Dulce, Amarga Vida 21
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Es curioso cómo la felicidad hace que el tiempo avance de prisa, y aún más cómo la conciencia puede ensombrecer esos momentos.

La cena fue un paréntesis agradable, donde los minutos se diluyeron en risas y charlas despreocupadas sobre temas como placeres culpables en comidas, historias embarazosas y manías.

Sin embargo, una corriente subterránea de pensamiento me recordaba constantemente que no me perdiera en la celebración, manteniendo presente el verdadero objetivo de mi presencia.

Ahora comprendo la necesidad de la espontaneidad en el primer beso; premeditarlo lo convierte en una obsesión inevitable.

Ese primer beso debe irrumpir como un giro inesperado, un suceso que redefine la historia de la manera más imprevista.

De lo contrario, la mente se atasca en la espera, tal como la mía no cesaba de divagar mientras exponía a Theo mi profunda aversión por los tacones.

«En el trabajo son obligatorios, lo cual les quitó todo el encanto.

¿El concepto de “vestir como mujer”? Lo detesto.

Soy mujer, así que cualquier cosa que me ponga es, por definición, vestir como mujer», protesté.

Pero este comentario  me llevó a pensar en el atuendo que he elegido para esta noche: ¿Es demasiado? ¿Es muy sugerente?

Mis pensamientos seguían divagando mientras Theo compartía lo que consideraba el evento más bochornoso de su vida, un episodio que se remontaba al momento en que perdió la virginidad.

Su madre, con la característica intuición maternal, lo había sospechado y le preguntó directamente.

Incapaz de negarlo, Theo lo admitió. Entonces ella tuvo la peculiar idea de anunciar la «buena nueva» a todos sus amigas en una reunión.

Después de reír a carcajadas, no por la historia en sí sino por la vergüenza que, claramente, aún le origina, fui  consciente de la evidente disparidad entre nosotros; Theo tiene mucha más experiencia que yo... Él tiene experiencia; yo, no.

Reconozco que la idea de estar en completa desventaja frente a él me asustó por un instante.

Sin embargo, recordando el consejo de Leah, ¿por qué enfocarme en lo negativo?

Puede que mi primer beso forme parte de un plan, pero sigue siendo mi elección.

Será con la persona que quiero y ocurrirá cuando yo lo decida; creo que no todas tienen esa suerte.

Digamos que no todos los giros argumentales son buenos.

Algunos resultan predecibles, otros, innecesarios.

En cambio, yo estoy a punto de escribir un fragmento de mi historia, y puede que eso sea algo extraordinario.

—Deberíamos hacerlo —suelto de repente, cortando el juego tonto que estamos haciendo, tratando de adivinar (o inventar) qué está ocurriendo tras las ventanas iluminadas de los edificios cercanos.

Hace unos minutos, nos trasladamos al tranquilo balcón, cada uno con una copa de vino que, debo reconocer, realza la perfección de las fresas con chocolate que Theodore ha preparado como postre.

—Por eso estoy aquí —le recuerdo—. No hay razón para seguir esperando.

—Te dije que sucedería cuando tú quisieras.

—Y quiero que suceda ahora .

Theodore es un enigma fascinante. A veces, su transparencia es absoluta: sus ojos revelan sin esfuerzo la felicidad, la ilusión, la decepción.

Su sonrisa es otro fiel reflejo de sus emociones.

Pero en otros momentos, como este, se torna completamente indescifrable.

Intento penetrar su mirada, adivinar sus pensamientos, pero no encuentro nada.

Absolutamente nada. Simplemente frunce los labios en una línea tensa, deposita su copa en el borde del balcón y se remanga la camisa lentamente hasta dejar sus antebrazos a la vista.

—¿Estás segura? —es lo único que pregunta.

—Completamente segura —afirmo, luchando por no sonar impaciente—. Esta es la fase práctica de nuestro plan, ¿verdad? Lo acordamos, y quiero llevarla a cabo ahora —me burlo.

Una sonrisa intenta florecer en el rostro de Theo, pero la reprime, mordiendo con suavidad su labio inferior. Creo que en este punto, los dos sabemos que cualquier cosa que ocurra hoy, tiene muy poco que ver con el plan.

Muevo la cabeza de un lado a otro, como si estuviera calentando para correr un maratón, aunque mi corazón late como si ya hubiese cruzado la meta.

—Deberíamos empezar por lo básico —sugiere él.

—¿Qué es…?

—Nuestras manos.

—De acuerdo. —Inspiro hondo y agito mis manos en el aire, como si intentara librarme de gotas invisible.

—Podríamos simplemente sostenerlas —comienza a decir, acercándose dos pasos y envolviendo mi mano entre la suya—. Esto es algo normal, básicamente. —Nuestras miradas convergen en el punto de contacto—. O podemos entrelazar nuestros dedos, lo que implicaría que…

—Estamos locamente enamorados —le interrumpo, sonriendo ante su mirada curiosa—. Nunca lo he hecho con nadie, pero sé lo que significa. También pensaba que era una tontería, algo exclusivo de libros y películas.

—Yo tampoco lo he hecho —confiesa—. Entrelazar mi mano con la de alguien —aclara—. Pero definitivamente no es una tontería.

—¿Nunca has estado locamente enamorado? —pregunto con tono juguetón.

—Una vez. Y no he sido correspondido. —Su respuesta, breve y casi inaudible, me deja perpleja. Si no habla de Andrea, entonces ¿a quién se refiere? En realidad, su historial amoroso no debería importarme, pero…

—Podemos... podemos simplemente sujetarnos de las manos. Así —comento, señalando cómo su mano ya sostiene la mía—. Te recuerdo que el plan es hacer creer que terminamos un mes después de la boda, ¿no? No tiene sentido fingir que estamos perdidamente enamorados.

Theo asiente una vez y baja nuestras manos antes de soltar la mía.

Se muerde el labio inferior nuevamente mientras su mirada se posa en la mía, como si intentara descifrar mis pensamientos.

En realidad, solo me pregunto si para él también parezco indescifrable a veces, o si soy completamente transparente cada vez que estoy frente a él.

—¿Dónde quieres que te toque?

—¿Perdón?

—Quiero decir, ¿cómo te sentirías más cómoda en público?

¿Quizá si poso mi mano en la parte alta de la espalda?

—Mientras habla, siento cómo su cálida piel calienta la zona gélida y expuesta de mi espalda al descubierto—.

¿En tu espalda baja? —Pone su mano en esa parte de mi cuerpo—.

¿O en tu cadera? —Al decir eso, deposita ambas manos de una forma que me quita el aliento.

No sé si es parte del plan o solo instinto, pero con un suave movimiento aprovecha para acortar la poca distancia que queda entre nosotros, y solo temo que pueda escuchar mi corazón latir contra su pecho.

Porque a diferencia de mí, que solo parezco una gelatina a punto de derretirse, él permanece estoico e imperturbable.

Y por alguna razón, esa actitud decidida, con esa confianza radiante, me hace estremecer.

—Allí. —Siento cómo se me encienden las mejillas al escuchar lo grave que ha sonado mi voz—. En… en las caderas está bien.

—¿Y tú? —Quizás mi confusión es evidente, porque añade—: ¿Dónde te sientes cómoda tocándome?

—Eso deberías saberlo tú, ¿no?

—Willa, no me importa dónde me pongas las manos, solo quiero que lo hagas, punto. Pero que yo esté cómodo no significa que tú también lo estés.

—¿Quieres decir que si te pongo las manos en el cuello para estrangularte estarías bien con ello?

—El rollo pasivo no es lo mío, pero la idea de sentir tus manos en mi cuello, curiosamente, no me desagrada en absoluto.

—Mi comentario no ha tenido ninguna connotación sexual, Theodore. Solo bromeaba —respondo mientras inclino mi rostro, sintiendo las mejillas arder.

—Lo siento, es la única forma en la que puedo imaginar tal escena contigo.

Cuando mi mirada vuelve a posarse en su rostro, una suave sonrisa curva sus labios, una sonrisa que inevitablemente enciende un calor dulce en mi espalda baja mientras sus palabras resuenan en mi interior.

—Yo… —Me aclaro la garganta, sintiendo el pulso acelerado—.

Yo podría… —Mi mano busca instintivamente la calidez de su pecho, posándose suavemente sobre la tela—.

¿Te molestaría…? —Él niega con la cabeza, y una pequeña sonrisa nerviosa se dibuja en mis labios—.

¿Sabes? Deberíamos contratar un coordinador de intimidad, como en las películas —bromeo.

La sonrisa se transforma en una risa temblorosa, tan intensa que se vuelve inaudible, y sin poder evitarlo, apoyo la frente en la mano que aún mantengo sobre su pecho, buscando un ancla.

De no ser porque solo bebí dos copas de vino, diría que el alcohol está haciendo estragos.

Pero supongo que la fuente debe ser el resultado de algo más, tal vez de esta cercanía o de lo absurdo.

—Sigues haciendo eso —comenta, con una sonrisa pícara.

—¿El qué?

—Reírte cuando estás a punto de hacer algo que te avergüenza.

—Yo no hago eso —me defiendo, con los ojos llenos de lágrimas por la risa.

—Lo hacías en las clases de educación física antes de cualquier prueba.

No te gustaban los deportes, así que te daba apuro jugar voleibol o baloncesto, y siempre que iban a elegir los equipos, no parabas de reír —me recuerda mientras su mano se cierra suavemente sobre mi muñeca—. Por eso te elegían de última.

—No. Me elegían de última porque se me daba fatal jugar. Y por jugar fatal, me daba vergüenza hacerlo. Y como me daba vergüenza jugar, terminaba riendo hasta llorar, literalmente.

—¿Lo ves? También recuerdo cuando presentabas los proyectos, siempre tenías los ojos enrojecidos. Eras brillante en todas las materias, conocías los temas a la perfección, pero te avergonzaba tener que hablar en público, así que solo reías hasta llorar.

—Está bien —admito, rindiéndome con un suspiro tembloroso—. Sí, es una manía mía.

—Pero hoy no tienes porqué sentirte avergonzada, Willa.

—Ya, es que me siento… extraña. Todo esto, el plan, lo del novio falso, es tan…

—Absurdo, lo sé —admite.