Dulce, Amarga Vida 20
52%

20

Levanto la mano para admirar mi manicura; el esmalte azul marino crea un contraste llamativo con la palidez de mi piel, un efecto que encuentro agradable.

También me gusta cómo la luz se refleja en el aro de mi dedo índice, añadiendo un pequeño destello.

Sé que mi atención debería estar en otra parte, no en estos detalles superficiales, pero es una vieja costumbre, un intento de encontrar calma en la observación minuciosa.

Hoy, sin embargo, no funciona. Hoy, mi cerebro se niega a caer en esta táctica.

No me queda más remedio que respirar hondo, cerrar el puño y llamar a la puerta con dos golpes suaves, casi tímidos.

Demasiado tarde noto el timbre justo al lado. ¡Perfecto!

La puerta se abre y mis ojos encuentran de inmediato a Theodore: estoico, pero con una calma palpable. Una mano se apoya en el marco de la puerta, la otra descansa, oculta en el bolsillo de sus pantalones bajo el delantal que lleva puesto.

—Llegas pronto —dice con una sonrisa socarrona dibujada en el rostro.

—Llego puntual —le corrijo—. Tú siempre llegas puntual.

—Siempre llego a tiempo cuando salimos, no cuando me invitas a tu casa. —Se muerde el labio inferior, dudoso, antes de añadir—: Quiero decir, ¿qué invitado llega temprano?

—Aparentemente, yo. Ahora, si quieres, me voy y vuelvo en... veinte minutos. O mejor aún, no vuelvo. —Con fingida obstinación, ruedo los ojos y me giro para marcharme.

Pero Theo me detiene en seco cuando su mano atrapa la mía. Mi piel helada parece encenderse al contacto con la suya, mucho más cálida, y sin pensarlo bajo la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.

—La cena aún no está lista —murmura, casi disculpándose—. No quería hacerte esperar, eso es todo.

Su incomodidad es palpable. El tono grave de su voz, la suavidad en sus ojos, la leve tensión alrededor de sus labios... es evidente que se siente apenado. Theodore Schmidt avergonzado. Es una imagen interesante. No diría que lo disfruto, pero sin duda es una novedad.

—No mentías. —Un ligero tono divertido se desliza en mi voz—. Cuando dijiste que lo tuyo no eran las citas, hablabas en serio.

La mirada de Theo se ilumina de nuevo y sus labios se curvan en una sonrisa. Ha sido un desastre, sin duda, pero ¿quién soy yo para juzgar?

Alza una mano y, levantando un dedo, me pide que espere.

Entonces, cierra la puerta, lo cual me toma por sorpresa.

Pero antes de que pueda intentar descifrar sus intenciones, la abre de nuevo, vuelve a sonreír con todo ese encanto al que no debería estar acostumbrándome, y apoyando la mano en la robusta madera, centra toda su atención en mí.

—Gracias por venir, Willa. Estás… —su mirada recorre mi vestido— deslumbrante. Por favor, pasa, te estaba esperando. —Se aparta, permitiéndome entrar a su piso—. Zapatos, por favor.

Intento adivinar si habla en serio o solo bromea, pero cuando mis ojos siguen los suyos, descubro un pequeño zapatero junto al perchero.

No sé por qué me sorprende. No es difícil imaginar a Theodore priorizando la limpieza de sus suelos.

Apuesto a que tiene dispensadores de gel antibacterial estratégicamente ubicados y un purificador de aire funcionando.

—Siéntete como en casa —comenta, indicándome que lo siga.

Tardo un instante en acostumbrarme al frío de la madera bajo mis pies, pero esa sensación se desvanece cuando la mezcla de especias que impregna el aire hace que mi estómago ruja.

—Puedes poner la música que quieras —me indica, señalando su móvil sobre una estantería cercana.

La suave melodía de There is a light and it never goes out crea una atmósfera íntima, superponiéndose a nuestras palabras.

—¿Escuchas música mientras cocinas o solo has puesto The Smiths porque sabías que venía? —Le dedico una mirada mientras alzo una ceja, y sonrío con complicidad.

—Escucho música mientras cocino, pero he puesto The Smiths porque sabía que venías. —Su confesión va seguida de una sonrisa que solo refleja la mía.

—¿Cuál es…?

—Nueve, uno, ocho, cero, cero, nueve —responde antes de que pueda terminar de formular la pregunta. Justo antes de girarse para echar un vistazo a lo que hay en el horno.

—¿Esa es la clave de tu teléfono? ¿Me la das así sin más? —No disimulo la sorpresa en mi voz.

—No tengo nada ahí que deba ocultarte.

Vuelvo mi rostro hacia su teléfono, concentrándome en la pantalla mientras una inexplicable satisfacción florece en mi interior.

¿La razón? Escapa a mi entendimiento. Quizás se deba a que yo jamás entregaría mi teléfono así, a pesar de que su contenido se limite a aplicaciones de streaming, fotos aleatorias del cielo y notas fugaces sobre ideas de cócteles que me asaltan en los momentos más inoportunos.

Por pura curiosidad, empiezo a explorar su lista de reproducción. Abundan Jeff Buckley, Eric Carmen, Leon Bridges, y…

—¡No puede ser! ¿Hablabas en serio con lo de Taylor Swift? —exclamo, soltando una carcajada incrédula mientras lo miro.

—Jamás bromearía con algo de tal magnitud. Ya te lo dije. —Su tono es divertido, pero su expresión permanece impávida.

—A ver, dime tus tres álbumes favoritos de Taylor —comento divertida.

—Folklore, de seguro —responde sin pensar. Luego medita unos segundos y añade—: Midnights y Evermore .

Entreabro mis labios con una expresión de sorpresa bastante exagerada, que da paso a una risita.

— Red, Folklore y Evermore . —Hago referencia a los míos—. Estuviste muy cerca, amigo.

Theo esboza una sonrisa antes de sacar unos platos del armario, los apila sobre la encimera, mientras yo me dispongo a buscar una canción que considero perfecta para este momento.

—Vale, esta es una de las mejores canciones de uno de los mejores musicales de la historia —comento mientras las primeras notas de City of Stars empiezan a sonar.

Theodore vive en un loft en pleno Beekman.

Como es de esperar, el lugar derrocha opulencia y amplitud, con una decoración donde los tonos neutros del mobiliario resaltan sobre la madera del suelo y las paredes lisas.

Una pared de cristal inunda el espacio de luz natural, añadiendo calidez y ofreciendo una vista atractiva de la ciudad, creando un ambiente muy acogedor.

Mientras Theo permanece en la cocina, con las manos apoyadas en la encimera y la atención fija en mí, avanzo lentamente hacia el centro del loft, deteniéndome a unos metros frente a él.

—¿Has visto La La Land ? —pregunto, girando al ritmo de la música con unos movimientos muy lentos, bastante sutiles que, en mi cabeza, se asemejan a pasos de ballet.

Estoy casi segura de que en mi mente se ven mejor, pero no me importa en absoluto. Desde que salí de casa, es la primera vez que mis nervios se disipan, que una sensación de seguridad florece en mí, y no pienso renunciar a ella. No voy a dejar de saborear esta calma que ahora mismo me invade.

—La he visto cientos de veces —continúo, cerrando los ojos por un instante—, y siempre me pregunto lo mismo: ¿qué es peor?

¿Conocer al amor de tu vida en el momento equivocado o no conocerlo en absoluto?

—Al abrir los ojos de nuevo, me encuentro con la mirada de Theo, adornada con esa sonrisa ladeada que dibuja un hoyuelo encantador en su mejilla.

Algo dentro de mí se agita, algo que intento ignorar—.

También me pregunto por qué la Academia decidió no premiarla como Mejor Película, pero ese es otro debate.

—Aclaro mi garganta y me recompongo mientras camino hacia él.

El coraje se desvanece en cuanto recuerdo el verdadero motivo por el que estoy aquí.

Apenas salí de la reunión con Percival, llamé a Theo para compartir la buena noticia.

Me convencí de que lo hacía porque no tenía a nadie más con quien celebrarlo, pero la verdad es que su nombre fue el primero en cruzar mi mente.

Así que él propuso celebrarlo de la misma manera que lo hicimos cuando se presentó ante los australianos.

Solo que esta vez sería algo más íntimo.

Una celebración, sí, pero también un simple pretexto para saldar una cuenta pendiente entre nosotros.

La situación exigía un ambiente más íntimo, y las dos opciones que me vinieron a la cabeza fueron su piso o un hotel.

Así que aquí estamos. Aquí estoy, sentada frente a él, en la cocina de su loft, fingiendo tranquilidad.

Ayer, cuando recurrí a Cynthia en busca de ayuda, todo parecía más sencillo.

Me di cuenta de que carecía de algo apropiado para ponerme en una cita.

Probablemente le dije algo como: «Cynthia, si una amiga tuya tiene una cena importante, ya sabes, con su novio, ¿qué crees que debería llevar?

». Y ella respondió «Un par de condones en el bolso, evidentemente», acompañado con una risita.

Luego me dió la respuesta que realmente quería escuchar: «Debería ser algo atrevido, pero elegante.

Nunca subestimes la elegancia. Igual, si quieres, te acompaño a comprar algo después del trabajo».

Así fue como terminé comprando este minivestido azul marino, de corte recto y cubierto de pequeñas cuentas que, hasta hace media hora, me hacía sentir como una princesa, y ahora, sentada sobre el frío cuero del taburete, no dejo de pensar en lo expuestas que están mis piernas.

—Nunca me has contado por qué te gusta tanto el cine. —La voz de Theo me obliga a abandonar mis pensamientos—. Sé que te gusta un montón, pero nunca me has dicho por qué.

—Es gracias a mi padre —respondo con orgullo, casi de inmediato, mientras Theo empieza a servir vino en las copas que reposan sobre la encimera—.

Mi padre me enseñó a amar las películas de la misma forma en que él lo hacía.

Aunque creo que no esperaba que también me salvaran de la misma forma en que lo salvaron a él.

—¿A qué te refieres? —me pregunta mientras se dirige al horno.

—Mi padre creció en una familia... un poco caótica —empiezo a contar—.

Parece que sus padres siempre estaban bebiendo, gritando o peleándose.

Cuando se sentía atrapado en ese infierno, aún siendo un niño, mi padre cogía su bicicleta y huía al cine, y durante el tiempo que durara la película, sus problemas desaparecían como por arte de magia.

—Hago una pausa para aclarar mi voz—. Siempre decía que las películas eran su trinchera, su refugio.

De hecho, soñaba con dedicarse a ello, ¿sabes?

Apenas cumplió los dieciocho, dejó su pueblo en Irlanda y se mudó a Nueva York con la ilusión de estudiar cine.

No era un genio académico, así que sabía que tendría que trabajar muy duro para pagar sus clases, pero a veces, ni siquiera eso basta.

En el camino, conoció a gente increíble, todos creativos y con inquietudes artísticas.

Entre ellos, mi madre. Empezaron a salir y se convirtieron en el ancla del otro.

Hasta que un día, mi padre dejó de luchar por su sueño y encontró trabajo como proyeccionista.

Para él, el mejor trabajo del mundo. Y aunque no llegó a dirigir como siempre quiso, su amor por el cine nunca se apagó.

De alguna manera, esa pasión me la transmitió a mí.

—¿Qué hay de ti? —continúa—. ¿Por qué dices que las películas también te salvaron?

Aunque sé que con Theo podría hablar de ello, no me siento del todo cómoda exponiendo una parte de mí que durante años he tratado de esconder. No descarto sincerarme en algún momento, no ante él, pero no creo que este sea el momento indicado.

—¿Qué es eso que huele tan delicioso? —pregunto mientras me inclino hacia adelante, intentando dar un vistazo a la bandeja que un par de minutos antes sacó del horno.

Theo pone los ojos en blanco; ni siquiera se inmuta en disimular que se ha dado cuenta de lo que he hecho —mi intento de desviar la conversación— ha sido muy evidente. Pero no comenta nada al respecto; en cambio, se dispone a servir el gratín en cada plato.

—Un plato que preparé pensando en ti —responde mientras se dirige a la mesa que está justo detrás de mí.

Me giro para mirarle con cierta vacilación; él me concede una mirada cómplice. Se quita el delantal y lo deja sobre la encimera, mientras yo me dirijo a la mesa y me deleito con el aroma que emana cada plato.

—Si preparaste esto pensando en mí, ¿se supone que ahora soy… tu musa? —le pregunto divertida mientras tomamos asiento. Él se sienta en uno de los extremos de la mesa, yo a su izquierda.

—No lo había pensado de esa forma —responde tras vacilar un par de segundos—, pero tienes razón. Después de todo, una musa es alguien que despierta fascinación y admiración en un artista, ¿no?

—¿Y yo despierto fascinación y admiración?

—Tú despiertas muchas cosas en mí, Willa.

La intensidad de su mirada aniquila mi sonrisa y me obliga a inclinar el rostro en un burdo intento de ocultar mis mejillas, en caso de que delaten el calor abrasador que me invade.

—¿No has cambiado de parecer, verdad? —me pregunta. Lo miro nuevamente, con cierta cautela, mientras sacudo la cabeza.

—Bien —responde él—, porque mientras me lo permitas, te voy a demostrar cada cosa que me haces sentir. Y créeme, Willa, fascinación y admiración son dos sentimientos apenas superficiales en comparación.