Dulce, Amarga Vida 25 #2
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25 #2

—Eso suena genial, pero ¿cómo ocurrió exactamente? —Harriet hace una pausa expectante, alternando su mirada entre Theo y yo—. ¿Cuándo floreció el amor? —La última pregunta llega con un tono meloso y unas palmadas suaves que delatan su curiosidad genuina.

Giro mi rostro para encontrar la mirada de Theo; él parece tranquilo, incluso con la misma expectación por escuchar la historia de mis labios como si no la hubiéramos repasado incontables veces en los últimos cinco meses.

Suspiro casi imperceptiblemente y disimulo mi nerviosismo tras mi copa, bebiendo un sorbo de vino.

—Fue hace un año, después de coincidir en su restaurante.

—Guardo silencio porque… eso es todo. Eso es lo que acordamos contar.

Pero basta con observar los rostros expectantes a nuestro alrededor para darme cuenta de que anhelan más detalles—.

Empezamos a quedar como amigos, Theo insistía en que había cambiado, que ya no era un idiota.

Y tenía razón. Pronto descubrí que no era el imbécil que recordaba.

Me di cuenta de que es bastante amable, que ayuda a los demás sin esperar nada a cambio porque disfruta genuinamente tender una mano a quien lo necesita.

Descubrí que es un apasionado de la vida, de lo que le hace feliz, que vive según sus propias normas porque no dañan a nadie.

Me di cuenta de que tiene un humor pésimo, tan malo que me resulta increíblemente gracioso, y que es tan considerado que temo estar idealizando lo nuestro.

Cuando callo, el silencio con el que mis palabras son recibidas es tan palpable como la verdad que me golpea: nada de lo que he dicho es falso, ni mucho menos improvisado. Es exactamente lo que siento, exactamente lo que pienso de él.

—¡Vaya! —exclama Gretchen antes de beber de su copa—. Creo que jamás sería capaz de decir algo tan bonito sobre ti —le comenta a Rob, sentado a su lado.

—Eres un encanto, cariño. Por eso te pedí matrimonio —responde él. No sé si habla en serio o si su sarcasmo es tan sutil que se me escapa.

—¿Y tú, Theo? —interviene Harriet, dirigiéndose directamente a él—. ¿Cuándo te diste cuenta de que estabas perdidamente enamorado de Willa?

Theo, quien ha permanecido impávido a mi lado mientras hablaba, incluso después de mi silencio, me dedica una de esas miradas ambiguas que siempre logran remover algo en mi interior.

—Lo supe hace años, cuando éramos compañeros de clase. Debo admitir que cada vez que intentaba llamar su atención era mi torpe manera de ocultar que me gustaba.

—¡Ay, por favor! —protesta Harriet—. Tú, Theo Schmidt, ¿no sabías cómo coquetear con Willa?

Quiero decir, las cuatro mujeres presentes en esta mesa te hemos besado en algún momento.

—Noto la incomodidad de Andrea, que se mueve en su asiento al escuchar esa confesión—. Creo que sabes muy bien cómo coquetear.

Theo esboza una sonrisa ladeada y niega con la cabeza. Yo me quedo petrificada. Mi mente se ha quedado en blanco porque esto no formaba parte de nuestro guion. ¿Su confesión es una improvisación o...?

—No, Harriet. No se trataba únicamente de coquetear —dice Theo antes de volver a mirarme fijamente—.

La verdad es que me sentía incapaz de acercarme y decirle que era la chica más dulce y valiente que se había cruzado en mi camino.

No sé, tal vez era precisamente esa falta de atención hacia mí lo que alimentaba aún más mi atracción por ella.

Porque siempre estaba absorta en su mundo, seguramente leyendo o estudiando.

Y cuando hablaba de lo que amaba lo hacía con una pasión desbordante que me hacía fantasear con ser el objeto de ese fervor.

Porque sí, fantaseaba con ella, me veía a mí mismo como el centro de su universo porque, aunque nunca se lo dije, ella ya se había convertido en el centro del mío.

—Pero, ¿qué dices? —suelta Brady—. Eras solo un niño.

—Era un adolescente con el temor de no encontrar jamás a otra persona que despertara en mí lo que Willa me hacía sentir.

No está mintiendo. Él tampoco está mintiendo y un nudo se forma en mi garganta, las lágrimas amenazan con desbordarse. Mis ojos se cristalizan por un llanto que lucho por reprimir tras una sonrisa forzada.

Esto está mal, terriblemente mal .

—Pues a mí me parece la cosa más romántica que he escuchado jamás —afirma Harriet—. Y me hace muy feliz que al final hayan encontrado su camino.

—No lo entiendo, ¿eso fue antes o después de que la humillaras delante de todo el colegio?

—La pregunta de Andrea corta el aire, generando un silencio sepulcral entre los demás.

No sé si es consciente del peso de sus palabras o de las miradas acusadoras que se posan sobre ella cuando vuelve a hablar—: Dices que la amabas entonces, pero ¿por qué decidiste humillarla delante de todo el instituto publicando esa foto?

—¿Por qué le contaste eso? —La pregunta brota de mis labios casi sin darme cuenta, sorprendiéndome a mí misma. Pero me sorprende aún más que mi mirada y mi voz se dirigen instintivamente a Logan, no a Theo.

Él está sentado junto a Andrea y mi pregunta lo toma completamente desprevenido. Abre la boca ligeramente y deja escapar una risa nerviosa que denota su incomodidad. Mira a los demás, buscando quizás una excusa o simplemente reaccionando por inercia. Su respuesta llega unos segundos después:

—Perdón, ¿vale? No pensé que fuera tan importante. Quiero decir, perdonaste a Theo, quien fue el que te hizo daño directamente. ¿Qué tiene de malo que yo cuente lo que pasó?

—Es algo privado —me quejo, sintiendo la rabia crecer.

—Bueno, cientos de personas vieron la foto, alguien la subió a internet. Tampoco es un Secreto de Estado.

Mis ganas de llorar crecen, pero ahora por una punzada de traición.

Quizás tenga razón, quizás Andrea o cualquiera pueda buscar mi nombre en internet y aún encontrar la foto, pero eso no le da derecho a airearlo con otros.

Le lanzo una mirada de pura desolación a Logan; su sonrisa se desvanece al instante, pero antes de que alguno de los dos pueda hablar, la atención de todos se centra en una mujer que se acerca a nuestra mesa.

—¡Ahí estás! —Le planta un beso en la mejilla a Theo—. Mi ex-cuñado predilecto.

—Oh, por Dios. Ya estás borracha. Otra vez —se queja Andrea, poniendo los ojos en blanco con exasperación.