31
En la inmensidad del desierto, a solo un par de kilómetros, encontramos un acogedor hotel, ideal para pasar la noche.
Se asemeja mucho a un rancho que ha visto días mejores, pero que ha sido restaurado con las comodidades necesarias.
Las paredes son de estuco en un tono cálido, como el de la tierra seca, y las vigas de madera oscura expuestas le confieren un aire robusto y auténtico.
Algunos cactus de barril se esparcen por el paisaje y la vegetación nativa del desierto, cuidada pero no domesticada, añade un toque salvaje y hermoso.
—Dos habitaciones, por favor…
—No, solo una —interrumpo a Theo cuando se dirige al recepcionista—. Quiero decir, una habitación con dos camas —corrijo torpemente.
—Lo siento, señora. Solo disponemos de habitaciones con una cama: individual o matrimonial.
Theo me mira expectante, cediéndome la última palabra.
—En ese caso, una matrimonial.
Mientras Theo se encarga de todo lo demás, aprovecho para darle un vistazo más detallado al lugar.
El vestíbulo es un espacio amplio y acogedor, con techos altos y vigas expuestas, y una gran chimenea de piedra que invita a acurrucarse.
Los muebles son de cuero envejecido y madera oscura, con alfombras persas gastadas que añaden calidez y carácter.
No hay nada pretencioso aquí, solo una belleza rústica y confortable.
—Los sábados hay karaoke en el bar —explica el chico después de entregarnos la llave—. Y después de las diez de la noche, hasta las doce, la barra es libre.
Una oferta que prefiero declinar, pero cortésmente asiento en agradecimiento antes de alejarnos.
—No quiero pasar la noche sola —le explico a Theo, justificando mi decisión de dormir en una misma habitación—, pero puedo dormir en el suelo…
—Eso, jamás —comenta antes de abrir la puerta.
Las habitaciones son como pequeñas cabañas individuales, dispersas alrededor de un patio central con una fuente balbuceante y más cactus y suculentas.
Por dentro, la decoración sigue la misma línea: camas de madera maciza, colchas y alfombras tejidas a mano.
Las comodidades son modernas, por supuesto, pero se integran tan bien que casi no las notas.
—¿Cómo te encuentras? —inquiere Theo mientras deja las maletas a un lado de la habitación.
—Mejor, supongo. Aun así, prefiero distraerme. No quiero pensar en… —Hago una pausa y me siento en el borde del colchón—. Mientras esté sola, sé que me resultará más difícil.
Theo se sienta a mis pies, en el suelo, frente a mí. Me observa con detenimiento mientras sopesa sus palabras, mientras contiene lo que sea que cruza ahora mismo por su cabeza.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice finalmente, apoyando ambos brazos a cada lado de su cuerpo para observarme mejor.
—Recuerdo que me dijiste que tenías muchas preguntas. —Mi comentario lo hace sonreír—. Vamos, dispara.
—¿Cuándo empezó? —Hace una pausa, inhala pesadamente y añade—: Tu ansiedad, ¿cuándo empezó?
Muerdo mi labio inferior mientras intento elegir las palabras correctas. Nadie me había hecho tal pregunta jamás. Nunca he hablado de esto con nadie, salvo con mi familia y Pam. He vivido más de la mitad de mi vida inmersa en esta lucha y aún así me cuesta darle forma en palabras.
—Desde que era una niña —empiezo a hablar en un tono muy grave y paulatino—.
Claro, no sabía exactamente qué me pasaba, pero sí que no era...
normal. Algunas cosas me resultaban difíciles, cosas que deberían ser fáciles —rectifico—.
El «Hola, ¿quieres ser mi amigo?» no me funcionaba muy bien.
No me acercaba a los demás niños por miedo a que me rechazaran, pero cuando ellos venían a mí, quería ser la mejor amiga del mundo.
Obviamente, eso no pasaba muy a menudo, así que no quería defraudarlos y que se alejaran de mí.
No quería que se convirtieran en otros Sam Platt y sus amigos. Ya sabes, él fue…
—El que te acosaba —pronuncia, diciendo las palabras atascadas en mi garganta.
Asiento.
—Pasaba algo todos los días. Siempre encontraba la manera de meterse conmigo.
¿Debería haber avisado a los profesores?
Sí. ¿Debería haber hablado con mis padres?
También. Pero cuando tienes ansiedad, nunca ves las cosas con claridad.
Yo en ese momento no sabía qué me pasaba, pero era evidente que no me sentía capaz de hablar con nadie.
Me preguntaba qué pasaría una y otra vez: «¿Y si no me creen?
¿Y si se dan cuenta de que Sam tiene razón y soy horrible?
¿Y si él me hace algo peor por abrir la boca?
». Lo cierto es que se metía conmigo por todo: por ser la más baja de la clase, por estar gorda, por sacar buenas notas porque, evidentemente, cuando no tienes muchos amigos, tienes un montón de tiempo para estudiar.
Y era justo lo que yo hacía. —Intento sonreír, pero fracaso estrepitosamente—.
Un día, Logan se acercó a mí porque me vio llorando, le conté lo que me pasaba, ¿y sabes qué hizo después?
Me pidió que le dejara usar mi Nintendo.
Aquello suena tan absurdo que, por primera vez en horas, río. Theo sacude la cabeza con una expresión divertida en el rostro.
—No le voy a culpar por eso, ¿vale? Teníamos siete años. No era psicólogo. La cuestión es que me escuchó, no me juzgó y para mí eso fue suficiente.
—¿Así empezó lo suyo? Su amistad, quiero decir.
Asiento de nuevo.
—Se convirtió en una rutina. Volvía de clase, hacía los deberes, me sentaba en la entrada de la casa y esperaba a que llegara para poder contarle cómo tuve que cortarme un mechón de pelo porque Sam Platt me había pegado un chicle.
Él me escuchaba, jugaba con mi Nintendo y yo me sentía más tranquila por haber sido sincera con alguien.
A menudo me preguntaba qué podía hacer para que dejara de molestarme.
Sam. Él era quien me agredía, pero ahí estaba yo, pensando cómo cambiar para agradarle.
Vaya mierda —suelto con rencor. Aun cuando era una niña, no puedo evitar sentir decepción por mí misma.
Me tomo un segundo para recuperar algo de temple, de fuerza, de valentía—.
Aquel día, el día que me sacaron esa foto...
Teníamos clase de educación física, era la última hora.
La profesora siempre me pedía que le ayudara a recoger los balones y esas cosas.
Irónicamente, era la que menos disfrutaba de la clase, pero al parecer era la que menos ganas tenía de salir de allí.
El gimnasio estaba en la parte de atrás del colegio.
Sam y sus amigos me emboscaron en el patio, me sujetaron y me tiraron allí.
Sé muy bien que debí gritar, ¿vale? Salir corriendo, hacer algo.
Jamás había estado tan aterrada en mi vida.
En un abrir y cerrar de ojos estaba dentro del contenedor, cubierta de basura y lágrimas, con ese letrero sobre mi pecho.
Me sacaron la foto, siguieron riendo y cerraron el contenedor.
En algún momento debí desmayarme porque...
Sé que me desmayé . Recuerdo cómo me sentía.
El olor a comida rancia, el olor de la pintura y el espacio cerrado, todo jugó en mi contra.
Me faltaba el aire, sudaba a mares, hasta que dejé de sentir.
Cuando abrí los ojos, estaba en la habitación de un hospital, con una vía, recibiendo hidratación.
Si el conserje hubiera tardado unos minutos más en llegar, yo…
No hace falta que termine la frase para que Theo entienda perfectamente lo que habría pasado. Y la imagen, de alguna manera, parece calarle hasta los huesos, porque me doy cuenta de cómo la mano que tiene sobre su rodilla tiembla levemente.
—Lo siento mucho, Willa.
—Cuando mis padres me preguntaron qué había sucedido, les dije que no vi quiénes fueron mis atacantes.
Ellos se enfadaron muchísimo, no conmigo obviamente, sino con el director y los profesores por no cuidarme.
El director me preguntó si había ocurrido algún tipo de acoso anteriormente y le dije que no.
—Me entran ganas de llorar solo con decirlo.
No sé cómo habrían cambiado las cosas si hubiera dicho la verdad.
Ni siquiera sé qué pasó con Sam y sus amigos, si los expulsaron o no.
Si siguió haciendo de las suyas, si encontró otra víctima—.
Lo que me ocurrió se supo en el vecindario, así que la madre de Logan habló con mis padres y les sugirió que me matricularan en el colegio al que iba él.
Y mis padres, que estaban decididos a cambiarme de colegio, no se lo pensaron dos veces.
Sentí un gran alivio cuando supe que estudiaría en otro sitio y, mejor aún, con mi mejor amigo.
—Podrías empezar de cero, ¿no? —analiza él.
—Así es. Le dije a Logan que no mencionara nada, que me dejara ser la chica nueva y punto. No la chica rara . Sin embargo, el director sí sabía la razón de mi traslado. Pam también.
—¿Por eso fuiste a ver a la señora Perkins? —me pregunta con asombro.
—Sí, durante seis meses. —Suspiro pesadamente mientras ordeno mis pensamientos—.
Debido a todo lo que sucedió, el director les sugirió a mis padres que me dejaran asistir a un par de sesiones con Pam, con la Señora Perkins, por si me había quedado algún trauma y tal.
Obviamente, les dije que no, que no hacía falta, que estaba bien.
Pero en el fondo sabía que no, que no lo estaba.
No estaba bien por lo que me había hecho Sam.
No estaba bien en absoluto. Sin embargo, Pam me recibió en su casa porque no quería que me vieran en el instituto con ella.
Aquello habría arruinado mi intento de parecer normal al menos una vez.
Tras varias sesiones, ella fue quien me diagnosticó.
Al comienzo fue solo ansiedad; un par de años después, depresión.
—Lo sabía…
—¿Qué estuve deprimida? —pregunto sorprendida.