelve a su labor. Cada roce, cada beso, es una caricia que difumina las barreras de mi timidez, de mis temores.
Poco a poco, el placer se va acumulando, una presión deliciosa que se torna cada vez más intensa.
Es como una ola que me arrastra sin remedio.
Cierro los ojos, mi mente se obnubila, y el mundo se detiene, para instantes después girar con mayor celeridad.
Mis músculos se crispan, y de repente, una explosión de placer me sacude de pies a cabeza. Un orgasmo. Mi primer orgasmo.
Cuando la última reverberación se disipa, abro los ojos, mi respiración aún agitada.
Theo me observa con una sonrisa tierna y un brillo en los ojos que no deja lugar a dudas.
Él está excitado, muy excitado, y yo me siento…
¿Feliz? ¿Eufórica? ¿Extasiada? ¿Todo a la vez?
Mi cara debe estar más roja que un tomate.
He gritado, ¿verdad? Estoy segura de que he gritado.
¿Y él? Él sigue ahí, perfecto, deseable…
—Eres maravillosa, Willa. Jodidamente deliciosa.
No puedo evitar reír y si hubiera podido cubrir mi rostro lo habría hecho, pero siento que levantar mis brazos en este momento es una tarea compleja, con cada fibra de mi cuerpo temblando.
—¿Hay algo que pueda hacer por… ti? —pregunto, mi voz apenas un susurro, volviendo mi mirada a su evidente… deseo.
Theo suelta una risita suave y contagiosa.
—Yo puedo apañármelas —dice con una sonrisa pícara.
Me lleva un segundo entender a qué se refiere, entonces otra risa avergonzada se escapa de mis labios.
—No, en serio —insisto, aunque el rubor en mis mejillas se intensifica.
—No hay nada de malo en conocer tu cuerpo. Tú también deberías hacerlo —me anima. Luego, susurra, su voz cargada de una promesa tentadora—: Si me dejaras, podríamos hacerlo juntos.
Y tal vez tiene razón. Tiene razón. Pero yo ya me he decidido.
Quiero esto. Quiero sentirlo. Deslizo mi mano hacia el borde de su pijama, intento deshacerme de ella.
Theo me coge por la muñeca, pero en mi mirada encuentra solo una confirmación de mis deseos.
Deja que aparte su pijama, aunque él se encarga de hacer el resto.
Mi mirada se dirige a su erección, que es mucho más grande de lo que esperaba, y un nuevo rubor me invade, pero nada me impide acariciarlo.
Al principio, mis movimientos son torpes.
Nunca he tocado a un hombre así. Nunca he tocado a un hombre.
Y aunque quiero creer que la escena es sexy, no puedo evitar reír mientras escondo mi rostro contra su cuello.
Incluso si quisiera negar que nunca he hecho nada parecido, es evidente.
Sin embargo, siento cómo él se tensa bajo mi toque, cómo su aliento se vuelve más rápido, y eso me da un poco de confianza.
Él me guía con su mano envolviendo la mía, hasta que mis caricias se vuelven más seguras, más rítmicas.
Theo gime y su mano libera la mía para buscar mi cuerpo una vez más, sus dedos encontrando los puntos que acaban de llevarme al límite.
Entre mis caricias y sus toques, el placer se acumula de nuevo, más rápido esta vez, más intenso.
La ola me arrastra de nuevo, y esta vez, nuestras exclamaciones de placer se unen, mezclándose en el aire cálido.
Cuando todo se calma, nos encontramos jadeando, abrazados. No estoy lista para algo más allá de este momento, pero siento con certeza que cuando suceda, será con él porque lo quiero todo a su lado. Porque también lo amo.