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A veces, cuando me detengo a analizarlo, concibo la ansiedad como una contienda implacable donde mi propio cerebro es el adversario.
Su estrategia principal consiste en agotarme física y mentalmente, urdiendo escenarios caóticos y una cascada incesante de preguntas, la mayoría sin respuesta.
Lo conozco íntimamente, estoy familiarizada con cada una de sus tácticas tortuosas, así que mi prioridad es resistir con todas mis fuerzas para no sucumbir.
Entonces, ¿cuál es mi plan de batalla? Despistar a mi mente antes de que me arrastre a ese abismo sin fondo de interrogantes paralizantes y suposiciones catastróficas.
Lo sé por experiencia, ha sido mi estrategia de supervivencia durante más de dos décadas.
Ha sido mi escudo protector estos últimos días.
No he concedido ni un respiro a mi cabeza inquieta para que me asalte con las imágenes de lo ocurrido en el piso de Theo, porque mi inquietud no reside sólo en lo que hice, pensé o sentí, sino también en las posibles secuelas.
Así que en el trabajo me he convertido en la empleada modelo, llegando puntual como siempre, pero casi duplicando mi productividad con la coartada de querer adelantar todo lo posible antes de la partida de Cynthia.
Luego, cuando el reloj dicta las cinco y media de la tarde, canalizo toda mi energía hacia Make a Sip!
Ni siquiera puedo creer que pueda llamarlo por su nombre, pero debo decir que me enorgullece mucho el avance que he logrado.
Hace un par de días le pedí a Parker que le echara un vistazo a «una propuesta que una firma inversora le había hecho a una amiga».
Omití los nombres de ambas partes por razones obvias, y aun así mi jefa no puso reparos en ayudarme.
Al día siguiente, me confirmó lo que yo ya pensaba: era un acuerdo justo.
Me reuní con Percival y sellamos el trato.
Inmediatamente después, una oleada de emoción me impulsó a hacer dos cosas: romper a llorar de felicidad y marcar el número de Theo para compartir la noticia.
Terminé sucumbiendo a las lágrimas en pleno Central Park, durante al menos dos horas, por la alegría que me embargaba y también por el hecho de no poder compartirla con Theodore.
Pero lo mejor llegó después, lo mejor está sucediendo ahora mismo.
He venido a inspeccionar el local a alquilar y a escuchar, una última vez, los términos de la negociación, esta vez por parte de Selma, la comercial inmobiliaria.
Percival ha insistido en acompañarme, aunque ha llegado veinte minutos tarde, recitando las cláusulas de memoria prácticamente antes de que Selma pudiera articularlas, e insistiendo con vehemencia en que el local «es la mejor opción imaginable para mi negocio». Y lo es, no me cabe la menor duda.
—¿Esto es…? ¿Esto es todo? —pregunto algo aturdida, justo después de firmar el contrato de alquiler, mientras la mujer me extiende la mano para entregarme las llaves del local.
—Absolutamente —responde sonriente. Cojo las llaves—. El señor Schmidt se ha encargado de todo lo demás.
—Bueno, la gestión ha corrido a cargo de mi equipo, pero era fundamental que Willa comprendiera cada matiz del contrato antes de plasmar su firma —aclara Percival, justo detrás de mí, con las manos relajadas en los bolsillos y proyectando esa presencia tranquila y a la vez vigilante que inevitablemente me recuerda a…
Cuando Selma se despide, justo después de cerrar la puerta de cristal (aún oculta tras el periódico), un silencio reconfortante nos envuelve.
Ya no percibo este local como un mero espacio inerte; ahora es un fragmento de mi sueño.
De hecho, es una realidad palpable. Y no puedo negar que esta simple sensación, el mero hecho de estar de pie dentro de este local que contemplé durante años desde la acera, el sostener las llaves que me abren sus puertas entre mis manos temblorosas, me oprime el estómago con una mezcla de nerviosismo y una felicidad desbordante que casi duele.
Es como si mi cuerpo estuviera a punto de estallar de dicha, y la única vía de escape fueran las lágrimas.
—Perdón —digo, limpiándome las mejillas con movimientos torpes—. Es que jamás pensé que esto… No puedo procesar que, por primera vez, esta imagen no sea fruto de mi imaginación.
—No te preocupes por mí, veo a gente llorar más a menudo de lo que crees.
—¿Por tu trabajo? —pregunto entre sollozos.
—Por mi trabajo.
Y el silencio que sigue a su breve confesión me indica que es un tema delicado o, simplemente, que prefiere mantenerlo en la esfera privada.
Termino de secarme las mejillas con el dorso de la mano y agradezco profundamente mi sabia decisión de omitir el delineador de ojos; de lo contrario, mi rostro sería un desastre, un lienzo borroso.
—Gracias por venir, Percival. No tenías ninguna obligación…
—Desde luego que no, todo lo que te ha explicado Salma...
—Selma...
—...ya lo habíamos hablado antes. Ella con mi equipo, yo contigo, pero tú insististe en firmar aquí...
—Para ver el local en persona...
—...y yo quería verte, personalmente. —Frunce su entrecejo mientras medita sus propias palabras—.
Joder, ha sonado fatal, ¿a que sí? —Percival entorna los ojos y, tras un segundo de duda, añade—: Estoy preocupado por ti porque la última vez que nos vimos parecías más despistada de lo normal.
— ¿¡Más despistada de lo normal!? —. Y mi hermano, bueno, digamos que no lo veo muy bien.
Además, no hay día que no me llame para preguntarme si te he visto.
Lo que me hace pensar que, ahora mismo, no se hablan o, de otra manera, no estaría interrumpiendo mi jornada laboral con llamadas patéticas y, si es así, solo puedo suponer una cosa: mi hermano la ha cagado.
Así que estoy aquí para preguntarte si te ha hecho algo y, si estoy en lo cierto, dímelo, me encargaré de arreglarlo.
No voy a dejar que mi hermano te distraiga con sus mierdas porque en lo único que deberías estar pensando ahora mismo es en materializar este proyecto.
De repente, la avalancha de información que Percival descarga sobre mí es abrumadora, y comienzo a masajearme las sienes con las yemas de los dedos, intentando asimilarlo.
¿Parezco más distraída? ¿Más distraída? ¿Cómo es que Theo tampoco está bien?
¿Y por qué sospecha que él me ha hecho algo?
No, eso no es lo que sucedió, Theo jamás…
¿O quizás sí? ¿Y si él es el único responsable de este torbellino?
—Yo… —balbuceo, sin tener la menor idea de por dónde empezar a desenredar este embrollo—.
Nosotros… Yo… Mira, te agradezco sinceramente tu preocupación, pero estoy bien, de verdad.
—Repito el «estoy bien», esforzándome por proyectar convicción, pero mi voz suena hueca, desprovista de cualquier atisbo de ánimo—. Es solo el agotamiento.
—¿Debo deducir que mi hermano también está agotado? —Enarca una ceja con una mirada acusadora que me atraviesa—. ¿Es por eso que me asedia a mí con llamadas en lugar de importunarte a ti?
—Yo… —De nuevo, las palabras se niegan a fluir, pero esta vez mi silencio es interrumpido por el sonido estridente de mi móvil—. Dame un instante… —Atiendo la llamada de un número desconocido—. ¿Sí?
A veces, justo cuando crees que tienes dominada esa batalla interior, tu oponente encuentra algo a lo que aferrarse. Sea grande o pequeño, lo convierte en una auténtica bomba, y si te pilla desprevenido, es capaz de dejarte tirada en la arena. En ocasiones, basta con una simple llamada.
Tomo el teléfono, y antes de que pueda articular una palabra, una voz desconocida al otro lado pronuncia mi nombre completo con una formalidad inquietante.
Tras confirmar mi identidad con un hilo de voz apenas audible, esta persona se identifica como empleado del Hospital de Harlem, donde mi madre acaba de ser ingresada de urgencia tras desplomarse en plena calle.
Es lo último que proceso con claridad, porque el mundo a mi alrededor comienza a desdibujarse, sumiéndose en una neblina oscura que evoca un pasado reciente y doloroso.
«Ella no, por favor, mi madre no», martillea mi mente una y otra vez hasta que logro reaccionar y balbucear que estoy de camino al hospital.
—¿Adónde vas? ¿Qué sucede? —inquiere Percival, con el ceño fruncido por la creciente preocupación. Intento explicarle, pero tan pronto «Mi madre…» y «Hospital…» escapan de mis labios temblorosos, se ofrece a llevarme sin dudarlo.
* * *
Aprieto los párpados con fuerza, centrando toda mi atención en el frío metal del aro que adorna mi pulgar.
Me niego a mirar la carretera y calcular mentalmente la distancia hasta el hospital, me niego a imaginar lo que pueda estar sucediendo tras esas paredes ahora mismo.
Si bloqueo mis sentidos, si no escucho, si no veo, quizás logre silenciar los pensamientos que me asaltan.
—Muy bien, ha llegado ese momento del día —murmura Percival para sí mismo con un tono de obstinación tensa, atrayendo mi atención—. ¿Dónde demonios estás? —pregunta al contestar la llamada.
—En Beekman, ¿qué sucede? —La voz de Theo irrumpe en el silencio.
—Perfecto, dirígete inmediatamente al Hospital de Harlem y pregunta por… —Se gira hacia mí, con urgencia en la mirada—. ¿Cómo se llama tu madre?
—Mary Gallagher, pero…
—¿Willa? —La voz de Theo se tensa al reconocer la mía—. ¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?
—Eso es precisamente lo que tienes que averiguar —insiste Percival con firmeza—. Ve directamente al hospital, pregunta por Mary Gallagher y comunícales que su hija está en camino. Infórmanos en cuanto tengas noticias.