28 #2
Lo veo encogerse de hombros con una indiferencia calculada, pero, para ser sincera, ya no sé si sus palabras siguen llegando a mis oídos o si mi cerebro, en un acto de autodefensa, se niega a procesar más información dañina.
Un pitido agudo y ensordecedor me taladra el interior de la cabeza mientras el aire a mi alrededor se espesa, se carga de una opresión casi física, volviéndose irrespirable.
Camino torpemente hasta la cama y me dejo caer en el borde, intentando desesperadamente recuperar la compostura.
Pero es una batalla perdida, un esfuerzo inútil.
Mi pecho se agita con violencia, subiendo y bajando a un ritmo frenético, jadeo como si mis pulmones se negaran a funcionar.
Y Logan, ahí plantado frente a mí, me observa sin el menor atisbo de remordimiento, impasible como una estatua, mientras continúa con su discurso egocéntrico.
—Creí que ya habías superado esa tontería. Jamás imaginé que fueras a reaccionar... así.
—¿Qué demonios creías...? —Cada palabra es un esfuerzo sobrenatural, un dolor casi palpable—.
¿¡Qué coño creías que iba a hacer!? —Seguramente pensó que al ver la imagen del día en que mi vida pendió de un hilo, del momento más humillante y traumático de toda mi existencia, iba a soltar una carcajada —.
Tú... —Las lágrimas brotan sin mi permiso, descontroladas—.
Tú... Tú, mejor que nadie en este mundo, sabías lo jodidamente mal que lo pasé.
El día en que me arrebataron mis lapiceros de colores y los arrojaron con saña al tejado de la escuela, dejándolos inalcanzables.
El día en que me pegaron un chicle en el pelo, obligándome a sufrir un corte de tijera humillante para deshacerme de él.
El día en que, mientras defendía un proyecto delante de todo el salón, comenzó a resonar el mugido burlón de una vaca, atrayendo todas las miradas hacia mi vergüenza.
El día en que, con una crueldad disfrazada de «accidente», me estrellaron una silla directamente en la cara, dejándome dolorida y aturdida.
Logan era el único que conocía la verdad detrás de cada una de estas agresiones.
Para evitar la angustia de mis padres, siempre tejía una narrativa alterna: «Se me cayó el bolso y los lapiceros se salieron sin darme cuenta», «Había un chicle en la pared, no lo vi y terminó en mi pelo», «Tropecé torpemente y choqué contra una silla».
—Ya, pero tampoco fue para tanto, ¿verdad? —suelta Logan con una ligereza que me hiela la sangre—. Éramos unos niños y algunos niños tienen juegos…
Parpadeo repetidamente, esperando escuchar un atisbo de arrepentimiento, una disculpa tardía o, al menos, la indicación de que todo es una broma macabra.
Pero el silencio persiste. Se queda mirándome fijamente, con una expresión expectante que me desconcierta, como si aguardara a que yo...
como si esperara que yo asintiera y dijera con resignación: «Anda, pues es verdad. Soy una exagerada, siempre lo he sido».
Años después de nuestro último encuentro, la dolorosa verdad me golpea con la fuerza de un yunque: Mi supuesto mejor amigo no es más que un completo imbécil que durante todo este tiempo me ha tachado de una jodida dramática.
Se burla descaradamente de mis traumas y reconoce, sin un ápice de arrepentimiento, que olvidó añadir mi nombre al hacer las reservaciones pensando que no vendría.
¿Por qué esa suposición? ¿Acaso secretamente esperaba mi ausencia?
—¿Podrías explicarme, por favor, cuál fue tu verdadera razón para invitarme a tu boda? —pregunto con cautela, sintiendo al instante una punzada de autodesprecio al escuchar mi voz quebrada y ronca, la inconfundible evidencia de mis recientes lágrimas.
—¿De verdad no lo sabes? —suelta con una ironía cortante—. Te invité porque Theo me lo rogó.
—Vaya, qué amabilidad.
—A ver, no es que no quisiera tenerte aquí —se apresura a corregir, aunque su tono carece de convicción—, es que...
como llevabas desaparecida siglos, supuse que estabas viviendo en una aldea lejana o recluida en un convento.
—Sonríe ante su propio chiste insípido y, al notar la frialdad de mi rostro, añade con un encogimiento de hombros—: No sé, ¿vale?
Simplemente asumí que no vendrías y punto.
Pero entonces llega Theo y me pregunta si te había invitado, le dije que no e insistió en que lo hiciera.
Me dijo textualmente: «O la invitas o te buscas a otro que se encargue del banquete».
El muy cabrón me chantajeó, sabiendo que no quería quedar mal delante de mis suegros porque yo mismo lo propuse para el trabajo.
Y ahora que lo pienso, no entiendo por qué demonios lo hizo.
Después de todo, serías su acompañante, ¿no?
—Se encoge de hombros con indiferencia—.
A lo mejor solo quería fastidiarme un poco.
—Theo no es así —digo entre dientes, con una firmeza inesperada.
—¡Mierda, es verdad! Se me había olvidado por completo que ahora lo defiendes —se burla con un sarcasmo punzante.
Respiro hondo, un intento vano de apaciguar mi furia y pensar con claridad. De nuevo, nuestros ojos se encuentran, y siento el valor necesario para hablar.
—¿Cómo conseguiste esa foto?
—No lo sé, no lo recuerdo…
—Ambos sabemos que sí, lo recuerdas muy bien.
Logan inhala de forma audible y, aunque vacila unos segundos, vuelve a meter las manos en los bolsillos de su pantalón, adoptando esa postura relajada que ahora me parece descaradamente impostada.
—Conozco a Sam, ¿sabes? Vivía a unas cuadras de nuestra casa, íbamos a la misma cancha a jugar baloncesto. Él sabía que éramos vecinos; yo sabía que había estudiado contigo. Un día, después de un partido, me enseñó la foto que te tomó en aquella ocasión, me la pasó y ya conoces el resto.
—¿Sabes que ese día casi muero asfixiada en ese contenedor, verdad? Si… si se hubieran tardado en encontrarme, literalmente habría muerto.
—¿Esa parte era verdad? —me pregunta con genuina sorpresa—. Pensé que cuando lo dijiste…
—¿Exageraba?
Intento no romper a llorar de nuevo, intento con cada fibra de mi ser mantenerme entera. Intento que los recuerdos de mis momentos más felices no se desmoronen como un simple espejismo.
—¿Alguna vez… me consideraste tu amiga?
—¡Por supuesto que sí, Willa! —Su tono exagerado me resulta irritante.
—¿Por qué lo hiciste?
Logan me mira como si de repente hubiera olvidado cómo hablar, como si esperara que yo respondiera por él o supiera de antemano lo que va a decir. Con cierta frustración, sacude la cabeza y se encoge de hombros.
—Era un niño…
—Lárgate. —Incluso yo me sorprendo ante la dureza de la palabra que acaba de abandonar mis labios.
—¿Perdona?
—Que te marches de aquí, Logan. Desaparece de mi vista, por favor. —Solo quiero desplomarme en la cama, cerrar los ojos con fuerza y que, al despertar, todo esto se revele como una maldita pesadilla.
—No me digas que sigues con esa cantinela... —resopla con fastidio—. Por el amor de Dios, Willa, supéralo ya...
—¡He dicho que te vayas! ¡Vete, vete, vete de aquí! —grito con una rabia incontrolable mientras lo agarro del brazo con fuerza y lo empujo sin miramientos fuera de la habitación.
Cierro la puerta de golpe tras él y siento la asfixiante presión de las cuatro paredes cercando mi espacio.