14 #2
—Eres mi hermano menor y, por ende, tengo dos obligaciones primordiales: asegurarme de tu bienestar y, por supuesto, molestarte un poco.
—Ni siquiera me has preguntado cómo estoy —suelta Theo, rodando los ojos.
—Pensaba preguntártelo en la despedida. Esto es una reunión de negocios, no terapia familiar, Theodore. Madura un poco.
—Pues hablando de despedidas, creo que deberíamos irnos. ¿Te parece bien o hay algo más...?
Tardo un instante en darme cuenta de que Theodore me habla.
Me había quedado ensimismada observando la dinámica entre ambos hermanos, evocando cuánto añoro al mío, imaginando cómo sería tenerlo aquí, ahora.
Sin duda, muy diferente a... esto. Benji era más joven, sí, pero su madurez y sensatez siempre me superaron.
Nunca sentí la necesidad de fastidiarlo; al contrario, era como un faro en la oscuridad.
Lo trataba con la profunda admiración que inspiraba.
A veces lo echo tanto de menos... Cada día.
Y siento el remordimiento de no haber compartido más tiempo.
Me fui a la universidad a los dieciocho, cuando él apenas tenía trece, y aunque volvía cada fin de semana, nuestros horarios a menudo no coincidían.
Al terminar la carrera, regresé a casa justo cuando él partía hacia la universidad.
Con veinte años ya había formado su propio hogar, y pocos meses después, se marchó para siempre.
—Ha sido un placer conocerte, Percival —le digo antes de salir del despacho.
—Igualmente, Willa. —Se vuelve hacia Theo—. Por cierto, ¿cómo llevas lo de la prueba con los australianos?
—Bastante bien, la verdad. Mucho mejor que hace un par de semanas.
—Sé que dijiste que no querías que nadie te acompañara, pero mamá y yo sabemos que tu nombre ya está en la lista para esa plaza. —Theo asiente en silencio—. ¿Ves cómo sí me preocupo por ti y estoy al tanto de tus cosas? Deja de ser tan dramático —se burla Percival.
Se despiden con la misma efusividad del saludo, como si el breve debate de hacía un momento nunca hubiera ocurrido. Percival me estrecha la mano con más calidez; parece que la reunión ha bastado para ganarme su aprobación.
Es casi mediodía y la calle, en un día laborable, se siente extrañamente libre para mí.
Debería estar trabajando, pero, por primera vez, he pedido un día libre sin justificación médica o familiar.
Nada que ver con esto: caminar por la Avenida Madison bajo el sol cálido, entre la multitud, junto a Theo.
Le echo una mirada de soslayo. Su silencio es también una novedad. ¿Estará pensando en lo que le ha dicho su hermano? ¿O en lo que me ha dicho a mí? Me muerdo el labio inferior, indecisa. Podría preguntarle si le pasa algo, pero temo entrometerme.
—¿De verdad te llamas Theodore Jacklyn Schmidt? —pregunto con una sonrisa divertida—. ¿Cómo es que compartimos cuatro años en el instituto y nunca lo supe?
—Créeme, me encargué de ello. He tratado de que nadie sepa mi segundo nombre, que, por lo visto, solo existe para que mi hermano pueda recordarme que a mí me tocó el peor.
—Pues a mí me gusta —suelto, casi sin filtro. Él me mira con los ojos entrecerrados—. En serio. No es burla. Me gusta de verdad. Theodore Jacklyn Schmidt —repito, saboreando el sonido.
—Y a mí me gusta el tuyo.
—No empieces —digo, rodando los ojos con una sonrisa. Él vuelve a su silencio contemplativo mientras seguimos caminando. A pesar del bullicio de la calle, una calma extraña nos envuelve—. ¿Puedo preguntarte algo? —Theo asiente—. ¿Qué es eso de «los australianos»?
—¡Ah! —exclama, como si esperara otra pregunta, pero esta no le pillara desprevenido—.
Llevo años con esta idea... Aprender más sobre la gastronomía en diferentes países, de cada continente.
No para copiar recetas, sino para empaparme de las mejores técnicas y sabores de cada lugar.
Resulta que hay una escuela de gastronomía en Victoria, la mejor de Australia, pero las plazas son muy pocas y no son muy dados a aceptar estudiantes...
—¿Extranjeros?
—Estadounidenses —corrige—. Pero a finales del año pasado, volví a solicitar plaza y esta vez han aceptado venir.
—¿O sea, que te han admitido?
—No, todavía no. Vienen a hacerme una especie de prueba. Si les gusta el resultado, entonces es cuando me admitirán en el programa.
—¡Vaya! —exclamo, perpleja, pensando en la presión que debe de sentir—. ¿Y cuándo es?
—Dentro de tres días.
—¿Y cuándo te dan la respuesta? Ya sabes, si te admiten o no.
—A finales del verano.
En estas semanas, Theo y yo hemos compartido tantas confidencias sobre nuestro pasado y ambiciones futuras.
Lo que comenzó como una mera formalidad de nuestro trato, se ha transformado en charlas genuinas.
Sin embargo, jamás había mencionado esto, y la curiosidad me corroe.
No sé si teme no ser admitido y por eso lo oculta, si el estrés lo tiene paralizado, o si simplemente cree que aún no hay suficiente confianza entre nosotros.
—¿Te gustaría...? —Su voz me devuelve al presente, y toda mi atención se centra en él—. ¿Te gustaría acompañarme ese día?
—¡Oh! —es lo único que atino a decir, mientras mil pensamientos se agolpan en mi mente—. Creía que… Percival dijo que no querías que nadie te acompañase ese día.
—Tú no eres nadie. Eres la persona que me gustaría que estuviera conmigo allí. —Se gira para mirarme, sus ojos se clavan en los míos y una sonrisa cómplice le ilumina la cara.
—¿En plan… tu novia falsa?
—En plan… tú.
Siento que el corazón se me detiene. Podría mentir y decir que su invitación me ha dejado indiferente, pero no es verdad.
La verdad es que el corazón se me ha parado un segundo y ahora parece que se me va a salir del pecho.
Es un momento muy importante para él, y quiere que yo esté a su lado.
No quiere a nadie más. Decir que me siento halagada se queda corto; decir que me siento contenta por estar allí para él tampoco expresa todo lo que siento.
—Allí estaré.