Dulce, Amarga Vida 31 #2
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31 #2

—Cuando estábamos en la universidad. Las veces que te veía, sabía que no… Había algo en tu mirada que me hacía saber que no estabas bien. Pensé que era el estrés, ya sabes, los estudios, el tema de la beca y así. Nunca pensé que fuera algo más grave.

Tiene razón, ocurrió en la universidad, la primera vez, quiero decir.

Estaba en segundo año y encajar me resultaba cada vez más difícil.

No quería hacer nada, literalmente. Ni estudiar, ni salir.

Fue como un milagro cuando iniciaron los cine forums en el campus, porque asistir a dichas funciones era lo único que me apetecía hacer.

No me sentía capaz de hacer nada bueno, absolutamente nada, así que asistir a clases se sentía como un deporte extremo.

Y ni hablar del insomnio y la falta de apetito.

Todo me resultaba insoportable. Así que fui a su consulta y me dijo que estaba atravesando un cuadro de depresión clínica.

—Me arrepiento tanto por no haberme acercado a ti —se lamenta—. Pude haber hecho más.

—No habrías podido hacer nada.

—Pude haberlo intentado. —Tras un largo silencio, con la mirada fija en algún punto de la habitación, vuelve a mirarme—. ¿Cómo te sentiste?

—Como una mierda, claro, igual que casi siempre.

Al menos ahora podía ponerle nombre, ¿sabes?

No soy rara, ni torpe, ni estoy rota emocionalmente.

O tal vez sí. Tal vez de eso va la depresión y la ansiedad, también.

—Quizá no—. Pero también me sentí condenada, como si...

como si estuviera escrito que nunca controlaría mis propias emociones, mi mente.

Como si nunca, jamás, podría ser feliz. Sin más.

—Mi silencio se quiebra en una cálida lágrima que resbala por mi mejilla.

Me aclaro la garganta, seco mi rostro y procuro seguir—.

Cuando mis padres se enteraron, me sentí fatal.

Era como mirarles a la cara y decirles: «Hola, mamá, papá, Benji, resulta que estoy mal de la cabeza... ».

—No estás mal de la cabeza —me corrige. No hay condescendencia en su voz, ni reproche.

—Podía fingir que no lo estaba. Cuando en casa me preguntaban cómo me sentía, les decía que fenomenal mientras sonreía.

Ya sabes, que me perdone Pam, pero estaba decidida a que mis padres pusieran en duda su diagnóstico.

Quería que me vieran y pensaran: «Pero ¿cómo va a sufrir de ansiedad nuestra hija?

¡Siempre está tan feliz y risueña!». —Hago una mueca con los labios, otro intento fallido de sonrisa—.

Sobre todo, quería que no se preocuparan.

Vivieron unos meses fatal. Primero por lo que me pasó, después por el diagnóstico.

Mis padres son los mejores padres del mundo.

Me dieron la mejor crianza, ni siquiera tenía la resignación de verles y decirles: «Ustedes son unos padres de mierda, así que aquí tienen a su hija de mierda».

—Willa, por favor, ¿podrías dejar de expresarte así cuando hablas de ti misma? —me pide. A juzgar por su tono de voz, casi me lo suplica.

—Volví a ver a Pam cuando mi hermano murió —confieso—. Me sentía muy mal.

—Es normal, ¿no?

—Quería morirme —suelto de golpe—. Primero deseé haber muerto en su lugar, luego pensé en que no iba a poder ser la hija que mis papás merecían, que quizá lo mejor era…

—No lo digas, por favor —me ruega, con una expresión devastada que palidece en su rostro.

—No intenté nada, realmente. Nunca lo he hecho.

—No sé por qué, pero trato de disuadir su preocupación—.

Como siempre, tuve mucho miedo y corrí nuevamente a Pam.

Y desde esa vez no volví a terapia. La necesitaba, pero si hacía de cuentas que no, pensé que en algún punto dejaría de necesitarla realmente.

—¿Funcionó? —Niego levemente—. Deberías…

—Ya lo hago. Tengo varios meses viéndome con Leah, la psicóloga de Healthchic.

—Bien —apenas sentencia.

Puedo sentir el peso de sus palabras no dichas, la forma en que sus ojos buscan los míos, analizando, comprendiendo.

—Por eso desaparecí de las redes —confieso—. Eran como un virus que no me hacía nada bien. Veía lo que los demás posteaban, yo no tenía nada interesante que contar… No quería convertirme en una persona que midiera su vida a través de las de otros, así que las borré.

—Si te hizo bien, entonces tomaste la decisión correcta.

Miro a mi alrededor, a la oscuridad que se cuela por las ventanas como tinta.

En este lugar, tan alejado del bullicio del mundo, mis secretos parecen encontrar su lugar, flotando en el aire del desierto, listos para ser atrapados por la brisa.

Él sigue en silencio, su mirada fija en mí, y por un instante me pregunto si he cometido un error al abrir esa parte de mi alma.

Entonces, una media sonrisa aparece en sus labios, el tipo de sonrisa que solo él tiene, que promete un escape bienvenido.

—¿Vamos? —me dice mientras se levanta.

—¿Adónde?

—A la noche de karaoke, obviamente. No piensas desperdiciar una noche de karaoke, ¿verdad?

—Nunca he ido a una.

—Entonces, que sea nuestra primera vez.

—¿Tampoco has ido a una? —le pregunto entre risas—. ¿Por qué quieres ir?

—Porque quiero compartirla contigo. Cada experiencia que podamos compartir, quiero tenerla. —Me extiende su mano y, sin ningún arrepentimiento, la tomo.