Dulce, Amarga Vida 17
44%

17

Ahora sé que en mi lista de propósitos tengo que incluir hacer más ejercicio.

Si quiero cumplir todo lo demás, debo empezar por procurar mantener buena salud.

Hasta hace una hora, no me lo había planteado, pero apenas llevo veinte minutos corriendo por el salón y ya estoy sin aliento.

En mi defensa, no es fácil hacerlo llevando puesta una cabeza de marciano hecha de cartón, mientras persigo a una niña de seis años que es tres veces más rápida que yo.

Aún así, ya he apuntado mentalmente incluir en mi rutina semanal, al menos dos sesiones de cardio.

Hace un par de horas, una llamada de Michaela nos puso en un aprieto.

Su niñera habitual tiene gripe y, sin encontrar reemplazo, nos preguntó si podíamos cuidar de Ronnie esta noche.

Mi madre, siempre dispuesta, aceptó sin dudarlo.

Sin embargo, había un pequeño inconveniente: tenía una cita ineludible para ver el partido de los Mets con Frank.

Seguramente habría cambiado sus planes si yo hubiera tenido otros, pero cuando me preguntó si iba a salir, lo primero que me vino a la cabeza fue: «Sí, he quedado con Theo para que me enseñe a besar y quién sabe qué más», vamos, la pura verdad.

Sin embargo, como no se me ocurrió una excusa mejor, simplemente asentí cuando me pidió que me encargara de mi sobrina.

Así que, hace cuestión de una hora, tuve que cancelar mi encuentro con Theo.

Y ahora, aquí estoy, disfrazada de un marciano despiadado, persiguiendo a una valiente astronauta mientras sudo como si estuviera escalando una montaña.

—¡No me vas a atrapar! —La voz aguda de Ronnie resuena mientras se gira, empuñando con orgullo su pistola láser de cartón, una creación de mi ingeniosa madre, y simula un disparo.

—¡Auch! ¡Me has alcanzado! —Mi mano vuela a mi pecho, mi rostro contorsionado en una exagerada mueca de dolor.

En ese preciso instante, el timbre irrumpe en el caos. Cruzo los dedos para que sea mi madre, anunciando la suspensión del partido por lluvia.

Ella es la única capaz de entretener a esta pequeña terremoto sin recurrir a hipnotizarla con una pantalla ni de dejarme a mí al borde del colapso respiratorio.

Corro a la puerta con la esperanza como único motor, aunque mis piernas flaquean.

Pero al abrirla, no hay rastro de mi madre.

En su lugar, una figura imponente se alza ante mí, obligándome a inclinar la cabeza para encontrar esos ojos azules que...

—Willa —su voz grave y suave me envuelve—, tu belleza siempre es impactante, pero esta noche... me has dejado sin palabras.

Parpadeo, desconcertada. ¿Qué está pasando?

—¡Theo! —Me quito la cabeza de marciano, liberando mi cuero cabelludo y mi capacidad de procesar información—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a ofrecer mis servicios.

—¿Tus servicios de...?

—Tu mensaje, «Niñera de emergencia», seguido de tres emojis llorando era un auténtico llamado de emergencia.

Adoro a Ronnie, aunque una punzada de aprensión me recorre cada vez que sé que pasaré tiempo a solas con ella.

No es aversión al cuidado, lo he hecho antes.

Precisamente esa experiencia me recuerda mi tendencia al caos.

Anhelo que se divierta, pero me aterra malcriarla.

Y luego está el recuerdo de hace casi un año, cuando sus preguntas sobre su padre me paralizaron, dejándome sin respuestas.

Así que me inventé un juego: teníamos que estar calladas y la primera que hablara, perdía; la otra se llevaba un premio.

Cuando le conté mi estrategia a mi madre, me llamó «dictadora».

Y aunque me gustaría pensar que exageraba, lo cierto es que obligar a una niña a no hablar no es muy democrático, y menos aún didáctico.

Cuando me enteré de que volvería a quedarme a solas con ella, me sentí igual que aquella vez en que me preguntó por qué su papá se había ido lejos, por qué no se había quedado con ella y su mamá.

La idea de que volviera a hacer preguntas así me cayó fatal.

Entonces me propuse hacer lo imposible por evitar el tema de Benji.

Solo por eso, llevo media hora con una cabeza de cartón puesta y estoy dispuesta a llevarla tres horas más si es necesario, aunque muera en el intento.

—Ron, ven —digo, con un hilo de voz—, te presento a un amigo.

Me aparto, permitiendo que Theo entre. Mi pequeña sobrina avanza con tres pasos decididos y se planta justo frente a él.

—Hola, soy Ronnie —dice, ofreciéndole una manita con una formalidad que siempre me derrite.

—Yo soy Theo, Ronnie. —Él acepta el saludo con una sonrisa amable—. Y esto es para ti.

—¿Para mí? —pregunta Ronnie, sus ojitos brillando con una mezcla de incredulidad y anticipación mientras toma la bolsa—. ¡Genial! —exclama, sosteniendo entre sus manos un ejemplar de El profesor Astro Cat y los cohetes espaciales —. ¡Gracias, Theo!

En un abrir y cerrar de ojos, Ronnie ya está acurrucada en el sofá, absorta en las ilustraciones del libro.

—¿Pero qué...? —le susurro a Theo, acercándome a él en silencio, ambos contemplando la repentina calma.

—Lo compré cuando me dijiste que a tu sobrina le encantaba el espacio —responde en voz baja—. Pensaba dárselo para su cumpleaños, ya sabes, por si me invitabas como tu acompañante —bromea.

¿Está bromeando, no?

—Pensaba que una fiesta de cumpleaños de una niña te parecería un plan aburridísimo —respondo.

—Es imposible aburrirme estando a tu lado.

Sí, solo está de broma.

—Claro, porque sabes cómo sacarme de quicio, y eso siempre te divierte, ¿a que sí? —Mi voz suena grave, casi un susurro. Casi irreconocible.

—Exacto. —Su respuesta llega con una sonrisa socarrona.

—Pues… ¡¿Y si pedimos pizza?! —suelto de repente, con un tono demasiado alto.

Mi repentino entusiasmo por la cena no es más que un patético intento de desviar mi mente de Theo.

Cada vez que lo miro, mi imaginación vuela hacia escenarios peligrosamente íntimos, y mi corazón responde con una aceleración y un calor corporal que no recuerdo haber experimentado antes.

La verdad se revela con una claridad incómoda: quizás mi excusa para quedarme esta noche en casa no fue más que un intento de autoengaño, un pretexto para aplazar nuestra cita y lo que eso significa.

No porque no lo deseé, sino por evadir la posibilidad de que la conexión que encuentro en él sea única e irrepetible.

—¡Sí! ¡Pizza! —exclama Ronnie, levantando la vista del libro un segundo.

—Willa, me ofendes —dice Theo, llevándose una mano al pecho con mucho dramatismo—. ¿Pedir...? —Resopla y pone los ojos en blanco—. ¡Estando yo aquí! Podría hacerles la mejor pizza que hayan probado en sus vidas.

—¿Sabes hacer pizza? —pregunta Ronnie, alucinada, girándose hacia nosotros y apoyando los codos en el respaldo del sofá.

—Claro. Y si quieres, te enseño.

—A ver, un momento —intervengo, agitando las manos y poniéndome entre Theo y Ronnie—. Ronnie, Theo sabe hacer pizzas porque es chef. Pero hoy no va a poder prepararnos ninguna porque no tenemos harina en casa.

—¿Eres chef? —le pregunta Ronnie, fascinada. Estoy casi segura de que no ha oído la última parte—. ¿Como Gordon Ramsay? Mamá y yo vemos MasterChef siempre —comenta, con la barbilla apoyada sobre las manos.

—Sí, como Gordon Ramsay, pero mejor. —Le guiña un ojo a Ronnie, que suelta una risita—. Y respecto a lo que has dicho —añade, mirándome—, ¿quién necesita harina para hacer pizza?

* * *

La dedicación genuina siempre irradia una imagen casi mágica, y ver a Theo inmerso en su arte culinario lo confirma.

Observar cómo guía a Ronnie, con paciencia y precisión, en el ritual de construir una pizza, desde la selección de ingredientes hasta la colocación estratégica de cada uno, es un espectáculo encantador.

Mientras tanto, yo disfruto de tal escena, sentada en un rincón de la isla de la cocina, contemplando el avance de su colaboración.

Resulta que se puede hacer pizza sin harina.

Según Theo, hay varias alternativas, como calabacín (la mejor opción que ha encontrado en nuestro refrigerador).

También ha añadido jamón York, queso Gouda, tomate, pimiento, cebolla, aceitunas verdes y más jamón, porque a Ronnie le encanta.

Las salsas las ha hecho él mismo: tomate, vinagre, orégano y... miel.

—¿Miel en la pizza?

—No es en la pizza, Willa. Es para una de las salsas, solo un poco —aclara, mientras echa el líquido espeso sobre los ingredientes que ya están en la batidora—. Confía en mí, por favor. —Su comentario viene acompañado de una sonrisa ladina que termina de iluminar su rostro cuando me ve asentir.

Theo va soltando comentarios de vez en cuando, como: «Ronnie, es importante que le digas a tu madre que los tomates no deben estar verdes, si no, el sabor será completamente distinto» o «Antes de añadir sal al ingrediente que elijas como base, procura seleccionar el resto que vas a usar, así sabrás cuanta cantidad necesitas».

Ella se limita a asentir y a repetir en voz alta lo que él le explica.

—¿Y con qué acompañamos la pizza? ¿Tienes gaseosa, tía Willa?

—No…

—¿Y si le decimos a tu tía Willa que prepare un cóctel? —Se dirige a mí antes de añadir—: ¿Te parece bien?

Después de sopesar sus palabras, me doy cuenta que realmente me parece una gran idea.

Sé que mi sobrina, como cualquier niño, puede ser una jueza implacable y hundirme la moral en un segundo si no le gusta mi bebida.

Pero la cosa es que, por primera vez, me siento con la confianza suficiente para creer que sí le gustará.

—¿Ambos son fans de Star Wars, no? —les cuestiono mientras empiezo a explorar el frigorífico.

Escucho dos efusivos «Sí» mientras tomo algunas peras, kiwis y miel. Pocos ingredientes, pero puede valer. Lo mezclo todo en la máquina de batidos, agrego un poco más de miel y kiwi para equilibrar el sabor predominante de la pera, y añado hielo antes de servir.

—Aquí tiene  un cóctel Dagobah. —Totalmente improvisado.

—¿Como el planeta de Star Wars? —dicen los dos a la vez.