Dulce, Amarga Vida 16
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Fuera, las farolas brillan contra el cielo oscuro.

Las gotas de la lluvia torrencial resbalan por el cristal de las ventanas, descomponiendo la luz en destellos.

El frío intenta colarse, pero el calor acogedor del interior es un escudo perfecto.

Es esta burbuja confortable, la charla fascinante con Theo, esta cena que roza la perfección, todo conspira para que quiera quedarme aquí para siempre.

No es solo comodidad, es una punzada dulce, casi…

¿Podría ser esto romántico?

Ese pensamiento cruza mi mente y una sonrisa tonta se apodera de mí. Limpio mis labios con la servilleta, intentando disimular el gesto. Me gustaría deshacerme de esa idea, pero no puedo ignorarla, es demasiado insistente.

—¿Haces esto a menudo, verdad? —le pregunto con complicidad, después de dar el último sorbo a mi copa de vino. Necesito claramente un poco más de valor para soltar estas preguntas.

—¿El qué? ¿Hacer que las personas disfruten de una buena cena? —replica él, con un brillo travieso en los ojos—. Es mi especialidad, Willa. Literalmente. —Levanta su copa en un brindis silencioso, su sonrisa ahora franca y reveladora.

—No seas tonto, sabes perfectamente a qué me refiero.

—Hago una pausa. Él arquea una ceja ligeramente y me mira con evidente interés—.

Hablo de esto —digo, señalando la mesa con ambas manos: la cena, las luces tenues, la vela en el candelabro elegante, el vino carísimo, la comida deliciosa—.

Apuesto a que montas algo así cada vez que quedas con una mujer.

—Él, aún sonriendo, se encoge de hombros sin decir nada—. ¿Y funciona?

—Dímelo tú.

—No podría, yo no…

—No eres como las demás.

—Eso lo dices tú, no yo. —Ahora soy yo la que se encoge de hombros.

—Contigo es diferente, Willa. Contigo todo es diferente.

—Ya. Como sea, no era eso lo que iba a decir. —Vuelvo a sonreír, esta vez sin siquiera intentar disimularlo.

—¿Qué ibas a decir, entonces? —La curiosidad en su voz lo delata.

—Iba a decir que... que estoy muy a gusto ahora mismo, aquí contigo, pero no sabría decirte si está funcionando o no, porque esto no es una cita. —Él alza una ceja y yo lo miro con una mezcla de suficiencia y expectación.

—Técnicamente no lo es, tienes razón. Es solo una celebración, una cena entre amigos. Pero, seamos sinceros, las citas se parecen bastante a esto.

—Bueno, insisto, no sabría qué decirte. Más allá de lo que he visto en las películas, no tengo ni idea de cómo es una cita de verdad.

—¿Nunca has tenido una cita? —De nuevo, no puede disimular la sorpresa en su voz.

Niego con la cabeza. Él se queda en silencio, expectante, sin apartar la mirada de la mía. Solo desvía los ojos un par de segundos, lo justo para servir un poco más de vino en su copa y en la mía.

—La verdad es que yo tampoco hago... esto. Es mi primera vez. —Su mirada se encuentra con la mía una vez más. Entrecierro los ojos, intentando descifrar si habla en serio o me está tomando el pelo.

—Sí, claro —suelto con evidente sarcasmo—. ¿Y cómo haces para ligar con las mujeres?

—Existir y ya está. —Nuevamente se encoge de hombros con total indiferencia y bebe un sorbo de vino.

Lo miro fijamente, buscando alguna señal de burla.

Esperando el momento en que suelte la risa y me cuente sus tácticas de seducción, que probablemente incluyen cenas espectaculares, demostrando el efecto devastador de su atractivo combinado con su talento en la cocina.

Pero su rostro permanece impávido, sus ojos esperando mi respuesta.

—¿Me estás tomando el pelo, a que sí? ¿De verdad quieres que me crea que te basta con entrar en un sitio y… respirar para llamar la atención de... cualquiera?

—Básicamente, sí. Pero no de cualquiera. Contigo, desde luego, no funcionó.

—No me puedo creer que sea tan fácil —digo, negando con la cabeza, incrédula.

—Que tú seas inmune no significa que no funcione, Willa —suelta, fingiendo sentirse ofendido.

—No, es solo que... para mí es mucho más complicado ¿vale? Acercarme a alguien, hablarle a alguien ya es un deporte extremo. —Vuelvo a mirar a Theo y doy un sorbo al vino, desviando mi mirada una vez más—. Yo no podría. Vamos, que no.

—Pero si nunca has tenido una cita, ¿cómo quedas con alguien? —Levanto la cara y veo una curiosidad genuina, desprovista de burla. Dudo en responder.

—La verdad es que yo no... —Trago saliva, sintiendo un nudo en la garganta—.

Digamos que... eh... tú... Tú vas a ser el primero —respondo al final, intentando sonar divertida—.

Mi primer novio. Mi primera cita. Mi primer novio falso, quiero decir — me corrijo torpemente, escondiendo las manos bajo la mesa—. Vamos, que nunca he estado con nadie.

—¿Nunca...?

—Nada de nada.

Él tensa los labios hasta formar una línea y aparta la mirada, como si mi confesión fuera algo insoportable de contemplar.

Se recuesta en la silla, respira profundamente.

¿No va a decir nada? Este silencio solo alimenta una curiosidad que sé que debería reprimir, pero que me carcome por dentro.

Necesito saber qué demonios está pensando.

Por fin sus ojos vuelven a mí, pero su expresión es un muro impenetrable. ¿Desconcierto? ¿Frustración? ¿Una decepción profunda?

—Tenemos que parar esto —suelta de repente, con una firmeza que me hiela la sangre.

Por un instante, el aire se espesa a mi alrededor. ¿He oído bien? Sí, cada palabra resonó con una claridad brutal. Pero su mirada vuelve a clavarse en mí, intensa, casi desesperada, como si esas palabras nunca hubieran salido de su boca. Pero lo hicieron. Y mi mente lucha por darles sentido.

—¿Parar, qué? ¿De qué hablas?

—Se acabó el plan, Willa. Lo de ir juntos a la boda de Logan se cancela. No podemos seguir fingiendo esto.  —Su insistencia suena definitiva, como si no hubiera lugar para la negociación.

—¿Por qué no? —protesto, soltando una risilla nerviosa—. ¡Hemos llegado muy lejos! Ahora sé que Eric Carmen es tu placer culpable y tú sabes que a mí me encanta Hungry Eyes . ¡Íbamos a bailarla en la boda! Porque eso es lo que hacen los novios, ¿no? Y porque es algo que siempre he querido hacer…

—Eso no es lo único que hacen los novios —me corta.

—Ya lo sé, pero tampoco es que tengamos que liarnos delante de todos para demostrar que estamos juntos de verdad —suelto de inmediato.

—¿Alguna vez has…? Willa, ¿has besado a alguien?

—No, pero…

—¿Y habías pensado en la posibilidad de tener que hacerlo delante de todo el mundo? Está muy bien que sepas qué canciones salen en mi resumen anual de Apple Music, pero esto es distinto... ¿Eres consciente de que el plan incluía arrumacos y besos? ¿Sabes que los novios hacen esas cosas, verdad?

—Deja de hablar como un orientador de instituto.

Sé perfectamente lo que hacen los novios.

—Espero su reacción, pero sigue impasible, con aire testarudo—.

Es que... no pensé que fuera tan importante.

—No pensé en ello en lo absoluto. —Si tenemos que besarnos pues, podemos ¿no?

Algo breve, algo ficticio como en las películas.

Pero los besos de las películas no parecen falsos.

Parecen de ensueño, perfectos. Y sé que tiene razón.

Quienes conocen a Theo saben que él jamás se conformaría con ir de manos con su novia mientras le da besos en la mejilla.

Así que si llegase el momento, si tuviera que besarlo…

Que mi primer beso sea con Theo tampoco estaría tan mal, ¿no?

Después de todo, es con la persona que más contacto físico he llegado a tener.

—La verdad, me daría igual besarnos. —Me encojo de hombros, intento parecer relajada, trato de romper el silencio que se ha hecho entre los dos.

—Pues a mí no me da igual, Willa —casi refunfuña.

—No me he besado con nadie, ¿vale? No es como si tuviera una enfermedad contagiosa…

—Tu primer beso debería ser memorable —me interrumpe.

—Bueno, ya no soy una adolescente.

—¿Y eso qué importa?

—Que ya se me ha pasado la edad de romantizar esas cosas.

—Me decepciona un poco oírte decir eso. —Y, efectivamente, así suena, quizá un poco molesto también.

—Theodore, soy una adulta que aún está intentando entender cómo funciona la vida, que a veces solo desea que su cerebro le dé un respiro, aunque sea solo por cinco segundos.

¡¿De verdad crees que me importa si mi primer beso es épico o no?

! ¡Ni siquiera sé si llegaré a besar a alguien alguna vez, o si tendré sexo, o si me casaré o moriré sola!

No lo sé, realmente no lo sé, y pensar en ello me aterra, ¿vale?

No me aterra la idea de no conocer nunca ese tipo de amor; me aterra la simple idea de sentir esa conexión tan fuerte con alguien, explorar esa cercanía... Me aterra no ser correspondida, me aterra llegar a querer tanto a una persona y que luego se marche.

—Pero por alguna razón, si mi primer beso es contigo, no me parece tan terrible.

Dejo escapar un suspiro profundo, sintiendo una ligera liberación en el pecho.

Nunca había puesto en palabras estos temores, nunca los había compartido con nadie.

Y, curiosamente, hablar de ello se siente como quitarme un peso de encima.

No voy a mentir, sueño con una historia de amor inolvidable, pero ¿qué garantía hay de un final feliz?

¿Qué posibilidades tengo de encontrarla si el contacto físico me genera una ansiedad paralizante?

—Yo podría. —Vuelvo mi atención a Theo, a su intensa mirada y su voz profunda—.

Si me dejaras, podría besarte, podría tocarte, podría hacerte sentir la persona más especial del mundo.

—Hace una pausa, quizá esperando mi reacción, pero yo estoy pasmada, deseando saber si va en serio o si estoy alucinando con lo que acabo de oír—.

Por eso no podemos seguir con esto. Porque tú mereces algo real, algo que podría darte, pero no voy a aprovecharme de ti, Willa.

Tiene que ser a tu manera, siempre a tu manera.

—Ya te he dicho que no me parece…

—Eso no es suficiente para…

—¡Lo quiero! —pienso en voz alta—. Quiero que mi primer beso sea contigo.

Estaba dispuesta a besarlo por el bien del plan; ahora, una necesidad inesperada me impulsa a hacerlo.

Y sí, sé que es un paso que jamás consideraría con nadie más, al menos con nadie a quien haya conocido hasta hoy.

Sin embargo, con Theo, una sensación de seguridad casi abrumadora me envuelve.

Me desconcierta sentirme tan inexplicablemente conectada a él.

Pero la verdad es que, en su presencia, encuentro un refugio donde puedo ser auténtica.

Me hace sentir libre.

—Mira, Theo, sé de sobra que aún puedo conocer a alguien con quien pueda abrirme por fin...

sentimentalmente, quiero decir. O puede que no.

Y no te voy a mentir, que nunca haya tenido esa cercanía no significa que no la haya deseado, ¿vale?

La gente que fuma porros dice que es lo máximo, pero yo nunca lo he hecho porque me da miedo y, simplemente, no quiero.

Pero en este caso, aunque me da miedo, sí que quiero hacerlo y...

y hacerlo contigo no me parece tan mala idea.

¿Ves? Ahí está, todo mi torrente de pensamientos inseguros, vertido sin contención.

Y, por lo visto, ha sido una confesión demasiado honesta, porque Theo me mira con una sorpresa que roza el desconcierto, probablemente esperando la risa nerviosa que desmienta mis palabras.

Pero la verdad es que no hay vuelta atrás.

La verdad es que estoy genuinamente dispuesta.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué conmigo? Pensé que…

—¿Que te odiaba? —Él asiente—. Bueno, la verdad es que lo haría contigo porque, cuando me imagino con alguien más, entro en pánico, pero si me imagino contigo... quiero hacerlo.

Se me acaba de olvidar cómo respirar y a mi corazón se le acaba de olvidar cómo latir con normalidad. ¿Así que de esto se trata? Decir la verdad, decir lo que piensas, asusta hasta los huesos y, aun así, en la profundidad de este mar que se agita en mi pecho, casi vislumbro cierta calma.

—¿Estás segura...?

—¡Que sí!

Theo aprieta los puños con una fuerza contenida, sus nudillos pálidos como la cera. Su expresión, no obstante, es imperturbable, un espejo de la compostura que intento mantener mientras mi pecho amenaza con reventar con cada pulso acelerado.

Estoy segura, pero ¿de qué magnitud es esta certeza? ¿Qué límites estoy dispuesta a cruzar en este abismo de deseo? ¿Un beso fugaz? ¿Un roce de piel? ¿Una entrega total?

¿Todo?

Todo.