21 #2
Intento concentrarme en la suavidad de la tela de su camisa, la calidez que emana contra mi trémula mano. Su corazón late contra mi palma y de alguna forma se torna en algo agradable.
—Podemos hacer esto —murmuro, posando mi otra mano sobre su pecho—. Se siente bien… Me siento bien con ello. Quiero decir, no tengo problema en hacer esto —corrijo con un ligero rubor.
Theo asiente, pero sus ojos brillan con un destello de picardía. Disfruta viéndome tropezar con mis propias palabras en este momento que, en realidad, debería ser mucho más sencillo.
—¿Y qué pasa con los besos?
—En la mejilla está bien, ya lo hemos hecho, ¿no?
—Qué descaro el nuestro —bromea, y le doy un leve golpe en el pecho, él sonríe de forma ladina y su mano se posa alrededor de mi otra muñeca—. Besos en la frente, no.
—¿Por qué no?
—¿No te sabes esa? —Niego con la cabeza—.
Los besos en la frente son muchísimo más íntimos, Willa.
Cuando besas a alguien en la frente, no solo le estás diciendo que le quieres, también que es especial para ti, que quieres protegerle, que darías la vida por esa persona.
Puede que no tenga una connotación sexual, pero el significado sentimental va más allá.
—Hace una pausa—. ¿Quiénes te han besado en la frente?
—Mis padres.
—¿Y a quiénes has besado tú en la frente?
—A mis padres, a mi hermano, a mi sobrina. —Vale, empiezo a pillar lo que quiere decir—. Besos en la frente, ni hablar. Son demasiado valiosos para desperdiciarlos en esto —bromeo. Tras una breve pausa, añado—: ¿Cuál es tu tipo de beso favorito?
—Los que comparto con la persona a la que amo locamente.
—Acabas de decirme que no te han correspondido.
—Eso no implica que nunca la he besado. —Me quedo sin réplica, y él sonríe con obvia satisfacción.
Ni siquiera estaba siendo consciente de que aún permanecemos muy cerca, peligrosamente cerca.
Mis manos siguen ancladas a su pecho, y las suyas aún están ceñidas a mis muñecas.
Su cuerpo emana un calor que ahora agradezco con desesperación, un refugio reconfortante contra el frío punzante que nos cala hasta la médula.
Mi mirada curiosa se clava en la suya, más intensa que nunca, y su boca...
Observo cómo se muerde el labio inferior e, instintivamente, imito su gesto.
—Willa —apenas susurra, lo justo para captar toda mi atención—. ¿Puedo besarte?
Muy bien, muy bien, muy bien. Va a suceder.
Quizás este instante sea trivial para otros, pero para mí significa todo.
Para mí, cuya mera idea de contacto físico siempre había parecido una cima inalcanzable, su pregunta —y mi propia punzante necesidad— adquiere una magnitud inmensa.
Porque aunque siento el sudor helado resbalar por mi nuca, aunque el latido de mi corazón resuena ensordecedor en mis oídos, por primera vez en mi vida anhelo la cercanía de alguien, ansío un beso.
Y solo un asentimiento firme de mi parte basta para hacerlo realidad.
Juro que contengo la respiración mientras sus manos se posan en mi cuello y uno de sus pulgares acaricia mi mejilla, deteniéndose luego en mi labio inferior.
Podría morir ahora mismo, de no ser porque la curiosidad y el deseo me mantienen con vida.
Se inclina hacia mí, lo suficiente para que sus labios apenas rocen los míos, lo suficiente para que un jadeo escape de mi boca.
¿Es mi inexperiencia una desventaja? ¿O es esta repentina descarga eléctrica en mi bajo vientre una reacción normal a la caricia incipiente de sus labios?
Su aliento me envuelve, una embriagadora mezcla de licor y la dulzura cítrica de las fresas.
Finalmente, antes de que la razón pueda interponerse, sus labios aprisionan los míos con una suavidad sorprendente que pronto se intensifica.
Lo hace con una serenidad que parece tantear mi receptividad, y se la ofrezco.
Quiero esto. Necesito más de esto . Sus labios comienzan a moverse contra los míos con una cadencia que despierta sensaciones desconocidas, y me dejo llevar por la novedad, imitando su ritmo incipiente.
Me pierdo en la textura de sus labios, en la creciente exigencia de este primer encuentro, y en sus manos, que ahora reclaman mi cuerpo con una posesión cada vez más audaz; una acaricia mi mejilla con ternura, la otra rodea mi cintura, atrayéndome hacia su calor.
Y me rindo, me entrego al sabor dulce y embriagador de su boca, a la firmeza de su cuerpo presionando contra el mío.
Me rindo cuando su lengua se aventura entre mis labios, provocando un jadeo que revela mi creciente excitación.
¿Debería sentir vergüenza por esta reacción?
Tal vez después, cuando la tormenta amaine, pero ahora solo quiero explorar más de esta conexión, como él también parece querer desatar algo más profundo en mí.
Su mano se desliza hasta mi muslo, encendiendo una chispa.
Instintivamente, mi pierna se eleva y lo envuelve, aprisionándolo aún más contra mí.
Su otra mano se une a la caricia, sujetándome con una firmeza que me debilita, mientras mis brazos se entrelazan en su cuello, aferrándome a él como a un salvavidas.
Sé que estoy cruzando un límite peligroso en cuanto su cuerpo comienza a moverse, acorralándome entre la solidez de su torso y la frialdad del cristal.
Lo sé cuando sus labios comienzan a explorar la sensibilidad de mi cuello —¡mi cuello!
—, y una oleada de agradecimiento, mezclada con una punzante necesidad de más, me inunda cuando mi respiración se entrecorta, pero la idea de detenerlo es impensable.
Un gemido involuntario se escapa de mis labios un instante después, cuando sus labios y su lengua trazan senderos húmedos sobre mi piel, que ahora palpita con un fuego desconocido.
Quizás la gente sobreestima esta experiencia, pero empiezo a creer que yo también la he subestimado gravemente.
Estar aquí, contra este cristal, con mis piernas aferradas a su cintura y su cuerpo presionando cada curva del mío, me hace sentir, en este instante embriagador, que he encontrado mi lugar exacto.
Yo, Willa Gallagher, en este momento fugaz, creo firmemente que las constelaciones se han alineado y que estar en los brazos de Theodore Schmidt es la definición misma del paraíso.
Mi paraíso. Un paraíso inesperado que comparto con la persona más improbable, con la persona que alguna vez aborrecí con cada fibra de mi ser, con la persona…
Lo aparto con ambas manos, un movimiento brusco que rompe el hechizo, y cuando mis pies vuelven a tocar la sólida realidad del suelo, la burbuja explota. Esto está terriblemente mal. Lo que siento, la forma en que él logra desatar estas emociones en mí, es un error catastrófico.
—Necesito irme —articulo apenas, comenzando a retroceder hacia el interior de su apartamento, aunque la confusión en su rostro no se disipa con mi movimiento.
—¿He hecho algo que te haya molestado? —pregunta, siguiéndome con cautela.
—No… Sí. —Me detengo abruptamente, sacudiendo la cabeza con confusión mientras me calzo mis zapatos—. Necesito… necesito salir de aquí, ahora.
—Te llevo a donde necesites ir.
—Necesito distancia. Necesito alejarme de ti, al menos por ahora.
—Willa…
—Theodore.
Él guarda un silencio tenso y, mordiéndose el labio inferior con una resignación dolorosa, asiente.