Dulce, Amarga Vida 26 #2
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26 #2

De repente me siento abrumada; incluso con todas las piezas del puzzle en mi mano, siento que no logro descifrarlo. La frescura del agua ya no es suficiente; necesito algo más para disipar esta confusión que me inunda.

—¿Ahora puedo preguntarte algo yo? —inquiere Theo mientras me levanto. Asiento—. ¿Por qué creíste que Logan fue quien le contó a Andrea sobre lo que… sobre lo que te hice? —Mientras lo escucho, me deslizo en la piscina—. ¿Qué haces? —pregunta con una sonrisa divertida.

—Aún tengo calor —respondo. Pero no es hasta que siento la tela de mi bata volverse pesada, que me doy cuenta de que quizás me he excedido un poco. Sin embargo, el alivio del calor es inmediato, así que es imposible arrepentirme. —Deberías probarlo —comento con una sonrisa.

Theo me observa con una mezcla de sorpresa y diversión, como si mi comportamiento fuera excéntrico pero le resultara entretenido. Con un leve encogimiento de hombros, se levanta sin prisa y se quita el pijama, quedando solo en ropa interior.

—¿Qué haces? —pregunto, mordisqueando mi labio inferior para reprimir una risita.

—Esta pijama ha costado un ojo de la cara.

—Es solo agua, no le pasará nada.

—Demasiado riesgo para mi gusto. Es mi favorita, con diferencia. —Niega con la cabeza y luego se introduce en el agua, manteniendo una distancia prudente entre nosotros. Menos mal—. Sigues sin contestar a mi pregunta.

—Me dirigí a Logan porque mi instinto me decía que tú no habías sido —confieso.

Theo guarda silencio, asintiendo apenas con un movimiento casi imperceptible de cabeza. Se acerca a mí deslizándose suavemente, y yo me quedo quieta, observándolo.

—Tengo que pedirte perdón.

—No es necesario…

—Sí, sí lo es. Actué como un grandísimo idiota en el aeropuerto. Puede que no esté de acuerdo con tu elección, pero es tuya, Willa. Y la respeto de verdad.

—Gracias, Theo —respondo, bajando la mirada por un instante—. Yo también te debo una disculpa. Lo que dije sobre tu restaurante y tu padre… fue terrible.

—Pero cierto.

Permanezco en silencio y esta vez soy yo quien acorta la distancia, a pesar de la voz de la razón que me advierte que no debería.

Pero es inútil resistirme, su cuerpo ejerce sobre el mío una fuerza magnética que anula toda voluntad.

Mi mirada se ancla nuevamente en la suya, sus ojos recorren mi rostro con una intensidad memorística, y mi corazón responde con un vuelco que enciende cada célula de mi piel.

—Eres tan hermosa, Willa —susurra, deslizando su pulgar con suavidad sobre mi mejilla.

—Y también terriblemente complicada —intento bromear, aunque la certeza de mis palabras resuena en mi interior.

—Sigues siendo tú, y resulta que me gusta cada fragmento de ti.

—Theo… —Apenas un suspiro escapa de mis labios mientras desvío la mirada, mi cuerpo ya entregado por completo a la calidez de sus caricias.

—Willa…

Al volver a mirarlo, me encuentro con esa intensidad en sus ojos, ese brillo de deseo que refleja el mío. Sería una hipócrita si negara que cada fibra de mi ser anhela el suyo, que mis labios claman por el contacto de los suyos.

De repente, como si leyera mis pensamientos más íntimos, se inclina, su boca buscando instintivamente la mía hasta rozarla con suavidad.

Entonces sus labios se apoderan de los míos con una delicadeza que me arrebata el aliento.

Es un beso distinto al primero, y aun así, la sensación de ascender al cielo vuelve a envolverme.

Cuando nuestros ojos se encuentran de nuevo, una sonrisa inevitable florece en mis labios. Después de todo, sí que soy una hipócrita, proclamando que todo esto está mal y, sin embargo, incapaz de apartarme, de renunciar a esta dulce condena.

—¿Puedo hacerte otra pregunta más?

—¡Madre mía, Theo! —suelto entre risas suaves—. ¿Cuántas preguntas tienes guardadas ahí dentro?

—Unas cuantas, pero esta, te lo prometo, es la última por hoy.

—Theo me devuelve la sonrisa, contagiado por mi humor.

Luego exhala profundamente y pregunta con una curiosidad genuina—: ¿Por qué nunca has salido formalmente con nadie?

Entiendo lo que me dijiste sobre la dificultad para acercarte a otros, pero ¿nunca has sentido una chispa real por alguien?

—Ojalá tuviera una respuesta sencilla para eso —bromeo con un dejo de melancolía.

De repente, mis palabras se precipitan, como si pensara en voz alta—: No lo sé, creo que simplemente no ha ocurrido.

No, nunca me he enamorado de alguien que me haya correspondido...

¡Ni siquiera sé con certeza si alguna vez alguien se ha enamorado de mí de verdad!

—digo con un tono divertido, intentando aligerar la confesión—.

Claro que muchas veces me he sentido como un bicho raro preguntándome dónde quedó ese primer amor, mi romance adolescente, esa aventura universitaria de película.

Hasta que decidí dejar de torturarme, porque no quería creer que la "rara" era yo.

Quizás no solo se trata de mi ansiedad social, tal vez había puesto el listón demasiado alto, ¿sabes?

Crecí alimentándome de todas esas comedias románticas, esos dramas épicos de amor verdadero.

Creía que la vida era así. Yo anhelaba algo así, ese tipo de conexión profunda.

Era un todo o nada. Llegué a pensar que ese amor de cuento no existía, que quizás lo sensato era bajar mis expectativas, pero ¿sabes qué?

¡Ni hablar! ¿Por qué las mujeres tenemos que conformarnos con menos?

¿Por qué no son los hombres quienes deben esforzarse por estar a la altura?

—Muerdo mi labio inferior mientras me encojo de hombros con resignación—.

Quizás no estoy destinada a encontrar a alguien capaz de navegar por mis inseguridades, por el caos que a veces habita en mi cabeza.

O quizás sí, pero simplemente el momento no ha llegado.

Creo que he tenido otras prioridades. Solo sé que, si sucede, tiene que ser a mi manera, sin forzar nada.

Que Theo me tache de excéntrica, presumida o lo que le venga en gana, me da igual.

He invertido años en darle vueltas a este asunto, culpándome por no haber experimentado las historias de amor que la sociedad parece dictar que debería haber vivido.

Pero ya no más. He enterrado ese sentimiento de culpa.

No existe un manual de instrucciones que determine cómo o cuándo debemos enamorarnos.

Y sí, es cierto que el miedo a la intimidad me paraliza, pero también he mantenido la fe en que, cuando la persona adecuada aparezca, nada, absolutamente nada, podrá impedir tal conexión.

—Estoy seguro de que existe alguien capaz de amarte, Willa. Quizás lleve años queriéndote en silencio.

—No pasa nada si no existe, de verdad, no intentes hacerme sentir mejor.

—No quiero que me tenga lástima. Tomo aire antes de continuar—: Quiero decir, ahora mismo solo me gustaría dejar de preocuparme por lo que piensen los demás.

Ni siquiera encajo en los clichés —me burlo—.

La única forma de que una protagonista sea virgen es que sea menor de veinte años, y siempre aclaran que al menos la han besado una vez.

—Mi comentario le hace sonreír—. Me ven como un bicho raro, lo sé.

Ya lo hacían en el instituto, ¿recuerdas?

Todos viviendo sus dramas adolescentes, esos que yo solo veía en las películas.

Me gustaría decir que no me importa, pero sí me importa.

Creo que por eso no me atreví a decirle a Logan que no tenía novio.

Pero también estoy bien si no encuentro ese amor…

—¿Y qué si ya lo encontraste? —suelta casi como una exhalación—. ¿Qué si esa persona está justo frente a ti?

Mis labios se entreabren, intentando formular una respuesta, pero mi mente se niega a traducir el torbellino de emociones en palabras coherentes.

Más que una pregunta, ha sido una confesión velada, una confirmación de lo que ha dicho en la cena, y una vez más, me ha dejado completamente aturdida, desarmada.

Unos pasos resonantes se acercan, sobresaltándome, aunque agradezco la interrupción involuntaria. Un hombre, ataviado con un uniforme de mantenimiento, nos observa desde el borde de la piscina con una expresión neutra.

—Disculpen, señores. Necesito que desalojen la piscina, es hora de la limpieza rutinaria.

—Sí… Claro —tartamudeo, sintiendo el rubor ascender por mi cuello. Al moverme en el agua, la tela empapada de mi bata se adhiere a mi piel, volviéndose peligrosamente transparente, y la idea de que este hombre me vea así me incomoda profundamente—. ¿Podría…?

—Disculpe —interviene Theo con firmeza—. ¿Podría concedernos un minuto mientras mi novia sale del agua, por favor?

Mi novia .

La posesividad implícita en esas palabras me estremece.

El hombre resopla con resignación y se gira, dándonos la espalda.

Theo emerge del agua con una agilidad sorprendente y me extiende una mano.

La tomo y, apenas abandono la piscina, siento la tela fría y húmeda de la bata pegarse a cada curva de mi cuerpo.

Su mirada oscurecida recorre mi silueta de pies a cabeza, y trago saliva con dificultad, intentando inútilmente cubrirme con mis brazos.

Una sonrisa se dibuja en los labios de Theo.

Toma su pijama empapada, la coloca despreocupadamente sobre su hombro y, con un movimiento rápido y decidido, se acerca a mí y me levanta en sus brazos.

—¡Oh, por Dios, Theo! ¿Qué haces? —pregunto entre risas nerviosas, aferrándome instintivamente a sus hombros.

—No querrás que te vean… así, ¿verdad? —Su voz es un suave murmullo.

¿Semidesnuda? No, por supuesto que no quiero.

Niego con la cabeza mientras él comienza a caminar hacia el interior del hotel, llevándome en brazos.

—Bien —murmura contra mi oído, con un tono que no admite réplica—. Porque la idea de que alguien más tenga el privilegio de hacerlo me resulta… inaceptable.