Dulce, Amarga Vida 28
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Aprieto mi cabello entre mis manos con exasperación, me observo por enésima vez en el espejo empañado del baño y, sintiéndome completamente impotente, lo dejo caer de nuevo.

Esto es un callejón sin salida. Hoy es uno de esos días puntuales en los que maldigo la decisión de haberme cortado el pelo. Por múltiples y evidentes razones.

Nunca imaginé que lograr un peinado presentable sería una odisea.

O quizás no es una tarea titánica en absoluto, quizás soy yo la inepta que solo sabe lucirlo suelto, confiando ciegamente en la labor de mis ondas naturales.

Esa podría ser una salida, sí, pero es mi look diario: en la oficina, en casa, incluso para una simple visita al centro comercial.

Así que no es descabellado anhelar algo más elaborado, algo especial, para el día de la boda de mi mejor amigo.

Suelto un grito ahogado, cargado de desesperación.

Me arrepiento de no haber buscado nunca uno de esos tutoriales que dicen: «Aprende a hacer tres peinados chic para pelo corto en tres minutos».

¿Debería hacerlo ahora? No, no tengo tiempo.

Puede que hacer uno de esos peinados me lleve solo un minuto, pero desde luego me llevará más aprender a hacerlos.

Resignada, me decanto por la única opción que he tenido últimamente: dejarlo suelto y listo.

Este corte es el resultado de un día agotador, que terminó siendo la gota que colmó el vaso, es decir, mi estabilidad emocional.

Estaba harta del trabajo, de mentir, de la monotonía, de darle demasiadas vueltas a todo.

Así que, cuando llegué a casa, antes de ducharme, cogí las tijeras y ya está.

Veinte centímetros de pelo cayeron al suelo y, aunque mis problemas seguían ahí, fue catártico sentir que tenía el control de algo, que podía hacer algo diferente sin miedo a las consecuencias.

Desde que llegué a este lugar, mi cordura pende de un hilo, así que mejor guardo el cepillo, el peine y las tijeras, no vaya a ser...

Dos golpes secos en la puerta me hacen dar un respingo.

Está claro que no es Theo; él tiene su propia llave.

Vuelven a llamar con insistencia. Intuyo que podría ser Harriet; seguro que está ansiosa por inspeccionar mi vestido antes que nadie para lanzarme algún cumplido (o, más probablemente, sugerirme sutilmente un cambio).

Pero no, no es ella. Me sorprende gratamente encontrar a Logan apoyado despreocupadamente en el marco de la puerta, con su sonrisa característica iluminando su rostro.

—¡Willa Va…! —exclama con su habitual energía, pero se detiene al enderezarse—. ¿Se puede...?

Tardo una fracción de segundo en comprender su intención de entrar en la habitación.

Cuando por fin lo proceso, me aparto a un lado y cierro la puerta suavemente tras él.

Viste un elegante traje de tres piezas en un sofisticado color champán y luce un prendedor de lavanda delicado y muy apropiado en la solapa.

—¿No deberías estar alistándote para la boda? —le pregunto con una ceja ligeramente arqueada mientras apoyo mi peso sobre una sola pierna, disfrutando de la sensación placentera de la mullida alfombra hundiéndose bajo mis pies descalzos.

—Ya estoy listo —responde con un rápido vistazo panorámico a la habitación.

Mantiene las manos metidas en los bolsillos de su pantalón y, con una calma aparentemente estudiada, se gira hacia mí—.

La verdad es que llevaba unos cuantos minutos buscando una excusa para escabullirme.

Entre mi madre y mi suegra, me tienen al borde de la locura.

— Suelta una carcajada forzada, pero su expresión se transforma rápidamente en una de sutil preocupación mientras inquiere—: Oye, ¿interrumpo algo importante?

—¡Qué dices, para nada! —exclamo con una negación vehemente—. Solo estaba intentando... —Me señalo torpemente el cabello y añado con una sonrisa forzada—: Ya sabes, darme un aire decente.

—¡Vaya, es verdad! —suelta Logan con genuina sorpresa—.

¡Llevas el pelo corto! —Asiento mientras él continúa con su habitual falta de tacto—: La última vez lo tenías más largo, te favorecía más.

Te veías más... juvenil. —No me ofendo realmente; la última vez que nos vimos yo era una adolescente, así que, literalmente, era más joven—.

Pero, jotodavía no me lo asimilo. —Sigue, con esa actitud despreocupada y las manos cómodamente metidas en los bolsillos—.

Desapareces del mapa durante años y reapareces como la novia de Theodore.

Y el muy idiota no me había dicho ni una palabra —se burla con un deje de sarcasmo.

Quizá no quiere que le robes otra novia , dice una vocecita en mi cabeza. Una vocecita que, aún sabiendo la verdadera razón, no se calla.

—Tendrá sus motivos —¿Por qué diablos he pensado eso?

¿Por qué lo he verbalizado? —Perdona —empiezo a decir atropelladamente, agitando las manos con un nerviosismo palpable—.

No sé por qué se me ha escapado eso. —Trago saliva con dificultad, intentando desesperadamente recuperar la compostura, y añado—: Yo se lo pedí, fui yo quien le pidió que no dijera nada.

—Logan me mira con los ojos entrecerrados, reflejando incredulidad.

Su escepticismo hace que mi corazón dé un vuelco de ansiedad—.

Ya sabes que entre nosotros hay... historia.

Un pasado... complicado. —Me enderezo instintivamente, intentando proyectar una seguridad que no siento, parecer menos cohibida, más convincente—.

Quería tantear el terreno primero, ver si lo nuestro tenía futuro de verdad.

—A ver, es que no entiendo nada —murmura, llevándose una mano a la barbilla—. ¿Le has perdonado así de fácil?

—Quizás no es el completo imbécil que yo creía —suelto con una sinceridad brutal.

No sé si alguna vez seré capaz de borrar de mi memoria lo que me hizo, de concederle un perdón genuino.

Pero una parte contradictoria de mí reconoce que hay verdad en mis palabras: Theo me ha demostrado, a su manera, que ya no es como antes.

Me pregunto si él pensará lo mismo de Logan, si realmente ha enterrado el hacha de guerra o si todo es una fachada cuidadosamente construida.

Me pregunto si, en el fondo, sigue pensando que es un tarado.

Intento ponerme en su lugar, pensar qué haría yo: ¿le perdonaría?

, ¿le mandaría a la mierda?, ¿le haría tragar mierda?

Bueno, a lo mejor Theo está planeando marcarse un Criadas y Señoras y su presencia aquí, preparando la tarta de boda, tal vez no sea una señal de que lo haya olvidado todo.

—¡Ahora vas y le defiendes! —Suelta una risita que, aunque intento convencerme de lo contrario, me suena peligrosamente burlona.

—¿Y por qué no iba a hacerlo? Es mi ami... Es mi novio —añado con rapidez, intentando torpemente corregir mi lapsus.

Logan me observa con cautela, con el ceño fruncido en señal de duda, y vuelve a meter la mano en el bolsillo de su pantalón, como buscando respuestas ocultas.

Siento cómo mi ánimo se desploma. Mi primer pensamiento ante esa mirada acusadora es que no me ha creído ni una sola palabra.

Me preparo mentalmente para escuchar su inevitable: «Venga ya, embustera».

Pero, para mi sorpresa, y casi diría que para mi alivio momentáneo, suelta algo completamente diferente, aunque sus palabras son aún más desconcertantes.

—¿Se puede saber de una maldita vez por qué estás actuando tan raro?

—¿A qué te refieres, Logan?

—No sé, tú no sueles ser... así.

Su mirada se clava en mí con una intensidad penetrante, como si sus ojos fueran taladros y los míos, simple madera blanda.

Intuyo que si tuviera la capacidad de abrir mi cráneo en canal para analizar el caos que bulle en mi interior, lo haría sin dudarlo.

Pero la verdad es que ni yo misma logro descifrarlo.

Desde el encuentro con él y los demás, siento un malestar opresivo.

No tanto por la sorprendente decisión de Theodore de aparentemente minimizar la traición de Logan, sino por la traición de Logan en sí misma.

No sé si el pedestal donde lo tenía se ha hecho añicos, pero sin duda se ha agrietado peligrosamente.

—¿Te lo ha contado, verdad? —Logan asiente con una leve tensión en la mandíbula y repite con rabia contenida—: El muy miserable... te ha contado lo de la foto.

Lo de la ¿qué?

Puede que sea ingenua en ocasiones, pero no soy idiota.

Contengo firmemente el impulso de preguntar con genuina confusión: «¿Qué foto?

¿De qué demonios estás hablando?», porque sé, por dolorosa experiencia, que si percibe mi total desconocimiento, solo vomitará alguna excusa barata, alguna patraña elaborada para encubrir su desliz.

Así que asiento con una mínima inclinación de cabeza, apenas perceptible, manteniendo mi compostura.

Logan tensa los labios hasta formar una fina línea y dirige la mirada hacia el techo, como buscando una respuesta divina, antes de negar con la cabeza.

—Seguro que lo ha hecho por pura envidia, porque aún le corroe el resentimiento.

Lo sabía, siempre lo he presentido. El muy miserable siempre ha codiciado lo que es mío.

—Vuelve a negar con la cabeza, esta vez con más énfasis.

Y por primera vez desde que ha retomado la palabra, sus ojos se conectan directamente con los míos, y dice con una ligereza escalofriante—: Sabes perfectamente que solo fue una broma, ¿verdad?

Lo de la foto. Los amigos se gastan bromas, así que pensé...