Dulce, Amarga Vida 15 #2
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—Las bromas eran lo de menos, pero sí me habría gustado que por lo menos me hubieran apoyado. —Hace una pausa mientras me observa detenidamente, con cierta tristeza en la mirada, quizá—. Tal vez… Si hubiera seguido adelante con el club, tal vez las cosas entre nosotros habrían sido distintas.

—Quizá, pero piensa que con tu idea inspiraste a alguien. A mí.

Una sonrisa cálida, cargada de gratitud, florece en el rostro de Theo al cruzar su mirada con la mía.

Luego, sus ojos descienden fugazmente a mis labios antes de ascender de nuevo, su intensidad palpable.

Mi corazón responde con un vuelco inconfundible, y el eco de sus latidos resuena en mis oídos. No debería...

Afortunadamente, un llamado firme a la puerta interrumpe este instante cargado de tensión, obligando a Theo a apartarse, permitiéndome recuperar el control. Me levanto y compruebo la hora: las siete y cinco.

Theo abre la puerta con una cortesía tensa y se presenta con formalidad.

Tres figuras profesionales esperan en el umbral: dos hombres con expresiones severas y una mujer cuya mirada parece contener una pizca de calidez, todos parecen estar en los cincuenta o sesenta años.

La seriedad emana de su presencia. Sus identificaciones brillan con el nombre de la institución: «Culinary School of Victoria».

A pesar de mi intento de pasar inadvertida, Theo me introduce:

—Ella es Willa, una amiga.

Les ofrezco un saludo nervioso y una sonrisa forzada; irónicamente, mi ansiedad supera con creces la de Theo, aunque mi fe en su éxito es inquebrantable.

Los conduce a la cocina, dónde los miembros del comité toman asiento con una formalidad distante junto a una encimera, justo frente al espacio de trabajo elegido por Theo.

De un maletín emergen una agenda y una tablet, herramientas para diseccionar cada detalle tras una inspección inicial del entorno.

—¿Cuál es el primer plato que nos presentará? —pregunta el hombre alto y delgado, su voz directa pero educada.

—Foie gras a la plancha con chutney de higos y brioche tostado.

—Observo que el brioche está listo —comenta la mujer, sus ojos deteniéndose en la cesta de panes dorados con interés—. Supongo que recién horneado.

—Así es —confirma Theo con seguridad.

—¿Lo hizo usted mismo? —El asentimiento de Theo es firme—. ¿Podría detallarnos el tipo de harina y la proporción de mantequilla utilizada?

—Utilicé harina de trigo de media fuerza —responde Theo con claridad—, y la proporción de mantequilla es del cincuenta por ciento respecto al peso de la harina.

He adelantado la preparación por motivos de tiempo, pero he documentado todo el proceso —comenta, señalando una cámara que reposa en una esquina de la cocina sobre un trípode.

Una sonrisa tenue, casi de aprobación, roza los labios de la mujer mientras anota en su libreta. Un gesto suave de su mano invita a Theo a comenzar su demostración.

Sus ojos permanecen fijos en él, analizando cada movimiento con atención meticulosa, solo desviándose para intercambiar comentarios discretos o tomar notas rápidas.

Mi mirada viaja de los evaluadores a Theo, cuya concentración es admirable.

Unos cuarenta minutos en silencio culminan en tres presentaciones exquisitas.

Degustan con parsimonia, sin emitir juicios verbales.

Solo se cruzan miradas significativas y continúan llenando sus notas.

—¿Cuál es el segundo plato?

—Melocotones frescos asados con miel y queso de cabra.

—¿Un postre como segundo plato? ¿Y si quisiéramos un tercero? —inquiere el hombre bajo y corpulento, con un tono que sugiere desafío.

—No será necesario.

—¿Por qué está tan seguro? —interviene la mujer.

—Porque el foie gras a la plancha que acaban de probar es el mejor que han saboreado en su vida. Porque acabo de demostrarles que sé encontrar un equilibrio perfecto no solo en sabores, también en texturas. Porque acaban de comprobar que mi técnica es precisa y que, además, domino la panadería.

—¿No le han dicho que la arrogancia es enemiga de un buen chef?

—No estoy siendo arrogante. Si lo fuera, no estaría aquí, delante de ustedes, luchando por esa plaza para seguir aprendiendo, porque sé que aún me falta mucho por conocer. Estoy valorando mi talento, lo que soy capaz de hacer. Y la confianza es una aliada para un buen chef.

Los miembros del comité se miran entre sí, con un atisbo de sorpresa en sus rostros. Mi sonrisa es un reflejo de mi orgullo incondicional. Theo me mira y su expresión se suaviza, transmitiendo una conexión silenciosa.

—¿Qué variedad de miel va a utilizar? —pregunta la mujer mientras Theo levanta el envase de cristal sobre los melocotones dorados.

—Miel de flores. Su sutileza permitirá que la dulzura natural del melocotón sea la estrella de este plato.

—¿Por qué has elegido este postre y no uno más convencional?

—Fue el primer postre que aprendí a cocinar —confiesa—. El primer postre que me enseñó mi madre.

—¿Desde cuándo cocina?

—Desde los doce —afirma Theo con una seguridad tranquila—. Aunque mis primeras lecciones académicas fueron a los veintidós.

Sus palabras caen en un silencio denso. Una vez más, la evaluación se limita a probar y tomar notas. Tras unos segundos de tensión palpable, la mujer rompe el silencio:

—Recibirá nuestra respuesta a mediados de agosto.

Sin más comentarios, ni elogios ni críticas, solo una despedida formal, se marchan.

Cuando la puerta se cierra tras ellos, la contención se rompe.

Quizás por la descarga de adrenalina, el alivio del miedo, o un simple impulso, corro hacia Theo y lo abrazo con fuerza en silencio, diciéndole sin palabras «Lo has hecho increíble.

Estoy tan orgullosa de ti. Ha sido... impresionante.

Te van a elegir, lo sé». Tantas emociones me abruman, pero las palabras se quedan atascadas.

Sin embargo, con él, el silencio también habla.

Theo me rodea con sus brazos, estrechándome contra su cuerpo, y hunde su rostro en mi cuello.

Siento el calor de su aliento en mi piel, percibo su aroma único: la madera y los cítricos entrelazados con la dulzura persistente del melocotón que acaba de utilizar.

Una oleada de emociones me embarga, una mezcla de alivio y una extraña ternura que me hace querer llorar.

—Gracias por estar aquí —murmura, separándose lo justo para mirarme a los ojos.

—No tienes nada que agradecer —respondo con sinceridad—. Has estado brillante. Deberíamos celebrarlo.

—Willa Gallagher, ¿qué tramas ahora? —pregunta con una sonrisa divertida.

—Estamos en Hearth. Mi estómago ruge y tengo al mejor chef de Nueva York a mi lado... ¿qué crees que deberíamos hacer? —Me encojo de hombros con falsa indiferencia. Theo se muerde el labio inferior, pensativo, antes de asentir lentamente—. ¿Estás pensando lo mismo que yo?

—No lo sé, pero ven. —Me ofrece la mano—. Averigüémoslo juntos.