17 #2
Ronnie le pega un buen trago y, mientras me mira, sonríe y levanta las cejas en señal de aprobación. Suelta un «¡Está buenísimo, tía Willa!» antes de beber otro poco. Busco la mirada de Theo, que me sonríe. Quizá sea cosa mía, pero me parece ver hasta un punto de orgullo en su cara.
Un par de minutos después, él sirve la pizza. Podría decir que me sorprende lo buenísima que está, pero la verdad es que ya me lo esperaba. Aun así, aunque tenía las expectativas altísimas, las ha superado.
Después de cenar, volvemos al salón. Theo me pregunta si Ronnie puede ver la tele, y al decirle que sí, le permite escoger una película para ver juntos.
Tras vacilar unos segundos, elige Star Wars: El Imperio Contraataca .
Ronnie se acurruca entre nosotros y se queda dormida antes de que empiecen los créditos finales.
La cubro con una manta, y en cuanto termina la película, apago el televisor, permitiendo que el silencio se apodere de la habitación un instante.
Entre Theo y yo hay un cruce de miradas cargado de complicidad, acompañado de una sensación que a estás alturas ya me resulta familiar.
No es como si leyera mi mente, es como si me leyera.
Es como si tan pronto posa sus ojos en mí, sabe de antemano lo que voy a hacer o a decir, solo espera a que yo lo confirme, algo que le resulta gratificante, además.
Saber que me conoce, que aunque quisiera, no podría pretender ser alguien más cuando estoy con él.
—Gracias —casi susurro, intentando no despertar a Ronnie.
—No es nada. —Esboza una sonrisa y tras hacer una breve pausa, añade—: Recordé cuando mencionaste cuánto te asusta la idea de hablar con ella —señala a Ronnie con la mirada— sobre… él —añade refiriéndose a mi hermano.
—¿Yo…?
¿Se lo mencioné? Creo que… ¡Oh, sí! El día antes de la fiesta de cumpleaños de Ronnie, Theo vino a recogerme a la salida del trabajo.
Lo hizo porque estaba lloviendo a cántaros y se ofreció a llevarme a casa; sin embargo, me aproveché de sus buenas intenciones y le pedí el favor de que antes me llevara a una juguetería porque, entre una cosa y otra, había pospuesto la compra del regalo de mi sobrina, pero no quería aparecer en la fiesta con las manos vacías.
Mientras íbamos de Spring Street a West Broadway, le hablé sobre los preparativos del cumpleaños, el regalo en el que mi madre había estado trabajando durante casi un mes, todo por la ilusión que le hacía saber que Ronnie compartía las mismas inquietudes que mi hermano.
Entonces empecé a hablar de él, de lo mucho que lo echaba de menos, de la rabia (inevitable) que siento cada vez que pienso en su repentina y, sobre todo, prematura muerte.
Benji era el hijo perfecto, el hermano perfecto.
Estaba destinado a tener una vida grandiosa.
En su primer año en la escuela, los maestros vieron en él un gran potencial y les sugirieron a mis padres que hicieran las gestiones para que estudiara en una escuela enfocada en las ciencias, para aprovechar así todo su talento, y lo hicieron.
Mi hermano estudió en un instituto privado gracias a una beca, y luego obtuvo otra para The Union Cooper.
Mientras cursaba su primer año, conoció a Michaela, que trabajaba en el campus, se enamoraron perdidamente y, un día, Benji volvió a casa y dijo que ella estaba embarazada.
Debo confesar que no me sorprendió del todo.
Bueno, me sorprendió un poco. Él siempre hablaba de graduarse en la universidad, mudarse a Texas y trabajar para la NASA.
Pero para entonces aún no había conocido a Michaela.
Por supuesto, a mis padres les hacía más gracia el primer plan, el de tener un hijo ingeniero con un futuro estable, que el de convertirse en padre con un futuro incierto.
Pero mi hermano insistió en que amaba a Michaela y en que quería formar una familia.
Y sí, el sueño de ser ingeniero y trabajar para la NASA seguía en pie, solo que quedaría en espera por un tiempo.
Benji dejó los estudios; sin embargo, uno de sus profesores le ofreció trabajo como su asistente.
Mis padres se quedaron más tranquilos al ver que no se había desvinculado del todo de la universidad, así tenían más garantías de que realmente retomaría la carrera.
Benji y Michaela pudieron alquilar un departamento, compraron cosas para la niña y finalmente se casaron.
Nació Ronnie. Un año después, mi hermano volvería a la universidad, trabajando a tiempo parcial con su jefe y mentor.
Cinco meses antes de que eso sucediera, murió.
—Es muy inteligente, Theo —casi susurro, cuando me atrevo a hablar de nuevo—. Estoy convencida de que nada de lo que le diga, excepto la verdad, será suficiente. Y aunque la muerte es inevitable, no deja de significar dolor, y definitivamente ningún niño debería estar expuesto a ello.
Llegará el momento, desde luego, cuando Ronnie tenga la edad suficiente para conocer los altibajos de la vida, el lado más oscuro que oculta nuestra mera existencia; mientras tanto, encontraré la forma de evadir esa conversación.
—Se te da bien esto —admito con una sonrisa.
—Tengo una hermana menor, sé lo complejo que puede ser.
Echo un vistazo a la hora, son casi las diez. Podría decirle que puede marcharse, ya ha hecho demasiado por mí, por nosotras. Es lo más sensato, lo sé, pero ¿y si no quiero? ¿Y si lo que más deseo, justo en este momento, es no separarme de su lado porque es lo más reconfortante del mundo?
—¿Está bien? —pronuncio sin pensarlo.
—¿El qué?
—¿Desear que te quedes?