18
De vuelta a la cocina, tras asegurarme que Ronnie aún sigue dormida, busco en el armario dos copas y la botella de vino que me regalaron en el trabajo el día de San Valentín.
Mientras sirvo la bebida, escucho el ruido de los platos en el fregadero.
Theo ha empezado a lavar los trastes. ¿Debería decirle que no hace falta que lo haga?
El simple hecho de aparecer y no dejarme en esto sola, ha sido más que suficiente.
Pero estoy cansada y lo último que me apetece es tener que limpiar la cocina sola a estas horas.
—No te pedí que te quedaras para esto, ¿sabes? —suelto, dejando una copa sobre la encimera, cerca del fregadero. Cuando levanta la vista, le ofrezco una sonrisa rápida, antes de probar el vino.
—Lo sé. Pero es mi desastre, así que lo recojo yo.
—¿Desastre? Si no has derramado ni una pizca de salsa en la isla —comento, poniendo los ojos en blanco mientras me siento en un taburete—. Se te da bien esto, y lo disfrutas.
—Se me dan bien muchas cosas que disfruto, Willa. Pero recuerda que esto viene con el trabajo. —Se gira hacia mí después de dejar la batidora en el escurreplatos.
—No, no solo la pizza. Me refiero a... esto, todo esto. —Mis manos se mueven señalando la cocina—. Enseñarle cosas a Ronnie, la paciencia que le tienes... el hecho de que le caigas bien.
—Lo último es inevitable, soy así de carismático —suelta con suficiencia.
Da un paso adelante, coge los platos que están en la isla y los mete en el fregadero—.
En cuanto a lo de tenerle paciencia, ya te lo he dicho, la práctica se la agradezco a Bethany.
Nunca viví con ella, pero he tenido que lidiar con ella.
Además, me costó mucho ganarme su confianza.
—Percibo cierta tristeza en esa última frase, pero lo dejo pasar porque justo en ese instante añade—: Y esto…
—mueve las manos de la misma forma que yo—, es algo que aprendí de la mejor.
Mi madre solía hacerlo con mi hermano y conmigo.
—¿Tu madre también es chef?
—Sí, bueno, en realidad no. Pero para mí, lo es. —Hace una mueca—. Es complicado.
—¿Quieres hablar de ello? —le pregunto, dándole un sorbo a mi copa de vino.
—¿De mi madre? —me pregunta, mientras empieza a secar los platos.
—Sí. De tu madre, de tu infancia. —Suspiro, y consciente del peso de mis palabras, añado—: Quiero saber más de ti.
Después de secarse las manos en la toalla, Theo coge la copa de vino y le da un sorbo.
Se acerca a la isla, deja la copa sobre ella y apoya ambas manos sobre la superficie de mármol.
Humedezco mis labios, observándole con cautela.
Me pregunto si, al igual que yo, él también tiene dudas.
Si se pregunta si soy del todo honesta, si realmente me importa o si solo estoy recopilando información para orquestar mi venganza.
Podría hacer las tres cosas, pero ahora, en este momento, solo me interesan las primeras dos.
—Mi madre, en un principio, quería ser chef —empieza a contar—.
Así que, al terminar el instituto, se puso a trabajar en Snappy Bites, ya sabes, para ahorrar dinero y poder pagarse las clases de gastronomía.
—Hace una pausa y da otro sorbo al vino—.
Empezó como camarera, luego pasó a trabajar como ayudante en la cocina.
Pero un día conoció al apuesto hijo del dueño, se enamoraron, se casaron, y poco después mamá se quedó embarazada.
Y eso fue todo —concluye con cierta amargura.
Niego con la cabeza, sin terminar de comprenderlo, así que pregunto—: ¿«Eso fue todo»? ¿Nunca llegó a estudiar gastronomía?
Theo frunce los labios, mientras su mirada se pierde en la nada por un instante. Opta por el silencio, quizás deliberando su respuesta.
—Mamá dice que, cuando tuvo a mi hermano entre sus brazos por primera vez, se dio cuenta de cuál era su verdadera vocación.
—Da un último sorbo a su vino antes de añadir—: Quería ser chef, pero descubrió que quería aún más ser madre.
—Hace un mohín casi imperceptible con sus labios—.
Un par de años después nací yo. Mamá se quedó en casa, criándonos, cuidándonos.
Le encantaba hacer eso, ¿sabes? Disfrutaba cocinar con nosotros, enseñarnos cada pequeño detalle, inculcarnos el amor por la comida.
Mientras tanto, mi padre convertía el negocio familiar en una franquicia y engañaba a mi madre con una mujer distinta cada noche, probablemente.
Claro, en ese entonces yo no tenía ni idea de ello.
Para mí, mi padre era como un héroe, y como buen héroe, tenía que trabajar un montón.
Un torbellino de preguntas me asalta, pero me contengo para no parecer una cotilla.
Aunque siento una curiosidad genuina, no es simple morbo por el culebrón de los Schmidt.
Sin embargo, es evidente que Theo aún está afectado.
A pesar de que intenta hablar con calma, su expresión tensa lo delata.
Me pregunto a qué edad se enteró de los líos de su padre, cómo se sintió él, cómo se sintió su madre.
Aun así, mi siguiente pregunta se desvía del tema.
—¿Te parece mal que tu madre renunciara a una parte de sus sueños? —suelto con cautela. Su tono de desaprobación me hace pensar que no le parece bien.
—No... no lo sé, ¿vale? —responde tras unos segundos de vacilación—.
No la juzgo si un día se dio cuenta de que quería ser madre y esposa a tiempo completo, pero...
a veces no puedo evitar pensar que mamá renunció a lo que pudo haber sido una vida mejor, solo por una familia rota —dice con desánimo—.
Mi padre la dejó semanas después de que mi hermano se mudara a la universidad.
Sin previo aviso. Estábamos desayunando y soltó, sin más, que se iba, que luego mandaría los papeles del divorcio.
Y lo hizo. —Hace una pausa—. Al menos cumplió su palabra —recuerda con amargura.
Hay que ser muy desalmado para dejar a tu mujer en medio de una comida familiar, delante de tu hijo adolescente. ¿Tendría catorce años? Incluso siento pena por él, aunque fuera ese mismo Theo el que un día decidió fastidiarme la vida en el instituto.
—¿Y tu madre qué hizo? No la juzgaría si me dices que le clavó un tenedor en la mano. —Mi comentario hace sonreír a Theo.
—Ella solo asintió y dijo que nosotros, mi hermano y yo, nos quedábamos con ella. En realidad, solo yo, porque mi hermano pasaría los siguientes cuatro años en la universidad. —Se encoge de hombros y señala mi copa con un dedo, diciendo—: ¿Hay más de esto?
—Sí, la botella está en el armario.
—¿Quién guarda el vino en el armario? —comenta mientras se dirige a buscar la botella.
—¿No lo hace todo el mundo? —Me encojo de hombros—. Al menos, una madre de sesenta años y una hija de casi treinta que solo beben alcohol en la cena de Acción de Gracias, sí —comento sonriendo.
—Ya veo —responde mientras llena su copa y la mía.
—¿Es prudente que sigamos bebiendo mientras estamos a cargo de una niña? —comento antes de darle un sorbo.
—Técnicamente, tú eres quien está a cargo de tu sobrina. Pero, lo hemos hecho bastante bien, ¿no? —dice mientras observa a Ronnie, dormida en el sofá a unos metros de nosotros—. Aun así, esta es la última copa de la noche —sentencia.
—¿Y tú qué hiciste exactamente? —le cuestiono, devolviendo la conversación a donde estábamos.
La pregunta del millón. Y por un segundo, creo que es la pregunta que él también temía escuchar. Su expresión cambia por completo y un asomo de dolor aparece en su mirada.
—No serías tú quien le clavó un tenedor en la mano, ¿verdad?
—No —responde con una sonrisa sombría—. Solo me levanté de la mesa, me encerré en mi habitación el resto del día.
Ignoré a mamá y, sobre todo, a papá. Cuando volví a salir, sentí que ya no era el mismo.
Te lo juro, puede sonar absurdo pero era como si mi forma de ver el mundo se hubiera alterado.
Vamos, que me sentía como el hijo al que Eli Schmidt había desechado.
—¡Pero no fue culpa tuya! —exclamo impulsivamente.
—Lo sé. Pero lo entendí unos cuantos años después. Primero tuve esa etapa de rebelde sin causa —se burla—. No quería seguir las normas ni en casa ni en el instituto, solo quería fastidiarlo.
Lo sé. A ver, no conocía el contexto de sus acciones, pero fui testigo de esa faceta en la que se paseaba por los pasillos del instituto con una arrogancia insoportable, creyéndose superior a todos.
—Pero me di cuenta de que mamá era la única que pagaba los platos rotos.
En casa solo estábamos ella y yo, y en el instituto, ella era quien tenía que aguantar las quejas de los profesores.
Papá, en cambio, se había largado de casa y nos había dejado allí tirados, porque ya se había comprado otra para vivir con su nueva familia.
Vamos, que estaba molesto con él, y con nadie más.
Así que dejé de comportarme como un imbécil.
—¿Y llegaste a perdonar a tu padre?
No quiero precipitarme con las conclusiones, pero no olvido que Theodore trabajó en el negocio de su padre hasta que este murió, así que supongo que la historia tiene un final feliz. O, al menos, no tan amargo.
—Sí, y fue gracias a mi madre —dice, dándole un sorbo al vino.
Con el pulgar, se retira una gota del labio y continúa—: Al final, mamá y papá hicieron las paces, ¿te lo puedes creer?
Primero, ella le soltó que era un hijo de la gran puta, no por dejarla, sino por hacerlo delante de mí.
Papá se defendió diciendo que no pensó que me lo tomaría así.
Al contrario, creyó que hacía lo correcto, porque tarde o temprano me iba a enterar, así que mejor escucharlo de una vez, ¿no?
—suelta con sarcasmo—. Pero dijo que quería pedirme perdón porque…
no quería perderme. Quería divorciarse de mi madre, no de sus hijos.
—¿Tu madre medió entre tú y él? —pregunto con curiosidad, apoyando los brazos en la barra—. Ya sabes, ¿para que perdonaras a tu padre?