Dulce, Amarga Vida 25
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—¡No me lo creo! —exclamo por lo bajo al ver la cama.

Bueno, no es que sea diminuta. De hecho, es casi el doble de ancha que la mía, pero con la estatura y corpulencia de Theodore, seguro que ocupa más de la mitad... Espera, ¿acaso estoy pensando en...?

—Duermo en el suelo —afirma justo a mi espalda, como si mis dudas fueran audibles.

—Evidentemente —contesto, carraspeando. No quiero que se le pase por la cabeza, ni por un segundo, la idea de que consideré compartir este espacio con él.

Mientras avanzo hacia el interior, mi mirada recorre la estancia.

Sencilla, muy sencilla. Paredes inmaculadamente blancas y una puerta de cristal corredera que permite el acceso a un balconcito desde donde el anochecer comienza su espectáculo.

Dentro, además de la cama, hay un televisor, una mesita de noche y otra puerta que intuyo conduce al baño.

Tomo asiento en el extremo de la cama, absorta en la hermosa panorámica, y noto la agradable combinación de suavidad y firmeza del colchón. Una punzante necesidad de derrumbarme allí, de perderme en el sueño hasta dentro de cuarenta y ocho horas, me asalta.

—No puedo creer que, después de meses dedicados a este plan, Logan ni siquiera creía que vendría —comento, esbozando una sonrisa que se asemeja más a una mueca mientras Theo se acomoda a mi lado en el colchón.

Mis palabras, creo, resuenan de una forma que no esperaba, cargadas de una punzada de indignación, quizás incluso de dolor.

¿De verdad pensó que no vendría y no le importó?

Si fuera mi boda y lo invitara, me sentaría fatal que mi mejor amigo no pudiera estar.

Pero cada persona es un universo aparte, ¿no?

Eso dicen. Quizás tiendo a dramatizar, y Logan es más del tipo que no se detiene en esas nimiedades. Qué envidia me da Logan.

—Creía que hacías todo esto por mí, para ayudarme —Theo me observa con expectación.

—Vete a la mierda, Theodore —le suelto con una seriedad que solo consigue dibujar una sonrisa en su rostro y una negación con la cabeza. Por un instante, mi fachada se derrumba y también sonrío.

—Willa, esto va en serio, ¿entiendes? Si deseas irte, podemos hacerlo cuando quieras —añade con cautela.

—Entendido —afirmo, asintiendo—. Pero sería muy poco profesional de tu parte marcharte y dejar el catering a medias —le digo, arqueando una ceja.

—Tienes razón —comenta, entrecerrando los ojos con una expresión pensativa—. Encontraré la manera de fugarnos y de que el banquete se lleve a cabo. —Hace una pausa antes de añadir—: Algún McDonald's de por aquí estará encantado de prepararnos trescientas hamburguesas.

—¿Hamburguesas? —repito, incrédula—. ¿Eso es lo que piensas servir?

—Por supuesto que no. Pero es lo que pasa cuando el chef encargado del banquete de tu boda decide fugarse con su supuesta novia.

Intento sonreír pero, de nuevo, mis labios solo se contraen en una mueca vacía.

No puedo ignorar lo que acaba de pasar. Logan olvidando incluirme en las reservas, asumiendo que no vendría, pero a la vez llamándome con el mismo cariño de siempre.

Y luego Theodore reaccionando así. ¿Es solo por el apodo o hay algo más detrás?

¿Le duele que Andrea eligiera a su mejor amigo?

¿Estoy creando una película donde no la hay?

—¿Puedo preguntarte algo? —digo despacio, casi en un susurro, buscando de nuevo su mirada.

Miles de preguntas me asaltan, pero las desecho una a una, sintiendo que ninguna es correcta, mucho menos asunto mío. Así que me decido por la única que me parece acorde que, al igual que las demás, me corroe por dentro.

—¿Por qué Logan y los demás me llamaban… me llaman «Willa Vainilla»?

—Porque tenían un apodo para todo el mundo.

—Sí, pero ¿por qué precisamente ese?

—Él te ha dicho el motivo hace un momento. —De nuevo, sale a la luz esa su actitud distante.

—Y no le creo. —La verdad es que no confío en la explicación que me ha dado.

—Entonces deberías preguntárselo a él.

—Pero te lo estoy preguntando a ti —me detengo, y ante su silencio obstinado, continúo—: Si se lo pregunto, insistirá en esa respuesta que me dio y los dos sabemos que es mentira.

Theo exhala un suspiro apenas audible. Mientras me mira, veo la tensión en los músculos de su mandíbula, como si luchara entre ceder a mi insistencia o permanecer callado para siempre.

—¿Alguna vez…? —Se detiene para tomar aire—. ¿Alguna vez has oído hablar del «sexo vainilla»?

—Es cuando dos personas se acuestan, ¿no? Cuando hacen… lo básico. —Theo asiente. Sin entender del todo a dónde quiere llegar, añado—: ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Bueno, Logan y Brady comentaron una vez que tú tenías vibras de preferir el sexo vainilla. Y de ahí salió el apodo.

No voy a mentir, el estómago se me revuelve un poco.

No por lo que piensen sobre mis preferencias sexuales, sino porque hablaran de mí a mis espaldas sobre algo tan íntimo.

Y que lo hicieran cuando éramos unos adolescentes, con apenas ¿quince años?

A esa edad pensaba en tantas otras cosas, pero el sexo era algo lejano, y dudo que supiera siquiera qué era el sexo vainilla.

—Es ridículo, totalmente ridículo. Y repugnante, sobre todo repugnante —exclamo, la indignación me consume—. ¿Por qué hablaban de mí? ¿Por qué hablaban de esas cosas? ¿Por qué siento esta punzada de que era algo bueno?

—No sé si esto ayuda, creo que lo empeora, la verdad, pero hablaban de casi todas las chicas. Hablaban de eso porque eran adolescentes con las hormonas disparadas y la cabeza hueca. Y no, no era un halago. Ya sabes lo que muchos piensan, que el sexo vainilla es… aburrido.

—¿Y tú no lo hacías?

—¿El qué? ¿Pensar que el sexo vainilla es aburrido?

—¡No! Me refiero a… hablar de las chicas.

—A ver, admito que me quedaba escuchando lo que decían porque, al fin y al cabo, yo también era un adolescente con las hormonas alborotadas y la cabeza vacía, pero me di cuenta de que no estaba bien.

Así que cuando le pedí que no te llamara así fue la última vez que presencié una de sus conversaciones.

—Las cuales seguramente tenían lugar en los vestuarios del gimnasio. No me cuesta imaginar la escena.

Niego con la cabeza y me desplomo en el colchón con los brazos extendidos.

Me arrepiento de haber restado importancia y no haberles plantado cara.

Muchas veces pensé que pedirle que dejara de usar ese apodo era una exageración, pero apuesto a que ellos nunca se detuvieron a considerar lo hiriente que podía ser.

Y ni hablar de lo irrespetuoso de su comportamiento.

—¿No crees que estar aquí es un error? —le pregunto a Theo con la vista fija en el techo.

—Solo si tú lo sientes así.

—Solo son dos días —le recuerdo, intentando convencerme a mí misma—. Podemos superarlo. Ahora, vamos a ducharnos para ir a esa cena.

—¿Te refieres a… juntos? —Theo me mira, arqueando una ceja con una sonrisa pícara y añade—: Vaya, Willa, Palm Springs sí que te ha puesto traviesa.

—¿Eras un adolescente con las hormonas alborotadas, me decías? ¿Estás seguro que cambiaste?

Él se encoge de hombros como única respuesta, haciéndome sacudir la cabeza en señal de desaprobación.

Me levanto de la cama, y al pasar a su lado, le doy un ligero empujón en el hombro.

—Sigue soñando, Theodore.

—No lo voy a negar, me gusta soñar en grande —comenta divertido, alzando las manos con una sonrisa.

Camino hacia las maletas, pero acelero el paso porque siento un calor repentino en las mejillas. ¿Me estoy sonrojando? Ni loca dejo que Theodore lo note.

—Voy a ducharme —le digo mientras hurgo en mi equipaje—. Nos vemos lueguito.

Nos vemos lueguito.

Cierro los ojos al instante, maldiciendo internamente mi elección de palabras. Ya somos dos comportándose como unos adolescentes.

* * *

Mientras caminamos hacia la mesa, la mano de Theo se desliza de repente hasta la curva de mi espalda, causándome un respingo casi imperceptible.

—Solo estoy actuando como tu novio —me susurra al oído antes de depositar un suave beso en mi sien—. Es mi mano la que sientes, no un puñal clavándose.

Me cuesta mantener la compostura, pero en mi defensa, nadie me había tocado así antes, con esa familiaridad tan íntima, excepto él mismo en una cena de la que escapé despavorida.

—¡Ya están aquí! —exclama Logan, levantando una mano en señal de bienvenida para que nos unamos a ellos.

Mi mejor amigo apenas ha cambiado. Aunque sus rasgos han madurado, aún conserva esas ondas rebeldes en el cabello, como si peinarlas fuera una preocupación trivial.

Y quizás lo sea, porque ese despeinado natural, ahora acompañado por una barba igualmente descuidada, le sienta sorprendentemente bien.

Su familiar sonrisa irradia una calidez que tranquiliza; a su lado, mi seguridad siempre estuvo reforzada.

Theo y yo localizamos los únicos dos asientos vacíos.

Asumo que las demás mesas también están llenas de familiares y amigos de Logan y Andrea, al distinguir a sus padres y a dos primos que solían visitarlo cada verano.

En nuestra mesa, sin embargo, hay solo amigos: Logan, por supuesto, Harriet y Gretchen (su inseparable amiga del instituto), Rob, Brady, Andrea y nosotros.

—Ahora sí nos van a contar todo con pelos y señales, ¿verdad? —insiste Harriet, con una sonrisa radiante.

—¿No se suponía que en el instituto la detestabas? —pregunta Brady directamente a Theo.

—No, era Willa quien odiaba a Theo —corrige Gretchen rápidamente.

—Eso es agua pasada —interrumpe Theo, sirviendo una copa de vino para mí y luego otra para él.

La tranquilidad en su voz y la parsimonia de sus gestos capturan la atención de todos, incluyéndome—.

Era un adolescente entonces, un adolescente bastante imbécil.

Y aunque no lo digo como justificación, lo lamento de corazón.

Ya me he disculpado con Willa. Varias veces.

—Se gira hacia mí y me dedica una sonrisa.

No logro discernir si es parte de su papel o un intento genuino de tranquilizarme.