14
Me cuesta recordar la última vez que experimenté una ilusión genuina al iniciar algo.
¿Quizás cuando empecé en Healthchic? No, esa experiencia estuvo teñida de una curiosa dualidad: miedo y alivio a partes iguales.
Extraño, ¿verdad? La idea de abrazar la independencia económica me generaba vértigo, como lanzarme a una arena incierta sin conocer el coste real de mi libertad.
Aun así, sentía un resquicio de tranquilidad al dejar atrás el año de inactividad, las excusas ante mis padres, el peso de la vergüenza y la decepción.
Al fin, me acercaba a la imagen que ellos tenían de mí.
Pero esta sensación es distinta, vibrante.
Hoy, mis ojos se abrieron antes de que sonara la alarma, a las seis de la mañana.
Y anoche, pasé horas frente al armario, debatiéndome entre elegir un atuendo informal o uno más casual sin parecer una ejecutiva (que, de serlo, no estaría preparándome para esta reunión).
¡Cierto! No te he contado de qué va todo.
Resulta que Theo y yo llegamos a un nuevo acuerdo hace un par de días.
Yo cumplo mi parte y lo acompaño a la boda de Logan; a cambio, su hermano me ayudará con mi plan de negocio.
Él se ofreció a hacerlo sin condiciones, pero no estoy hecha para esa generosidad gratuita. Lo sabe, y ahora, por fin, lo entiende.
Sin embargo, insistió en que debía abrirme más a recibir ayuda.
«No todo es dar y recibir, Willa. No eres la única que ofrece una mano a otros sin esperar nada», me recordó.
Incluso quiso prestarme el dinero para evitarme trámites bancarios, pero fui inflexible.
Eso nos llevó a este punto. Ahora mismo estamos caminando por las abarrotadas aceras de la Avenida Madison, de camino a conocer a…
—No sé cómo se llama tu hermano.
Theo esboza una sonrisa con cierta diversión, justo antes de decir:
—Percival.
—¡Dios mío! A tus padres sí que les van los nombres pretenciosos, ¿eh? —me burlo—. Theodore, Percival…
—Un poco sí —admite—. También es que mi padre quería nombres que sonaran poco menos judíos. No tenía nada en contra de su religión, pero él decía que ya existían muchos David, Jacob o Noah Schmidt. Y hablaba solo de la sinagoga a la que iba.
—Es verdad. No recordaba que fueras judío —comento de inmediato.
—¿Y cómo es que ya lo sabías? —Frunce un poco el ceño mientras fija la mirada en mí.
—Me lo dijo Logan —confieso—. ¿Recuerdas cuándo él y los demás te llamaban «Schmuck»? Le pregunté por qué lo hacían y me dijo que era porque…
—Sonaba como mi apellido —me interrumpe con cierto fastidio en la voz.
—Sí. Y también porque eres judío.
—Qué ingeniosos —suelta con sarcasmo. Hace una pausa y añade—: ¿Y tú?
Theo extiende una mano, frenándome justo al borde de la acera. El semáforo ha cambiado, obligándonos a parar. Los coches pasan rugiendo ante nosotros mientras vuelvo a mirarlo. El sol a su espalda me obliga a entrecerrar los ojos.
—¿Yo qué? ¿Que si soy judía?
—No. ¿De dónde viene tu nombre? ¿Sabes por qué te llamaron así?
—¡Ah! Sí, claro —respondo, reanudando la marcha—. Por Willa Brown. Mi madre la idolatra, así que me puso su nombre. Y si me preguntas, es una responsabilidad tremenda.
—¿Por qué dices eso?
—A ver, no llamas a tu hija como la primera mujer que se postuló al Congreso de Estados Unidos, que además fue maestra y piloto, para que luego acabe siendo, no sé, una plañidera profesional.
—¿De verdad existe ese tipo de trabajo? —pregunta, con una sorpresa casi incrédula.
—Sí, de verás. Lo descubrí en el funeral de mi hermano.
Dos mujeres se acercaron a mí y me ofrecieron sus servicios: podían llorar de forma convincente o, simplemente, hacerse pasar por familiares lejanos y recibir las condolencias en nuestro nombre.
—Y, ahora que lo pienso, si me pagaran por llorar, sería millonaria.
A lo mejor ser plañidera no es tan malo.
—¿Me estás tomando el pelo? —Al ver mi negación, suelta una risa que, por un instante, hace que olvide el bullicio de la ciudad.
—Juro que no. Lo peor es que por un segundo lo consideré, ¿sabes?
Es que no hay nada más incómodo que estar ahí, de pie, escuchando una y otra vez el «Mi más sentido pésame» de gente que, en realidad, no lo siente de verdad.
Quiero decir, algunos puede que sí, y otros quizás aprecian a la persona y les entristece su muerte, pero no es su pérdida, no son ellos los que cargarán con su ausencia para siempre.
Los que sí lo haremos somos los que tenemos que escuchar esa frase a cada instante.
—No podría estar más de acuerdo contigo. —Aunque su voz mantiene un tono divertido, su mirada me transmite sinceridad—. Bueno, llegamos —anuncia, señalando el edificio contiguo.
* * *
—¿Tu hermano tiene la oficina en el Edificio Look? —le cuestiono absorta, justo cuando el ascensor se abre en la planta veintidós, aún cuando hay una puerta, frente a nosotros, con una placa que lleva su nombre.
—Un nombre pretencioso para un tipo pretencioso —comenta Theo mientras me guía por el lugar.
No es que me imaginara a su hermano en el sótano del Snappy Bites, pero tampoco en un sitio así. Parece sacado de una serie de abogados de los 2000, con paredes de espejo, suelo de mármol y un aroma a cuero y... ¿lavanda?, que te hace sentir turista en tu propia ciudad.
Mientras esperamos, nos hundimos en un sofá donde podríamos tomar una siesta. Es enorme, comodísimo y seguro que cuesta más que todo mi plan de negocio.
—¿Cómo es tu hermano? ¿Es buena gente o se parece a ti? —pregunto con curiosidad real y, no lo niego, un ligero escalofrío de intimidación.
—Es buena gente, menos conmigo —dice sonriendo.
—Pero ha aceptado tener esta reunión que le has pedido tú.
—Te repito: es bueno con todo el mundo, menos conmigo.
Percival Schmidt le saca cuatro años a Theo.
También estudió Empresariales, pero a diferencia de su hermano, él lo hizo por vocación, porque «le gustan las comodidades tanto como le gusta controlar el medio que se las proporciona».
Percival entró de becario en Snappy Bites a los veinte, a los veintitrés pasó a formar parte de la junta directiva y a los veinticinco ya había montado su propia firma para tener control directo sobre el negocio familiar y otras inversiones que había hecho por su cuenta.
Supongo que cuando Theo me dijo que su hermano era la persona indicada para ayudarme con esto, no bromeaba ni exageraba lo más mínimo.
Llegamos veinte minutos antes de la hora, y Percival nos recibe justo veinte minutos después de nuestra llegada. Él mismo abre la puerta de su despacho, saluda a su hermano con un abrazo efusivo y luego dice:
—No me puedo creer que haya vivido lo suficiente para conocer a la mujer que ha domado al indomable Theodore Jacklyn Schmidt.
—Que es solo una amiga, te digo —se apresura a aclarar Theo.
—Ya. Seré muchas cosas, pero tonto no soy. Tú nunca hablas de tus amigas amigas . —Cierra la puerta del despacho y nos indica que nos sentemos.
—¿Ha hablado de mí? —pregunto divertida mientras me acomodo en una silla de cuero gigantesca. Tengo que sentarme en el borde para que los pies me lleguen al suelo.
—Todo el rato, la verdad —responde, ignorando la presencia de su hermano, que está justo enfrente.
—Bueno, no todo el rato —intenta aclarar Theo, pero su hermano sigue a lo suyo.
—¡Qué descortés! —se corrige Percival—. Un placer conocerte por fin, Willa. —Me da la mano y yo la estrecho amablemente—. Veo que mi hermano tiene buen gusto. No puedo decir lo mismo de ti.
—Nosotros solo somos... —empiezo a explicar, sintiéndome torpe.
—Amigos, por supuesto. —Alza las cejas con una expresión que lo dice todo.
No se cree ni una palabra—. Theodore me contó que quieres montar un negocio, ¿verdad?
Pero necesitas un plan de ataque para el banco.
—Asiento—. Sabes que no solo necesitarás ayuda para eso, ¿no?
No basta con tener un plan que presentar; tiene que ser uno que convenza al banco para que te apruebe el préstamo y, lo que es más importante, tienes que revisar muy bien las condiciones con las que el banco te va a dar ese dinero.
Es algo que ya debes saber, y no hay forma suave de decirlo: los bancos solo miran por su propio beneficio, nunca por el del cliente, así que tienes que saber muy bien a qué te comprometes.
—Percival capta mi nerviosismo y añade—: Pero tranquila.
Si te ayudo, no será solo con el plan. No te vas a librar de mí hasta que ese contrato bancario esté firmado y sepamos que es lo mejor para ti.
Percival llama a su asistente para que anote mis respuestas. «Son preguntas básicas, pero necesito los detalles», me asegura antes de empezar. Quiere saber el tipo de negocio, la ubicación, si tengo un local en mente (alquiler o compra) y cuántos empleados necesito, y otras preguntas más.
—En una semana tendrás en tus manos el mejor plan de negocios que haya visto un banquero en este país —me asegura con una sonrisa que irradia seguridad.
—Confío en ti, Percy —dice Theo—, pero ¿una semana es suficiente?
—Podría tenerlo listo hoy mismo si quisiera. Podría delegarlo, por supuesto, pero prefiero ocuparme personalmente.
—De verdad, muchísimas gracias. Te prometo que te pagaré por tu tiempo...
—No voy a cobrarte nada —me interrumpe—. Para mí ayudar a la familia no es una molestia. De hecho, me gusta hacerlo.
—¡Qué caradura! Los favores que me has hecho se cuentan con los dedos de una mano —comenta Theo con sarcasmo.
—No empieces con tus dramas. ¿Quién gestiona las finanzas de Hearth?
—Tú, pero porque te pago por ello.
—Podrías pagarle a cualquiera, pero seamos sinceros, ¿quién más te aguantaría? —Percival sonríe con suficiencia y, antes de que Theo pueda replicar, lanza—: ¿Paramos ya el numerito o vas a seguir haciendo el payaso delante de Willa? —Luego se dirige a mí—: Te lo advierto, este tarado es de manual.
—¡No es verdad! Solo reacciono así contigo. Disfruta provocándome —se defiende Theo.