Dulce, Amarga Vida 18 #2
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18 #2

—Algo así. Me dijo que Eli quería hablar conmigo, y que lo mejor era escuchar lo que tenía que decir.

Por supuesto, me negué, pero mamá me dijo un par de cosas que me hicieron cambiar de opinión.

—Le da el último sorbo a la copa antes de añadir—: Me dijo que tenía derecho a estar enfadado por cómo nos dejó, pero no por habernos dejado.

Mi madre me dijo que a veces un mal menor es necesario para evitar un mal mayor.

—Exhala pesadamente—. Sabía a qué se refería, pero igual quiso que mi padre me lo explicara.

Así que, el verano antes de mi último año, papá volvió a casa para hablar conmigo.

Nos reunimos en la misma mesa donde nos había dejado tres años antes.

—Su sonrisa burlona se tuerce en una mueca—.

Se disculpó por haber soltado aquella bomba sin pensar realmente en cómo iba a reaccionar, pero me dijo que su decisión era inevitable.

El matrimonio entre ellos llevaba años yendo fatal.

Pero entonces conoció a alguien más, a «alguien realmente especial».

Básicamente, mi padre decidió rehacer su vida, pero no con mi madre, no con nosotros, sino con una nueva familia.

—¡Vaya! —pienso en voz alta.

—Sí, vaya. Ese día también me dijo que nunca pensó en abandonarnos, ni a mi hermano ni a mí.

Ni siquiera a mi madre porque, aun cuando ya no la amaba, seguía siendo, pues eso, la madre de sus dos hijos.

—El típico discurso patriarcal—. Que si yo se lo permitía, las cosas entre nosotros seguirían igual.

—¿Y ahí fue cuando lo perdonaste?

Él asiente.

—Sí. Lo hice porque le quería. A pesar de sus errores, le quería.

Mi papá, al igual que mi mamá, lo era todo para mí.

Y mi madre ya le había perdonado, así que...

—Se encoge de hombros—. Además, sabía que tenía una hermana de dos años que me moría por conocer y, mientras estuviera enfadado con mi padre, no podría hacerlo.

El silencio viene acompañado de una sensación reconfortante que se agita dentro de mí, haciéndome sonreír.

Me doy cuenta de que podría hacer esto por lo que resta de noche, de semana, de mes.

Yo, quien he pasado mi vida huyendo de cualquier conexión emocional con todo el mundo, estoy genuinamente disfrutando de la compañía de alguien. De Theo.

—Esto… se siente bien —me atrevo a confesar.

—¿El qué? —me cuestiona con interés.

—Saber que confías en mí. Escucharte. Saber que tú también escuchas todo lo que tengo para decir —casi susurro.

—Siempre lo he hecho, Willa. Ya te lo dije.

—Sus labios también se curvan en una sonrisa.

Se queda en silencio por un par de segundos mientras su mirada permanece fija en la mía—.

Sé que te encantan los musicales, aunque algunos clásicos te resulten aburridos.

Sé que prefieres el otoño al invierno y disfrutas más de la primavera que del verano.

Sé que te gustaba ir al instituto los días de lluvia, incluso cuando odiabas aquel lugar.

Sé que te gusta el queso, especialmente el Gouda.

Sé que te gusta Ryan Gosling, pero detestas The Notebook .

Sé que eres buena con los números, aunque no te gustaba cursar matemáticas.

Sé que te uniste al club de debate con el plan de conseguir una beca y al de teatro para ayudarte a superar el pánico escénico.

Disfrutabas del club de lectura y por eso en la universidad también te apuntaste a uno.

Sé que tu asignatura favorita era inglés, pero odiabas al profesor Anderson porque lo considerabas un incompetente en la materia, y creo que tenías razón, quizás por eso a mí se me daba tan mal.

—Suelto una risita ante su comentario—. Sé todo eso, Willa, porque te escucho.

Porque si te tengo cerca, no haré otra cosa más que prestar atención a todo lo que haces.

—Hace una pausa—. ¿Recuerdas el otoño en que no paraste de hablar de Taylor Swift?

Un día ibas caminando por el patio principal del instituto con Logan, y los chicos y yo nos acercamos.

Tú no dejabas de hablar de su nuevo álbum, y yo no dejaba de escucharte.

Cuando llegué a casa, lo descargué y lo escuché.

Todo lo que quería hacer era volver al día siguiente y poder hablar contigo.

—Cuando me dijiste aquella vez que te gustaba su música, ¿no era una broma? —le cuestiono, atónita.

—¿Por qué haría algo así?

Porque eso es justo lo que hacían los demás. Era exactamente lo que hacían mis compañeros de primaria. No paraban de llamarme «Perdedora» después de imitarme con frases como «Mirenme, soy una ñoña a la que le encanta ver películas ñoñas todo el tiempo», seguido siempre de un coro de risas.

—¿Por qué eras un imbécil? ¿Por qué convertiste el momento más traumático de mi vida en una asquerosa broma?

No estaba acostumbrada a que Theo fuera amable conmigo, no estaba acostumbrada a que (casi) nadie lo fuera.

—Yo no… —empieza a hablar mientras su expresión se tensa.

—No te lo estoy recriminando —le interrumpo—. Has demostrado que eres un imbécil, pero ya no tanto.

Su rostro apenas se ilumina con una sonrisa ladina, pero tan pronto me ve sonreír también, sus labios se curvan aún más.

—Esta noche —vuelvo a hablar, en un tono aún más bajo—, cuando me enteré de que debía quedarme en casa cuidando a Ronnie, que no podía ir a tu piso, sentí un alivio. No creo que esté lista para…

—No haremos nada que tú no quieras —me interrumpe.

—Lo sé, pero… — ¿Y si lo quiero todo?

He deseado muchas cosas, he dejado que el miedo me las arrebate todas. ¿Y si lo quiero a él? ¿Y si se convierte en algo demasiado abrumador y debo renunciar también a ello? ¿Y si él no está dispuesto a… más?

Escucho el sonido de la puerta, y un segundo después, mamá aparece en el salón.

Encuentra a Ronnie dormida, así que camina casi a hurtadillas hasta nosotros.

Theo se pone de pie y dice que debería irse porque ya es tarde.

No quiere robarnos ni un minuto más de nuestro tiempo, pero sé que mamá estaría muy a gusto con su presencia, y la verdad es que por mí podría quedarse otras tres horas más si así lo deseara.

Theodore Schmidt está alterando el curso de mi vida de una forma casi insoportable.