30
Sé que tengo muchas preguntas y Theo tiene muchas respuestas.
Sin embargo, ambos elegimos el silencio por un largo rato.
Él solo rompe el mutismo para indicarme que debemos ir a la habitación del hotel a buscar nuestras cosas; yo me limito a asentir.
Inteligentemente, Theo dejó su equipaje listo antes de salir esta mañana.
Yo, en cambio, elijo cambiar mis zapatillas de tacón por unos tenis antes de terminar de empacar.
Él aprovecha ese tiempo para hacer unas llamadas.
Cuando termino de alistar mis cosas, me dice que un coche de alquiler nos espera fuera, y yo me limito a asentir de nuevo.
Theo toma su equipaje y el mío. Antes de abandonar la habitación, me pregunta cómo estoy.
Le aseguro que estoy mejor porque quiero creerlo.
Pero la verdad es que mientras camino a su lado por el pasillo, en el elevador y aún a las afueras del hotel, siento que estoy flotando.
Que pertenezco a un universo diferente a todo lo que me rodea.
Todo me resulta extraño. Me siento extraña.
Theo se encarga del papeleo del coche de alquiler con la persona que lo ha traído. Una vez que termina, guardamos nuestro equipaje y subimos a los asientos. Entonces, me dice que debemos comer algo. Que yo debo comer algo.
—No tengo hambre.
—Entonces pediremos algo para llevar, pero tienes que comer.
No muy lejos del hotel encontramos un McDonald's. Theo me pregunta qué quiero y le digo que una hamburguesa sin cebolla. Pide dos para llevar. A los pocos minutos nos lo despachan; él deja las bolsas y los vasos en el espacio entre nosotros y vuelve a poner el coche en marcha.
Sin apartar la vista de la carretera, coge dos patatas fritas y hace un gesto exagerado, como si estuviera probando un manjar exquisito. Su expresión me arranca una breve sonrisa.
—¿Segura que no quieres? No puedes decirle que no a las mejores patatas fritas que probarás en tu vida.
—Solo estás exagerando.
—Puede. Pero eso solo lo sabrás si las pruebas.
Le dedico una mirada vacilante por un par de segundos y, sacudiendo la cabeza levemente, incapaz de creer que he caído en su táctica barata, cojo una patata.
—¿Veredicto?
—Eres un mentiroso. Están buenas, pero no son las mejores.
Theo me dedica una mirada cómplice por un instante y luego sonríe de forma ladina antes de devolver la atención a la carretera.
Ha cumplido su objetivo, lo sabe. Y lo confirma cuando cojo un par de patatas fritas más y las llevo a mi boca.
Y luego otras, y otras. Él también prueba de las suyas, tanteando el interior de la cajita o aprovechando cada semáforo en rojo que se nos cruza.
Comemos en silencio, como si nada de lo ocurrido hace un par de horas hubiera pasado realmente.
Pero no creo que lo estemos ignorando, al menos yo no lo hago; solo estoy reuniendo las fuerzas para afrontarlo, para encontrar el lugar y el momento correctos.
Y creo que eso es justamente lo que él también hace.
Es como si ese silencio a nuestro alrededor estuviera sosteniendo el peso de lo que callamos.
Cuando cojo mi hamburguesa, le doy una mordida con discreción, aun así él se gira un segundo y sonríe de forma divertida.
—Tengo hambre —digo mientras limpio mi boca.
Entonces entiendo su expresión, es la señal más clara de que me siento mejor. Realmente.
Devuelvo la hamburguesa a su papel y, sostengo la de Theo, retiro el envoltorio y la acerco a su boca para que le dé un mordisco. Él me observa con una ceja levemente alzada y hasta deja escapar una risotada, entonces la prueba.
—Buen chico —bromeo, mientras él mastica.
Yo muerdo nuevamente la mía, tomo un sorbo de la gaseosa.
Le doy a Theo para que coma nuevamente de la suya, le paso el vaso de gaseosa y seguimos en esa rutina hasta que terminamos de comer.
Aún en silencio. Solo hay espacio para las risitas cuando un pepinillo amenaza con salir del interior de la hamburguesa o cuando una gota de salsa tiñe la mejilla de Theo.
Unos minutos más tarde, estaciona el coche en la entrada del Palm Springs Aerial Tramway.
Había planeado visitarlo el día anterior, mientras él estaba trabajando en el banquete de la boda, pero a última hora deseché la idea porque no me sentí lo suficientemente valiente para hacer un viaje sola de casi una hora hasta este lugar y luego subir a una montaña rodeada de extraños.
En teoría sonaba maravilloso; en la práctica, no tanto.
—Nuestro vuelo sale mañana —me recuerda Theo—. Tenemos tiempo libre de sobra y mucho que conversar, así que… —Mira al frente, a través del parabrisas del coche antes de bajar.
Él se encarga de comprar las entradas; yo solo espero a su lado, absorta por el paisaje a mi alrededor.
Creo que nunca había visto nada igual. De pequeña viajé con mi familia a Old Tucson, lo sé porque hay fotos, pero realmente no tengo recuerdos.
Sin embargo, este paisaje árido y aun así encantador me recuerda a los que están en esas fotos en las que salgo sobre los hombros de mi padre, usando una visera verde limón y una sudadera amarilla.
Según mi madre, los colores eran intencionales, en caso de que me pasara algo, fuera más fácil encontrarme.
—¿En qué piensas? —me pregunta Theo mientras empezamos a caminar hacia el bus que nos llevará al teleférico.
—En la posibilidad de perderme aquí, usando este vestido —verde con estampado de delicadas flores—, sería muy difícil que me encontraran.
—¿No es eso un pensamiento fatalista? —me pregunta, ayudándome a subir al bus.
— Preventivo , diría mi madre.
El ascenso es rápido. En unos minutos, nos encontramos en la breve hilera para abordar el teleférico.
Elegimos estratégicamente un lugar junto a las ventanas, deseando capturar cada detalle del paisaje.
Es asombroso cómo el desierto cede ante una montaña rebosante de árboles, flores y una vegetación de un verde vibrante.
El clima, igualmente, se transforma con cada metro que ganamos en altitud.
El calor sofocante se disuelve en el aire, reemplazado por un frío penetrante.
Theo, sin dudar, se quita su chaqueta y la deposita sobre mis hombros, un gesto que agradezco con una sonrisa.
En la cima, una calma serena nos envuelve a medida que la multitud se dispersa.
Algunos se dedican a tomar fotografías, otros buscan calor en el restaurante; algunos optan por recorrer los senderos.
Nosotros hacemos lo propio, adentrándonos por el angosto camino empedrado.
Durante unos minutos, el silencio se instala entre ambos.
Lo miro a ratos, y sé que él también posa su mirada en mí cuando la mía está en otra parte.
—¿Por qué dijiste que tuviste la culpa? —suelto de repente, cuando siento el impulso y el valor de verbalizar una de las tantas palabras atascadas en mi pecho.
—Porque en el preciso instante que vi esa foto allí, supe que había sido él —responde con la vista clavada al frente, pero como si estuviera liberando unas palabras que ha estado reprimiendo la vida entera.
—¿Intentabas protegerlo?
—No… —Deja escapar el aire de sus pulmones, entonces me observa con una calidez que hace encoger mi corazón—.
Quería protegerte a ti. —La confusión debe ser evidente en mi rostro porque suspira, y entonces dice—: Sé cuánto querías a Logan, ¿vale?
Era la única persona que considerabas tu amigo.
Así que cuando vi la imagen, cuando te vi llorando, desesperada, intentando saber quién lo había hecho, supe que tenía dos opciones: decir la verdad, decir que había sido Logan; o decir que había sido yo. Ya sabemos cuál elegí.
—Pero… ¿por qué? —insisto—. ¿Por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué no me dejaste asumir que había sido alguien más?
—Porque no me habría perdonado dejarte sufrir tanto pudiendo evitarlo.
—Las palabras salen de su boca como si hubiera pensado en voz alta—.
Sé cómo se siente amar a alguien y descubrir que esa persona no es lo que realmente crees que es.
Había pasado dos años de mierda por culpa de mi padre, así que sé muy bien cómo te habrías sentido si te enterabas de que tu mejor amigo te había hecho algo así.
No quería eso para ti. Y callar no era una opción, Willa.
Sabía que sufrías de ansiedad, o al menos lo deduje cuando te vi ese día.
¿Habrías vivido tranquilamente sin saber quién estaba detrás de todo aquello?
No, definitivamente no.
—Pero… —Sacudo mi cabeza confundida—. Dejaste que te odiara por tanto tiempo.
—Ya me odiabas, Willa. Las cosas no cambiaron demasiado.
—Pero tú… —¿me querías?—. Tú no me odiabas.
—Y por eso prefería que me aborrecieras toda la vida, antes de que sufrieras un segundo más.
Me aferro a la calidez de la tela que me envuelve mientras nos detenemos cerca de uno de los miradores.
Intento contemplar todos los escenarios posibles y no cabe duda: uno habría sido peor que el otro.
Todo lo que viví durante años a causa de Sam Platt me marcó profundamente; quisiera decir que no, pero fue así, y cuando aún era una adolescente, las circunstancias fueron más duras.
Si en aquel entonces hubiera sabido que Logan era el autor de aquel acto atroz, no sé qué habría hecho, no sé si lo habría soportado.
Ese solo pensamiento me estremece de pánico, de dolor.
La persona a la que le había entregado toda mi confianza no supo quererme de la misma forma, ni siquiera sé si lo hizo alguna vez.
Logan no se convirtió en el amigo que necesitaba, en mi confidente, en mi apoyo. Yo lo convertí.
Claro que tampoco habría vivido con la incertidumbre, mirando a todos a mi alrededor sin saber quién fue el que empuñó la daga que me estaba desangrando; habría perdido la cabeza pensando que todos o ninguno era culpable.