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El bar del hotel está repleto de personas y el bullicio contrasta con la calma que se vive fuera de estas paredes.
Una barra de caoba pulida refleja las luces tenues que cuelgan del techo, creando un brillo cálido y ambarino.
Las botellas de licor, alineadas como soldados, relucen en los estantes iluminados.
Las notas de I Love Rock 'n' Roll flotan con fuerza en el ambiente, acompañadas de una voz un tanto desafinada, pero llena de pasión.
La persona que canta, una mujer de mediana edad, está de pie sobre una tarima improvisada en medio del local mientras observa la enorme pantalla ubicada sobre la barra.
A pesar de la variopinta escena, las personas de pie a su alrededor e incluso los que están sentados en las mesas, vitorean con fuerza cuando termina la presentación.
Nos sentamos en dos taburetes altos de cuero, con el respaldo cómodamente curvado.
Huele a algo que no puedo identificar, como una mezcla embriagadora de madera vieja, un toque de cloro de piscina que se filtra de alguna manera al interior y, definitivamente, licor.
La camarera se acerca, una mujer con una sonrisa cansada pero genuina, y acapara nuestra atención que hasta hace un segundo estaba sobre una pareja que canta Holding Out for a Hero .
—¿Qué les sirvo? —pregunta intentando que podamos escucharla sobre el estruendo de la música.
Miro a Theo, que ya tiene su mirada puesta en alguna botella detrás de la barra, una sonrisa de satisfacción pintada en su rostro.
—Un Spritz para mí y…
—Solo una copa de Prosecco.
—Una copa de Prosecco para ella.
Aún retumba la música pop ochentera, mezclada con el murmullo de las conversaciones y el tintineo de los vasos.
Le agradecemos a la camarera cuando regresa con nuestras bebidas y nos dedicamos a prestar atención al hombre larguirucho que canta Material Girl como si su vida dependiera de ello.
Me río con Theo, apoyando mi cabeza en su hombro por un segundo, sintiendo esa familiar comodidad entre nosotros.
Permanecemos allí un buen rato, viendo cómo las personas suben y bajan de la tarima.
Unas voces mejores que otras, unas canciones mejores que otras.
—¿Sabes qué? —me dice de repente, enderezándose y con una chispa en los ojos—. Hagámoslo.
Lo miro, sorprendida. Theo es el tipo de persona que irradia confianza, que entra a un lugar y lo llena con su presencia. Pero cantar en público… ¿realmente habla en serio?
—Ni hablar —le respondo, sintiendo un rubor subir por mi cuello—. Me muero de la pena.
Él solo sonríe, esa sonrisa que siempre me dice que no dejará que nada malo suceda.
—Vamos, será divertido. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Pensándolo en frío, tiene razón. ¿Lo haré terriblemente mal?
Desde luego. ¿Se reirán de mí? Probablemente.
Pero se trata de eso, ¿no? De las risas, de pasarla bien.
De dejar cualquier preocupación, cualquier pensamiento negativo por un par de minutos sobre esa tarima.
Apenas asiento, me guía a través de las mesas.
Empieza a ojear el grueso directorio de canciones.
—Ya sé —exclama, y antes de que pueda ver el título, ya está tecleando el código—. Ven, es nuestro turno.
—¿Y si no me sé la canción?
—Creo que sí te la sabes —me asegura.
Me arrastra hasta la pequeña tarima, mis piernas sintiéndose de gelatina.
Las luces de colores giran a nuestro alrededor, y el micrófono se siente frío y pegajoso en mi mano.
Quiero pensar que se trata solo de mi sudor, pero sé perfectamente que no es así.
Theo me guiña un ojo, su seguridad contagiosa empieza a calmar mis nervios.
Entonces, la música comienza: los inconfundibles acordes de Can't Fight This Feeling de REO Speedwagon.
Me uno a Theo, mi voz temblorosa al principio, pero ganando fuerza. Él canta con una energía increíble, contagiosa. Pero luego, la letra sigue, y cada palabra se siente como un mensaje directo, como si él la hubiera elegido solo para mí.
No es solo una canción al azar. Sus ojos se encuentran con los míos, y en ellos veo algo que nunca antes había percibido: una vulnerabilidad, una intensidad que me deja sin aliento.
La canción es una declaración. Mis mejillas arden, mi mente a mil por hora intenta procesar la letra, cada frase resonando con un nuevo significado.
La pena se desvanece por completo, reemplazada por una emoción abrumadora.
Nos reímos, cantamos, y por un momento, el mundo entero se reduce a nosotros dos en esa pequeña tarima.
Y entonces, algo mágico sucede. Cuando el coro vuelve a sonar una última vez, las voces de la gente en el bar comienzan a unirse.
Primero, un par de mesas, luego más y más, hasta que todo el lugar está cantando con nosotros.
Es surrealista. Como si estuviéramos en una película, con todos uniéndose a nuestro momento, a nuestra canción.
Y cuando la última nota se desvanece, el bar estalla en aplausos y vítores.
Theo me toma de la mano y hacemos una especie de reverencia, aún entre risas.
Cuando nos incorporamos, me giro hacia él para mirarle, pero él aprovecha el momento para plantar un beso en mi frente.
Un gesto que me roba una sonrisa, y quizá también mi cordura.
Entonces me doy cuenta de algo más: No solo sostiene mi mano entre la suya, nuestros dedos están entrelazados.