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Miro la hora en el reloj y, aunque sé que voy a llegar a tiempo, no puedo evitar pensar que quizá debí haber pedido un Lyft en lugar de salir disparada de Grand Central Terminal como alma que lleva el diablo.
La idea es ser puntual y llegar entera, pero con este ritmo, lo más seguro es que llegue a Hearth agotada, hecha polvo.
Sin embargo, como esto forma parte de mi rutina de los viernes, no pensé que sería necesario hacer las cosas diferentes.
En mis inicios en Healthchic, los viernes, al salir de la oficina, eran una deriva sin rumbo fijo en el metro desde Spring Street.
Un par de horas robadas para mí, un oasis de soledad en la multitud, descubriendo la ciudad a través de sus locales.
Un pequeño placer, un respiro para olvidar la vorágine de la semana.
Hasta que descubrí Hearth, que se convirtió en la parte más agradable de mi rutina: un trayecto en metro hasta Grand Central Terminal, y luego un paseo desde allí hasta mi restaurante favorito.
Sin embargo, hoy es diferente. Hoy no voy a Hearth por mí, sino por él.
Y, la verdad es que me resulta igual de gratificante.
Cruzo la calle con paso ligero y, a pesar del elegante letrero en cursiva que anuncia «Cerrado» tras la imponente fachada de cristal, mi mano se extiende para abrir la puerta.
—¿Theo? —Mi voz rompe el silencio del local al cerrarse la puerta a mi espalda, reverberando entre las mesas vacías.
—¡Ya voy! —La respuesta llega al instante, aunque su presencia aún se mantiene en la sombra.
Dejo caer el bolso sobre una silla cercana y aprovecho el reflejo tenue de los ventanales que miran a la calle para evaluar mi estado.
Contra todo pronóstico, he llegado entera y con una apariencia aceptable.
Un gesto casi automático me lleva a pasar los dedos por mi cabello, justo antes de comenzar una silenciosa inspección del espacio que me rodea.
Normalmente, a esta hora, las puertas de Hearth estarían abiertas de par en par, un murmullo de voces llenaría el espacio entre las mesas ocupadas y la música suave flotaría en el aire.
Yo me desplazaría hacia la barra, tomaría asiento y esperaría, paciente.
Pero hoy el silencio es inusual, palpable.
Theo ha cerrado, en una tensa espera por el comité australiano que aterrizará a las siete.
Él se encargará de recibirlos y de prepararles dos o tres platos, lo que decidan, mientras ellos evalúan cada paso que da.
No solo el resultado, también el procedimiento, sus técnicas.
Todo. Te aseguro que, si yo estuviera en su lugar, estaría asustadisima.
Tener que hacer algo bajo la atenta mirada de otros que van a evaluar tu trabajo me parece aterrador.
Por eso entiendo su necesidad de mi presencia; la soledad en un momento así debe ser insoportable.
Sin embargo, la pregunta persiste como un eco en mi mente: ¿por qué yo?
¿Por qué no su madre, sus hermanos, algún amigo cercano, un colega con experiencia en estas lides? Él me eligió a mí. A mí.
Con las manos apoyadas en mis caderas, camino lentamente, permitiéndome observar la decoración de Hearth con nuevos ojos.
Innumerables visitas, y sin embargo, ciertos detalles habían permanecido ocultos.
La fachada de cristal es un lienzo que la luz del día pinta con una belleza natural; al caer la noche, las lámparas colgantes, con su aire clásico, abrazan cada rincón con una luz cálida.
Las paredes blancas y los pilares de mármol parecen respirar bajo su resplandor, destacando la variada colección de cuadros que adornan el espacio.
Me acerco un poco y noto que las pinturas son de diferentes artistas: algunas son paisajes, otras abstractas y algunas realistas.
—Son obras de artistas locales —me dice Theo, su voz surgiendo a mi lado, como un eco suave.
Se ha detenido justo detrás de mí, y al girarme, noto que sus ojos también recorren las pinturas—.
Los he ido coleccionando por cada rincón de Nueva York —continúa, con un tono que denota cariño por cada adquisición—.
Desde artistas callejeros de Harlem hasta las galerías del SoHo.
—Cuando finalmente sus ojos se posan en mí, una sonrisa genuina ilumina su rostro, suavizando sus facciones—. Hola.
—Hola —respondo, devolviéndole la calidez de su gesto.
Su evidente alegría al verme es un eco de mi propio entusiasmo por estar a su lado, en este espacio tranquilo antes de la tormenta.
Mis ojos vuelven a los cuadros, absorbiendo sus colores y formas durante un instante antes de añadir—: Son muy bonitos.
—Siempre imaginé Hearth como un lugar para complacer todos los sentidos —comparte Theo, acercándose un poco—.
No solo el gusto y el aroma a través de la comida.
También quería incorporar el disfrute visual, por eso cada obra de arte; un sonido agradable, por eso la melodía que envuelve el ambiente; y el tacto se lo dejo a la comodidad tangible de cada elemento en la decoración.
Quiero que cada persona que cruce esta puerta disfrute de la comida, y también que se sienta tan relajada como en su propio hogar.
Basta cruzar el umbral de Hearth para ser testigo de la dedicación de Theo a ofrecer mucho más que un simple restaurante.
Es una inmersión sensorial completa. «Snappy Bites es famoso por sus sándwiches y por lo rápido que los hacen, nada más.
Por eso papá nunca se molestó en cambiar el diseño anodino de sus locales; la gente entra ahí y sabe que no va a estar mucho tiempo dentro», me comentó una vez mientras me explicaba el concepto de su restaurante.
«Yo busco algo distinto. La gastronomía es un arte que exige tiempo para ser apreciado.
Quiero que mis clientes se relajen mientras disfrutan de cada creación.
No es solo el sabor, sino la totalidad de la experiencia».
Observando ahora los detalles de Hearth, su visión es una realidad.
No es casualidad que sea mi refugio favorito en Nueva York: una cocina excepcional abrazada por una atmósfera cálida, un trato cercano y un servicio impecable.
—¿Falta aquí algún cuadro? —cuestiono, señalando un espacio vacío que destaca en el centro de la pared.
—Está reservado para mi estrella Michelin.
Su sonrisa tiene un deje divertido, pero su seriedad es innegable.
A veces anhelo esa seguridad, esa determinación que irradia.
Es imponente, pero a la vez inspirador. Ahora mismo, su uniforme negro de chef y su postura estoica, casi defensiva, contrastan con la tensión contenida en sus manos entrelazadas a la espalda.
¿Se puede proyectar tanta confianza siendo un manojo de nervios?
—La vas a conseguir —afirmo, con una convicción absoluta—. Igual que esa admisión hoy.
Theo aprieta los labios en una fina línea que se suaviza en una sonrisa fugaz. Por un instante, el miedo parpadea en sus ojos, antes de que su mirada se desvíe al reloj. Casi las siete.
—¿Quieres saber un secreto? —Asiente, expectante. Me apoyo en una mesa, acortando la distancia entre nosotros—. Al empezar el instituto, el director sugirió terapia a mis padres para..., bueno, para ayudarme a superar aquello.
—¿Te veía la señora Perkins? —pregunta, con una sorpresa evidente en su tono.
—Sí, Pam fue mi terapeuta, pero prefería su consulta privada para evitar miradas indiscretas...
Quería normalidad, ¿vale? Después de varias sesiones, Pam me sugirió empezar una nueva afición, algo que me ayudara a distraerme, pero también algo con lo que pudiera comprometerme, que no lo dejara tirado en cuanto me cansara.
—¿Y ahí empezaste con lo de los cócteles? —Su pregunta suena más a afirmación.
—Sí. Ya le daba vueltas a algunas recetas, pero nada serio.
La idea de convertirlo en algo más elaborado surgió un par de meses después, cuando abriste las inscripciones para el Club de Cocina.
Me había dado cuenta de que podía mejorar, perfeccionarme y convertirlo en mi futuro.
Todo gracias a la idea de formar parte de algo que pudiera permitirme dar mis primeros pasos.
Realmente me hacía muchísima ilusión. Tanto, que me daba igual que fueras tú el fundador —digo en son de broma, aunque soy totalmente sincera con él—.
Un par de días después lo cancelaste y no sabía si era porque me había apuntado yo, porque los chicos empezaron a llamarte «Martha Stewart» o por las dos cosas…
—¿Qué? No, no fue por eso. —Theo frunce el ceño y, mientras me mira, niega levemente con la cabeza, como si le pareciera impensable que yo hubiera llegado a esa conclusión—.
Ver tu nombre en esa lista de… tres personas fue lo mejor, te lo juro.
Y me daba igual el nuevo apodo que me habían puesto los chicos, porque lo que me importaba era que por fin iba a hacer algo que mereciera la pena.
La cosa es que fui un imbécil narcisista y pensé que mi nombre bastaba para que medio instituto se apuntara.
No era eso lo que quería, pero si ese era el precio a pagar por hacer algo que deseaba de verdad, lo soportaría.
Le pedí a Logan que se apuntara, también a Brady y a Rob, pero me dijeron que no tenían tiempo para «jugar a Ratatouille ».
Empezaron a hacer bromas sobre el tema, a burlarse también de los que se habían apuntado, así que lo dejé.
No iba a permitir que todo el instituto la emprendiera contra ellos, contra ustedes, por un capricho egoísta mío.
Aunque, pensándolo bien, cerrar el club antes de empezar por una rabieta tampoco fue menos egoísta.
Recuerdo que el mismo día que me apunté, Logan trató de convencerme para que borrara mi nombre. Me dijo que era un «suicidio social» y que estaba intentando que Theo también se diera cuenta, para que no siguiera adelante con el club.
—¿Por eso te enfadaste con los chicos? ¿Por las bromas que te hacían?