Dulce, Amarga Vida 19
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Hoy tengo reunión con Percival y no he podido dejar de pensar en ello desde que desperté esta mañana.

De hecho, no he dejado de pensar en ello desde ayer.

Vale, desde anteayer. Me pregunto si ya tendrá listo el plan de negocio.

Confío en su palabra, pero me extraña que no me haya llamado para confirmar la reunión ni para cancelarla.

Entiendo que quizás esté muy ocupado y no tenga tiempo o ganas de confirmar un plan programado con antelación.

Sin embargo, podría haberle pedido a su asistente que lo hiciera.

Aunque, pensándolo bien, eso probablemente lo haría solo si hubiera algún cambio inesperado, ¿verdad?

Si no hay noticias, supongo que la reunión sigue en pie. O tal vez lo que ocurrió es que…

Casi agradezco que Louis me saque de mis pensamientos, si no fuera por la brusquedad con la que lo hace, dejando caer sobre mi escritorio al menos una veintena de carpetas. El golpe seco del papel contra la madera me hace dar un respingo.

—Necesito que lleves esto al archivo —suelta, cortante.

—Ese ya no es mi trabajo, Louis —respondo tras aclararme la garganta y enderezarme en la silla—. Para eso está Martin, el nuevo becario.

—Pues supongo que Martin estará ahora mismo en el archivo, porque en su puesto no está. Y da la casualidad de que necesito guardar estos expedientes ahora mismo, así que podrías hacerlo tú.

Lo haría, de verdad que hace unos meses lo habría hecho.

Igual que hacía el café cuando me lo pedían o tenía que editar e imprimir etiquetas para cada uno de sus expedientes antes de archivarlos aunque era algo que no me correspondía.

Pero Leah tiene razón: es momento de priorizar mis intereses, no los de los demás.

Está bien ayudar, no satisfacer caprichos.

—No pienso hacerlo —suelto, tajante.

—¿Perdón? —Suena casi ofendido.

—No pienso hacerlo —repito—. Mi trabajo aquí, ahora mismo, es Analista de Ventas Junior, lo que significa que no tengo por qué moverme de mi puesto para facilitarte el tuyo.

Si Martin no está, tienes dos opciones: esperar a que llegue y pedirle amablemente que archive esos expedientes, o puedes ir tú mismo y hacerlo solo. No es tan complicado, Louis.

—Ese no es mi trabajo —refuta.

—El mío tampoco era tener que identificar cada una de tus carpetas porque a ti, sencillamente, te daba pereza hacerlo, y aun así lo hacía. Pero ya no. —Miro la hora en mi reloj, por enésima vez—. Si me disculpas, tengo que irme.

Con un clic seco, cierro el portátil y me pongo de pie. La mirada de Louis oscila entre el reproche y la sorpresa. Su mano se posa sobre la montaña de expedientes mientras yo, imperturbable, tomo mi bolso.

—¿Y además te vas antes de hora? —murmura, negando con la cabeza con incredulidad fingida.

—Así es, y te recomiendo que no dejes ese caos ahí —señalo las carpetas que reposan en el escrito—, porque si lo haces, mi siguiente destino es Recursos Humanos. Haré algo que debí hacer mucho tiempo atrás.

—¿Ah, sí? ¿Y qué sería exactamente? —Se interpone en mi camino, cruzando los brazos con desafío.

—Presentar una queja formal por tu comportamiento hostil.

—¿«Comportamiento hostil»? —Suelta una risita condescendiente—. ¿Solo porque comenté que me parecía una locura que estudiaras una carrera para no ejercerla?

—¿De verdad...? —Mi ceño se frunce, y niego lentamente con la cabeza—.

¿Crees que se trata solo de eso? Es por cada vez que has minimizado mi trabajo con tu condescendiente «solo organizas papeles», por cada vez que te has negado a facilitarme alguna información escudándote en tu supuesta falta de tiempo, es por cada una de las veces que he notado tu mirada asquerosa hacia mi escote, incluso cuando he intentado cubrirme para evitarlo…

—Por favor, no seas exagerada —se queja, rodando los ojos con fastidio—. No seas tan dramática.

—Debo irme —digo pausadamente, con una claridad que no admite discusión.

Inspiro hondo mientras me marcho, intentando mantener la compostura, mostrándome segura de lo que acabo de hacer, porque lo estoy.

Aunque siento que el corazón se me va a salir por la boca, no me cabe duda de que he hecho lo correcto.

Sé que mi estado de ánimo no es permanente, no es más que un efecto secundario de este inesperado acto de valor, sé que es lo que debí haber hecho hace mucho tiempo.

Llamo a la puerta del despacho de Parker y me dice que pase. Apenas entro, me dedica una sonrisa antes de volver a centrar su atención en el monitor que tiene justo delante.

—Eh, Parker, venía a decirte que ya me voy.

—¡Ah, claro, Willa! No me acordaba… —Se gira en su silla hacia mí y, tras dudar un segundo, pregunta—: ¿Todo bien?

—Sí —afirmo. Aunque no estoy muy segura de a qué se refiere. ¿Se habrá enterado de lo que acaba de pasar?

—Te lo digo porque no sueles pedir días libres y es la segunda vez en lo que va de mes que lo haces.

—¡Ah! Sí, sí, todo bien —reafirmo con más convicción. Hago una pausa, Parker me mira con clara expectación, así que me apresuro a decir—: Hablaré contigo… Tengo que hablar contigo —me corrijo—, pero lo haré en unas semanas, ¿vale? Probablemente cuando vuelva de la boda.

—¿De la boda? —repite para sí, algo confundida—. ¡Ah, la boda de tu mejor amigo!

Mientras tamborileo los dedos contra el frío metal de la puerta, sopeso la idea de ser honesta con Parker. Lo haré, pero en el momento oportuno. Por ahora puedo comentarle algo más urgente.

—Parker, supongo que tarde o temprano lo sabrás, pero acabo de tener un altercado con Louis. Y mañana pienso presentar una queja en Recursos Humanos.

—¿Qué te ha hecho? —Entreabro los labios, pero en ese instante parece intuir lo que voy a decir—. Déjalo para mañana, seguro que se te hace tarde. Y has hecho bien, Willa. Si consideras que su comportamiento amerita una queja, adelante.

Asiento e intento esbozar una sonrisa. Me despido de Parker y también de Cynthia cuando paso frente a su escritorio para coger el elevador.

*  *  *

Después de casi media hora de viaje, me bajo un par de calles antes de la Avenida Madison.

Debería disfrutar de este clima cálido y del susurro de los árboles movidos por la brisa fresca que se siente en esta parte de la ciudad, especialmente antes de sucumbir al caos del lugar al que me dirijo, pero no puedo quitarme de la cabeza las cientos de posibilidades a las que podría enfrentarme en cuanto ponga un pie en el piso veintidós del Edificio Look.

¿Y si Percival hizo el plan pero le parece poco convincente?

¿Y si cree que ningún banco se atrevería a darme ni un centavo porque no cumplo todos los requisitos?

¿Y si me dice que no me van a dar ningún crédito porque mi idea es espantosa?

¿Y si me aconseja que no me arriesgue porque mi plan es una mierda?

¿Y si vuelvo a pillar el autobús y me voy a casa, lo llamo para decirle que me he puesto enferma y no puedo reunirme, y renuncio a todo esto?

¿Y si lo hago y no me cree, y termina pensando que soy una cobarde?

Las náuseas me golpean con fuerza, hasta el punto de que me llevo una mano a la boca, pero esta vez vienen acompañadas de una sensación reveladora: puedo hacer esto igual que me acabo de plantar ante Louis.

—Necesito ocuparme, no preocuparme —susurro para mí misma.

—¿Perdón? —pregunta la recepcionista, que está a pocos metros de distancia—. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Eh, sí. Tengo una cita con Percival Schmidt.

—Claro, Willa Gallagher, ¿verdad?

Me indica que siga, que me están esperando.

De camino, me aborda la asistente personal de Percival, quien me acompaña hasta su despacho y se encarga de llamar a la puerta.

En cuanto me ve, me hace un gesto para que entre.

Y eso es justo lo que hago. Él está en medio de una conversación acalorada, pero eso no le impide señalar la silla que está justo delante de él, indicándome que me siente.

Su asistente nos deja a solas; yo se lo agradezco con una sonrisa y ella me devuelve el gesto antes de marcharse.

—No es nada personal, Rami —suelta Percival sin prestarme la menor atención—.

Pero ya sabes cómo va esto. Confío en ti, confío en el análisis que hicieron del sitio, pero también confío en mi propio criterio.

Sobre todo, confío en mi criterio y, aunque nada me gustaría más que tener un Snappy Bites en pleno centro de Vancouver, me gustaría echarle un vistazo al local personalmente.

Así que quédense allí hasta mañana a que llegue y pueda ver el sitio.

Desvío la mirada, fijándome en una escultura que adorna uno de los rincones del despacho mientras él alarga la conversación un par de minutos más.

No me doy cuenta del ritmo frenético de mi pierna bajo la mesa hasta que él se calla y el tacón resuena contra el suelo de madera.

Entonces me detengo en seco y le presto atención.

—Willa, perdona que te haya hecho esperar —dice mientras coge una carpeta.

—No, no te preocupes —respondo, absorta al echar un primer vistazo al folio que encabeza el documento.

—Aquí tienes tu plan de negocio, Willa. Todo, absolutamente todo —recalca—.

El análisis de mercado, la descripción de la empresa, las protecciones, la estrategia de marketing, el presupuesto.

Aquí tienes todo lo necesario para salir de esta oficina e ir directamente al banco —dice mientras levanta la carpeta—. Pero, por favor, no lo hagas.

¿Qué?

Se me detiene el corazón, te juro que no escucho absolutamente nada después de lo que ha dicho, ni siquiera mi respiración acelerada, ni el crujir del cuero de la silla bajo mi peso. Nada, absolutamente nada. Me quedo en blanco, anticipando el peor de los pronósticos.

Es terrible, definitivamente mi plan es terrible. Se ha dado cuenta de que es un paso en falso, que es insostenible, que es absurdo. Lo sé, y ahora él también lo sabe.

—¿Willa? ¿Estás bien? ¿Has oído lo que te he dicho?

—Que… Que no vaya al banco.

—Después de eso, ¿has oído lo que he dicho? —Niego con la cabeza. Entonces él se inclina un poco hacia mí y, apoyando ambas manos sobre la carpeta, anuncia—: Quiero ser tu prestamista.

—Perdona, ¿cómo dices?

¿Qué lógica hay en que él quiera financiar un negocio que considera una mierda? Pero en un abrir y cerrar de ojos, mi confusión da paso a una ligera sorpresa: no lo he escuchado decir eso, yo lo he pensado. Si Percival se ofrece como prestamista, es por algo más…

—¿Te lo sugirió Theo? ¿Theo te pidió ser mi prestamista porque yo no acepté que él lo fuera?

—Absolutamente, no. —Se rie con sorna, meneando la cabeza—.

Si Theo te ofreció el dinero que necesitas, es porque a estas alturas sería capaz de lanzarse por un puente si eso te hace feliz.

Yo lo hago porque creo en esto —afirma, moviendo la mano con vehemencia sobre la carpeta—.

Quizás Theo te lo comentó, pero mi empresa va más allá de Snappy Bites, he invertido en otros proyectos.

Sin embargo, en este caso, quiero ser tu prestamista.

—Hace una pausa, y al ver mi ensimismamiento, añade—: Tengo diez años en esto, Willa.

Sé que tu idea tiene una base sólida. Cuanto más la estudiaba, más me entusiasmaba.

Me muerdo el labio inferior, aún aturdida, incapaz de procesar la buena nueva porque lo es, ¿verdad? Percival está dispuesto a prestarme el dinero que necesito para… para…

—Lo siento —apenas logro articular mientras me seco una lágrima que asoma—. No sé qué decir. No sé que pensar.

En realidad, mi mente bulle de preguntas, pero siento un miedo irracional a que cualquier palabra o gesto disipe esta increíble oportunidad, mostrándome que solo es un espejismo.

—Mira, Willa. No voy a engañarte. Me encargué de investigar las tasas de interés que manejan los bancos y la mayoría ofrecen lo mismo: tasas de interés del quince por ciento trimestrales o del veinte por ciento semestrales.

Yo te ofrezco tasas semestrales con un interés del diez por ciento y un primer año de carencia porque sé perfectamente que iniciar un negocio no es fácil, bajo ninguna circunstancia.

—¿Por qué…? ¿Por qué me ofreces esto?

—Ya te lo expliqué: porque veo potencial en esto.

Porque confío más en tu visión que en la frialdad de los bancos.

Y, admitámoslo, porque mi ego disfruta la idea de poder decir «yo estuve aquí» cuando Sip a Scene!

se convierta en un referente en el SoHo.

—Sonríe con un deje de orgullo y me ofrece la carpeta—.

No necesitas darme una respuesta inmediata.

Reflexiona sobre ello. Incluso, si tienes un abogado de confianza, no dudes en que revise mi propuesta. Toda la información relevante está ahí.

Una oleada de emoción y euforia me deja sin palabras.

Lo único que puedo hacer es tomar la carpeta con manos temblorosas y observarla, permitiéndome por un instante soñar despierta con un universo paralelo donde Sip a Scene!

es una realidad tangible. La vida que una vez anhelé parece, de repente, mucho más cercana.